La historia apócrifa de Marcos Agras


Este Marcos Agras era originario de Fene, un pueblo asentado en la ría de Ferrol, en Galicia. Pese a la mucha intemperie que aguantaban los marineros y lo muy curtida que tenían la piel, no pasaba la suya de tomar una color dorada tirando a rojiza, propia de la gente del norte, su cabello era entre rubio y castaño, según lo quemado que estuviera por el sol, y los ojos de un azul muy claro, como lavados con agua fuerte. Tenía la cabeza grande, con buenas entradas a cada lado, los hombros estrechos y los brazos, largos y sarmentosos, remataban en unas manos que parecían garras por lo fuertes y nervudas que se veían.

Hablaba nuestra lengua apenas sin acento por ser hombre, según me dijo, de noble cuna y mucho mundo. Había estado viviendo un tiempo en tierra de ingleses, adonde había ido en busca de su padre, Pedro o Píter Agras, de Bournemouth, naufragado en las costas gallegas en tiempos del emperador Carlos quinto. Píter fue recogido moribundo por unos pescadores en la playa de Perlío y llevado al pazo de Echevarría, el más cercano, donde vivía una familia tan sobrada de hidalguía como desprovista de talega. Allí curaron sus heridas y lo cuidaron, allí casó con Cipriana Echevarría, y vivió unos años de paz y armonía hasta que dio en largarse tan repentinamente como había aparecido.

Desde muy pequeño, su madre, Cipriana, que veía en Marcos al varón que habría de heredar el apellido, se dedicó a ilustrarlo sobre la estirpe de su esposo, los Agras de Bournemouth, dueños de todo un condado y poseedores de una extraordinaria fortuna amasada con el raque de los barcos naufragados en las costas del canal de la Mancha. Y de tanto insistir y repetirle estas y otras historias que hilvanaba, la mujer hizo crecer en su hijo el deseo de viajar a Inglaterra y la ambición de reclamar la fortuna que en justicia le pertenecía.

Cumplidos los veinte, se embarcó hacia allí en una urca holandesa que hacía escala en El Ferrol, sin más impedimenta que la que cabía en un saco de marinero ni más sensatez que la que tendría una gaviota. Desconocedor del idioma y las costumbres, solo en tierra extranjera, en aquella pérfida Albión tan denostada por los nuestros, dio incontables bandazos, vivió mil aventuras, fue perseguido y preso, rescatado, apaleado, burlado y recogido, antes de llegar a Bournemouth y descubrir que ningún Agras había vivido jamás en aquella ciudad.

Atendido y cuidado por la caridad de una familia, como años atrás habíale sucedido a su padre, pudo hallar cierto solaz y reposo en sus aventuras, aunque fuera momentáneo, porque en aquel año del quinientos ochenta y ocho, el rey Felipe envió una armada imponente a invadir Inglaterra y todo lo que oliese mínimamente a español estaba bajo sospecha de traición y corría, por tanto, peligro. En una barquichuela que le proporcionaron sus benefactores se lanzó a cruzar el canal para huir a tierras francesas, pero el mismo temporal que azotó y desbarató la gran armada lo sacudió a él, desarbolando la chalupa y dejándolo a la deriva. Estuvo varios días a merced del viento, el oleaje y las corrientes, sin gobierno y a punto de naufragar, hasta que fue recogido por una fragata del abastecimiento de la armada que logró escapar del desastre y refugiarse en Normandía. Desde el puerto de Brest viajaron a Santoña y desde allí a Cádiz donde, no queriendo regresar al pazo de los Echevarría ni presentarse ante su madre para darle cuentas de su fracaso, decidió enrolarse de marinero en la flota de Nueva España y partir hacia las Indias Occidentales.

Anduvo varios años navegando por el mar Caribe hasta que, a causa de una reyerta con sangre, optó por dar el salto a los puertos de la Mar del Sur, la baja California, Zalagua, Acapulco, Acajutla y finalmente Panamá, donde dio en embarcarse en la nao San Salvador y en ella venir a parar al puerto de Cherrepe, sobre las costas del Perú. Y cuando se enteró de la expedición de don Álvaro de Mendaña y del ofrecimiento del Adelantado de admitir en la flota a todos los marineros que quisieran engancharse, Marcos Agras no se lo pensó dos veces, pues vio en la jornada de las Islas de Poniente una posibilidad para alcanzar la fortuna que Inglaterra le había negado y volver a su tierra cargado de fama y, sobre todo, de riquezas.

Y esta es en pocas palabras su historia como él me la fue contando a lo largo de las muchas guardias de medianoche que compartimos en la cubierta de la Santa Ysabel, mucho más detallada de lo que aquí la reflejo y contada con más gracejo y donosura, pues era hombre tocado por el don de la palabra.

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