El viejo


La Tencha es una cipota preciosa, para abril ajustó los quince años. Las grenchas negras le gusta llevarlas sueltas, enmarcándole la cara como melena de león etíope. La piel morena está hinchada y tersa como fruta sazona, ni tan, tan, ni muy, muy. Tiene un modo de andar que alebresta el ánimo y una sonrisa, vos, qué sonrisa, generosa, mostrando todos los dientes, que le ilumina la cara como a una virgen María.

La Tencha es hija de Porfirito y Herminia. El tata es hombre trabajador y la nana es de la pastoral, religiosa la señora, de esas que creen en el Cristo de los pobres. Tiene una hermana también bonita, la Delmi, que ya tiene un hijo de un Juan Tiña que la dejó preñada y la dejó sola. Es conseguidota la cipota, y está bien para un rato, pero como la hermana, por Dios, no hay otra en todo el cantón.

La primera vez que la vide fue en la la tienda de la Serapia y no me hicieron falta ni dos miradas para enamorarme de ella. Le platiqué allí mesmo, que si mamasita linda, que si vaya luceros, que si contigo me casaba, y toda esa casaca que yo me manejo tan bien; pero me dio largas la jodida, tal vez porque está de novia de un carajo que se fue para el norte, Tomás de nombre, hijo de la Teresa para más referencias, que la tiene enganchada con las cartas que le envía.

Me dio largas, pero aquí estoy yo, nomás matando moscas con el rabo y pensando cómo hacerle para conseguirla. Aquí estoy yo, que no soy tan joven como el Tomás, ni tan buen mozo, y ni siquiera estoy soltero, pero que, como dijo el otro, más sé por viejo que por diablo.

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