Triángulo mortal (y 3)

vela apagandoseA los dos o tres días de estar administrándole la droga, sus efectos se hicieron notables, provocando en el capitán un estado de delirio tan profundo que llegó a inspirarle compasión. A veces, sin motivo aparente, aunque fuera en mitad de la noche, se alteraba, gritaba y se asustaba de los temibles fantasmas que lo acosaban.

Una tarde, el capitán tuvo unas horas de lucidez y, como si por fin hubiese comprendido la inminencia de la muerte, pidió confesión al sacerdote y llamó a los suboficiales a su cuarto para, delante de todos ellos, confirmar el gobierno de la plaza al sargento. Todos se conmovían de su palidez extrema, la negra barba bien crecida, la mirada febril y la respiración apagada. Después de un rato de charla se sintió tan cansado que pidió a los presentes que abandonasen la cámara y lo dejasen reposar, por lo que todos desfilaron en fúnebre procesión hacia fuera. Leer Más

Seis mil lunas: Incidente en Rancho Quemado

Queridos amigos y seguidores de La Otra Literatura; hoy es un día feliz pues hoy sale a la venta en Amazon mi última obra: Seis mil lunas. Una obra en la que, a través de las historias de sus protagonistas (refugiados y desplazados, mujeres de guerra, jóvenes sin infancia, abuelas siempre madres, delatores, fugitivos, hacendados y campesinos que tratan de sobrevivir sobre la línea que divide la cordura de la barbarie), trataremos de conocer quinientos años de dominación, de conquista, de saqueo, de mestizaje, de sustitución, o al menos de fusión, entre una cultura y otra han sido el caldo de cultivo en que bulle el continente, con sus lacras, sus virtudes y su interminable pelea, tantas veces perdida pero otras tantas veces recomenzada, para cambiar la historia. Todo ello en 14 relatos.

En el día de hoy quiero compartir con vosotros uno de esos relatos. Espero que os guste:

 

Seis mil lunas Julio Alejandre
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Seis mil lunas: Incidente en Rancho Quemado

—El pleito aquel de Rancho Quemado pasó cuando las elecciones del noventa y cuatro, las primeras después de que terminara la guerra. Fue una campaña perra, bien me recuerdo, que todavía estaban recientes las heridas y vivos los muertos, si es que me entiende. Nosotros andábamos volcados con la propaganda, reco- rriendo cantones que no conocíamos y caseríos que ni siquiera los habíamos oído mentar. Cuando había chance íbamos en carro y, cuando no, a pura uña, cargando al lomo los tiliches de la propa- ganda por veredas y desechos tan ingratos que hasta las cabras los despreciaban. Hace falta tener voluntad para entrarle a una tarea así. Vea usted esta pierna lisiada que tengo, que me la fregaron de un balazo en la toma del cerro Guajolote, allá por occidente, y aun así no dejé de colaborar ni un solo día, ¿es o no es?
—Talmente como lo decís, Maclovio.
—Aquella tarde iba a ser la cosa por el lado de San Matías, un puesto yuca para hacer propaganda, fíjese, que por muchos años fue territorio de paramilitares y habíamos tenido varias topadas con ellos durante la guerra. Eso fue como en el ochenta y siete, ¿no es cierto, Loncho?
—Se me hace que el ochenta y ocho, vos.
—¿Seguro?
—Como te lo digo, que aquel año se retiraron las lluvias por la canícula, se echaron a perder las milpas y nos tocó andar aguan- tando hambre: a mí la panza no me engaña.

—Yo tenía para mí que había sido el ochenta y siete pero ahorita me pones en duda. Estamos mal con esta cabeza que me falla igual a la pata. Bueno, el caso es que había que entrarle a San Matías y hacer campaña también allí, aunque hubieran sido paramilitares, que de eso se trataba la paz, verdad, de cambiar los fusiles por las ideas, y la gente de San Matías tenía tanto derecho de oírnos como cualquiera. Y qué nos iba a pasar, en peores lugares habíamos andado.
—Cabal, en peores lugares, que así decimos los que estamos vivos de puritito milagro.
—Quedamos de juntarnos todos donde mi compadre Jacinto, como siempre. También se vinieron con nosotros el profesor Neto Ramírez, que iba de candidato para alcalde, y Meregildo, que si no es por él escapan a matar al otro. Este Neto tenía un carro usado y algo hecho leña que llevaba a las actividades cuando hacía falta. En él cargamos el megáfono, la pintura, afiches para repartirle a la población y el tele con el vídeo, que a saber cómo es que aguantaron esos aparatos tanto viaje y tanto golpe sin arruinarse. Porque les dimos uso, de veras que sí. A mí, este Neto al principio no me convencía, la verdad. Los profesores nunca me han gustado, se las dan de sabios, con mucha teoría y mucho carrete, y lo miran a uno por encima del cuello. Pero después le vide unos modales de buena gente, del que sabe ponerse el último aunque vaya de primero, y es hombre que escucha atento a quien sea que le platique, y por ahí sí, oiga, por ahí sí.
—Vaya, y así es como tiene que ser.
—El cantón San Matías está lejos. No es que esté lejos de lejos, que en línea recta, lo que se dice a vuelo de pájaro, no es tanta la distancia. ¿Ve aquel cerro chuzudo que parece el copetillo de un volcán? Pues más acasito todos los caseríos que están en el valle son de San Matías. Pero la calle que hay es mala y tiene, hoy en el

verano, como una cuarta de polvo cenizoso, mire, que cuando pasan los carros lo levantan en una niebla que deja teñidas de gris las orillas, y debajo de ese polvo se esconden agujeros tan grandes que se acaban las ballestas de los camiones. Y con las lluvias es peor, porque se vuelve un lodazal como de yeso batido que no hay motorista que se atreva a cruzarlo. Son algo infelices los de San Matías, si uno lo piensa tantito: con todo lo que pelearon para los de arriba y, ya ve, hoy después no han movido un dedo para repararles la calle, ni les han puesto agua potable ni tampoco les han mejorado la escuela. Por eso es que hay que hacerle el huevo de ir a todas partes con la campaña y despertarle la conciencia a la gente, ¿verdad, Loncho?
—Seguro, vos.
—Que no digo yo que la gente cambie en dos vergazos, o no toda, porque siempre hay quienes se resienten aún de los golpes de la guerra. Y algo de eso hubo en el incidente que le quiero contar. A la gente, para el mitin, nos la habían convocado los promotores de salud, Teresa y Francisco, su marido. A ellos la población les tenía mucho reconocimiento, que para eso se dejaban los zapatos en el camino visitando casa por casa, sanando úlceras, desparasitando niños, limpiando costras y atendiendo las enfermedades de la miseria, pues, que son peores que las que lo llevan a uno al hospital. También buscaron el puesto donde hacer la actividad, lo adornaron bonito con banderines de papel de china y carteles alusivos, y encontraron algunas mujeres que cocinaran el marquesote y prepararan el fresco. Esta Teresa es una mujer bien dispuesta y animada. Aquella tarde nos estaba esperando en las Puertas Chachas, que es donde topa la calle ancha y hay que seguir a pie por el desecho que va a Las Araditas. De modo que allí nos bajamos, en las Puertas Chachas, sacamos los volados del carro y los cargamos entre todos los que íbamos a partes iguales, menos el tele, que lo llevaba Meregildo, que para eso tiene los hombros que tiene…

Si te está gustando este relato de Seis mil lunas y quieres tenerlo al completo, estaré encantado de regalártelo y enviártelo junto a otros dos relatos más, Vía crucis y La autopsia de Erundina Guevara. Para ello solo tienes que escribirme un email a:

literaturadejulio@gmail.com

Seis Mil lunas: Vía Crucis

Queridos amigos de este blog, de La otra literatura o de cualquiera de los múltiples canales por los que tenemos contacto. Como bien sabéis, y si no lo sabéis os lo cuento ahora, el próximo domingo 20 de mayo, verá la luz Seis mil lunas, una obra en la que, a través de las historias de sus protagonistas  (refugiados y desplazados, mujeres de guerra, jóvenes sin infancia, abuelas siempre madres, delatores, fugitivos, hacendados y campesinos que tratan de sobrevivir sobre la línea que divide la cordura de la barbarie), trataremos de conocer quinientos años de dominación, de conquista, de saqueo, de mestizaje, de sustitución, o al menos de fusión, entre una cultura y otra han sido el caldo de cultivo en que bulle el continente, con sus lacras, sus virtudes y su interminable pelea, tantas veces perdida pero otras tantas veces recomenzada, para cambiar la historia. Todo ello en 14 relatos.

Para que os hagáis una idea, quiero compartir con vosotros buena parte del primer relato, Vía crucis (Relato ganador del V certamen de relatos cortos “Zenobia”, Moguer, Huelva).

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Seis Mil lunas: Vía Crucis

Nos fuimos con lo puesto. Los que tuvimos más suerte pudimos salvar apenas lo que cabe en un saco. No es mucho, verdad. Y aun así, vieran lo pesado que se llega a hacer. Cuando hubo que elegir las cosas, a la carrera, no fue fácil decidirse. Nunca se sabe lo que nos puede hacer falta. Yo me llevé un par de cobijas, algo de comida para el camino, un lío de cabuya, una mudada de ropa y la poquita plata que había juntado de la venta del último maíz. Volados útiles.

Pero las cosas del corazón, las que sustentan los recuerdos, se quedaron botadas; no nos parecieron lo bastante importantes en aquel momento. Solo después las echamos en falta, cuando ya hubimos puesto la vida a salvo. Cómo suspiramos por ellas entonces. Parece que nos han dejado un hueco, dentro del pecho, que no hay manera de llenar. Atrás se quedó la foto que yo guardaba de mis tatas, la única que se habían hecho, y ahora que la memoria me va fallando ya no recuerdo bien sus rostros: cierro los ojos e intento concentrarme, pero los veo cada vez más imprecisos.

También dejé atrás unos dados de la suerte con los que gané la ternera que me pedía don Peto, el papá de la Julia, para poder juntarnos, y una crucecita de bambú que ella me regaló unas navidades, que velaba por nosotros y nos protegía desde su lugar en la pared. Todos esos objetos se perdieron y ahora somos una familia sin historia, sin historia y sin tierra. Por eso he querido regresar; por eso principalmente.

Nos ubicaron a todos en un llano alto y helado, todo el invierno soplando el norte, ese viento terco que le levanta a uno dolor de cabeza. Pero al menos allí, en el campamento, estábamos a salvo.

Aunque todo escaseara, no faltaba nada de lo básico: los tres tiempos de comida, ropa para el que no tenga, cobijas para no aguantar frío, jabón y hasta café. Los viejos pasábamos los días sentados en unos bancos de madera, pulidos de tanta nalga como aguantaban, contando historias de aquí, recordando, mirando para la frontera. Los años se pasaban despacio, con esa tristeza que le anida a uno adentro, que no lo deja dormir ni descansar. ¿Qué va a hacer uno lejos de la tierra? Un campesino sin tierra no es nada. De pensar en morirme en el exilio se me iba la alegría. Así que mejor me regreso, les dije, qué tengo que temer allá si se fue la gente. No se vaya, tata, me pidieron los hijos, que también a usted lo van a matar. Pero no les hice caso y me vine.

Son varios días andando, una semana tal vez, o más. Atravieso páramos solitarios, hondonadas calientes y cerros helados, lejos de la gente y las patrullas. Uno está viejo, pero marcho despacio y sin miedo. Este camino es como un vía crucis íntimo que se sufre en carne propia: a cada nuevo paso que se avanza, uno reza para dentro, recordando. Igual que cuando salimos en huida, pero en sentido contrario. Han pasado solo unos años, pero a esta edad los huesos resienten mucho el paso del tiempo.

Al final está el río. Baja bravo. En esta época, que es de lluvias, las aguas revientan el cauce. Desde la orilla extranjera miro la propia; extranjera es un decir: la tierra es la misma, la gente también, solo un río que divide. Serán cien varas, doscientas lo más, pero no se puede cruzar. Ya no había barca ni cómo pasarse, así que me quedo un tiempo arrimado donde mi compadre don Lupe.
—Para allá vas, vos.
—Para allá voy —dije.
—Mejor vuélvase. A veces se presentan soldados del otro lado — me advierte— buscando gente refugiada.

Seis mil lunas Julio Alejandre

Mi compadre siempre anda con miedos. Está delgado y seco. Se le ha pegado la piel a los huesos. La comadre no, ella está mero cholotona. Me han dejado dormir en la cocina, fuera de la casa, y se mete el agua cuando llueve. Cada día llueve más que el anterior, y el río más alto. La tierra se vuelve un puro lodazal y el aire huele a madera podrida y a moho.

Una mañana llega un hombre por el camino del pueblo con dos bestias.
—Yo lo ayudo a cruzar —me dice.
Y me pasó el río en las mulas, buenas nadadoras. Al llegar al otro lado se regresó.
—Tenga cuidado, mi amigo —me dijo—, porque en esta orilla nadie responde.
—No se apure —le contesto.

Todo está enmontañado, solitario. Crecen los árboles por doquier y las enredaderas que cuelgan de sus ramas tejen una maraña impenetrable, pero a cada paso que doy siento el olor de la bienvenida. Ahora estoy en mi tierra, alegre dentro de lo que cabe, porque lo que se perdió ya no se va a recuperar. La guerra, pienso, tan maldita para nosotros, ha sido en cambio un descanso para esta tierra casi esquilmada por el hombre. La selva se extiende de nuevo, se come las veredas y los calveros y cubre las cicatrices que le hemos hecho. Los pozos brotan con fuerza y las quebradas bajan más llenas que nunca. Veo animales que ya tiempos se perdieron, venados, tepezcuintles, cusucos. Los frutos de la temporada desgajan los palos, de cargados que están. Hay lugares que parecen rescatados de la primera mañana de la Creación, lavaditos por el agua, fértil y olorosa la tierra, llena de trinos y de vida. Uno en este lugar no teme a nada, y puedo quedarme tan galán aguantando las estaciones con sus lluvias de lodo y sus sequías de polvo.

Pasa una patrulla de soldados y me encuentran en medio de la montaña. No son muchos, pero suficientes para turbar mi calma. Caminan con pasos de metal y llevan las caras ocultas. Detrás de las pinturas se esconden unos ojos manchados de vergüenza y miedo. Están sorprendidos por mi presencia y las bocas de los fusiles me interrogan en silencio, pero aquí solamente estoy yo, nadie más.
—No cargo nada —les respondo—, mis manos, mi pobre cacaxtle reseco y arrugado, estas ropas miserables y descoloridas.
Mientras hablo, pienso si no se habrán extraviado, si no serán las ánimas de aquellos que nos hicieron salir, que expían sus culpas en este purgatorio. No me dicen nada, no más me regalan las miradas ardientes de los ojos ciegos.

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Triángulo mortal (2)

El médico dormía junto al capitán, en su mismo barracón, y pasaba el tiempo al pie de su cama, enjuagando su sudor y escuchando su delirio mientras pensaba cómo salvar a la mujer. La herida del capitán estaba infectada y la fiebre se resistía a remitir.
Durante varios días la vida del capitán estuvo bailando en el filo de la navaja. El médico pensaba que cada noche sería la última y por la mañana se lo encontraba con la boca muy abierta, respirando como un lagarto, empapado en sudor y estremecido por los escalofríos, pero vivo. Hasta que el quinto día le notó una leve mejoría: en sus ojos, aunque agotados y febriles, brillaba una lucecita de entendimiento, su respiración se volvió más regular y su semblante recuperó la serenidad.
Sin embargo, el médico no podía alegrarse, porque su salvación sin duda supondría la condena de la mujer. Si alguna plegaria salió de sus labios fue para pedir que el capitán le concediese la gracia del perdón. Mas en vano fueron los ruegos, porque apenas recuperó el aliento ordenó al sargento que formase un tribunal para juzgarla.
―¿Todavía quiere usted matarla? ―preguntó el médico. Leer Más

Triángulo mortal (1)

Al médico lo despertó un grito de dolor, un grito que primero se incorporó al sueño y después se prolongó en la vigilia. Se levantó algo aturdido, rodeado por los murmullos de quienes se habían espabilado antes que él y salió del barracón. La noche estaba avanzada y una luna en menguante iluminaba el paisaje con un claror azulado. Vio pasar a la guardia armada frente a él y perderse dentro del puesto de mando, a cuya entrada muchos se apiñaban queriendo hacer averiguaciones. Al cabo de unos momentos el sargento salió del puesto, le dijo que el capitán lo mandaba llamar y, sin más explicaciones, lo tomó por el brazo y lo llevó adentro, donde lo vio tendido en su lecho y a una mujer tirada en el suelo: su mujer, pero también la de él. Hizo ademán de arrodillarse junto a ella pero la voz del capitán lo cortó con aspereza: «No es a ella a quien tienes que atender, sino a mí. La muy perra trató de matarme». Y ordenó a la guardia que se la llevara y la encerrase en el calabozo. Leer Más

Bajo las estrellas

En cuanto anocheció emprendió el camino. Tenía que cruzar antes del amanecer. Notaba la cabeza algo despejada, pero la malaria lo martirizaba como nunca, el cuerpo le dolía, los huesos le dolían. Una luna pequeña, en creciente, se acercaba al horizonte con su claridad amortiguada. En lo alto de la cúpula del cielo, una miríada de estrellas lo contemplaba.

Intentó caminar con paso regular, sin apretar la marcha, calculando que le aguantaran las fuerzas, pero al ratito ya sentía un cansancio inmenso y la vida se le iba con cada paso. Voy a dar uno más y ya veré, decía el hombre, y lo daba, y ahora otro, decía, y luego otro, y así contó trescientos, mil, dos mil pasos, más o menos un quilómetro. Jadeaba, se mareaba y no podía, pero voy a caminar otro quilómetro, decía, y volvía a empezar la cuenta. Había dejado el camino y avanzaba por veredas entre los cerros, por trochas de animales, alejadas de los caminos y carreteras. Leer Más

Seis mil lunas

No puedes escapar a la violencia de una guerra civil: quieras o no, te cambia la vida.

Sobre el telón de fondo de la revolución salvadoreña, Seis mil lunas nos presenta catorce historias de personas concretas, de carne y hueso, sacadas de la América Latina de hoy, que nos transmiten sus derrotas, sus desventuras, sus esperanzas y su búsqueda de una vida mejor.

Refugiados y desplazados, mujeres luchadoras, jóvenes sin infancia, abuelas siempre madres, delatores, fugitivos, hacendados y campesinos que tratan de sobrevivir sobre la línea que divide la cordura de la barbarie.

 

Un sueño

Resultado de imagen de perro amarillo goyaHe tenido un sueño, amor. Muchas noches tengo sueños extraños, pero en el de esta noche te he visto a ti. Soñé que iba por un camino con mi hijo, trepados en la caja de camión. Un camino polvoriento que culebreaba ente cerros amarillos y los guatales pardos de la cosecha baldía, estrecho y escarpado como el que sale de Talagua y baja hasta la mesa grande; pero no ese, otro. El camión reviejo y oxidado, con el furgón hecho de tablas mal claveteadas, estaba lleno de gente apretujada, gente con el rostro plano y los rasgos puros trazos de carbón. No llevaba motorista y bajaba cada vez más deprisa, levantando una polvazón espesa que oscurecía el cielo y borraba las sombras, y la gente gritaba, toda bocas, toda ojos. Yo agarraba a mi hijo, que no se muera Diosito, lo apachurraba con fuerza en medio de la socazón de tanta gente, rezaba. Pero el camión va de correr y zarandearse, y levantarse de un costado y luego del otro, dando vueltas y revueltas por el camino barrancoso, hasta que una curva volcó y se salió del camino, y cayó devanándose ladera abajo hasta el borde de un barranco más profundo y más oscuro. Leer Más

Fallo del III Certamen literario Entre Pueblos

asociación de escritores Entre Pueblos

Esta semana se ha fallado el III Certamen literario Entre Pueblos, en las modalidades de relato corto y poesía. Los más de 120 trabajos recibidos han sido de una gran calidad por lo que el fallo ha sido difícil para los jurados de cada una de las modalidades.
Finalmente, los premiados y finalistas han sido los siguientes:

En la modalidad de relato corto, la obra ganadora por unanimidad del jurado ha sido Corazón de peón, que recibirá un premio en metálico de 200 € y una estatuilla del artista azuagueño Manuel Pilar. Abierta la plica, el autor es José Vicente Alonso, de Vitoria, Álava.
Los finalistas, merecedores de diploma acreditativo de la calidad de sus obras, han sido  Lourdes Aso Torralba, de Jaca, Huesca, con el relato El duelo; y Ángel Silvelo Gabriel, de Madrid, con el relato El día que quedé con Pessoa en Lisboa.

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Como un pajarito

Este micro relato ha sido publicado originalmente en la web colectiva “Salto al reverso”

SALTO AL REVERSO

flor_almendro2 Fotografía por Julio Alejandre.

La madre de Marta fue languideciendo poco a poco, como una llama mortecina, hasta apagarse del todo. La memoria empezó a fallarle en pequeñeces cotidianas: olvidaba la lista de la compra, lo que había ido a buscar al ropero o, con el teléfono en la mano, a quién iba a llamar; se le borraban inmediatamente las cosas que acababan de pasar o lo que le habían dicho; después se le olvidaron los nombres, empezando por los simples conocidos, continuando por los allegados y, más adelante, las personas más queridas, Marta incluida. «¿Quién es esta chica?», le preguntaba a su hija Consuelo, que se la había llevado a vivir con ella cuando enviudó, y se encargó de cuidarla a lo largo de la enfermedad; ella y Tomas, su marido.

Marta los visitaba un domingo de cada dos. Iba por la tarde y siempre compraba una bandejita de…

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La niña Luz

La niña Luz es mujer de porte otoñal, alta y delgada, con la tez clara y el pelo negro ceniciento recogido en un moño apretado que le estira la piel de la cara, por cuyos rasgos añejos parece no haber pasado nunca una sonrisa. Vive cerca de la iglesia, en un caserón de muros gruesos y techos altos, fresco hasta en los días más calientes, que tiene detrás un amplio corredor con varias pilas para el agua, un patio empedrado y una serie de alpendes más allá de los cuales el extenso huerto arbolado se prolonga en un baldío hasta la calle que va a El Volcán, ya casi en las afueras de Santa Bárbara.

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La niña Luz empezó a interesarse por el arte y los manejos de la hechicería de la mano de una hondureña a la que apodaban la Doña. Ella le enseñó que existían unas energías invisibles y poderosas en el universo, cuyo control requería estudio, práctica, tesón y, sobre todo, cierta calidad del espíritu que no estaba al alcance de cualquiera; le enseñó primero las magias más sencillas, como las que sirven para atrapar los pensamientos ansiosos; pero luego también otras más delicadas, como la mezcla de esencias para combatir los fríos del corazón; y de todas estas artes, le decía la Doña, unas son inofensivas y otras peligrosas, y la sabiduría más importante es aquella que ayuda a vencer la tentación de hacer maleficios cuyo propósito esté animado por el rencor o la ira. Leer Más

“No te pongas bravo, poeta” de Roque Dalton

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Roque Dalton

Roque Dalton, ensayista, periodista, activista político e intelectual salvadoreño, pero, sobre todo, poeta, gran poeta. Murió a los 40 años de edad, asesinado en el año 1975. Entre su obra, destacan Taberna y otros lugares, Los testimonios o Las historias prohibidas del Pulgarcito. El “Pulgarcito” es su país, El Salvador, el pulgarcito de América. Un poema suyo, uno entre tantos:

La vida paga sus cuentas con tu sangre
y tú sigues creyendo que eres un ruiseñor.
Cógele el cuello de una vez, desnúdala,
túmbala y haz en ella tu pelea de fuego,
rellénale la tripa majestuosa, préñala,
ponla a parir cien años por el corazón.
Pero con lindo modo, hermano,
con un gesto
propicio para la melancolía.

 

II Jornadas literarias de Azuaga

asociación de escritores Entre Pueblos

Siguiendo la senda iniciada en 2017, el sábado 14 de abril se celebrarán las II Jornadas Literarias de Azuaga, bajo el lema “La poesía no es un cuento, en homenaje a la figura de la escritora Gloria Fuertes, cuyo centenario se celebró en 2017.

El programa (pincha aquí para verlo) de estas II Jornadas incluye dos actividades sobre el papel de la mujer en la poesía y sobre Gloria Fuertes, mujer y poeta, y dos talleres de escritura: uno de cuento y otro de poesía. La jornada finalizará con la entrega de los premios del 3er. Certamen literario Entre Pueblos.

pincha para verlo con más detalle

La inscripción podéis hacerla a través de la web del CPR de Azuaga (sólo docentes) o bien a través del cuestionario de inscripción que puedes obtener AQUI y que, una vez relleno, puedes enviarlo al correo electrónico de la Asociación de escritores Entre Pueblos…

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El hilo de Ariadna

foto libre de pixabay.com

Dónde quedó el pequeño llorón que se sentaba en la puerta de la cocina con el estómago en carne viva, esperando que su madre lo llamase para comer; y la madre, qué fue de ella, de sus tiernas manos, sus manos cariñosas que espantaban los fantasmas más pertinaces y los monstruos de pesadilla con una sola caricia, sus manos protectoras, más fuertes que una coraza y más eficaces que un chaleco antibalas, ¿dónde están? ¿Acaso se quedaron atrás, perdidas en las lagunas de la memoria, en los brazos del olvido y de la nostalgia más antigua y más angustiosa?

¿Nunca te preguntas qué fue de aquellos juegos infantiles de los días de verano, del caballo de escoba que amarrabas a los barrotes de la ventana, de la espada de palo con que matabas las malvas del corral, del belén de navidad que ponías sobre la mesa tocinera, con musgo, papel de plata y palmeras de retama, de las cartas del abuelo, de las tardes de siesta, o las otras de tormenta, en que retumbaba la casa con cada trueno, y se iba la luz, y los hermanos, refugiados tras los cristales, veían el torrente achocolatado que bajaba por el centro de la calle? Leer Más

Paredes carcelarias

A los otras reclusas les gustan mis dibujos. Los hago sobre las paredes, desconchadas y feas, como las de todas las prisiones del mundo. Me pinto los labios con carmín, los embadurno abundantemente hasta que quedan espesos y tentadores. Después beso la pared y dejo impresa una marca roja y estriada que se convierte en boca, y alrededor de ella, con el lápiz de ojos, esbozo la forma de una cara, trazo el pelo, los brazos; todo el cuerpo va saliendo de la punta oscura, con esmero y paciencia. Finalmente, cuando está completo el dibujo de una mujer, escribo debajo su nombre y cuento su historia.

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