Tengo


Tengo una casa hipotecada, un pedazo de tierra en pendiente por donde ruedan las aceitunas con movimiento uniformemente acelerado hasta el regajo de Las Parras, un telescopio que no utilizo, una biblioteca en madera de abedul donde ya no cabe un libro, una colección de películas pirateadas, un patio orientado al sur, soleado en invierno y abrasador en verano.

Tengo afición a escribir y pereza para hacerlo, gusto por la lectura de todo lo que cae en mis manos y por la relectura de lo que me ha cautivado, interés por las ciencias, la historia, la geografía y la antropología cultural de las sociedades colapsadas, querencia por las asociaciones y una militancia política que me ocasiona quebraderos de cabeza y gastos de mi bolsillo.

Tengo un padre que en paz descansa, una madre con aversión al teléfono, un hermano polifacético, tres hermanas que no se parecen y un cuñado sindicalista, más otros cinco por parte de esposa, tres de ellos policías, una mujer sin canas con vocación de permanencia y dos hijas con sobrenombre (que por si acaso me callo) y tendencia a la insumisión.

Tengo buenos compañeros, o más bien compañeras, un amigo del atleti, muchos que son de izquierdas, y algunos que no lo son, un amigo que vive en Chiapas, una que vive en Bélgica y otra en paradero desconocido, un amigo salvadoreño con memoria prodigiosa que me ha regalado argumentos para muchos de mis relatos, uno que trabaja en los olivos y se le dan bien las matemáticas, otro que tiene dos vidas, una a cada lado del Atlántico, un amigo de la infancia que caza búfalos en la sabana, capullos en la ciudad y hace surf en el Cantábrico, y también el amigo traidor que nunca falta. Tengo pocos enemigos, pero malos, y algunos hasta cobardes.

Tengo la nariz rota, varios puntos en el vientre, un dedo operado, miopía en los dos ojos, viejas lesiones que me producen achaques y manchas blancas en la materia gris por las que, según el médico, no debo preocuparme. Tengo dos manos para trabajar y también para escribir, la cabeza para pensar, aunque no siempre con claridad, el corazón para sentir y la memoria para recordar cinco décadas de vida que se han pasado en un suspiro.

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