Historias del tuerto: las narvales


hombre_con_pipaEl premio entre los embaucadores de a bordo se lo llevaba Damián Ortiz, un marinero viejo, tuerto del ojo izquierdo, que, si no hubiera sido por su total desconocimiento del arte de escribir, podría haber compuesto novelas más entretenidas que las plumas de los más insignes literatos, pues tenía una facilidad natural para atrapar la atención de los espectadores y llevarlos de la mano, boquiabiertos, a lo largo de los vericuetos de sus enrevesadas historias hasta un desenlace final, por lo general truculento.

Contó en una ocasión que, siendo joven −que era como solía comenzar todos sus relatos−, había estado embarcado en un ballenero y navegado por mares septentrionales en demanda de un banco de ballenas narvales, que son animales rarísimos, la color blanca y moteada, con un cuerno largo y recto, como el de los unicornios, y que buscan las aguas más frías para refrescar los fuegos que llevan dentro. Y siguiendo a estas ballenas pasaron más allá de la isla de Tule, donde los alcanzó un temporal con viento huracanado y mar furiosísima. Las olas eran tan grandes que, cuando estaban en un seno, parecía cercano el averno, y cuando el capricho del temporal los alzaba hasta la cresta, podía divisarse a lo lejos la luz del faro de Hércules.

−Por encima del rugido del viento se oyeron los cantos de los ángeles del cielo −contaba Damián Ortiz−, y todos creímos llegada nuestra última hora y nos apuramos en rezarle a la virgen del Carmen para que nos protegiera, y con ello fue servida Nuestra Señora porque pronto amainó la braveza de la mar y quedó tan calma como un pocillo.

El temporal los había empujado hacia el polo Ártico, entre campos de hielo atravesados por canales, donde el frío era tan intenso que a los marineros se les escarchaba el aliento en la cara, las narices y orejas se les ponían de la color de la carne podrida y las manos se les helaban aferradas a la jarcia, que hubo quién que, sin darse cuenta, dejóse los dedos engarfiados en ella. Navegando por los dicho canales, que a veces se cerraban de golpe, como las pinzas de un cangrejo gigante, llegaron a una como caverna de hielo o más bien catedral, por el tamaño, en la que se reunían las ballenas unicornio para bailar unas danzas que nadie hubiera imaginado en animales sin razón. Y por estar distraídas con los dichos bailes, las cazaron a gusto logrando un pingüe botín de cuernos que vendieron en Castilla por una fortuna, pues con ellos se fabrican espadas de una dureza sin igual, apreciadas por los nobles más encumbrados de todos los reinos de occidente.

Y mientras el Tuerto hablaba, todos callaban, pero al acabar su historia y sacarse de la boca la pipa, de la que nunca se separaba, se formaba un alboroto de opiniones cuestionando o defendiendo cada uno de los detalles, que si las tales narvales no existen o que es otro su nombre, que si la isla de Tule está en otra parte, que si el frío, el hielo, los cuernos y, en fin, otros mil comentarios; y a todo esto era Damián Ortiz el que callaba, ajeno a la discusión que había provocado, con los labios fruncidos en una media sonrisa y moviendo la cabeza cana de un lado para otro, recordando o imaginando ya una nueva historia que contar.

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