Extraña justicia


Yo me crié en un barrio de Madrid, por la zona de Ciudad Lineal, en unos bloques de pisos a los que les decíamos así: los Bloques. En aquella época, a principios de los setenta, las calles, parques y descampados de la ciudad estaban llenos de niños y jóvenes que iban de un lado para otro como bandadas de gorriones; no como ahora, que parecen vetustas y vacías.

En los Bloques no era diferente y teníamos tres pandillas: la de los pequeñajos, la nuestra y la de los mayores. Los mayores nos llevaban casi todos un par de años, aunque algunos rondarían ya los diecisiete o los dieciocho. Unos pocos estudiaban y la mayoría trabajaba. Cuando se juntaban solían sentarse en algún portal o en alguna esquina a charlar, a pegar voces, organizar pequeñas escaramuzas de golpes y empujones o echarse unos pitillos. También hacían guateques los sábados por la tarde e invitaban a las chicas más guapas del barrio. Los envidiábamos por ello. Aunque les gustaba el fútbol, y algunos lo jugaban muy bien, nunca organizaban partidos y si se les antojaba dar unas patadas al balón, se metían en el nuestro sin pedir permiso. A mí no me gustaba jugar con ellos porque chutaban muy fuerte, arrollaban a los más pequeños y rompían el delicado equilibrio que, de tanto jugar juntos y conocernos, solíamos lograr. Con ellos, los partidos se volvían desordenados, duros y pronto se terminaban. Pero claro, era difícil evitarlo; que se metieran, me refiero. Si les decías que no, te arriesgabas a que te dieran un par de leches o que te la guardaran para más adelante.

A veces, cuando se aburrían o cuando no tenían nada mejor que hacer, nos perseguían para pegarnos o hacernos alguna perrería porque, argumentaban, nosotros éramos del Atleti y ellos del Madrid. La mayoría de las veces escapábamos con un empujón, un brazo retorcido o con alguna llave de judo, pero no siempre. Otras veces las cosas se ponían más complicadas. Sobre todo cuando estaba Rivera, que era un mocetón no muy alto, pero fuerte, con la tez rubicunda y sin rastro de barba. En aquella época en la que las melenas estaban de moda y cada cual hacía de la suya una seña de identidad, resultaba chocante el pelo corto de Rivera, no sé si por decisión propia o por imposición paterna. Su padre, don Felisardo, era un sargento de infantería de marina, ya retirado, que tocaba el trombón en la banda del cuartel, y su madre era una señora muy encopetada, rubia oxigenada, vestida de forma muy llamativa y con la cara muy maquillada, para disimular las arrugas. Rivera era el hijo pequeño de una patrulla de hermanos que no vivían ya en los Bloques. De estos detalles me había enterado yo a través de mi madre, que hablaba mucho con la suya cuando se la encontraba por la calle.

Como decía, Rivera era el más temible del grupo de los mayores, un capullo alocado con una vena de barbarie que asustaba. No se conformaba, como los otros, con hacernos pasar un mal rato; no, a él le gustaba humillar, ensañarse con quien fuera hasta conseguir que llorase a moco tendido. Y no era fácil eludirlo, porque atacaba casi siempre a traición: salía del portal con el cigarrito recién encendido, para que no lo viera el padre, andando con la cabeza gacha, sin fijarse en nosotros, como si estuviera ensimismado en cualquier pensamiento, y de repente, cuando más confiados estábamos, zas, daba una carrera y pillaba a alguno. A la fuerza, retorciéndole el brazo hacia atrás, se lo llevaba de allí a un lugar más desenfilado, igual que los depredadores cuando capturan a una presa, para maltratarlo a su gusto: darle unos capones de los que más duelen, un quemón con la brasa del cigarro, levantar a la desafortunada víctima tirándole de las patillas o cualquier tormento que se le ocurriese.

Uno de sus pasatiempos favoritos consistía en apostarse en las escaleras de su portal con una escopeta de aire comprimido. Desde allí dominaba a placer el parque donde nosotros solíamos jugar y con ella nos pegaba plomazos en las piernas. Gracias a los pantalones largos, sólo nos dejaba un moratón, sin abrir herida, pero el dolor era muy fuerte, peor que si te hubiesen pegado una patada. Cuando lo veía aparecer, yo me ponía ojo avizor, listo para echar a correr a la menor señal de peligro; pero aún así consiguió atraparme una vez y me hizo que le limpiara los zapatos con la lengua, unos zapatos viejos de color negro, con cordones, una costura de adorno en la puntera y llenos de polvo. Lo hizo delante de todos los presentes, chicos y chicas. Vaya, vaya con el listillo de Gabi, me decía, creías que te ibas a escapar de Rivera, ¿eh? Durante unos años Rivera fue nuestra pesadilla, y aunque pronto se marchó a la mili, no pudimos respirar aliviados porque, en los permisos que le daban, venía con la mala leche acumulada en el cuartel y deseando desquitarse. Con el uniforme de marinero, el lepanto y el pelo rapado tenía un aspecto más infame de lo usual.

En uno de aquellos permisos fue cuando le hizo a Fredi, el Portaviones, una atrocidad que estuvo a punto de convertirse en tragedia. Estábamos todos jugando en el monte, como le decíamos a un descampado que había junto a los Bloques, haciendo cortafuegos entre la hierba seca para después quemarla. Los cortafuegos no los hacíamos por prudencia o civismo, sino porque lo habíamos visto en un documental en la tele y nos dio por intentar aplicarlo. Tan entretenidos estábamos con la diversión que no nos percatamos de Rivera hasta que no lo tuvimos encima. Iban con él otros dos colegas, seguramente reclutas, porque tenían el pelo casi al cero. No recuerdo quién dio la alarma, pero en un instante salimos todos en desbandada, corriendo hacia la vía de escape más cercana. Detrás de mí se vino el Bolo. Los dos saltamos la valla que nos separaba de un chalet próximo y nos quedamos agazapados detrás de un seto, viendo a través de sus ramas lo que pasaba en el monte. El Portaviones no era buen corredor y tuvo peor suerte: tropezó y cayó, haciéndose una herida en las rodillas. Rivera y sus amigos lo cogieron y empezaron a aplicarle sus habituales métodos de abuso. Tal vez todo se habría quedado en un par de apretones si no hubiera sido por el sorprendente coraje que sacó a relucir el Portaviones y que a Rivera, como el matón que era, lo cabreó más que cualquier otra cosa.

Supongo que fue para doblegarle el orgullo que se le ocurrió la idea de quemarlo. Primero lo arrastraron hasta un poste de la luz y lo amarraron a él; después, apilaron a sus pies el pasto que habíamos sacado de los cortafuegos y le acercaron el mechero. Fredi, el Portaviones, se había puesto pálido y les gritaba, llorando, con la voz quebrada, que no lo hicieran, pero Rivera, con sádica insensibilidad encendió la broza y se fue tranquilamente, andando con chulería, mientras el Portaviones intentaba apartar desesperadamente con los pies el pasto inflamado. Entonces saltamos la valla y corrimos hacia él. Apagamos el fuego y lo desatamos. Se le habían chamuscado los zapatos y los pantalones y tenía algunas quemaduras en las piernas, además de la herida en la rodilla, la que se hizo al caer. Estaba casi desmayado y lo llevamos a su casa en volandas, entre el Bolo y yo. De camino se nos fueron acercando los demás, saliendo de sus escondrijos. Miguel, la Rata, cuando nos vio aparecer, quiso hacer el chiste de que el Portaviones nos aplastaría con su peso, pero no tuvo mucho éxito.

Al final no se armó ninguna pelotera, como habíamos imaginado, ni vino la policía, ni mucho menos salió la noticia en los periódicos. La madre de Fredi fue a hablar con don Felisardo, el padre de Rivera, y ahí se quedó todo. No sé si don Felisardo le daría a su hijo el escarmiento que se merecía; en todo caso, si fue así de poco sirvió, porque al poco tiempo ya estaba de nuevo haciendo de las suyas.

Tardamos varios años en librarnos de Rivera, uno porque nos fuimos haciendo mayores y ya no se atrevía con nosotros, y dos porque se fue de los Bloques y no volví a saber de él en mucho tiempo. No obstante, hace poco que un antiguo conocido me dijo que había muerto en un accidente. “Cómo fue la cosa”, le pregunté. “Se estrelló contra un poste, el coche se incendió y no pudo salir”. La vida, pensé, tiene extrañas maneras de hacer justicia.

2 Comments on “Extraña justicia

  1. Eso es lo que los hombres quisiéramos: que la vida hiciera justicia por nosotros. 🙂
    Pero aquí está quizá el germen de otro libro.

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