El mitin


–Ya era como a la oración y no se veía tan claro, quizá por eso es que no me fijé cuando saltó un baboso armado y platicando tonteras, que si ustedes son unos tal por cual hijos de la chingada, y dejó ir dos que tres balazos que el último fue a pegarme justo entre los pies y me dejó pálido del susto, que si más se hubiera desviado una pulgada no lo cuento. Y de ahí se fue para donde don Beto, el candidato, que no había tenido tiempo de abrir la boca ni decir buenas tardes. Lo estaba encañonando directo, así como iba, y don Beto se hizo para un lado, queriendo protegerse detrás del poste, sin sofocarse, que algo me apantalló, pero el caso es que allí le hubiera dado matacán, que aquel hombre, aunque estaba bebido y se le aguadeaban las piernas, traía claras la intenciones y no le hubiera fallado tan de cerca. Como a cinco metros estaba ya cuando le salté delante con la treinta y ocho, cortándole el paso, y quedamos frente a frente, apuntándonos al pecho y mirándonos a los ojos, ¿no fue así Loncho?
–Igualito a las películas del oeste, Maclovio.
–Yo le echaba un restito de valor para mantener el tipo, pero estaba afligido, y peor cuando vi que muchos otros habían sacado también pistolas y desenvainado machetes sin que se atinara quién era amigo o enemigo. Y la gente agachada entre los bancos, buscando cómo esconderse. A saber qué hubiera pasado si en aquel momento no grita la mujer, fueron unos gritos rechinados que molestaban los oídos como una sierra cortando piedras: mi hijo, gritaba, me lo han matado, cabrones, pleitistas, el diablo se los lleve. Eso nos valió a todos porque el baboso se volteó hacia la mujer y yo me le eché encima y lo desarmé: por Dios, si no grita la señora a saber cuántos muertos no hubieran habido.
– Seguro, Maclovio, tremenda balacera la que se hubiera desatado.
– Y allí estaba el muchacho, botado en el suelo, encharcado en sangre.

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