Segundo retorno de Mesa Grande


 

Artículo muy interesante, publicado por Ventura A. Alas en Insurgencia Magisterial, sobre la historia de los campamentos de refugiados salvadoreños y el segundo retorno de Mesa Grande.

1988. Frontera Honduras-El Salvador. Retorno de refugiados salvadoreños. Foto de Giovanni Palazzo publicada en elfaro.net

1988. Frontera Honduras-El Salvador. Retorno de refugiados salvadoreños. Foto de Giovanni Palazzo publicada en elfaro.net

El pueblo salvadoreño ha tenido que pagar con sangre magna todos los espacios de participación a los que ha logrado incidir. Desde la llegada de los invasores españoles en 1524 a tierras cuscatlecas, los pipiles resistieron por 15 años defendiendo su tierra, sus costumbres, su religión, sus cultivos, su gente, sus tradiciones… Finalmente el poderío armamentístico y estrategia militar al que se enfrentaron fueron derrotados y sometidos por 3 siglos.

El espíritu rebelde no murió con los pipiles asesinados a sangre fría durante la época de la conquista y colonización española. Durante el proceso de independencia, sería el pueblo quien realmente luchara incansablemente por conseguir la libertad. Esta no llegó por decreto, con la firma del acta de independencia de 1821. Por tal razón, apenas  12 años más tarde -en 1833- el descontento no se haría esperar, se levantan en armas los nonualcos liderados por el indígena Anastasio Aquino, quien lograría derrotar a los españoles de la zona e instaura un gobierno popular, con su propio sistema jurídico de funcionamiento. Lastimosamente este gobierno tarda poco tiempo, los españoles rearman fuerzas y finalmente capturan y asesinan al líder indígena, Anastasio Aquino, aplastando de esta manera esta gesta heroica.

100 años más tarde -1932- surge como potente volcán Farabundo Martí, para organizar al pueblo y liderar la insurrección campesina de enero de 1932. Maximiliano Hernández Martínez sería el encargado de masacrar al pueblo indígena sublevado y fusilar a Farabundo Martí. Si bien es cierto que el general Martínez silenció al pueblo desatando una represión terrible por todos los lugares donde había ecos populares; la población salvadoreña siguió su lucha clandestina.

Fue en 1944 que el pueblo bajó los brazos, esta acción no sería para abandonar la lucha por la justicia social, no era para rendirse y entregar su germen revolucionario… fue todo lo contrario, constituyó la estrategia de huelga que llevaría al derrocamiento del dictador Martínez.

Los militares siguen gobernando al país, a través del Partido de Conciliación Nacional (PCN). Se instaura una nueva dictadura. La pobreza se agudiza, el desempleo crece, la educación en el abandono, la salud en condiciones precarias, los campesinos sin tierras; los hacendados, cañeros y cafetaleros explotan descaradamente a todos sus trabajadores. El fraude electoral y la falta de espacios donde el pueblo participe en las decisiones gubernamentales, forman parte del abanico de problemas sociales, políticos y económicos con que se enfrentaba y reivindicaba el pueblo.

Con este escenario se llega a la década de los 70´s, en donde las protestas populares cobran más fuerza, los gobiernos de turno y sus cuerpos de seguridad responden con masacres, represión, capturas, torturas, desapariciones… La población se organiza con más intensidad y sutileza, se unifican principios y valores, aspiraciones y utopías… Todos los sectores de la sociedad se aglutinan en organizaciones populares de resistencia e incidencia, de protestas y propuestas. El Bloque Popular Revolucionario (BPR) y la UTC serían unas de las organizaciones más emblemáticas y respetadas de aquella época.

Desde la literatura, los escritos de la generación comprometida cobran fuerza; Medellín y Puebla se materializan con la teología de la liberación; Cuba y Nicaragua empujan hacia el cambio a la región; los artistas a una sola voz enfilan sus talentos hacia el cambio social; los movimientos y organizaciones populares germinan y se fortalecen en el seno de la población.

El cierre de la década de los 70´s y el inicio de los 80´s sería de mucha convulsión social para el país, también sería el inicio de un producto en construcción: Masacres de estudiantes y sociedad civil,  de líderes campesinos, de líderes religiosos, capturas y torturas de líderes políticos, represión a todo nivel… serían las condiciones que caracterizaron esta etapa de la historia salvadoreña; estalla la guerra civil.

En 1980, miles de campesinos, son desalojados de los lugares de origen a través de operativos militares de tierra razada, invasiones y bombardeos; disparaban a todo movimiento; saqueados e incendiados los cantones y caseríos. Niños, jóvenes, adultos, ancianos y mujeres inician un éxodo que se prolonga  durante días, semanas, meses, años, huyendo en los cerros, ríos y montañas de Chalatenango.

Mientras se huía víctimas de la guerra civil, en medio de combates y persecución constante del ejército salvadoreño, no se contaba con alimentación y muy pocos abrigos. En la medida que avanza el tiempo guindeando se encuentran en ese caminar personas de muchos lugares, concentrando decenas de millares en lugares específicos. El pueblo es testigo de un sinfín de barbaries cometidas por los militares, entre ellas la masacre de más de 600 campesinos en el río Sumpul la madrugada del 14 de mayo de 1980.

Sabiendo que la guerra civil era interminable el pueblo se encamina hacia la frontera de Honduras con El Salvador, buscando refugio en aldeas hondureñas. El ejército hondureño asediaba a la población civil salvadoreña. Muchas familias ya para la masacre del río Sumpul se encontraban en Honduras. El padre Fausto Milla de origen hondureño iniciaría a refugiar personas y familias en distintos puntos de Honduras y promovió en diferentes medios la crisis de refugiados que se vivía en la frontera.

Poco tiempo después el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), establece un lugar en Mesa Grande, aldea hondureña del municipio de Ocotepeque para refugiar a miles de salvadoreños estancados en la frontera. Días después se inicia el traslado de la población de manera organizada y bajo el estatus de refugiados. La solidaridad internacional acompaña este proceso. La población tendría garantía de la vida, alimentación, servicios de salud, vivienda, vestuario… Lo que el estado salvadoreño había negado y quitado a sus ciudadanos.

Poco a poco fueron llegando a este lugar más y más salvadoreños que huían de la guerra, hasta llegar a concentrar 11,500 personas organizados en 7 campamentos. Las viviendas eran fundamentalmente de madera, lona, nailon y lámina. Delimitado por un cerco de alambre de púas y custodiados permanentemente por el ejército hondureño, se logra una organización social de las mejores en el mundo de ese tiempo.

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