Día de la filosofía


La filosofía y la ficción se funden en la ‘línea de sombra’ del relato

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Lisístrato de Tebas fue uno de los filósofos más peculiares de la antigüedad y, por desgracia, también uno de los más desconocidos, ya que ni siquiera Hernán Núñez de Toledo, patriarca de los helenistas hispanos, hace mención de él en su prolija Glosa sobre las Trezientas, donde enumera y clasifica a los filósofos clásicos desde Zalmoxis de Thracia hasta Apuleyo y Boecio.

De su vida apenas conocemos algunas circunstancias relevantes: se sabe que era originario de Tebas, que estudió junto a Platón en Atenas -aunque tal particular no está del todo documentado- y que posteriormente fue discípulo de Aristóteles, a quien acompañó en su periplo asiático con el joven Alejandro. De su muerte, sin embargo, no se tiene dato alguno.

En cuanto a su filosofía, consta que dejó por escrito parte de sus reflexiones, pero así como las de otros pensadores helenos han viajado con aceptable integridad durante los dos milenios que nos separan de ellos, el viento de la historia ha soplado, en cambio, con tanta fuerza sobre Lisístrato que ha desdibujado sus huellas hasta hacerlas casi desaparecer; y si alguna de sus ideas ha llegado hasta nuestros días es gracias a dos fuentes tan indirectas como dispares.

La primera de ellas es un breviario escrito por frey Rober Wignacourt que se encuentra expuesto actualmente en el museo familiar de la dinastía Campbell, en Inveraray Castle, a orillas del Loch Fyne, Escocia. Frey Robert era un monje de la orden de los Caballeros Hospitalarios que participó en la tercera cruzada y fue herido en el cerco de Jaffa. Hombre muy aficionado a la filosofía helena, durante su larga convalecencia en San Juan de Acre leyó el Disciplinarum Libri, la más vasta de las obras de San Agustín, una encilopedia en la que el santo pretende mostrar cómo se puede -y se debe- ascender a Dios a partir de las cosas materiales, a cuyo fin alude a muchos filósofos de la antigüedad que influyeron de alguna manera en su pensamiento, pero a los que corrige y refuta. Y aunque dicha obra se ha conservado casi completa hasta nuestros días, el último de sus libros se perdió con el devenir de los siglos y lo que sabemos de su contenido es gracias a los comentarios que el caballero Wignacourt consignó en su breviario, entre cuyas páginas, junto a muchos otros apuntes, hay esta concisa pero sustanciosa cita del santo:

«Para Lisístrato, el cosmos (o la Oikumene) se compone no de cincuenta y nueve esferas homocéntricas, como propone Aristóteles, sino de innumerables -mas no infinitas- esferas concéntricas siendo la más la interior la que contiene a la sustancia inerte de la creación, para, desde ella, ascender a lo largo de diferentes estados de complejidad y perfección hasta alcanzar, en la esfera más exterior, una causa que no necesite ser explicada por otra causa o la voluntad del ser intelectivo al que Lisístrato bautiza con el inexplicado nombre de Quator. Quator es la causa absoluta e insufla a todos los seres, a los que está ligado por una suerte de “cordón vital”, el espíritu o ánima, y mantiene ésta unida a la materia de la que aquéllos se componen en su tránsito por el caos».

La segunda fuente, aunque apreciablemente más rica, es también más incierta y polémica. El doctor Lukasz Laskowski, destacado profesor de filosofía clásica en la universidad de Breslavia, Polonia, se dedicó, durante el periodo de entreguerras, a estudiar la influencia de los eruditos árabes de la época califal en la transmisión de las ideas helenas.

Con objeto de documentar sus tesis, Laskowski se había dedicado, a lo largo de varios años, a recopilar códices cristianos de la alta edad media en las iglesias y abadías de la región de los Balcanes; y en el curso de sus investigaciones tuvo, según afirmaba, la oportunidad de hacerse con cierto manuscrito de Andrónico de Rodas, un filósofo peripatético, contemporáneo de Cicerón, que organizó y transcribió los libros de Aristóteles. El códice contenía una disertación sobre la cosmología divergente de Lisístrato con su mentor, Aristóteles, en lo que se refiere a la búsqueda infinita de las causas del movimiento, y sobre la naturaleza y esencia de un ente, Quator, que el tebano proponía como explicación.

Según se deriva de sus propias notas, el profesor llevó consigo este códice a Breslavia con idea de presentarlo a otros historiadores y científicos; pero entonces el estallido de la Segunda Guerra Mundial convulsionó Polonia y en la devastación y diáspora que siguieron se perdió por completo el rastro tanto del doctor como del manuscrito, de modo que el único vestigio que de éste nos queda procede de un cuaderno de Laskowski que, entre otros de sus efectos personales, se conservó durante décadas en el archivo universitario. Se trata, en realidad, de una especie de diario o agenda de trabajo con apuntes sobre su tesis, referencias de autores y textos, reflexiones sobre la situación internacional, vivencias personales e incluso pequeños poemillas incompletos. Entre toda esta información, hay una serie de pasajes o capítulos, numerados aunque no contiguos, que parecen conformar, juntos, una transcripción -probablemente parcial- o bien un extracto del códice de Andrónico; transcripción que, además, Laskowski pareció tomarse la libertad de interpretar y enriquecer. Tales pasajes constituyen la segunda fuente sobre el pensamiento de Lisístrato, si bien, puesto que del manuscrito original de Andrónico no se conoce otra referencia alguna, ni es mencionado en ningún otro documento del que se tenga noticia ni los colegas del doctor pudieron llegar a examinarlo, algunos historiógrafos sospechan de su carácter apócrifo y, por tanto, prefieren ignorar cualquier conclusión derivada de él.

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