Invasión de la propiedad


familia salvadoreña frente a su casa
familia salvadoreña frente a su casa

Llegaron a media tarde, después del almuerzo, cuando ya estaban lavados los trastes, recogida la mesa y apenas si quedaban unas brasas mortecinas en el comal; eran muchos, muchos, más de cien. Entraron por el portón que da al camino bajo y se disgregaron por todo el huerto, dejaron sus mochilas en el suelo, en cualquier puesto: debajo de los aguacates, entre el cafetal, junto a los mangos, bajo unas matas de huerta, parapetados en el cerco de piedra.

Desde el corredor, la familia asistió a la invasión sistemática de la propiedad. Estaban puestos en fila: la madre, que tenía en sus brazos al más pequeño, y la hija mayor, que les daba las manos a sus dos hermanos menores, y los miraban en silencio, estáticos, observando y sintiéndose observados. Por fin, un grupo como de diez soldados se acercó a la casa y entró en el corredor. Pasaron junto a ellos sin un saludo, sin una explicación, como si fueran figuras de barro, se despojaron de sus mochilas y pertrechos y los dejaron en el suelo.

La tarde era calurosa y se agradecían las sombras. Vestían trajes y gorras de camuflaje, botas negras con parches de tela verde, una gran mochila a la espalda, que tiraba de ella hacia atrás y la dejaba anormalmente recta, y un fusil en bandolera, con la boquilla apuntando hacia adelante. Un soldado alzó el fusil con un solo brazo y disparó una ráfaga, dos, varios camaradas corearon los disparos con gritos y aullidos. Las descargas mordían el silencio de la tarde, hacían temblar el suelo como pequeñas sacudidas sísmicas. El niño de pecho rompió a llorar y la madre lo meció suavemente hasta que se calmó.

Los rostros de los soldados estaban curtidos, morenos y, muchos de ellos, desfigurados por las pinturas de camuflaje. Los ojos miraban con dureza y encono, o simplemente evitaban mirar. Se movían por el corredor con confianza y soltura, ignorando por completo a la familia, filtrando su presencia: destaparon el cántaro de barro que había sobre la mesa, metieron el huacal y bebieron, bebió uno, le ofreció al camarada, al otro camarada, se acercaron al comal, todavía caliente, a cuyo costado había una manta con tortillas, revolvieron en ella y agarraron un buen rimero, de una bolsita de plástico sacaron unos puñados de sal y los extendieron encima de las tortillas, sin una palabra de cortesía, sin un ademán de permiso.

El hombre que repartió las tortillas tenía dos galones triangulares en la manga. Después de repartirlas y comerlas tranquilamente, bebió otra vez del cántaro, escupió un chorro de agua y botó al suelo lo que quedaba en el huacal. Y por primera vez reparó en la familia y se acercó a ella. Se dirigió a la madre y las preguntas no se hicieron esperar, ásperas y peligrosas. Que si dónde está su marido, que si su marido es un revoltoso, que si ustedes también lo son, que si las tortillas para quiénes eran, que si dónde guardan las armas. Los ojos de los más pequeños observaban con ese asombro con que sólo es capaz de mirar un niño, como ante la primera tormenta, el primer camión, el primer caballo, con caras que eran todo ojos, con cuerpos que eran todo mirada. La mayor intentaba conectar las palabras de aquel hombre con otras palabras de otros hombres oídas en otros lugares, intentaba interpretar aquello a través de sus propias vivencias. La madre se quedó como cortada, sin saber qué responder a esta situación que no encajaba en ninguno de sus esquemas, y tardó unos instantes que se hicieron interminables en articular la primera palabra. A pesar de lo previsible, de lo temido del operativo militar, de los rumores de casas quemadas y familias ejecutadas, de lo anunciado del peligro, cuando llega el momento nos encuentra desprevenidos.

Por fin sus labios se movieron para formar unas frases, en voz baja y neutra, pero con una firmeza que la sorprendió a ella misma.

–Mi marido no está, salió a traer unas reses y no volverá en dos días.

A %d blogueros les gusta esto: