Lucha por la vida


Ni las profecías de Nostradamus ni los libros de Julio Verne ni el futurista “1984” de George Orwell: para acertadas, las conjeturas de Pío Baroja en “Lucha por la vida”

El libro consta de tres partes, no demasiado largas: La Busca, Mala Hierba y Aurora Roja. A pesar de haber sido escrita hace algo más de un siglo, es una de esas obras que continúan siendo de una clarividente actualidad, en especial atendiendo a los momentos tan convulsos que nos está tocando vivir.
El autor posa su mirada sagaz y objetiva sobre un mundo de desheredados, de seres marginales y periféricos personificados en un grupo de adolescentes perdidos en la búsqueda de su camino en la vida. Y dando color a esta trama, Pío Baroja nos presenta una instantánea del Madrid del nuevo siglo (el XX) que nace convulso –como este de ahora–, con luchas de clases, debate social, movimientos obreros, anarquistas de viejo cuño e incluso nos pinta el despertar del movimiento feminista, poniendo en boca de Salvadora, la protagonista femenina, unas palabras absolutamente premonitorias, que me permito citar:
«—Soy […] casi, casi, libertaria; y no es por mí precisamente; pero me indigna que el Gobierno, el Estado o quien sea, no sirva más que para proteger a los ricos contra los pobres, a los hombre contra las mujeres, y a los hombre y a las mujeres contra los chicos.
—Si, en eso tiene usted razón —dijo Roberto—. Es el aspecto más repugnante de nuestra sociedad es ése; el que se encarnice con los débiles, con las mujeres, con los niños, y que, en cambio, respete todas las formas de la bravuconería y todas las formas del poder.
—Yo, cuando leo esos crímenes —siguió diciendo la Salvadora—, en que los hombres matan a una mujer, y luego se los perdona, porque han llorado, me da una ira…
—Sí ; qué quiere usted? Es el jurado sentimental, que va a la Audiencia como quien va al teatro. Así le condenan a veinte años a presidio a un falsificador y dejan libre a un asesino.
—¿Y por qué las mujeres no habían de ser jurados? —preguntó la Salvadora.
—Sería peor; se mostrarían seguramente, más crueles para ellas mismas.
—¿Cree usted?
—Para mí es seguro.
—La pena debía ser —dijo Manuel— menor para la mujer que para el hombre; menor para el que no sabe que para el que sabe
—A mi me parece lo mismo —añadió la Salvadora.
—Y a mí también —repuso Roberto.
—Eso es lo que debía modificarse —siguió diciendo Manuel—las leyes, el Código. Porque eso de que haya república o monarquía o Congreso bastante nos importa a nosotros. Por qué, por ejemplo, han de poner en el Registro civil si un niño es legítimo o no. Que le apunten, y nada más.
—Pues eso se va consiguiendo poco a poco —replicó Roberto
— Se van haciendo liquidaciones parciales, y las leyes cambian. En España, todavía, no; pero vendrán esas modificaciones, y vendrán mejor, ¡créelo!»

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