El cañal


Las grandes langostas preñadas de furia asomaron de pronto por el cielo tras las lomas y antes de que nos diéramos cuenta ya las teníamos encima, escupiendo tropas que sembraron el desorden en nuestra columna entre ráfagas de muerte y carreras alocadas, cada cual escabulléndose por donde ha podido, a lo loco, corriendo como animales acosados. Yo huí hacia un cañal cercano, que estaba crecido y en flor. Pude alcanzarlo, quizá otros también, pero no todos, y perderme en su maraña tupida y ponzoñosa, avanzando a trompicones, con el corazón acelerado y la boca reseca, y me creí a salvo: ¿quién me va a seguir hasta aquí?
Pero los soldados le han puesto fuego y me rodea el crepitar furioso de las llamas, que estiran hacia lo alto sus dedos flacos y devoran el cañal con una violencia ansiosa. El humo levanta las pavesas que suben hacia el cielo ingrávidas, girando en el aire caliente, aleteando como mariposas negras. Ahora, que ya es un campo abrasado e infinito donde sólo queda la desolación de palotes ennegrecidos, cenizas calientes y ese olor dulzón a caramelo y carne quemada, es demasiado tarde para buscar una salida.
Suerte tuve de llevar encima la petaca de guaro, que he ido vaciando trago a trago, y me está ayudando a no sentir las llamas, a engañar los sentidos, adormecerlos, y así, bien reconfortado por dentro para no sentir por fuera, poder dar la bienvenida a las voces de los que ya no están.

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