Viaje a Honduras 3


embajada española hodurasLo despertaron unos golpes en la puerta. Era la limpiadora, que iba a asear el cuarto. Buena falta le hace, pensó Gerardo.
−Vuelva más tarde −le gritó.
¿Qué hora es? Y miró su reloj, pero aún tenía la hora peninsular: las cinco, o sea las diecisiete, que menos ocho son nueve. Gerardo se pegó una ducha fría que le entonó el cuerpo, se secó con una toalla escasa y desgastada, se afeitó, se vistió deprisa, puso candado a la bolsa y salió afuera. La mañana era soleada y clara y hacía una temperatura agradable, al menos a la sombra. Las puertas de las habitaciones daban a un corredor techado y a un patio ajardinado que terminaba en un muro de bloques color cemento. Más allá se veía un río pequeño y encajonado, con las orillas muy sucias, y un horizonte caótico lleno de patios, fachadas y tejados donde casas de una planta convivían con edificios bajos y con chabolas de lámina y cartón.
El vestíbulo le pareció más grande que por la noche y detrás del mostrador estaba una mujer entrada en carnes con el pelo teñido. Hablaba con el encargado nocturno que, sentado en el banco que había enfrente, sobre las rodillas tenía el machete enfundado en una vaina con muchos flecos. Al ver a gerardo, la mujer le preguntí si se iba a quedar más días y Gerardo le respondió que antes tenía que hacer una llamada, y le señaló el teléfono que había sobre el mostrador.
−No se permiten llamadas internacionales –le dijo la recepcionista.
−Es local.
−Entonces son cincuenta centavos –y destrabó el diminuto candado que fijaba la rueda.
Gerardo marcó el número que le había dado el padre Michael, pero el padre Michael era un hombre muy ocupado y no estaba en Tegucigalpa, le informó una voz femenina, tal vez la misma de la otra vez, así que Gerardo se encontró con todo un día a su disposición. El Excelsior no tiene cocina, pero la mujer del mostrador le dice que en el hotel Maya podrá desayunar bien.
−Está aquí nomás, subiendo la calle. Medardo, explíquele cómo llegar.
Y el vigilante nocturno se levantó del banco, se colgó el machete del hombro y lo acompañó afuera. El hotel está junto a un cruce, subiendo la cuesta, y le señaló hacia la derecha con la barbilla.

El hotel Maya es muy lujoso, nada que ver con el Excelsior. El comedor está acristalado y todas mesas tienen sillas de madera con forro de tela, mantel blanco y un convoy en el centro. Sólo unas pocas están ocupadas, casi todas por extranjeros, de modo que se ven más camareros que clientes. Se acerca a atenderlo uno que pasa de la cincuentena, con unos bigotes que le recuerdan a Dalí y le pregunta, con un castellano muy puro, qué va a ordenar.
−¿Es usted español? –se sorprende Gerardo.
−De un pueblo de Ávila –le responde el camarero, y le cuenta que se vino a Honduras en los años cincuenta, para hacer las américas, y aquí se quedó. Después del arranque de paisanaje parece recordar su posición y se calla, esperando la orden.
−¿Qué me aconseja?
−¿Es la primera vez que viene por aquí?
−La primera.
−Entonces le recomiendo un desayuno americano.
El desayuno le parece estupendo, café solo, zumo de naranja, huevos revueltos con jamón y un par de tostadas, aunque no está acostumbrado a comer tan fuerte por la mañana, y las diez lempiras que le cobran no le parece caro. Cuatro dólares al cambio, o sea, cuatrocientas cincuenta pesetas. Quiere dejarle una propina al camarero, pero después de haberle traído el pedido y la cuenta no volvió a verlo.

Gerardo había pensado hablar con el sacerdote antes de ir a la embajada española, pero de repente decidió lo contrario. Hizo alto a un taxi, se acercó a la ventanilla y le preguntó por la embajada española. El taxista se lo pensó un momento y le dijo que la carrera serían treinta lempiras.
−Es mucho –le dijo Gerardo, apartándose de la puerta para buscar otro taxi; entonces el taxista le rebajó de golpe diez lempiras y eso le acomodó más.
La embajada está en un barrio elegante, colgado como un balcón de la ladera de uno de los cerros y desde allí se domina la ciudad. El edificio es elegante. Hay guardias armados en la entrada, en una garita, donde le piden el pasaporte y lo cachean. Dentro hay otro control, pero con policías españoles, que no demuestran interés alguno por él. Revisan su pasaporte con desgana mientras charlan de salarios y pluses. En el lujoso vestíbulo hay un mostrador de mármol y tras él se encuentra la recepcionista, una mujer guapa y muy maquillada, previsiblemente hondureña.
−¿Tiene cita previa, señor? –le pregunta.
−No, estoy recién llegado de España.
−Fíjese que no es posible recibir con el embajador.
−Pues con el cónsul, con un agregado o algún otro funcionario. Es importante.
Pero como no tiene cita previa, la recepcionista le pone dificultades. Gerardo insiste y la mujer le pide que espere, le señala hacia un tresillo de cuero negro y desaparece. Gerardo se sienta en uno de los sillones, el que mira hacia el mostrador, y espera un rato. Los policías se han metido en una cabina y no vuelve a verlos. Se siente extraño en aquel lugar. Se había esperado… no sabría decirlo, una actitud más acogedora, más familiar, cierta calidez ante el compatriota, pero no aquel trato distante y oficial. Al fin reaparece la recepcionista para anunciarle que lo iban a recibir.
No fue el embajador, ni el cónsul, sino el vicecónsul quien lo atendió. Era un hombre alto y delgado, bien vestido y joven, muy joven, parecía recién salido de la facultad. Se disculpó porque el embajador estaba en España y el cónsul de vacaciones y se mostró amable y cercano con Gerardo.
−Dime –lo tutea.
Gerardo le explica que Lola, su mujer, llevaba casi dos años trabajando en Honduras, en un campamento de refugiados, y que había desaparecido hacía un mes.
−Refugiados de qué país.
−Salvadoreños.
−No sé si podré ayudarte, llevo poco tiempo en el país y este es mi primer destino en el cuerpo consular –le dice, pero le pide los datos de Lola y los busca en un archivador.
−En efecto, se registró hace dos años, en el ochenta y siete. El domicilio lo puso en Tegus, en la sede del ACNUR.
−Sí, estuvo trabajando con ellos.
−¿Ya no?
−No, ahora trabaja con una oenegé de la iglesia.
−¿Y cómo desapareció?
Gerardo le cuenta lo poco que sabe, mientras el vicecónsul lo escucha atentamente, los codos apoyados sobre el escritorio de madera oscura, las manos enfrentadas por las yemas de los dedos. Cuando hubo terminado, el vicecónsul se lo piensa un momento antes de hablar.
−Mira –le dice en un tono muy familiar−, los campamentos son un tema delicado, en especial los salvadoreños, la zona fronteriza está militarizada y es poco lo que podemos hacer desde la embajada. El ejército tiene mucho poder en Honduras y no es ningún secreto que al Gobierno le cuesta controlarlo.
−Pero algo podréis hacer. Vuestra misión es velar por los españoles que residen aquí.
−Una de ellas –le responde el vicecónsul con una seriedad tirante, pero al momento sonríe y levanta la mano, como pidiendo tiempo.
−De todos modos preguntaremos al Ministerio del interior. No nos dirán nada, nunca lo hacen, pero al menos sabrán que la estamos buscando.
De alguna manera Gerardo se esperaba aquello, lo intuía, pero la constatación del hecho le causó un gran desaliento. Lola, ¿dónde estás?, ¿por qué te fuiste a meter en aquel avispero?
−¿Qué piensas hacer? –la voz del funcionario lo sobresalta.
−Ir allí –responde con sencillez.
El vicecónsul se ofrece a registrarlo en la embajada y darle un carné.
−No tiene validez oficial, pero algo te ayudará –y le entrega la hoja de inscripción y le pide una foto carné. Gerardo rebusca en la cartera y encuentra una de hace años, de fotomatón, en la que está muy serio y tiene bigote.
El vicecónsul sale del despacho y vuelve al cabo de unos minutos con el carné. En el reveso, el embajador de España solicita a las autoridades civiles y militares que le presten toda la colaboración al portador del carné, rubricado con la firma del vicecónsul y el sello de la embajada. Gerardo le agradece el detalle.
−Déjanos un teléfono de contacto por si nos enterásemos de algo –le dice al despedirlo en la puerta de su despacho. Gerardo le da el del SCR y recibe, a cambio, una tarjeta con el número de su celular: Alejandro González de Velasco y Castellví. Vicecónsul de España en Honduras.
Con un nombre así es fácil ser diplomático, piensa Gerardo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: