El profesor tuerto del colegio “Virgen del Mar”


El elenco de profesores con que me encontré a lo largo de mis años de estudios en el “Virgen del Mar” no tenía desperdicio. La mayoría eran hombres mayores, oficiales en la reserva que, rondando la jubilación, habían encontrado una manera de sacarse un sobresueldo, o civiles que habían hecho carrera en el colegio y dado clases a los padres de mis compañeros. De todos ellos, el más que me sorprendió el primer año fue el de matemáticas, el Tuerto. Le habían puesto ese mote porque era, efectivamente, tuerto. Tenía un ojo de vidrio en sustitución del que perdió. Este profesor tenía la costumbre de dejarnos solos durante las clases mientras él se iba a la cafetería a echarse unos chatos con otros compañeros. Pero para que no se desmandase el grupo, dejaba el ojo de vidrio encima de la mesa y nos decía a todos que él, es decir, el ojo, vigilaba en su ausencia. El primer día que lo hizo lo tomamos todos a broma y se armó un escándalo de mil diablos. Hasta se pusieron dos a jugar con el ojo y pasárselo de uno a otro.

Al regresar el Tuerto, estábamos aún alborotados. Con mucha calma entró en el aula, esperó a que nos calmáramos y sentáramos, recogió el ojo de vidrio, limpiándolo con mucho cariño: le echaba vaho y lo frotaba con un pañuelo antes de introducirlo en la cuenca vacía. Entonces pareció como si una visión lo poseyera: nos miró a todos con fijeza y empezó a nombrar a los más alborotadores, sin equivocarse en ninguno. Los llamó a la pizarra y les dio a cada uno un reglazo en las puntas de los dedos puestas en piñón. Dejó para el final a los dos que habían estado jugando con el ojo de vidrio, a los que recetó un castigo ejemplar: los cogió por el cuello e hizo entrechocar sendas cabezas varias veces, con golpes sordos que hasta a mí me dolieron. A partir de aquel día, todos creímos a pies juntillas que el ojo del Tuerto veía por él. Incluso llegó a marcharse en alguna ocasión durante un examen dejando a su “compañero” que hiciera la vigilancia y no había quien se atreviera a copiar. Ni siquiera el Canario. Sin embargo, la táctica del Tuerto tuvo un trágico final.

Fue el año que llegó Cote, un muchacho que tenía el diablo en el cuerpo. Cote apareció casi al final del curso y no se creyó ni por un momento que el ojo del Tuerto viera. El primer día que nos dejó solos, nada más salir el profesor incitó a los demás a la sublevación y, ante la negativa general, organizó una muy personal escandalera, llegando al extremo de meterse el ojo en la boca y saborearlo como si se tratara de un caramelo de menta. Al volver el Tuerto y con su lentitud habitual, en parte causada por el exceso de chatos de vino, se colocó el ojo y tuvo la “visión” de lo sucedido: su dedo señaló inequívoco a Cote, que se ganó una soberbia paliza. No obstante, Cote no se dio por enterado y siguió haciendo de las suyas, que no siempre el “ojo” descubría. Y se guardó la venganza para los últimos días. Estábamos ya en época de exámenes finales. Cuando salió el Tuerto, Cote cogió el ojo y le aplicó, en la parte de atrás, que estaba un poco amarillenta, una gotita del pegamento que empleaban los mecánicos del taller de armas navales para pegar las piezas difíciles. Cuando el Tuerto volvió se puso el ojo sin darse cuenta del pegamento y aquello le provocó una infección que por poco lo mata. Aquella noche tuvieron que ingresarlo de urgencias en La Paz y le dieron un montón de puntos para lograr sacarle el ojo. Nadie dijo nunca quien había sido, porque para aquel entonces le teníamos más miedo a Cote que a los castigos de padres y profesores. Pero a partir de entonces, el Tuerto no volvió a dejar el ojo sobre la mesa.

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