Literatura hispanoamericana: de allá para acá


No seamos hipócritas y reconozcamos que cuando hablamos de literatura hispanoamericana sentimos, junto a un cierto orgullo idiomático, un puntito de resquemor, porque es aquel un término ambiguo, que hermana y rechaza al mismo tiempo: se refiere a la literatura escrita en español, pero fuera de España.
No existe unidad de criterio sobre su origen, pues los estudiosos en la materia se alinean desde los que incluyen en el término a cualquier literatura producida en Hispanoamérica desde la llegada de Colón, incluyendo toda la época colonial, hasta quienes la línea de corte la trazan en el momento de la independencia de las repúblicas americanas y el desarrollo de las sociedades criollas.

En todo caso junto a esta distinción, objetiva por cuanto histórica y geográfica, existen otras diferencias más subjetivas que son, al fin y al cabo, las que pesan en la carga conceptual del término para la mayoría de los mortales: la literatura hispanoamericana refleja la contraposición del nuevo mundo frente al viejo, de unas tendencias emergentes frente a otras rancias u obsoletas, incorpora técnicas innovadoras, temáticas regionales a la vez que universales, se nutre de una tradición oral que no existe en España desde el siglo de oro, y es, en fin, continental en sí misma, compartiendo más influencias con la literatura norteamericana que con la española.
Desde mediados del siglo pasado, y por más que nos pese, hay en el panorama nacional pocos escritores tan consagrados como al otro lado del Atlántico. En el Olimpo donde brillan nombres como García Márquez, Cortázar, Borges, Onetti, Bryce Echenique, Vargas Llosa, Rulfo o Asturias, por mencionar algunos, pocos nombres españoles podríamos inscribir. Algunos, sí, pero pocos.
Sin embargo, parece que el mundo de la mercadotecnia literaria va por otro camino y la presencia de la literatura hispanoamericana es escasa en los diversos rankin de ventas y de lecturas que podemos consultar en la web, se pierden en los escaparates de nuestras librerías, en las mesas de los más vendidos, entre pilas de best-sellers extranjeros (quiero decir, traducidos), novelas históricas y autores nacionales. Si acaso podemos encontrarnos algún título cuando publican una nueva obra o cuando reciben algún galardón. Cierto que el mundo editorial es vertiginoso y no le gusta mira atrás, pero ¿es esa la única razón para dedicarles una presencia tan exigua?
Pero si poca es la vitalidad de que goza en nuestro país la literatura hispanoamericana en el campo de la lectura, en el de la escritura el panorama es aún peor. La escuela hispanoamericana, permítanme llamarla así pese a su gran diversidad, apenas ha dejado huella en los escritores españoles consagrados y tampoco lleva trazas de dejarla en los emergentes. Vivimos con ella una relación de hipocresía políticamente correcta: hablamos bien de ella, admiramos a sus autores, la originalidad de estilos… pero nos apartamos de su camino. Habría que ser un buen sabueso para encontrar en textos españoles actuales, ya sean de novela, teatro o cuento, huellas de la influencia literaria hispanoamericana.
Y es una lástima, la verdad. En estos tiempos de incertidumbre social y política, la literatura HA nos muestra un camino por el compromiso y la denuncia social. Sus páginas reflejan convulsas realidades sacudidas por todo tipo de conflictos y en ellas tiene una presencia viva el debate sobre aspectos tan fundamentales como la libertad, la violencia o la justicia; a través de acontecimientos de la vida cotidiana, a veces relatados de forma mágica e intemporal, logran transcender el ámbito puramente local en un intento de explicar la historia.
Por eso, cuando uno echa mano de algún texto bien escrito y que rezuma solera hispanoamericana, que haberlos haylos, se siente una oleada de aire fresco, una esperanza resurrecta y un espaldarazo de ánimo al saber que no caminamos solos este sendero del trasvase literario, de allá para acá.

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