La paz


Firma del Armisticio de Compiègne, en un vagón de tren

No deja de sorprender la facilidad humana para divergir, la diversidad y disparidad de perspectivas desde las que se puede considerar un mismo suceso, especialmente cuando hay una guerra de por medio. Sirva de ilustración un hecho acaecido el once de noviembre de 1914.

Ese día, en un vagón de ferrocarril estacionado en el bosque de Rethondes, muy cerca de Compiegne, la delegación alemana presidida por Erzberger se rendía ante el mariscal Foch, general en jefe de los ejércitos aliados. La firma del armisticio que ponía fin a la Gran Guerra tuvo lugar a las cinco de la madrugada. No obstante, con objeto de dar un margen de tiempo para informar a todas las unidades o por el capricho de redondear una fecha tan singular: once del once, se acordó que hasta las once de la mañana no sería efectivo el alto el fuego.

En la mayoría de frentes y trincheras, esas seis horas finales discurrieron en una pausa contenida y expectante. Los unos, radiantes de alegría por la victoria final; los otros, con el consuelo de poner fin a las penalidades de una campaña calamitosa; y todos, vencedores y vencidos, inundados por la dicha íntima de haber sobrevivido y la esperanza del pronto regreso al hogar. Sin embargo, hubo algunos puntos en los que, inexplicablemente, las hostilidades se mantuvieron hasta el último minuto, con su carga de estériles muertes, más estériles si cabe que cualesquiera de las anteriores.

Uno de estos puntos estaba en las colinas que circundan Florennes, al sur de Charleroi, en territorio belga. Por parte aliada, las tropas allí destacadas pertenecían al quinto regimiento de las fuerzas expedicionarias norteamericanas, al mando del coronel Martin Evans, un hombre rígido, ambicioso y algo amargado. A pesar de haber sido uno de los primeros oficiales en alistarse voluntario, cuando su país aún mantenía la neutralidad, había pasado casi dos años en destinos administrativos y puestos subordinados, a las órdenes de generales ingleses y franceses, y privado, por tanto, de conseguir gloria y renombre militar. Y cuando finalmente obtuvo el mando de una unidad en primera línea de combate, con el que demostrar su valía y acelerar su carrera, la guerra se terminaba. Desde que tuvo conocimiento de las intenciones claudicatorias del enemigo, el coronel Evans había escrito varios despachos al alto mando insistiendo en la conveniencia de no dar tregua a los prusianos hasta haberlos arrinconado en Berlín.

La noticia de la rendición no le hizo, por tanto, ninguna gracia. Máxime cuando llevaba unos días intentando desalojar a los alemanes de la cota 237, una altura estratégica desde la que se dominaba la localidad de Florennes y todo el valle del río Mosa. Las líneas de su regimiento se extendían a lo largo de más de un kilómetro por una pequeña llanura a los pies de las colinas que obstruían su avance, y al coronel Evans le parecía una cuestión de amor propio y dignidad tomar esa posición: no estaba dispuesto a celebrar el momento de la victoria mirando a sus enemigos desde abajo. Ya que no podía llegar a Florennes, tenía al menos la intención de brindar con champán francés, a las once en punto de la mañana, desde la cima de la cota 237, observando a sus pies a las tropas alemanas en franca retirada.

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