En busca del fuego


fuegoHan pasado más de treinta años desde que Jean-Jacques Annaud nos presentara su particular visión de los albores de la humanidad en la película “En busca del fuego”, o “La guerre du feu” como rezaba su título original. Una producción franco-canadiense casi olvidada en las filmotecas y en la filmografía en general, de esas que no aparecen en las tan populares como simplificadoras listas de las 100 mejores películas, pero que en su día cosechó varios premios César, fue nominada al Globo de Oro y obtuvo un Oscar menor.  Sin embargo, ¡qué gran película!, de ese cine épico, con letras mayúsculas, que tan difícil es de encontrar en las carteleras, rara avis que se produce una vez cada muchos años y que es capaz de meternos, desde la primera imagen y con mayor intensidad que cualquier entrega del parque Jurásico de Spielberg, en el corazón de la prehistoria, de un mundo atávico y temible.

La película empieza con un paisaje nocturno donde brilla un minúsculo puntito de luz que oscila y se debate por sobrevivir en medio de la tiniebla circundante. La cámara se acerca y la débil llamita crece y crece hasta convertirse en un enorme fuego encendido a la entrada en una cueva que un tosco antepasado vigila mientras el resto de la horda duerme tranquilamente en el interior. El sagrado fuego de la vida, al que alimentan constantemente porque no saben cómo se fabrica, el fuego protector que espanta a las alimañas de la espesura y hace acogedora la noche desapacible e ingrata. Junto a él viven, en él asan sus presas y a su amor se calientan. Todos lo contemplan con ojos reverentes, con devota veneración, como se idolatra a un dios poderoso y temible.

Accidentalmente, el benefactor fuego se apaga, y el clan, que se ha refugiado en una ciénaga desapacible y fría, decide enviar a una partida de tres hombres para recuperar el fuego. A través de una geografía majestuosa, de paisajes tan espléndidos como desolados, el grupito se dirige hacia el sur, siempre hacia el sur. Los tres protagonistas pasan por una serie de peripecias a veces simpáticas, a veces dramáticas, más o menos apegadas a la ortodoxia antropológica, pero siempre tratadas con una profundidad que nos mete constantemente en la pantalla.

Por fin, en un sur más o menos lejano y ubicuo, entran en contacto con un pueblo más avanzado que captura a uno de ellos, lo encierra en una jaula y lo trata como a un animal, sorprendiéndose de su aspecto y burlándose de él por su atraso y barbarie; aunque también le enseña cómo se hace el fuego. De entre las muchas diferencias culturales que hay entre ambos pueblos, Annaud pone su curiosa mirada en el comportamiento sexual y nos lo muestra en una escena tratada con sutil maestría: es de noche y los hombres del sur, en una especie de ritual de fertilidad, ofrecen a uno de los prisioneros una Eva rolliza para que la cubra y la fecunde con su semilla. La matrona entra en la jaula y se tumba boca arriba para recibirlo, pero el hombre la ignora y sigue comiendo, y ella no consigue excitarlo hasta que se pone a gatas y le muestra unas nalgas orondas.

Sin duda, el atrevimiento de Annaud magistral ya que nos cuenta esta historia sin echar mano del francés, el inglés o cualquier idioma moderno, y hace hablar a sus protagonistas en un lenguaje primitivo y escueto, una mezcla elegante y muy cuidada de monosílabos, gestos y gruñidos que no necesita de ningún subtítulo para hacerse entender. Basta con conocer una sola palabra: “ahtr”, fuego.

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