Tres días de marzo

16 de marzo de 1981

Está amaneciendo. Hace dos días que bombardean el caserío. Por el día sobre todo, pero también por la noche. No hace mucho cayó un motero ahí nomás, directo al palo de zapote. Lo hizo astillas. Mi padre con mi hermano Chemo han cavado un agujero al otro lado del cerco, entre los palos de café, y lo han tapado con maderas y tierra. Nos metemos todos dentro, pero apenas ajusta. El agujero es pachito y el terrizo que lo cubre no garantiza.

Estoy sentada junto a mi mamá, y la ayudo a chinear a mi hermanito. Se me ven las rodillas, que están sucias y algo terrosas. Estiro la falda, pero es demasiado corta y no alcanza a cubrirlas. Toda la ropa se me está quedando pequeña. Mi mamá dice que estoy creciendo muy aprisa, que me va a cortar un par de vestidos en cuanto pueda comprar la tela. Estamos todos callados, nadie se anima a platicar. Mis hermanos no lloran ni gritan, están como temblorosos, con mucho miedo. Yo también tengo miedo pero estoy tranquila, no sé por qué.

Me fijo en una hormiga negra, de esas que les dicen guerreadoras, que va trepándose por el pie y después por la canilla. Pican duro, pero si te mantienes quieta, sin respirar, entonces no hacen nada. Está algo perdida, igual que nosotros. Se mueve deprisa, con sus patitas delgadas y largas, y apenas la noto sobre la piel. A don Peto, mi padrino, se le metió una hormiga en la oreja mientras dormía la borrachera, en medio del monte. Llegó a casa tambaleándose y gritando del dolor, agarrándose la cara con las dos manos. Se devanaba por el suelo y brincaba y se daba cabezazos contra los horcones del corredor. Tuvieron que sujetarlo entre varios hombres para intentar sacarle la hormiga. Le hurgaron en el hueco de la oreja con una ramita y, como no salía, llamaron a la Licha, que tiene las uñas largas. Pero tampoco. Al final fue mi abuela quien dijo: échenle agua caliente, no sean brutos, y así salió.

Se oyen venir las granadas. Zumban antes de estallar igual que los zancudos cuando se te acercan a la oreja, pero más fuerte. Entonces cierro los ojos y encojo los hombros. Pienso que si nos cae una encima nos vamos a morir todos. Pero revienta y aún seguimos aquí, vivos. Algunas caen bien cerca y la tierra se sacude con un temblorcito. Y le corre a una como un escalofrío por la espalda. Por ratos vienen más seguidas, bum, bum, bum, y después se calma un momento.

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“Las islas de Poniente” cumple 1 año (III)

Puede que mis palabras al final se queden cortas para describir todo lo que Las islas de Poniente contiene

Una de las reseñas sobre la novela se publicó en el blog literario y cinéfilo “Libros en el petate”. Fernando, el autor de la reseña, escribe: «Puede que mis palabras al final se queden cortas para describir todo lo que Las islas de Poniente contiene y puede ofrecer al lector, pero un viaje de semejantes características, con aquellas condiciones y el misterio que envuelve a lo que ocurrió con aquellos aventureros, tiene mucho que contar pero mientras más se diga menos capacidad a la sorpresa deja uno a los futuros lectores».

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El galeón de Manila

El Galeón de Manila fue la línea marítima más longeva de la humanidad: duró más de 250 años.

Os dejo con esta interesante entrevista realizada en la sección “La espada y la pluma”, de Radio Ya, a Francisco Moreno, especialista en las navegaciones por el Pacífico, que nos revela algunos secretos sobre esta empresa tan poco concido de nuestra historia. Espero que os guste

La “Armada Invencible”. Los irlandeses nos sacan los colores

Los irlandeses nos sacan los colores produciendo una película sobre la Armada Invencible

Es decir, una película sobre nuestra propia historia. Curiosamente, o no, ha sido otro país el que ha producido una película sobre la famosa, controvertida y desconocida historia de la Armada Invencible, que, por cierto, nunca se llamó así, sino Feliz Armada o Gran Armada (lo de “invencible” fue invención inglesa). “Armada 1588: Naufragio y supervivencia” relata la gesta del capitán español Francisco de Cuéllar, cuyo barco encalló frente a las costas de Irlanda tras el fracaso de invadir Inglaterra . La película está disponible en la web: https://www.spanisharmadaireland.com/

“Las islas de Poniente” cumplen 1 año

“Las islas de Poniente” cumplen 1 año desde su publicación. Reseña de Carla lee libros.

Una vez lanzada “al aire”, la novela deja de ser propiedad del autor para convertirse patrimonio del crítico y, sobre todo, del lector. Durante estos 12 meses ha cosechado numerosas críticas y reseñas, en general positivas, y he recibido las impresiones de numerosísimos lectores que me ayudarán (que me están ya ayudando) a mejorar como escritor. En este post dejo la reseña de una joven lectora. ¿Quién ha dicho que la novela histórica no es un género literario para las mujeres? ¿Quién ha dicho que la novela histórica no sea un género literario para los jóvenes? Creo que Carla no opina lo mismo. ¡Gracias por tu reseña sobre «Las islas de poniente»!.

Veinticinco años después

Te había conocido una tarde, meses atrás, en una asamblea que hubo frente a la tarima del campamento cinco. El sol caía hacia poniente y el viento levantaba nubecillas de polvo. De pronto, levanté la vista y allí estabas tú, al fondo y un poco a contraluz. Llevabas zapatillas blancas, calcetines amarillos y un vestido verde manzana que el viento pegaba a tu cuerpo y te marcaba las formas. Tenías el pelo largo, muy negro, recogido con dos prendedores y tus ojos oscuros me dirigieron una mirada que tuvo algo de de contacto físico, como un golpe o, al menos, una sacudida. Pero cuando logré reponerme de la impresión, habías desaparecido.

Estuve varias semanas indagando discretamente por “la chica del traje verde manzana”, hasta que te localicé: se llama fulana, me dijeron, vive por allá y quiere aprender inglés. Para poder acercarme a ti, le propuse al comité de educación encargarme de dar las clases de inglés en la escuela nocturna, aunque apenas supiera pronunciar más que hello y goodbye. Así que nos conocimos oficialmente en el aula donde, dos veces por semana, se impartían las clases. Aquella aula se llenaba de zancudos y se oían más las palmadas con que los matábamos que mis torpes lecciones. Pero así es el amor, que no entiende de idiomas, ni de bichos. Leer Más

Reseñas y críticas de “Las islas de Poniente”

Reseñas y críticas de "Las islas de Poniente"En marzo ha hecho ya diez meses de la publicación de la novela Las islas de Poniente, con la editorial Pàmies, en la colección de Narrativa Histórica, y ha llegado el momento de detenerse, echar la vista atrás y pasar revista de lo que la novela ha dado de sí. Y qué mejor manera que hacerlo que a través de las opiniones de los demás. Durante estos meses, varios han sido los reseñadores, blogueros y periodistas que han puesto por escrito, o a través de vídeos, sus opiniones sobre la novela. Si estáis interesado en conocerlas, a continuacion os dejo los enlaces:

 

 

PROMOCIÓN KINDLE SEIS MIL LUNAS

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Autores, blogueros, booktubers, escuelas de escritura e incluso algunas de nuestras editoriales de cabecera han puesto en marcha iniciativas gratuitas para hacer más llevadera la reclusión en casita. “La otra literatura” también quiere aportar su granito de arena ofreciendo la descarga gratuita, desde mañana jueves hasta el lunes 6 de abril, inclusive, del ebook Seis mil lunas, de Julio Alejandre. Se trata de 14 historias de personas concretas, de carne y hueso, sacadas de la América Latina de hoy, que nos transmiten sus derrotas, sus desventuras, sus esperanzas y su búsqueda de una vida mejor.

Disponible en el siguiente enlace:

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El instinto de vivir (2): un relato de supervivencia

El instinto de vivir

Era tarde. Había caminado durante horas a través del bosque, quizá no había hecho más que dar vueltas en un cuadrilátero, como un boxeador, sin llegar a ninguna parte. Pero ya no se movía. Estaba recostado sobre el tronco de un árbol, desfallecido. No veía absolutamente nada, ni siquiera su propio fusil, que a intervalos irregulares montaba y disparaba al aire. El fogonazo lo cegaba y durante unos momentos no había nada más que una claridad deslumbrante, como cuando de pequeño intentaba mirar al sol, pero después venían a sus ojos, en negativo, las imágenes de los troncos que lo rodeaban, de su propio cuerpo, de la nieve amontonada. No lo hacía, lo de disparar, porque tuviera esperanza en que alguien fuera a responder, sino para no reconocerse definitivamente vencido.

La tormenta había aflojado un poco, nevaba con menos intensidad y la temperatura seguía cayendo; sin embargo, cada vez sentía menos la fiereza del frío. Su cuerpo estaba tan aterido que sólo tenía conciencia de un malestar desapacible, de un dolor romo que le entumecía los nervios. Sabía que estaba empezando a congelarse, pero no tenía fuerzas ni ánimos para continuar marchando: “La desesperanza te ha ganado”, le habría dicho el sargento Patiño. Montalvo hizo un esfuerzo, con movimientos torpes cargó el fusil y lo disparó. Otro destello deslumbrante. Esta vez la luz se mantuvo durante un momento a su alrededor, hipnótica, iluminando rincones interiores que no eran de este presente.

Los pensamientos perdían claridad, deslizándose entre ellos un carrusel alocado de recuerdos: la fotografía de su novia, la que le había obsequiado a pie de andén y perdió durante el viaje; las manos sonrosadas y las uñas largas y pintadas de rojo oscuro de la mujer que tomaba sus datos en el campamento, la sala llena con banderas e insignias; se acordaba del padre Esteban, el profesor de latín en el internado de Don Benito, ¿de qué le había servido el latín?, que se levantaba la sotana y jugaba con ellos al fútbol en el descampado de la Avenida como si fuera un alumno más; de Martín Navas, su compañero de pupitre; de su hermano, que cayó en Teruel, lo veía cargando costales de aceitunas en las bestias sin ayuda de nadie, del hogar grande que había en la casa familiar, donde se quemaban enormes troncos de olivo que llenaban la cocina de humo picante, todos sus hermanos sentados alrededor del fuego, en sillas de anea, su madre, con el pañuelo anudado en la cabeza, preparando la matanza, su padre, liando cigarros y contando chascarrillos, otra vez su novia llorando en la estación de Atocha, con su vestido de color negro, como si fuera ya una viuda, el tren que se alejaba hacia la frontera, un paisaje desolado y llano, las mujeres agachadas sobre la tierra en las planicies sin fin, y el caos de la guerra, con nieve, con barro, con calor, los compañeros caídos, despanzurrados, rotos, los medio vivos y los medio muertos, el olor a podredumbre de los heridos, amontonados a la espera de una evacuación que siempre llegaba demasiado tarde, el zumbido de los obuses, el estruendo de la explosión, el tableteo de las ametralladoras, la desbandada y la derrota, y su única elección en esta tormenta, aunque elegir, lo que se dice elegir, no lo había hecho nunca, su única elección que era la supervivencia, había que joderse, extraños caminos para lograrlo.

Y debía ser ese instinto de vivir, mecánico y testarudo, el que tiraba de vez en cuando de un pensamiento redentor, rescatándolo del olvido: no te rindas, no te rindas, ¡no te rindas! Y el hombre volvía a cargar el fusil, pero no le quedaban fuerzas para halar del cerrojo. No te rindas, repetía el pensamiento. “La última vez”, se dijo él, no porque no le quedase munición, que tenía veinte o treinta cartuchos aún, sino porque no le quedaba voluntad. Pero con todo y eso tiró del cerrojo y montó el arma. Vio el fulgor poderoso que se apagaba gradualmente en una oscuridad total. Y también el destello que lo siguió, más pequeño y rojizo, como un eco lejano. No he sido yo, pensó de golpe, en un chispazo de entendimiento de su mente aturdida.

No he sido yo.

El instinto de vivir (1): un relato de superviviencia

El instinto de vivir

No pudo dejarlo a la intemperie: había visto demasiados cadáveres jalonando la llanura, anónimos bultos oscuros petrificados por el frío, y no quería que el de su compañero fuera uno más. Así que se tomó su tiempo para cubrir el cuerpo con una capa de nieve, siquiera fuese someramente, y unas ramas secas: ya se encargará la borrasca de rematar el trabajo, pensó. Mientras se aplicaba en la faena se percató de que el frío aumentaba y se apropió de la bufanda y del capote del fallecido. Finalizado el enterramiento clavó una estaca vertical, colocó el casco sobre ella, en solitaria señal de su paso por el mundo, y echó a andar sin volver la cabeza, alejándose del túmulo blanco en la inmensidad igual.

Pudo guiarse durante un trecho por las marcas de sus propias huellas, hasta que la nevada cada vez más copiosa las ocultó por completo. Se detuvo. Miró hacia atrás y hacia delante calculando la hipotética línea que estaba siguiendo y tomó la referencia de un árbol, pero a los veinte pasos ya la había perdido. Todos los troncos eran semejantes y la nieve se había convertido en una espesa cortina blanca que cerraba su horizonte más allá de unos pocos metros.

Comenzó a sudar y sintió cómo un cosquilleo nervioso se extendía por su piel. Respiró profundamente el aire helado, tan helado que hacía daño, una, dos, tres veces. Necesitaba tranquilizarse, expulsar de su cabeza cualquier pensamiento inútil y calibrar la situación con objetividad: debía estar más o menos donde se había separado de su compañía. Buscó en el suelo alguna huella delatora del paso de las tropas, pero la nieve había borrado cualquier indicio revelador. En todo caso, tenía que avanzar hacia el este, intentando encontrar el límite del bosque.

El este. ¿Cuál era el este? En todo caso, el hombre tenía la certeza de estar cerca del límite del bosque y echó a andar con determinación. Se fijaba en un tronco cercano, mirándolo casi sin pestañear, para no perderlo de vista, hasta que le rabiaban los ojos, y caminaba hacia él. Después elegía otro que estuviera justo al frente y repetía la operación. Era consciente de la escasa fiabilidad de su sistema, pero no tenía otro. Tampoco necesitaba alcanzar un punto exacto, ni recorrer una distancia enorme, sino salvar unos cientos de metros hasta salir del bosque, una vez allí no sería tan difícil orientarse con las casas. Las recordaba de los días pasados, formaban un conjunto de cuatro o cinco edificaciones casi destruidas por el intenso fuego artillero, con el techo quemado, las paredes agujereadas y las ventanas sin marcos ni postigos.

Un escalofrío le hizo caer en la cuenta de que la temperatura seguía descendiendo. ¿Cuánto haría, treinta bajo cero? ¿Cuarenta? Desde que empezó el invierno no recordaba haber sentido un helor semejante. Cierto que les había hecho pasar penalidades enormes, sobre todo al principio, cuando aún no les habían proporcionado los pertrechos apropiados: la ropa interior de lana, las botas forradas y los gruesos capotes con sus capuchones. Habían pasado lo suyo y a muchos compañeros tuvieron que amputarles manos y pies congelados. Leer Más

Qué tiempos aquellos: un relato de añoranza

Qué tiempos aquellos

Esta tarde comparto con vosotros  Qué tiempos aquellos, un relato de añoranza que me contó “el Jose”, sobre aquella época en la que aún te paraban cuando hacías autoestop y el agradecimiento era la norma y no la excepción.

El Jose ya tiene sus años. Es alto, deslavazado de cuerpo y quemado por el sol. Es un ganadero en pequeño, que para salir adelante en estos tiempos de crisis anda con sus trapicheos, vendiendo leche cruda de casa en casa, quesos sin envasar, requesón casero, de casa en casa con su coche que huele a majada. El día que me trinquen se me cae el pelo, ¡chacho!, suele decir con cierto gracejo y esa voz chillona del que está acostumbrado a vender en la calle.

Tiene gracia contando historias, y los viernes a mediodía, cuando termina su recorrido callejero de venta al por menor, se acerca al bar de la esquina a echarse unos vinos con los amigos y nos entretiene con sus anécdotas.

La semana pasada la cosa iba de la mili. Y el Jose contó que le había tocado un cuartel en Móstoles donde «hice más guardias que un tonto, ¡chacho!». Te voy a ascender a cabo primero, le dijo el sargento, pero no, contestaba el Jose, si lo que yo quiero es que me quiten estos galones de cabo para no hacer tantas guardias. Cuando conseguía librar un fin de semana, o le daban un permiso de unos días, se venía haciendo dedo desde Móstoles hasta aquí. Menos mal que en aquella época la gente no era tan desconfiada y cogían a los que hacían autoestop, y más si eras quinto, ¡chacho! Pero aun así, algunas noches le tocó pasarlas al raso, tirado debajo de una encina con el petate de soldado.

Una tarde, cuando ya se iba a poner a buscar una buena encina para pasar la noche, lo recogió un matrimonio a la salida de Talavera de la Reina y lo llevaron hasta una finquita antes de Navalmoral de la Mata, que era donde vivían.

Como ya había anochecido, el matrimonio le ofreció que se quedara en la casa y continuara por la mañana. No, hombre, cómo me voy a quedar aquí, les dijo el Jose, si ustedes ni me conocen, podría ser un maleante y desvalijarles la casa. Pero la pareja no le vio pinta de maleante e insistieron en que se quedase. Déjenme que me quede fuera, en el establo, que allí me apaño bien. Pero la pareja que no, que se quedara en la casa, y le arreglaron una cama en una habitación «y dormí como los ángeles, ¡chacho!».

Desde entonces, cada vez que pasaba por allí, se acercaba a visitar al matrimonio y le llevaba chorizos de matanza, quesos de oveja y cosillas por el estilo. Incluso sus padres fueron a ver al matrimonio para agradecerles que le hubieran dado posada a su hijo.

Después cambió el terció de la charla y otro cogió el testigo y se puso a contar otra batallita de la mili, el caso es que yo me quedé absorto, meditando sobre lo que había contado el Jose: el paso del tiempo, el cambio de la gente y de las costumbres, tan radical, en tan pocos años.

¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué educación! Que sus padres hubieran ido hasta Navalmoral nada más que para agradecer un favor. ¡Quién nos ha visto y quién nos ve!

Cuestionario exhaustivo a julioalejandre

Entre las muchas y originales iniciativas del blog literario Inquilinas Netherfield, a cargo de Miss Hurst & Miss Bingley, destaca la de pasar un cuestionario a los autores a los que reseñan, bautizado por ellas como “cuestionario Proust-Netherfield“, por estar inspirado en el cuestionario realizado por el escritor Marcel Proust y que se puso de moda a finales del siglo XIX.

Así, de la mano con la reseña de la novela Las islas de Poniente, las Inquilinas de Netherfield me han pedido rellenar el mencionado cuestionario, que, después de una simpática peripecia, ha quedado publicado de esta manera:

cuestionario proust-netherfield
Haz clic para leer el cuestionario
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