Caciques del siglo XXI


Antes de la llegada de la democracia proliferaban los caciques. Los hemos tenido durante el franquismo, en la república, que fue demasiado corta y no dio tiempo a erradicar el mal, y también antes, con la dictadura de Primo de Rivera, con el Borbón, con el otro Borbón, con la Restauración, con la reina Isabel y antes aún y más atrás… A lo largo de la historia de esta tierra, el caciquismo ha sido una constante.
Todos sabemos lo que es un cacique y cómo actúa: algunos, porque lo han vivido en carne propia, y otros porque lo han escuchado. En todo caso, en el diccionario viene su definición, para ilustrar a quien lo ignore.
Dice el DRAE, cacique: Persona que en una colectividad o grupo ejerce un poder abusivo. El diccionario María Moliner es más extenso y explica, cacique: Persona que ejerce una autoridad abusiva en una colectividad; particularmente, el que en un pueblo se hace dueño de la política o de la administración, valiéndose de su dinero o influencia.
Lo cierto es, retomando el hilo de la cuestión, que muchos españolitos de a pie, cuando llegó la democracia, suspiraron pensando que, por fin, se habían acabado los caciques. Y no sin razón, porque ese cacique tradicional que imponía su ley con la escopeta y el garrote, de la mano de las autoridades y los “civiles”, ese señorito que llevaba a los jornaleros a votar en manada como el que arrea las reses al encerradero, prácticamente ha desaparecido.
Pero, pese a la Constitución y a la libertad –relativa– que disfrutamos, a los avances tecnológicos y al estado del bienestar, un nuevo tipo de cacique medra por estas tierras y pueblos de la España profunda, de nuestra Extremadura rural, un cacique que se ampara en la democracia para actuar a la antigua, que se sirve de las instituciones, que no atiende más Ley que la ley del embudo y que se aferra al poder como las garrapatas a la oreja del cerdo, y se mantienen en él.
Hacen de su capa un sayo y de su voluntad una profesión, da igual el partido al que pertenezcan porque no lo renuevan, toman las decisiones en solitario, sin contar para nada con concejales ni correligionarios ni estructura de partido ni perro que les ladre. Y no digamos con el resto de la gente. Tanto se perpetúan estos caciques que terminan por atemorizar al vecindario y aprovecharse de que la gente se calla para no buscarse problemas.
Los antiguos caciques no querían que el pueblo estudiase ni se alfabetizara para dominarlo mejor; los nuevos caciques son más finos y no llegan a tanto, pero tampoco les gusta que el personal se informe más de la cuenta ni pregunte lo que no debe.
Los antiguos caciques establecían relaciones de compadrazgo con los humildes y les regalaban su protección para mantenerlos dóciles; los caciques de ahora hacen creer al vecino que son favores lo que en realidad son derechos, y de vez en cuando hacen la vista gorda con cualquier menudencia para tener a quien sea bien amarrado.
Los caciques de antes tenían su círculo de confianza, sus protegidos e íntimos a quienes beneficiaban con desfachatez, igual que hacen estos del nuevo milenio con sus amigos, deudos y familiares: que si un enchufe, una licencia, un contratillo, un sello de más o una formalidad de menos.
Un cacique extremeño del siglo XIX decía: “aquí mando yo” ¿no les suena esta frase? Torrente Ballester, en su novela “Los gozos y las sombras” hace decir a su patrón de astillero: “en este pueblo se hace lo que yo digo”, ¿no les suena esta frase? Eduardo Galeano, en “Las memorias del fuego”, refiere la anécdota de un terrateniente criollo que dice “esto se hace por cojones”, ¿no les suena la frase?
No nos llevemos a engaño, en esta Extremadura del siglo XXI, al igual que en la del XIX, seguimos teniendo caciques, quizá hayan mutado el fenotipo, refinando sus métodos y retocando el aspecto, pero siguen siendo fieles a la esencia de su definición.
La diferencia estriba en que, queriendo, se los puede borrar del mapa sólo con cambiar la papeleta.

2 Comments on “Caciques del siglo XXI

  1. Vamo un poné: ¿pongamos que hablo… de Malcocinado, provincia de Badajoz?

    Muy de acuerdo respecto a casi todo, señor Julio. Pero yo matizaría un par de detalles: el caciquismo no es un fenómeno político, sino idiosincrático; no es una cuestión de gobiernos, sino de mentalidad. Me parece una equivocación (siempre me lo ha parecido) asociar o identificar el caciquismo de manera especial con determinados regímenes de nuestra España, como hace hoy el día el grueso de la población al atribuirlo sobre todo a la dictadura del Generalísimo (¡ahí es ná!) Franco. Error, triste error: el caciquismo es, en esencia, una cosa ibérica, mediterránea, una cosa nostra. Lo llevamos en la sangre desde tiempo inmemorial.

    Por eso, cuando dices: muchos españoles, cuando llegó la democracia, suspiraron pensando que, por fin, se había acabado los caciques. Y no sin razón, yo discrepo: la llegada de la democracia (o de lo que, en comparación con el franquismo, pudo durante unos años parecer una democracia) no era razón ninguna para suponer la desaparición de los caciques, y pienso que quien así creyera no pasaba de ser un ignorante, un iluso. Se puede derrocar un gobierno, o incluso llevar a cabo una revolución; pero no se puede cambiar de la noche a la mañana la mentalidad de un pueblo, cosa que la historia no ha dejado de demostrar: ese tipo de cambios no hacen más que poner a otros perros los mismos collares. Y creo también que cuando dices: ese cacique tradicional que imponía su ley […] de la mano de las autoridades y los “civiles”, […] que llevaba a los jornaleros a votar en manada como el que arrea las reses al encerradero, prácticamente ha desaparecido, haces gala de un optimismo injustificado: ese cacique tradicional es el mismo -exactamente el mismo- hace medio siglo que ahora; al menos en Extremadura y Andalucía. Nuestros alcaldes (y otros caciques que no lo son) siguen imponiendo su ley de la mano de las autoridades (¡ellos son la autoridad!) y de la Guardia Civil (un cuerpo que nació y se ha mantenido, por cierto, con la pragmática filosofía de guardar total fidelidad al poder establecido, sea cual fuere), y siguen arreando a los jornaleros a votar en manada.

    Nada ha cambiado, dilecto amigo; absolutamente nada. El nuevo régimen, al que tan pomposamente llaman democracia, sólo ha sustituido a unos perros por otros, pero la mentalidad permanece intacta. El cacique existe en España sobre todo por dos causas: porque lo tenemos en los genes y porque la Justicia así lo consiente.

    (Visita mi blog: http://pablog.tunalkan.com)

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  2. Dilecto Pabster, gracias por subir al blog un comentario de tanto peso. Pero para contestarlo hemos de meternos en las aguas arremolinadas –arremolinadas por cíclicas, no por turbulentas– de la matización de los matices.
    Así, no comparto tu opinión de que el caciquismo sea un fenómeno sólo idiosincrático, de mentalidad, en el que ni gobiernos ni regímenes tengan nada que ver. De acuerdo en las raíces sociológicas del fenómeno, pero el régimen político de turno es el caldo de cultivo que ayuda o entorpece su propagación. Y una dictadura favorece, en mi opinión, la plenitud del caciquismo. Precisamente de eso trata el artículo, de de cómo han tenido que modificarse las estrategias y estructuras de cacicazgo para adaptarse al cambio de los tiempos. Cogiendo tu ejemplo canino, yo lo matizaría diciendo que han cambiado los perros pero también los dogales: lo que permanece es la funcionalidad del invento.
    Muchos españoles suspiraron pensando que la democracia acabaría con los caciques. Podrán haber pecado de ingenuos, como dices, o de ignorantes, pero lo cierto es que creyeron tener razones para ello: a la vista está que se equivocaron.
    La tercera y última matización se refiere a tu afirmación sobre la actualidad del fenómeno de llevar los alcaldes, en estas tierras, a los jornaleros a votar en manada. Aún estando de acuerdo contigo en el fondo, creo que la frase, antes, era aplicable en sentido literal mientras que ahora se debe emplear en sentido figurado.
    Para terminar, y a vueltas con los significados, quiero entender, para poder compartirla, tu frase de “llevarlo en los genes” en sentido figurado: no en su referencia a un condicionamiento genético puro y duro, sino como efecto de la influencia del medio ambiente, la cultura y la educación.

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