Viejo año nuevo


Abrió los ojos súbitamente, unos ojos oscuros y algo enrojecidos, rodeados por unas ojeras moradas y profundas que, durante unos instantes, miraron sin ver. Se fijaron, al fin, en la mosquitera que estaba suspendida sobre la cama, sucia de polvo y hecha un puño.

Quería recordar, fijar la atención en algo que había quedado a medio camino del pensamiento, prisionero en la difusa frontera donde se confunden el sueño y la vigilia. Quería encontrar el cabo, el hilo preciso que se lo devolviera. Frunció el ceño en un vano esfuerzo por concentrarse.

A pesar de lo temprano de la hora ya hacía calor. Minúsculas gotitas de sudor le humedecían la piel. Deslizó el dedo por su brazo, abriendo un surco en el sudor y dejando una estela, primero blanca y después rosada, que se fue difuminando hasta la disipación. Una mosca se le posó en la frente, junto al arranque del pelo, y libó entre un mar de brillantes gotitas de grasa. La espantó con un movimiento lánguido, pero ella regresó, pertinaz, y ya no tuvo voluntad para alejarla. Apoyó la cabeza en la almohada y fijó la vista en el techo de cinc, donde algunos pájaros zangoloteaban en una escandalera de metal.

Por fin se incorporó y se sentó en el borde de la cama, haciéndola crujir lastimeramente, con los pies colgando. Hurgó en sus calzoncillos con dedos ágiles hasta localizar la pulga que le había picado. La atrapó y se la acercó a la cara, ajustando la distancia para enfocar la vista: allí estaba, una costrita negra entre los dedos apretados y, a pesar de ello, seguía moviendo las diminutas patillas; así que la encajó entre las uñas de ambos pulgares y la destripó.

De repente se acordó. La idea le llegó como un mazazo: hoy es primero de enero. ¿Ya ha pasado otro año? Su mente despertó con la idea y los pensamientos la siguieron: atrás quedaban doce meses, trescientos sesenta y cinco días, cada uno con sus veinticuatro horas, dejando entre ellas momentos plenos y vacíos infinitos, inconcebibles de transitar. Sin embargo, piensa el hombre, ya estoy al otro lado de una nueva frontera, invisible pero cierta.

Miró a su alrededor. Un cuarto de cuatro paredes, de tablas viejas y mal ensambladas; una mesa de madera, calzada con una piedra; sobre ella, un par de velas casi consumidas, un libro forrado con papel de periódico, un vaso de cristal con varios lápices; clavos oxidados de los que colgaban ropas sucias, enseres varios y un calendario donde aún campeaba la página de noviembre. En un rincón de la pared, una araña de pasarela de moda había tejido una telaraña perfecta. Entre las rendijas de las tablas se filtraban rayos de luz que iluminaban el polvo en suspensión, dándole, así, cuerpo al espacio. Afuera, ya hervía la vida: se oían gritos de niños, voces apagadas, el ruido lejano de un motor pesado, una grabadora con los altavoces estropeados y un sonoro murmullo de fondo formado por el zumbido de cien mil abejas, moscardones, abejorros negros, avispitas de chilisate y zancudos de la quebrada, y por el sordo movimiento de las entrañas del planeta.

El hombre se puso de pie sobre el suelo de tierra, se vistió con un pantalón recortado y una camiseta que fue, en algún momento, blanca, se calzó unas sandalias curtidas por el uso y se dirigió a la puerta. Era un marco de madera forrado de cartón. La observó fijamente: los agujeros, la suciedad, pequeños capullos algodonosos en las esquinas. Volvió la vista hacia el olvidado calendario, respiró hondo y abrió de golpe la puerta. La luz del sol lo cegó pero, a pesar de ello, penetró sin más contemplaciones en el nuevo año.

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