Fábula del jabalí (con moraleja)


En tiempos remotos, mucho antes de que aparecieran los hombres, estos cerros de los alrededores no estaban llenos de olivos ni de campos cultivados, ni había huertas por los alrededores, ni cortijos ni cosa que se les pareciera, sino que formaban un bosque espeso y enmarañado, mezcla de monte bajo y arboleda, que abarcaba todo lo que se puede ver hasta el horizonte y más allá. Encinas y alcornoques en las lomas, quejigos en las umbrías, adelfas en las riberas; jaras, brezos y tomillos. El cantueso de flores moradas, la aulaga de flores amarillas y las amapolas rojas hacían, en primavera, el campo republicano.

Vivían en aquel ecosistema (que aunque es palabra moderna, algo pedante y rara, es la más adecuada para referirnos a la flora y fauna del lugar) los más variados animales, desde el pequeño saltamontes hasta el enorme toro salvaje, desde el prolífero conejo hasta la escasa garceta, desde el aguilucho cenizo hasta el buitre real, desde la humilde lombriz de tierra hasta el altivo venado, y todos ellos sin excepción estaban gobernados desde tiempo inmemorial por el tiránico Clan del Lobo, que les imponía férreas normas y terribles castigos y los aterrorizaba con sus frecuentes cacerías. El Clan del Lobo no toleraba más criterio que el suyo, se reservaba las mejores presas y los mejores espacios: los arroyos más caudalosos en verano, los refugios más abrigados en invierno, y las atalayas más altas y prominentes desde las que vigilar a sus súbditos y aullar su supremacía.

Pero un día los animales decidieron unirse para cambiar las cosas, sacudirse de encima al Clan del Lobo, establecer un orden nuevo y elegir entre ellos a un líder que los gobernase. Durante una luna completa, fueron pasando la consigna de un árbol al siguiente, de un seto a otro y de cerro en cerro, sin dejar de lado ni un solo manchón de monte, hasta que se hubieran enterado todos. Los animales se reunieron en asamblea en la umbría de un enorme cerro que hacía forma de hemiciclo. Estaban presentes todos, excepto el Clan del Lobo. Después de mucho charlar y debatir, de hacer corrillos para sondear a los demás, de opinar lo opinable y de hacer muchas cábalas, decidieron que los animales interesados en gobernar se presentaran de dos en dos, es decir, agrupados por parejas, como los cónsules en la antigua Roma, donde las virtudes de uno compensaran a los defectos del otro y viceversa. Así, se presentaron la grulla con el gusano, el toro con la araña, el petirrojo con la víbora, la tortuga con el lince, el buitre con el conejo (que ya por aquel entonces se admitían parejas del mismo género), y un largo etcétera. Y tras más debates y discusiones se pasó, por fin, a votar, resultando ganadora la pareja formada por la ardilla y el jabalí, quizá porque a todos los animales les convenció aquella extraña combinación de la inteligencia y gracia de la ardilla con la fuerza y la tozudez del jabalí.
El Clan del Lobo se enteró a la mañana siguiente, cuando ya todo estaba hecho, y bajaron del cerro donde tenían sus reales con los belfos amenazantes y las orejas replegadas, listos a dar una lección a los rebeldes; pero en lugar de animales aislados y temerosos, como solía suceder, se encontraron a una compacta falange dispuesta presentar batalla. La refriega fue violenta y, antes de retirarse, el Clan del Lobo dejó profundas marcas en más de uno; pero al final no les quedó más remedio que huir con el rabo entre las piernas y dejar el campo libre a la nueva era.
Los animales se sentían felices y celebraron por todo lo alto tan señalado acontecimiento. Habían decidido, además, para no caer en la dinámica del pasado, que al cabo de varias lunas, cuando los ánimos y las ideas se fueran agotando, la pareja elegida pondría su cargo a disposición del respetable, para renovarse y que otros aportaran también sus talentos.
La ardilla pronto se reveló como una excelente gobernante, velando sobre todo por los derechos de los más débiles. Pero el caso fue que al poco tiempo de la elección, los acontecimientos empezaron a torcerse porque la ardilla apareció muerta en un alejado rincón, bajo la agradecida sombra de un alcornoque. Nunca se llegó a esclarecer aquella muerte, cuya versión oficial fue: hipertensión producida por un exceso de responsabilidad, ya que las ardillas, como bien sabemos todos, son animales de vida corta y ajetreada, propensos a los sustos y a las anginas de pecho. Sin embargo, algunos suspicaces lograron ver el cuerpo de la ardilla, que presentaba numerosas incisiones cortopunzantes en tronco, cabeza y extremidades. Pensaron mal del jabalí, pero no se atrevieron a decir nada porque sus colmillos grandes y retorcidos les inspiraban temor.

El jabalí reunió nuevamente a los animales del bosque, con lágrimas en los ojos les habló de su pesar por la muerte de la ardilla y les pidió un voto de confianza para finalizar su legislatura, asumiendo en solitario las funciones de presidente, sin consorte, pero se buscó, eso sí, para que lo asesorase, nada más y nada menos que a maese raposo, el del jopo peludo, que tenía fama de astuto y versado en leyes, en especial las leyes del embudo, que aplicaba con frecuencia en todo lo que a sí mismo se refería. Los animales, que no estaban muy acostumbrados a vivir en democracia y sentían próximos aún los tiempos del Clan del Lobo , pusieron al mal tiempo buena cara y decidieron seguir adelante con su proyecto de bosque para todos, a la espera de las nuevas elecciones.
Pero el tiempo pasaba y el jabalí le fue encontrando gustillo a eso de ser presidente de los animales, al sillón de piedra que le habían preparado justo debajo de dos enormes encinas, tan altas ellas que sus copas se tocaban formando como una cúpula, a las taimadas alabanzas que su consejero particular, maese raposo, le susurraba al oído, a las cestas repletas de grandes bellotas dulces y sanas que algunos animales se preocupaban en regalarle (para que ya no tuviera que esforzarse él en recogerlas), a los pequeños favores (y no tan pequeños) que muchos le pedían y que él graciosamente concedía. Se fue acostumbrando jabalí a que lo llamaran Jabalí con jota mayúscula, para distinguirlo del resto de los animales; a que los demás, que hasta entonces no se lo habían tomado demasiado en serio por aquello de que, aunque de refilón, no dejaba de ser pariente del hermano cochino, le mostraran respeto y lo saludaran efusivamente cuando se lo cruzaban en las soleadas avenidas de la dehesa; a recibir un pequeño tributo en especias por las preocupaciones derivadas de su cargo; a frecuentar la compañía de quienes más halagaban su oído; a poner mala cara a quienes le llevaban la contraria u opinaban diferente; a favorecer a sus más allegados y a distinguirlos entre los demás animales del bosque; a hacer la vista gorda cuando maese raposo, el del jopo peludo, repartía mordiscos entre la concurrencia.
En resumidas cuentas, que pasaban lunas y más lunas, gavillas enteras de lunas pasaron, y se fue acostumbrando nuestro señor Jabalí a vivir, y nunca mejor dicho, a cuerpo de rey. Se sentía más ancho que pancho, gobernando aquel bosque con su criterio, y no se decidía a dejar el cargo a otro más joven, enfadándose incluso cuando el tema se mencionaba. A más de uno tuvo que enseñarle los colmillos, cada vez más amarillos y retorcidos, para ponerlo en su sitio.

Algunos animales empezaron a pensar si no se habrían equivocado de animal y en lugar de un jabalí se les había colado un lobo disfrazado de jabalí. Sin embargo, no se aventuraron a hacer nada porque aún recordaban la violenta batalla con los lobos y la muerte de la ardilla, ni siquiera lo comentaron entre ellos porque un clima de desconfianza se había ido instalando en la dehesa, nadie se fiaba de nadie ni, por supuesto, se atrevía a hablar mal del Jabalí por temor a que algún tiralevitas lo delatase.
Y así están las cosas como están. El Jabalí lleva décadas gobernando en la dehesa, dispensando favores entre sus súbditos y dando y quitando cargos a sus colaboradores y palmeros, que se atribulan en un sinvivir por agradarlo. De la ardilla ya nadie se acuerda; la doma adquirida en los tiempos del Clan del Lobo no había tenido tiempo a desaparecer del todo; y los animales se acomodaron a la tiranía del Jabalí. Total, suele pregonar el zorro, si nos gobernase otro animal vaya usted a saber cómo nos iría.
Qué razón tiene, piensan quienes lo escuchan, porque “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.

 

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