La ciudad extraña


avion_aterrizandoSon las cuatro. Salta la alarma del despertador y llega a mí el sonido a través de un bloque de compacto sueño. Me despierto descentrado, cansado y con los ojos doliéndome terriblemente por el esfuerzo de mantenerlos abiertos. Después, vestirse sonámbulo, llamar a un taxi, desayunar sin ganas un resto frío. Llega el taxi, salgo y me amodorro en él mientras cruzamos la ciudad que despierta, envuelta en la luz fantástica del alba y las farolas, camino del aeropuerto.

En el aeropuerto, registro, cola, tasa de salida, miradas hoscas y suspicaces de los funcionarios, de los policías; espera, nueva cola, nueva tasa, nuevo registro. Y otra espera: “el vuelo 670 con destino San Pedro Sula, Belice y Miami pospondrá su salida hasta nuevo aviso”. La sala de espera está destartalada, sucia, a medio construir. Se va llenando de gente, mitad nacionales, mitad gringos. Por suerte, pude coger una silla, pero no tengo qué leer. Me aburro. El aire acondicionado no funciona y el calor se empieza a notar.

Por fin nos embarcan y dan luz verde para salir. El despegue, el susto de rigor en esta pista suicida y el avión que finalmente se eleva. Los hombres y las cosas se van haciendo pequeños, minúsculos. Sólo destacan los caminos de tierra cruzando los páramos. Montañas, ríos, llanuras, pueblos, nubes y cielo, un cielo enorme y luminoso. Y antes de que me dé cuenta, ya estoy en el aeropuerto de destino. Al bajar del avión me asalta por sorpresa el calor despiadado de San Pedro Sula.

Otra vez migración, ¿es usted español?, pregunta el agente mientras observa fijamente mi pasaporte, claro, contesto, me lo devuelve con desgana, luego cruzo la aduana, sólo llevo la bolsa de mano, pero aún así la someten a un riguroso registro, y finalmente el control policial. Busco un taxi, el precio es abusivo, regateo, no me interesa, busco otro, nos ponemos de acuerdo y me lleva al hotel. Ya es casi medio día. Se ha ido toda la mañana en volar cuarenta minutos.

Es un hotel barato, para cooperantes sin recursos. La habitación es árida e impersonal, desapacible, casi cutre, con grietas en las paredes, las baldosas ennegrecidas, desgastadas por los pies de innumerables clientes y con una suciedad añeja acumulada en los rincones. Hace calor, pero el ventilador no funciona. Comida en un burger, solo y, por tanto, rápida. No la disfruto. Aprovecho la tarde en hacer gestiones sencillas que se tornan complicadas, surrealistas, “el ingeniero no está, vuelva de otro ratito ¿si?”, pero de otro ratito tampoco está, “fíjese que tuvo que viajar de urgencia a La Ceiba”.

Ya es muy tarde para coger un bus y continuar el viaje, pero temprano para cenar y acostarme. ¿Qué hago? Pasear, pasear por una ciudad que no me interesa, calurosa, abarrotada de gente, de mercadillos callejeros, de vendedores de remedios, charlatanes de todos los pelajes, policías con lentes oscuras, prostitutas con vestidos chillones, con pinturas exageradas, con mirada triste; una ciudad casi sin parques, con calles numeradas, donde no conozco a nadie y donde nadie me espera. Entro en una cantina que dentro está oscura, no es un bar, la clientela está caliente, en grupos, llamo la atención, me salgo. Doy vueltas y más vueltas con los pies hinchados, procurando no parecer despistado. Todo antes que volver a la deprimente habitación alquilada. Se hace de noche, ceno en un comedor bajo un enorme sombrajo, alegre y bullicioso. Después, el cine. No hay mucho donde elegir. La película, ni buena ni mala, aumenta la sensación de irrealidad en la noche caliente y lluviosa. Regreso al hotel pateando las calles mojadas. Aún no son las diez y la ciudad está vacía, las calles solas y los locales cerrados, excepto algunos antros señalados con una bombilla roja, la luz filtrándose por una puerta a medio abrir.

Otra vez la habitación ajena. No tengo sueño. Leo un poco. Apago la luz e intento dormir, pero sigo sin sueño. Pensamientos y más pensamientos, recuerdos, proyectos. Las luces de la ciudad se ven desde la ventana abierta. El reloj marca las cuatro.

2 Comments on “La ciudad extraña

  1. Salvo por los “latinos” tan políticamente correctos, impecable. Transmite esa sensación bien conocida de ciudad irrelevante, extraña y casi hostil… 🙂

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