El instinto de vivir (2): un relato de supervivencia

El instinto de vivir

Era tarde. Había caminado durante horas a través del bosque, quizá no había hecho más que dar vueltas en un cuadrilátero, como un boxeador, sin llegar a ninguna parte. Pero ya no se movía. Estaba recostado sobre el tronco de un árbol, desfallecido. No veía absolutamente nada, ni siquiera su propio fusil, que a intervalos irregulares montaba y disparaba al aire. El fogonazo lo cegaba y durante unos momentos no había nada más que una claridad deslumbrante, como cuando de pequeño intentaba mirar al sol, pero después venían a sus ojos, en negativo, las imágenes de los troncos que lo rodeaban, de su propio cuerpo, de la nieve amontonada. No lo hacía, lo de disparar, porque tuviera esperanza en que alguien fuera a responder, sino para no reconocerse definitivamente vencido.

La tormenta había aflojado un poco, nevaba con menos intensidad y la temperatura seguía cayendo; sin embargo, cada vez sentía menos la fiereza del frío. Su cuerpo estaba tan aterido que sólo tenía conciencia de un malestar desapacible, de un dolor romo que le entumecía los nervios. Sabía que estaba empezando a congelarse, pero no tenía fuerzas ni ánimos para continuar marchando: “La desesperanza te ha ganado”, le habría dicho el sargento Patiño. Montalvo hizo un esfuerzo, con movimientos torpes cargó el fusil y lo disparó. Otro destello deslumbrante. Esta vez la luz se mantuvo durante un momento a su alrededor, hipnótica, iluminando rincones interiores que no eran de este presente.

Los pensamientos perdían claridad, deslizándose entre ellos un carrusel alocado de recuerdos: la fotografía de su novia, la que le había obsequiado a pie de andén y perdió durante el viaje; las manos sonrosadas y las uñas largas y pintadas de rojo oscuro de la mujer que tomaba sus datos en el campamento, la sala llena con banderas e insignias; se acordaba del padre Esteban, el profesor de latín en el internado de Don Benito, ¿de qué le había servido el latín?, que se levantaba la sotana y jugaba con ellos al fútbol en el descampado de la Avenida como si fuera un alumno más; de Martín Navas, su compañero de pupitre; de su hermano, que cayó en Teruel, lo veía cargando costales de aceitunas en las bestias sin ayuda de nadie, del hogar grande que había en la casa familiar, donde se quemaban enormes troncos de olivo que llenaban la cocina de humo picante, todos sus hermanos sentados alrededor del fuego, en sillas de anea, su madre, con el pañuelo anudado en la cabeza, preparando la matanza, su padre, liando cigarros y contando chascarrillos, otra vez su novia llorando en la estación de Atocha, con su vestido de color negro, como si fuera ya una viuda, el tren que se alejaba hacia la frontera, un paisaje desolado y llano, las mujeres agachadas sobre la tierra en las planicies sin fin, y el caos de la guerra, con nieve, con barro, con calor, los compañeros caídos, despanzurrados, rotos, los medio vivos y los medio muertos, el olor a podredumbre de los heridos, amontonados a la espera de una evacuación que siempre llegaba demasiado tarde, el zumbido de los obuses, el estruendo de la explosión, el tableteo de las ametralladoras, la desbandada y la derrota, y su única elección en esta tormenta, aunque elegir, lo que se dice elegir, no lo había hecho nunca, su única elección que era la supervivencia, había que joderse, extraños caminos para lograrlo.

Y debía ser ese instinto de vivir, mecánico y testarudo, el que tiraba de vez en cuando de un pensamiento redentor, rescatándolo del olvido: no te rindas, no te rindas, ¡no te rindas! Y el hombre volvía a cargar el fusil, pero no le quedaban fuerzas para halar del cerrojo. No te rindas, repetía el pensamiento. “La última vez”, se dijo él, no porque no le quedase munición, que tenía veinte o treinta cartuchos aún, sino porque no le quedaba voluntad. Pero con todo y eso tiró del cerrojo y montó el arma. Vio el fulgor poderoso que se apagaba gradualmente en una oscuridad total. Y también el destello que lo siguió, más pequeño y rojizo, como un eco lejano. No he sido yo, pensó de golpe, en un chispazo de entendimiento de su mente aturdida.

No he sido yo.

El instinto de vivir (1): un relato de superviviencia

El instinto de vivir

No pudo dejarlo a la intemperie: había visto demasiados cadáveres jalonando la llanura, anónimos bultos oscuros petrificados por el frío, y no quería que el de su compañero fuera uno más. Así que se tomó su tiempo para cubrir el cuerpo con una capa de nieve, siquiera fuese someramente, y unas ramas secas: ya se encargará la borrasca de rematar el trabajo, pensó. Mientras se aplicaba en la faena se percató de que el frío aumentaba y se apropió de la bufanda y del capote del fallecido. Finalizado el enterramiento clavó una estaca vertical, colocó el casco sobre ella, en solitaria señal de su paso por el mundo, y echó a andar sin volver la cabeza, alejándose del túmulo blanco en la inmensidad igual.

Pudo guiarse durante un trecho por las marcas de sus propias huellas, hasta que la nevada cada vez más copiosa las ocultó por completo. Se detuvo. Miró hacia atrás y hacia delante calculando la hipotética línea que estaba siguiendo y tomó la referencia de un árbol, pero a los veinte pasos ya la había perdido. Todos los troncos eran semejantes y la nieve se había convertido en una espesa cortina blanca que cerraba su horizonte más allá de unos pocos metros.

Comenzó a sudar y sintió cómo un cosquilleo nervioso se extendía por su piel. Respiró profundamente el aire helado, tan helado que hacía daño, una, dos, tres veces. Necesitaba tranquilizarse, expulsar de su cabeza cualquier pensamiento inútil y calibrar la situación con objetividad: debía estar más o menos donde se había separado de su compañía. Buscó en el suelo alguna huella delatora del paso de las tropas, pero la nieve había borrado cualquier indicio revelador. En todo caso, tenía que avanzar hacia el este, intentando encontrar el límite del bosque.

El este. ¿Cuál era el este? En todo caso, el hombre tenía la certeza de estar cerca del límite del bosque y echó a andar con determinación. Se fijaba en un tronco cercano, mirándolo casi sin pestañear, para no perderlo de vista, hasta que le rabiaban los ojos, y caminaba hacia él. Después elegía otro que estuviera justo al frente y repetía la operación. Era consciente de la escasa fiabilidad de su sistema, pero no tenía otro. Tampoco necesitaba alcanzar un punto exacto, ni recorrer una distancia enorme, sino salvar unos cientos de metros hasta salir del bosque, una vez allí no sería tan difícil orientarse con las casas. Las recordaba de los días pasados, formaban un conjunto de cuatro o cinco edificaciones casi destruidas por el intenso fuego artillero, con el techo quemado, las paredes agujereadas y las ventanas sin marcos ni postigos.

Un escalofrío le hizo caer en la cuenta de que la temperatura seguía descendiendo. ¿Cuánto haría, treinta bajo cero? ¿Cuarenta? Desde que empezó el invierno no recordaba haber sentido un helor semejante. Cierto que les había hecho pasar penalidades enormes, sobre todo al principio, cuando aún no les habían proporcionado los pertrechos apropiados: la ropa interior de lana, las botas forradas y los gruesos capotes con sus capuchones. Habían pasado lo suyo y a muchos compañeros tuvieron que amputarles manos y pies congelados. Leer Más

Qué tiempos aquellos: un relato de añoranza

Qué tiempos aquellos

Esta tarde comparto con vosotros  Qué tiempos aquellos, un relato de añoranza que me contó “el Jose”, sobre aquella época en la que aún te paraban cuando hacías autoestop y el agradecimiento era la norma y no la excepción.

El Jose ya tiene sus años. Es alto, deslavazado de cuerpo y quemado por el sol. Es un ganadero en pequeño, que para salir adelante en estos tiempos de crisis anda con sus trapicheos, vendiendo leche cruda de casa en casa, quesos sin envasar, requesón casero, de casa en casa con su coche que huele a majada. El día que me trinquen se me cae el pelo, ¡chacho!, suele decir con cierto gracejo y esa voz chillona del que está acostumbrado a vender en la calle.

Tiene gracia contando historias, y los viernes a mediodía, cuando termina su recorrido callejero de venta al por menor, se acerca al bar de la esquina a echarse unos vinos con los amigos y nos entretiene con sus anécdotas.

La semana pasada la cosa iba de la mili. Y el Jose contó que le había tocado un cuartel en Móstoles donde «hice más guardias que un tonto, ¡chacho!». Te voy a ascender a cabo primero, le dijo el sargento, pero no, contestaba el Jose, si lo que yo quiero es que me quiten estos galones de cabo para no hacer tantas guardias. Cuando conseguía librar un fin de semana, o le daban un permiso de unos días, se venía haciendo dedo desde Móstoles hasta aquí. Menos mal que en aquella época la gente no era tan desconfiada y cogían a los que hacían autoestop, y más si eras quinto, ¡chacho! Pero aun así, algunas noches le tocó pasarlas al raso, tirado debajo de una encina con el petate de soldado.

Una tarde, cuando ya se iba a poner a buscar una buena encina para pasar la noche, lo recogió un matrimonio a la salida de Talavera de la Reina y lo llevaron hasta una finquita antes de Navalmoral de la Mata, que era donde vivían.

Como ya había anochecido, el matrimonio le ofreció que se quedara en la casa y continuara por la mañana. No, hombre, cómo me voy a quedar aquí, les dijo el Jose, si ustedes ni me conocen, podría ser un maleante y desvalijarles la casa. Pero la pareja no le vio pinta de maleante e insistieron en que se quedase. Déjenme que me quede fuera, en el establo, que allí me apaño bien. Pero la pareja que no, que se quedara en la casa, y le arreglaron una cama en una habitación «y dormí como los ángeles, ¡chacho!».

Desde entonces, cada vez que pasaba por allí, se acercaba a visitar al matrimonio y le llevaba chorizos de matanza, quesos de oveja y cosillas por el estilo. Incluso sus padres fueron a ver al matrimonio para agradecerles que le hubieran dado posada a su hijo.

Después cambió el terció de la charla y otro cogió el testigo y se puso a contar otra batallita de la mili, el caso es que yo me quedé absorto, meditando sobre lo que había contado el Jose: el paso del tiempo, el cambio de la gente y de las costumbres, tan radical, en tan pocos años.

¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué educación! Que sus padres hubieran ido hasta Navalmoral nada más que para agradecer un favor. ¡Quién nos ha visto y quién nos ve!

Cuestionario exhaustivo a julioalejandre

Entre las muchas y originales iniciativas del blog literario Inquilinas Netherfield, a cargo de Miss Hurst & Miss Bingley, destaca la de pasar un cuestionario a los autores a los que reseñan, bautizado por ellas como “cuestionario Proust-Netherfield“, por estar inspirado en el cuestionario realizado por el escritor Marcel Proust y que se puso de moda a finales del siglo XIX.

Así, de la mano con la reseña de la novela Las islas de Poniente, las Inquilinas de Netherfield me han pedido rellenar el mencionado cuestionario, que, después de una simpática peripecia, ha quedado publicado de esta manera:

cuestionario proust-netherfield
Haz clic para leer el cuestionario

Microrrelato “Los gladiadores” (2)

microrrelato "los gladiadores"

El público jalea los mejores golpes, los lances más difíciles. Montescos y capuletos no ponían más ardor en sus disputas, ni bejaranos y portugaleses. Y siguen los gritos desde la grada, animando cada cual a su favorito para que dé de sí un poco más, exigiéndoles el esfuerzo extra, supremo, que les dé la victoria definitiva. Abajo, en la arena ardiente, los luchadores lo dan todo por complacer a sus seguidores, abajo, en la arena, los contendientes agradecen cada palabra de aliento, cada grito de ánimo.

A las voces suceden silencios tensos en que se oye un roce, un suspiro. El aire parece estancado y denso, un fluido extraño que se prolonga en el sudor que deshidrata a los antagonistas, resbala por sus frentes e irrita los ojos, el sudor que corre por las sienes, baja a lo largo de las mejillas y deja caer brillantes gotas a la arena del circo. Este sol no da cuartel, calienta las cabezas y derrite las ideas.

El hombre rubio lanza ahora un porrazo casi vertical, que su oponente contrarresta con un latigazo brusco a la altura de la cadera. Con cada golpe se va un resto de energía y un pedazo de corazón.

En los intervalos de tregua que se dan, resoplando sofocados, cada uno vigila al otro, lo estudia detenidamente, calibra su cansancio, calcula dónde podrá fallar y, una vez más, se lanza a la lid. El brazo se suelta con violencia, buscando hacer daño al enemigo.

La liza se acerca a su fin, ya no puede prolongarse mucho. Las fuerzas están mermadas, el cansancio es extremo. Qué fácil es ahora cometer un error. Sin embargo, a uno de ellos le quedan unos gramos más de entereza y está acometiendo con más bríos y voluntad. Finalmente logra un golpe preciso, triunfador, que su rival no puede parar.

El gladiador derrotado ha caído en el intento y está rebozado en la tierra batida, con la raqueta a sus pies, mientras la pelota ganadora se pierde por el fondo de la pista.§

Microrrelato “los gladiadores” (1)

microrrelato los gladiadores

El sol de mediodía azota con saña la arena, a los contendientes, las graderías y a una humanidad vocinglera que se desgañita por sus favoritos. A esta hora ingrata no hay tregua con quienes se han atrevido a dejar el frescor de sus casas por venir a presenciar el espectáculo de lucha y fortaleza que enfrenta a los dos mejores hombres, a los más capaces y laureados. Queman los yerros, queman las piedras, los asientos y las tribunas. Queman las voces y el duelo está servido en la palestra de este circo.

Uno es rubio y lleva los dorados rizos recogidos en una coleta; el otro es moreno y una vincha somete sus cabellos rebeldes. Uno ha llegado del frío norte y el sol meridional le hace daño. Tiene la piel enrojecida allá donde está expuesta al sol implacable, quemada e irritada por el sudor. Otro proviene del ardiente sur y el calor es lo suyo Pero es más menudo, más sarmentoso, no posee las piernas ni los brazos hercúleos de su oponente, su talla ni su corpulencia. Ambos saben que están allí porque son buenos púgiles, seguramente los mejores; ambos saben que deben batirse utilizando cada cual sus fuerzas y su experiencia para doblegar al otro y obtener la victoria. Sólo uno alcanzará la gloria, a uno sólo le reservan los dioses sus gracias. El todo será para él, para el otro la nada.

Comienza la lid. Golpea uno y contesta el otro. A un aldabonazo sigue una tarascada, a un leñazo sucede un voleo, a una mochada responde un mandoble. Ahora este le endilga un tornavirón, pero aquel se desquita con un mochazo. Y otra vez vuelta a empezar. Empuña la caña y viaje va. El impacto ha ido a la arena, desviándose por muy poco. Su adversario mueve el asta y descarga un revés con contundencia. Así una vez y otra y otra más. Hace tiempo que comenzó el duelo sobre el palenque y aún les quedan fuerzas para lanzar golpes durísimos, aunque los vergajazos ya no sean tan demoledores ni tan precisos.

La fatiga hace mella en ambos adversarios, sus movimientos son más torpes, sus reflejos pierden eficacia y sus acometidas fiereza. Han derrochado energía con generosidad y el cuerpo les está pasando la inevitable factura. Es necesario dosificar las fuerzas cuando se pueda para ser agresivos cuando sea preciso, la virtud está en caminar por esa cuerda floja sin caerse. No hay que perder la concentración. Se mueven por la arena atentos al rival, afianzan los pies, tensan las canillas: la lucha no admite errores, un resbalón, un mal paso, pueden costar caros.

Reseña de Las islas de Poniente

Reseña de Las islas de Poniente.

 

El blog Las Inquilinas de Netherfield viene haciendo, desde 2015, reseñas literarias y cinematográficas, además de retos lectores, sorteos y una suerte de actividades relacionadas con la literatura.

Este mes de enero le ha tocado el turno a “Las islas de Poniente“, con una muy positiva que ha superado mis mejores expectativas. Podéis leerla picando en la imagen.

Álvaro de Mendaña parte del Perú a la conquista de las islas Salomón y el descubrimiento de las Regiones Australes al mando de una flota de 4 barcos. Un aprendiz de cirujano, preso de la justicia virreinal, para escapar a su condena se enrola en uno de los navíos: la nao Santa Ysabel. A bordo también viajan la dama por cuyo amor había sido apresado; un marinero fanático que, iluminado por una visión, confecciona una lista de los bienaventurados que se habrán de salvar en la travesía, y una tripulación de soldados y marineros, mujeres recatadas, atrevidas busconas, hidalgos aventureros y familias de colonos, todos en busca de fama, fortuna y una vida mejor en el otro confín del mundo. Pero en medio del Pacífico una sublevación contra el capitán hace que la nao cambie el rumbo, se separe de la flota e inicie un viaje tan incierto como apasionante por mares y tierras desconocidos.

La lista de Figueroa (pasaje de «Las islas de poniente»)

La lista de Figueroa (pasaje de «Las islas de poniente»)

Si ya has leído Las islas de poniente, seguramente te suena. Si aún lo has leído mi última obra, este es un pequeño extracto de lo que podrás descubrir en las más de 500 páginas de una obra que  te trasladará al año 1595, en el que la expedición de don Álvaro de Mendaña parte del Perú rumbo al oeste con varios navíos, y la intención de fundar una colonia en las islas Salomón, las cuales Mendaña había descubierto años antes. Obra con la que fui finalista en el Premio de Novela Histórica “Ciudad de Úbeda” 2018. Espero que te guste.

 

Antes de que el buen Dios se apiade de mi alma y, llamándome a su lado, quiera librarme del castigo que estas malas fiebres tercianas me infligen, tócame en justicia dar cuenta, pues que acaso ningún otro pueda hacerlo, de la desventurada historia de la nao Santa Ysabel, que zarpó del puerto de El Callao el día ocho de abril, en el año de Nuestro Señor de mil quinientos noventa y cinco, junto con otras tres más al mando de don Álvaro de Mendaña, a quien Su Católica Majestad había otorgado, junto con el título de Adelantado de las islas de Poniente, una capitulación para poblar y colonizar las Salomón, aquellos territorios que pudieren descubrirse más al sur, y hasta la propia Tierra Austral si llegare a ser encontrada.

La historia, es decir, de la segunda nao Santa Ysabel, pues sabido es que la primera desgracióse durante una escala que hacíamos para completar abastecimiento y dotaciones en el puerto de Cherrepe, aún sobre las costas del Perú, suceso al que se remonta el origen de tanto infortunio como luego padecimos, pues ocurrió que el Adelantado, viéndose en la necesidad de procurar otro navío que la sustituyese, puso los ojos en uno de reciente fábrica y sólido porte que, procedente de Panamá, vaciaba a la sazón el contenido de sus bodegas en el puerto, y, valiéndose de la autoridad con que había sido investido, lo expropió a su armador, el sacerdote Alonso de Firenza, contra un pagaré que prometía la entrega, a la vuelta de la expedición, del duplo del valor  de la nave confiscada. Leer Más

El día de la boda (y II) – Relatos centroamericanos

Os dejo la segunda y última parte del relato centroamericano que he titulado El día de la boda. Espero que os guste tanto o más que la primera:

Matilde, la novia, era mujer esbelta y de andar cadencioso, con una piel de color canela, como las estatuillas de barro de Ilobasco, y con unas formas plenas y armoniosas que enganchaban la mirada de los hombres, lo mismo conocidos que desconocidos, jóvenes que viejos. Don Quique Amaya, el alcalde, la había piropeado un sábado que la vio pasar delante de la cantina El dos de oros, donde se echaba unos tragos con su habitual concurrencia de chambrosos y quitamotas: “miren que mujer, tan chula como una tortolita aleteando en el charral”; y con ese apodo se había quedado: Matilde, la Tortolita. Había coincidido con Lino en la escuela urbana, durante el ciclo superior, pero no fue hasta años después cuando habrían de unirse en una boda que a muchos sorprendió toda vez que la chismografía local daba por hecho cierto el noviazgo de Matilde con Alcides Aguado, un oficial con destino y plaza en el destacamento militar número dos de Santa Bárbara, y eran considerados, por esas mismas lenguas propensas a remover en vidas ajenas, una de las parejas más elegantes del pueblo: él por su gallardía y aire marcial, y ella por su soberbia belleza. Se habían conocido el año anterior, con motivo de las fiestas patronales en honor a Santa Bárbara, en las que fue coronada reina. La idea de presentar a concurso a la muchacha había sido del mayor Hernica que, preocupado por poner fin a una racha de varios años en que las representantes del destacamento militar no habían sido capaces de desbancar a las reinas de los barrios y ganar la corona, tenía puestas sus esperanzas en la Tortolita, de quien se hablaba maravillas en el pueblo. El mayor la tenía en observación desde el último fiasco para ver si cumplía las exigencias de una buena candidata, a saber: ser bonita y de buenas hechuras, de trato agradable y familia de orden, buena estudiante y, sobre todo, ser decente, o al menos parecerlo. No le resultó difícil convencer al padre, don Judas Cruz, el herrador, de que aceptara la idea, ya que el hombre le debía los muchos encargos que, en exclusiva, le hacía el cuartel en lo referente al herraje de las caballerías y otros menesteres relacionados con la profesión. A pesar de lo cual, a don Judas no le cuadró mucho que su hija anduviera en vueltas con los militares y arrugó la jeta sabedor de lo pícaros que eran estos para catar la fruta antes de tiempo; pero no se atrevió a contrariar al mayor y arriesgarse a perder la buena plata que por su mediación obtenía.

Al teniente Aguado, por ser el oficial más joven del destacamento, le tocó encargarse de la organización del festejo, como era costumbre. Cuando vio a la muchacha apenas pudo creer la suerte que había tenido, y se frotaba las manos pensando en la tarea por venir y en los días de obligada cercanía con semejante chulada, que no es actividad baladí la que concita una candidatura a reina de las fiestas: la elección de los varios vestidos que se pondrá así como la guarnición, calzado y demás guilindajes a juego; la elaboración y preparación de la carroza; el ensayo del desfile y, de ribete, de algunos números artísticos y su correspondiente coreografía; practicar la sonrisa que debe exhibir permanentemente una reina, ni tan sugestiva ni demasiado impávida; aprender a hablar en público; memorizar las respuestas de la dama a las preguntas del jurado e, incluso, prepararse el discurso de la posible coronación.

No obstante, a pesar de las palmaditas y los guiños cómplices con que lo agasajaban los camaradas, suerte la que te ha tocado, bribón, ah, con esa tortolita, no le resultó tan fácil al teniente conquistar a la bella que, aunque en un principio se sintió deslumbrada por el boato de lo castrense, los uniformes rutilantes, preñados de condecoraciones y dorados, los correajes y hebillas, el brillo de los sables, la caballerosidad militar, la liturgia de la jerarquía y todo el conjunto de usos y rituales que acompaña la vida marcial, aunque se vio seducida por un mundo fascinante y glamuroso, lleno de novedades, y aceptó el galanteo mundano del teniente Aguado, al que permitía que la acompañase por las noches de regreso a su casa, su mano de dedos largos posada en el firme antebrazo de él, no lo permitió pasar de ahí. Esta actitud un tanto esquiva, que no la esperaba el militar, acostumbrado a rendir plazas con el solo empaque de su uniforme, excitó su instinto de cazador e hirió su orgullo, convirtiendo en cuestión de honor enamorarla, tarea a la que se dedicó con ardor guerrero. Pero el corazón es un órgano de fuego, y como tal antojadizo e impredecible, sobre el que no tenemos más control que el que podamos tener sobre los sueños; y al teniente, el suyo le jugó una mala pasada llevándolo a cruzar la improbable divisoria entre el deseo y la obsesión, de modo que acabó por sugestionarse con la muchacha hasta el punto de pedirle que se comprometieran formalmente, algo impensable en un gavilán como él a quien, casi tanto como su empecinamiento en excusar el compromiso, lo irritaba la expectación que se había levantado a su alrededor, la condescendiente sonrisa del mayor, las otras palmaditas que ahora recibía: qué Aguado, cómo va eso, y las sonrisas veladas que sorprendía en otros oficiales e incluso suboficiales. Por eso lo mortificó tanto el cambio de inclinación de la muchacha por el futbolista de moda: hay que joderse.

El día de la boda (I) – Relatos centroamericanos

El día de la boda (I)

Para todos aquellos que me habéis dicho que os gustan los relatos centroamericanos que escribo, esta semana dejaré para vosotros uno titulado El día de la boda; constará de dos partes. Os dejo con la primera:

El día que Lino Torres se casó con Matilde Cruz, la Tortolita, amaneció con un nublado espeso y amenazador cargado de malos presagios, en especial tratándose de uno de los veranos más secos que se recordaban. Mientras los concurrentes esperaban a la novia frente a la iglesia del Calvario, rompió a llover con tanta fuerza e inquina que todos se dispersaron buscando resguardo debajo de los aleros más salientes, en los soportales de la gobernación, bajo la enorme ceiba del parque o dentro de la iglesia. Sólo Lino permaneció haciendo guardia al pie de la escalinata de entrada al templo hasta que Matilde bajó de la cabina de la troca alquilada para la ocasión y en cuya caja venían, empapadas y mustias, las damas de honor. Subieron del brazo los novios, casi a la carrera, con tan mala fortuna que Lino resbaló y se cayó, por primera vez en aquel día, manchándose el traje gris perla que se había mandado hacer en la sastrería de los Tirado y que el mismo don René le había entregado aquella mañana, pulcro y bien planchado, colgado en una percha ancha de madera y protegido por un plástico transparente.

Durante la ceremonia el aguacero continuó sin dar tregua, provocando tal estrépito al caer sobre el techo de lámina de la iglesia que el párroco debió gritar a voz en cuello para hacerse oír siquiera de los novios y, si acaso, de los padrinos, que estaban también cerca, y ayudarse de gestos y ademanes para señalar el tránsito por las distintas fases del sacramento. Y a medida que avanzaba la misa había que unir al chapaleteo del tejado el creciente rumor de unos feligreses que, amparados por aquel ruido, se animaban a platicar con el conocido de delante o con el pariente de al lado requiriendo noticias de familiares lejanos, de la futura cosecha o del partido del sábado. Leer Más

Tres días y dos noches (relato de realismo social)

En el día de hoy os traigo un relato de realismo social. Una historia cualquiera, una semana cualquiera sobre la que tú, si vives en el llamado primer mundo, seguro has oído hablar o, más allá, conoces a alguien que ha vivido una historia similar.

 

Elena tenía en aquel entonces apenas veinte años y estudiaba segundo de magisterio. El embarazo fue fruto de un amor de verano, de esos que conocías en el pueblo, entre las lentas y los pasodobles, entre los paseos por la carretera del cementerio y la calle perfumada de jazmines. En noches de discoteca, con besos a la luz de la luna, abrazos rápidos sobre el cartón que habían echado para suavizar el suelo de tierra, ¿dónde quedó el romanticismo?, el despertar de la sensualidad, el sabor del deseo y la atracción de lo prohibido. El chico vivía en Barcelona y venía, como ella, a pasar los veranos en el pueblo. Se conocían desde hacía un par de años y llevaban uno tonteando y otro más en serio.
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Mi crítica de cine de «Un día perfecto»

Los lectores habituales del blog ya sabéis que, además de la literatura y la lectura, otra de mis pasiones es el cine. En esta ocasión os traigo una crítica de la película Un día perfecto, película española, del año 2015, filmada originalmente en inglés y protagonizada, entre otros, por Tim Robbins, Benicio del Toro, Sergi López y otros tres o cuatro buenos secundarios. La película se sitúa en la guerra de la exYugoslavia y los protagonistas son miembros de una ONG que trabaja en labores de ayuda a la población afectada por el conflicto, en medio de serbios, croatas, partisanos y cascos azules.

Sobre este telón de fondo, “Un día perfecto” nos cuenta una historia cotidiana, de las que les ocurren a los cooperantes en aquella peligrosa y compleja frontera. El punto de arranque es la aparición de un cadáver en un pozo de agua potable en una región rural y montañosa, un cadáver que deben sacar para poner nuevamente en funcionamiento el pozo, pero que, por una serie de circunstancias y peripecias (como no tener una cuerda adecuada), resulta mucho más complicado de lo que al principio parecía.

“Un día perfecto”, que está basada en una novela breve de Paula Farias, Dejarse llover, y muy desarrollada en el guión posterior, tiene poco que ver con el estilo de la mayoría de producciones del cine español. Y no sólo porque los actores sean, casi todos, extranjeros, sino por la historia y por la forma de contarla. De muestra, un botón: no hay una sola escena de sexo. ¿Raro, verdad? Alternando el drama (por la violencia de la situación que se cuenta) con la comedia (a cargo de las relaciones, personalidades y humores de los cooperantes), la película se hace no sólo entretenida, que ya es mucho decir en los días que corren, sino también emocionante, y nos lleva a meternos dentro del grupo de cooperantes y ser uno más con ellos.

El grupo, por cierto, encabezado por Benicio del Toro y Tim Robbins, está formado por gente desarraigada, con caracteres diversos, muy bien definidos, e historias personales que se esbozan poco a poco, sin terminar de contarse del todo. Las relaciones entre los cooperantes, sus sentimientos e impresiones ante la situación que viven, y las conversaciones que mantienen, algunas excelentes, forman el núcleo más potente de la película y le dan ese plus que la rescata de la mediocridad.

Tampoco es ésta una película al uso de las escasas que hay sobre el tema de la cooperación en zona de guerra, pues no nos muestra a los protagonistas en medio de combates tremendos, secuestros, fuego cruzado, explosiones, etc., aunque no por ello la atmósfera amenazadora, de inminencia de la desgracia, de violencia contenida, o incluso explícita (no hacen falta tiros y balas para conseguirla), no deja de estar presente a lo largo de casi todo su metraje.

No es una película de muchos medios económicos, pero no se echan en falta. En ningún momento se percibe que falten extras o que los efectos sean de mala calidad. La fotografía es buena, las localizaciones también y la banda sonora una maravilla, en especial la canción que la cierra, interpretada por la voz ronca y quebrada de Marlene Dietrich: Where have the flowers gone.

En resumidas cuentas, una película que vale la pena ver.

Un mecánico muy particular (historia basada en hechos reales)

un mecánico muy particular
Hoy os traigo una historia basada en hechos reales. Su protagonista es Moisés, un mecánico muy particular, que conocí mientras viajaba por Guatemala, gracias a (o por culpa de) una avería en mi vehículo. Espero que os guste.

Viajando por las sierras del interior de Guatemala, el carro se me quedó tirado en un camino de cabras, lejos de cualquier lugar civilizado. Un campesino me indicó que más adelante vivía don Moisés, un señor que sabía de mecánica, y fui a buscarlo. Encontré su casa en un claro en la espesura, en medio de los cerros, una casa grande, desangelada, de ladrillo rojo. Don Moisés era un hombre alto y delgado, de pelo escaso, largo y algo colocho, que le daba aspecto de demiurgo. Le conté mi problema y accedió a ayudarme.

Con una yunta de bueyes que le prestó su suegro, la ayuda de sus hijos y muchos sudores halamos el carro hasta su taller, que estaba instalado en la parte de atrás de la casa, bajo un techado de lámina sostenido por cuartones y costaneras de madera y cerrado por una malla metálica. Leer Más

Allí estaré (relato histórico)

Se que a muchos de vosotros os gustan los relatos históricos, así que he pensado que nada mejor que abordar el fin de semana compartiendo con vosotros este relato histórico que he titulado «Allí estaré». Espero que os guste.

El barrio das Fontes había crecido al oeste de la villa de San Miguel, más allá de los muros, bajando hacia la pequeña ensenada de Silveira, donde fondeaban las barcas de los pescadores y algunos barcos de poco calado. Había un permanente olor a pescado podrido en la orilla, de donde partía un empinado sendero flanqueado por algunas viviendas muy pobres, dos o tres tabernas y otras tantas posadas para los marineros que hacían escala en la isla. Más arriba, antes de que el sendero se ensanchase para entrar en la barriada, había una casa más grande, de dos plantas, con las paredes encaladas y corredores y balcones de madera. Unos macizos de hortensias blancas y azules separaban el edificio del camino, dándole un aire más respetable. Sobre la puerta, en una viga de encina que hacía de dintel, estaba escrito el nombre de la posada: Los Reyes Magos.
Más allá del zaguán se abría un patio con poca luz y altas paredes, del que arrancaba una escalera con baranda que conducía a la planta de arriba. Un estrecho corredor de madera daba entrada a las habitaciones.
En el último escalón estaba sentada una mujer gruesa, de cierta edad, que bajo el borde de la falda, dejaba ver unos gruesos calcetines oscuros. Con ambos tacones repiqueteaba sobre la madera del siguiente escalón. Al cabo de unos minutos de tan mecánico movimiento, alzó la cabeza y oteó el cielo hacia uno y otro lado, como el perro que husmea una pista. Finalizado su escrutinio, se levantó con pesadez y se dirigió a la primera puerta de la derecha, en la que llamó con unos golpes quedos.
—Ama, ama —susurró, pegando la boca al quicio de la puerta.
Dentro de la estancia, Elvira Santos abrió los ojos al oír la llamada de su aya. Estaba tumbada sobre el lecho y apoyaba la cabeza en el brazo de su amante. No sentía ganas de moverse, de alejar su cabeza de la mano que acariciaba sus cabellos con parsimonia, pero hizo un esfuerzo y se levantó, abrió los postigos del ventanuco y dejó que los rayos de luz iluminasen tímidamente las paredes. Después llenó el aguamanil y se enjuagó las axilas y las ingles. Le daba miedo terminar de despertarse y romper el hechizo del encuentro, breve, breve, aunque habían sido tres horas. Breve, aunque hubieran sido siete. Se secó con una toalla y empezó a vestirse. Por primera vez la habitación le pareció fea: los desconchones en las paredes, las manchas de humedad en los rincones, los agujeros de polilla en las columnas del dosel y el color amarillento de los visillos recogidos a los lados.
—Ojalá que el día no acabara nunca. Leer Más

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