Te encontré en el páramo


Toda tú eras una orgía sangrienta. No sé por qué te ayudé. No lo sé: tantos disgustos que me ocasionaste después. Pero te curé con mis propias manos, las mismas de matar, desgarrando mis ropas a tiras para detener la hemorragia. Cayó un sol rojo aquella tarde, rojo por la sangre y dorado por el amor. Porque allí mismo te amé. Allí, más muerta que viva.

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