En mayo sale la nueva novela histórica de Julio Alejandre

portada

Después de estrenar el campo del novela histórica con «Las islas de Poniente«, Julio Alejandre publicará en mayo, con la editorial Pàmies, «La corona del mar», en la que la acción se traslada del Pacífico al Atlántico.

Año 1580. El rey de Portugal muere sin descendencia y el trono vacante se lo disputan sus sobrinos Antonio de Avis y Felipe II, cuyo rápido triunfo en la península traslada el conflicto a las islas Azores. Francia e Inglaterra, celosas de una unión dinástica que pondría bajo una sola corona un inmenso imperio, apoyan al pretendiente portugués y llevan la guerra de corso a todos los rincones del océano.

Un piloto que pretende cruzar el Atlántico para casarse por conveniencia, una pareja de enamorados que verá peligrar sus esperanzas, dos familias divididas por sus lealtades, un corsario que ambiciona ganar una flota, soldados de fortuna, espías de todas las naciones, contrabandistas y sanguinarios piratas son los protagonistas de esta novela. Sus destinos se entrecruzan sobre el tablero de un conflicto que amenaza cambiar el mundo conocido.

La corona del mar es una novela de aventuras que nos lleva desde el Golfo de México y los puertos del Caribe hasta las islas Azores, verdadera puerta de ultramar, escala obligada de las flotas del oro y llave para la hegemonía del Atlántico, donde tendrá lugar la primera gran batalla naval de la era moderna.

Biblos

Don Mateo Saldaña, profesor emérito de la Universidad Autónoma, había dado con un curioso sitio web mientras comprobaba las fuentes bibliográficas de la tesis doctoral de una de sus alumnas, y necesitó una buena dosis de paciencia para poder acceder a él.

Con la contraseña en su poder, el profesor Mateo Saldaña pulsó sobre la figura de Minerva y, tras introducirla en la ventana de autenticación, se desplegó en gruesa tipografía un breve texto, enigmático, casi sobrecogedor, que parecía concebido por una mente imbuida, cuando menos, de desbordante fantasía y redactado con una solemnidad más propia de un dramaturgo que del propietario de un fichero informatizado, pero a cuya intensidad resultaba difícil sustraerse, de manera que el profesor se sintió un poco como Alicia frente al espejo, como si estuviese a punto de entrar en otra dimensión mágica o sobrenatural, tal era la fuerza de las palabras:

«Visitante, acabas de traspasar el portal de Biblos, Templo del Conocimiento que existe únicamente para esclarecer el camino de la humanidad con la luz que nos llega desde el pasado. Aquí se archivan y conservan palabras sublimes, ideas extraordinarias, hechos, acontecimientos, vida y semblanza, conceptos decisivos y axiomas incuestionables, inventos geniales, revelaciones, descubrimientos, proyectos y, en fin, páginas que se perdieron con el devenir de los siglos, pero que no por ello son menos ciertas que otras que subsistieron. Cada uno de los documentos que observes y examines, bien que virtual, será real, correspondiéndose fielmente con el original que representa».

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Como un pajarito

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La madre de Elisa fue languideciendo poco a poco, como un pajarito sin alas.

La madre de Elisa fue languideciendo poco a poco, como una llama mortecina, hasta apagarse del todo. La memoria empezó a fallarle en pequeñeces cotidianas: olvidaba la lista de la compra, lo que había ido a buscar al ropero o, con el teléfono en la mano, a quién iba a llamar, se le borraban inmediatamente las cosas que acababan de pasar o lo que le habían dicho; después se le olvidaron los nombres, empezando por los simples conocidos, continuando por los allegados y, más adelante, las personas más queridas, Elisa incluida. “¿Quién es esta chica?”, le preguntaba a su hermana María, que se la había llevado a su casa cuando enviudó y se encargó de cuidarla a lo largo de la enfermedad; ella y Tomás, su marido.

Elisa los visitaba un domingo de cada dos. Iba por la tarde y siempre compraba una bandejita de suizos y ensaimadas en la pastelería de la calle Ibiza, esquina con Máiquez, y se los tomaban acompañados de chocolate clarito. Su madre solía estar sentada en una mecedora frente a la televisión, ajena a las conversaciones de los adultos y a los juegos de los nietos. Cuando la imagen fallaba le pedía ayuda a su yerno: “María, a ver si este señor puede arreglar el aparato”. Pero también el vacío de su memoria engulló a María, como se olvidó de vestirse, de caminar e incluso de hablar.

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5 novelas de la antigüedad

5 de mis novelas favoritas sobre el mundo antiguo. Cuando hablamos del mundo antiguo, muchos piensan automáticamente en los romanos, pero hay vida más allá de la gran metrópoli que dominó el mediterráneo. En este post hablo de cinco novelas de aquella larga e inconcreta época. No sabría decir si son las cinco mejores, pero todas ellas me dejaron muy buen poso.

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«El asirio». Nicholas Guild, 1987. En esta su primera novela histórica, que vio la luz en 1987, Nicholas Guild nos lleva hasta el antiguo reino de Assur, siglo VII a.c., para narrarnos la apasionante historia de Tiglath Assur en su incierto camino hacia el trono del reino. Un éxito editorial de su día que nos presenta una civilización casi desconocida, la asiria, en guerra permanente contra sus vecinos sumerios, egipcios, babilonios, persas…, y una historia de ambiciones, amor, celos, victorias y derrotas escrita con un ritmo trepidante. Esta novela atrapa literalmente al lector.

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«Aníbal». Gisbert Haefs, 1989. Aníbal Barca, uno de los más grandes estrategas de la antigüedad y uno de los hombres más asombrosos de la historia, héroe épico y trágico al mismo tiempo, que estuvo a punto de acabar con Roma y cambiar el destino del mundo. He leído al menos cuatro novelas sobre él, pero solo Gisbert Haefs logra trasmitir el espíritu de la época, construir un hombre creíble, cercano y comprensible. Nos alegramos de sus triunfos y lloramos sus descalabros, estimamos a sus amigos, nos subimos a sus elefantes y sentimos el peso de su destino. En 2021 ha sido reeditada por Pàmies ediciones. Totalmente recomendable.

la hija de homero

«La hija de Homero». Robert Graves, 1955. Después del boom de este autor en los años 70 y 80 del pasado siglo, gracias en parte al gran éxito televisivo de la serie “Yo Claudio”, en las últimas décadas parece haber caído en el olvido y casi ostracismo del público. Aprovecho el post para hablaros de una obra menos conocida, pero bella y vibrante como cualquier libro de Graves. Esta novela narra la historia de una notable princesa italiana, Nausícaa, que vivió setecientos años antes de Cristo y salvó el trono de su padre de las ambiciones de los usurpadores y a dos de sus hermanos de una muerte violenta, librándose ella misma de un desagradable matrimonio gracias a la inesperada ayuda de un noble cretense.

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«Sinué, el egipcio». Mika Waltari, 1945. Mika Waltari fue un prolífico escritor finlandés autor de relatos, cuentos, poemas, obras de teatro, novelas cortas y uno de los grandes autores de novela histórica, entre ellas su gran éxito «Sinuhé, el egipcio». Quizá se trate de la primera novela histórica que leí y le guardo por ello un cariño especial. Una novela que fue casi un fenómeno en su época y uno de los grandes referentes y predecesores de la novela histórica en nuestro país. Refiere las aventuras de un médico egipcio por el mundo antiguo, entre babilonios e hititas, y después, sus peripecias durante el reinado de Amenhotep IV y su fracasada reforma religiosa. Libro de lectura obligada para los amantes del género.

hombre rojo

«Tras la huella del hombre rojo», Lorenzo Mediano, 2005. Situada treinta mil años antes de nuestra era, como quien dice, en la prehistoria profunda, cuando aún coexistían en Europa los homo sapiens y los neandertales, esta novela de Lorenzo Mediano, que centra su carrera literaria en la prehistoria, nos habla de aquel periodo de la historia cuando los cromañones se habían extendido por todo el mundo y los neandertales sólo subsistían en el sur de la península Ibérica, protegidos por un río. La novela narra la historia de una joven chamán cromañón y de un muchacho neandertal que ha dejado su tribu, del encuentro entre ellos, de sus intentos de comunicación, de la desconfianza y de la mutua atracción.

Diario de Lola (17 y 21 de abril)

17 de abril, domingo.

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Hace tiempo que conocí a una mujer en el mercadillo de San Judas. Tiene un puesto pequeño, apenas una mesita, dos banquetas y un trébede con una sartén en donde fríe trozos de yuca y también unos pastelitos salados rellenos de patata. En realidad, los pastelitos se parecen más a lo que nosotros conocemos por empanadillas, pero están riquísimos y todos los domingos me acerco al puesto y le compro un cucurucho de pastelitos. Y de tanta visita al puesto he cogido algo de confianza con ella, y ella conmigo, y echamos una parrafada si es que no tiene muchos clientes en ese momento. Se llama Manuela y la acompaña siempre una hija de unos nueve o diez años, Panchita, que la ayuda con la venta, sobre todo a la hora de dar las vueltas, pues la niña es muy despierta. Y lindísima: la carita muy plana, como de china, una nariz que parece un granito y unos ojazos que me tienen enamorada.

Esta mañana Manuela me preguntó si yo trabajaba con el Acnur. Le dije que sí y ella, después de mirar para los lados con un gesto muy suspicaz, me invitó a visitar su casa. Quedamos para la semana próxima, el miércoles o el jueves, porque los sábados y los domingos está muy atareada con el tema de la venta. ¿Qué querrá? Estoy intrigada con la invitación.

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Yo no debería estar aquí

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Cuadro de Ernest Descals

De nuevo escuchó la voz, más suspiro que grito. Montalvo se giró rápidamente y vio a unos metros a un soldado recostado sobre un tronco. Parecía español: el pelo negro, la barba recia y escarchada y en el uniforme un pequeño escudo con la bandera. Tenía una bufanda enrollada en la cabeza, a modo de turbante, se había echado por encima los abrigos de dos cadáveres cercanos y con una mano aferraba el fusil por el cañón.

—Eh, amigo −lo llamó Montalvo.

El hombre no hizo movimiento alguno, salvo abrir los ojos y alzarlos hacia él, unos ojos oscuros, enormemente grandes, con la muerte escrita en ellos. Montalvo se acercó al compañero, se arrodilló a su lado. No le sonaba su cara ni creía haberlo visto antes, aunque en el estado en el que se hallaba era difícil reconocer a nadie. Debajo del cuerpo, congelada sobre la nieve, había una mancha oscura de sangre vieja. Se quitó una manopla y le tocó la cara. El soldado movió los labios pero no le salió palabra ninguna, como si hubiera gastado su último aliento en pedir auxilio. Montalvo probó a moverlo y el hombre hizo un gesto de dolor. De nuevo intentó hablar: “los lobos”, dijo muy bajito, y meneó ligeramente la mano que sujetaba el fusil como si hubiera sido un leño. Leer más

Las prisas

La tarde se volvía noche y un resplandor anaranjado coronaba la línea de la costa. Un poco más arriba, en un cielo cada vez más oscuro, el lucero de la tarde brillaba con intensidad creciente. La brisa era suave y agradable y el ligero cabeceo del barco animaba al sueño. Yo estaba enrolado en un carguero de dos palos, haciendo la ruta de Cádiz a Cherburgo, en el canal de La Mancha, y aquella tarde estábamos anclados dentro de la bahía gaditana, esperando a que las lanchas del puerto comenzasen la descarga de la bodega.

El momento era propicio a remembranzas. En la cubierta de la tolda, un grupo de marineros ociosos hacíamos corro alrededor de Villafaña, el contramaestre, que había preferido quedarse a bordo, haciendo la guardia de puente, en lugar de bajar a tierra con el resto de oficiales, a emborracharse en tabernas y burdeles de poca monta y mucha miga.

El contramaestre daba caladas espaciadas a su cigarro y miraba al horizonte, más allá de los tejados y fachadas de la ciudad, de su maltrecha muralla y sus fortalezas.

−En Santo Domingo −dijo de repente Villafaña, como si llevase un buen rato hablando del asunto y todos debiéramos saber a qué se refería−. Estábamos fondeados en el puerto sin nada que hacer porque eran tiempos de guerra contra Inglaterra y andaba el aviso de que varios corsarios de aquella nación rondaban las islas. En esto llegaron de Puerto Rico como una veintena de frailes con gran prisa por que se los llevara a México, a la tierra de Yucatán, adonde iban en misión para catequizar a los indios y para dar ayuda espiritual a los españoles que allí estaban, pues les había llegado noticia de que vivían en el mayor de los pecados, sin rezar oraciones y amancebados con sus indias. Leer más

Llegaron a la hora del almuerzo

Los soldados llegaron a la hora del almuerzo, con las caras pintadas y las bayonetas caladas

Llegaron a la hora del almuerzo: eran muchos, muchos. Entraron por el portón que da al camino y ocuparon todo el huerto, debajo de los aguacates, junto a los mangos, bajo las matas de huerta, parapetados en el cerco de piedra. Bien se los veía desde el corredor. Ay, Dios, y yo sola con las chinas, con las chinas y con una hija que ya le empezaban a limonear los pechitos. Todas teníamos miedo, que si más nos escapan a matar, porque lueguito de llegar un puño de soldados se acercaron a la casa y entraron en el corredor, mirándonos duro con aquellos ojos escondidos detrás de las pinturas y apuntándonos con aquellos fusiles que no dejaban quietos. Leer más

Agosto enfría el rostro

paisaje rural

«Agosto enfría el rostro», le dijo el abuelo de camino a la huerta.

Nemesio, el padre de su padre, murió el verano del cincuenta y pico en el pueblo de Pajareras. No son muchos los recuerdos que guarda de él, aunque conserva una clara idea de alegría y cariño. Se acuerda vagamente de un hombre viejo que la llamaba princesa, frente al título de reina que tenía reservado para su hermana María; del pueblo de fachadas blancas y calles empedradas, repletas aún de bestias, moscas y chiquillos; de las largas tardes apacibles jugando a las cartas en la mesa camilla y de una casa enorme llena de recovecos y cuartos extraordinarios, atestados de cachivaches. Aparte de eso, retazos sueltos, náufragos en un mar arcano, como el de un día en que al abuelo le sacaron una muela entre gritos y reniegos que le llegaban amortiguados, después de atravesar un par de estancias y doblar algún que otro pasillo. Leer más

Diario de Lola (20 de marzo)

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Una de las tareas del ACNUR es proporcionar asilo en terceros países a los refugiados

Acabo de terminar de archivar los papeles de los expedientes de asilo. Es media tarde y estoy en mi habitación, voluntariamente recluida. Aún queda un rato para la cena, así que me queda tiempo para escribir una nueva entrada de mi diario, que desde hace unos días lo tengo medio abandonado.

Y hablando de asilo, una de las tareas más delicadas que hacemos en la oficina es sacar del campamento a personas o familias que se sienten amenazadas, tramitar su estatus de refugiado político y buscarles acogida en un tercer país. Y es delicada porque en el campamento no está bien vista la gente que pide asilo fuera. Los refugiados quieren mantenerse juntos porque están empeñados en organizar más adelante un retorno masivo; así que estas salidas las ven casi como deserciones. De hecho, los que se ponen en contacto con nosotros lo hacen con mucho secreto y cautela, y hasta con temor, por lo que el trámite debe hacerse con la máxima discreción. Leer más

Los dados mágicos

dados magicos

La pastorcilla dejó atrás a los demás y recibió inesperadamente unos dados de colores

La pastorcilla dejó atrás a los demás. Tenía la decisión grabada en el rostro. Tenía un destino aleteando en el corazón. Si nadie la rescataba, ella lo haría. Ella sola. Se calzó sus botas de caminar los páramos, se echó a la espalda su morral de los caminos y dejó atrás su tierra y su gente, y otras tierras y otras gentes, y dejó la montaña por el bosque y el bosque por el prado. Leer más

Mis 5 novelas de romanos

Mis 5 novelas de romanos. Ni las mejores ni las peores, sino las que mejor recuerdo me han dejado.

El cine ha creado en muchos de nosotros un anhelo por la películas de romanos: Ben Hur, Espartaco, Marco Antonio y Cleopatra, Quo Vadis o, más recientemente, Gladiator, por mencionar algunas, forman parte de un acerbo cultural que no nos abandona. Y del cine, esa afición a los romanos ha pasado, al menos en mi caso, a la literatura.

De vez en cuando, como un ejercicio de relax y puro disfrute, echo mano de una novela sobre romanos y me evado del caótico, tenso e incomprensible mundo en que vivimos. A lo largo de muchas décadas de lectura he devorado muchas novelas sobre “aquella época”, y he disfrutado con la lectura de la mayoría, pero en este post he seleccionado las cinco de las que mejor recuerdo conservo.

1. Águilas y cuervos, de Pauline Gedge. Aunque esta fenomenal escritora neozelandesa ha dedicado la mayor parte de sus obras a Egipto, nos ha dejado esta joya sobre la invasión romana de Britania, en los tiempos del emperador Claudio. Una novela descarnada, que nos acerca a la realidad histórica tal cual fue, poniendo cada cosa en sus sitio, sin paños calientes. Y el resultado es una novela espectacular.

aguilas y cuervos
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Encerrada

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A Blanca Pimentel la habían sorprendido de ronda con su enamorado. La persona más inesperada. En el lugar menos oportuno. Con su padre, un hombre acostumbrado a hacer de su palabra ley, criado en las viejas creencias del honor y la hidalguía, aquel desliz era un atentado a la virtud, una mancha en su honra.

«Si vuelves a verlo te muelo a palos». Eso le dijo cuando la envió castigada al sobrado. Sencillo, sin complicaciones, muy en su estilo. «Y a él lo mato», había apostillado, sin especificar si lo mataba sin más o solo si hacía por verla.

La primera noche de encierro fue una pesadilla para Blanca.

Cuando cerraron la puerta, echaron el cerrojo y se quedó sola, buscó a tientas el catre que había en aquel trastero desacomodado y sucio. Un sinfín de pensamientos acudió de pronto a su cabeza, pero la tensión acumulada, el dolor lacerante que sentía y la humillación sufrida la dejaron tan exhausta que pronto se quedó dormida. Fue un sueño intranquilo y breve que no se prolongó más allá de la medianoche. El frío la despertó, pues no tenía otro abrigo que la saya que vestía y, en el sobrado, que estaba techado a tejavana, se colaba el viento con facilidad. Leer más

Diario de Lola (2 de marzo)

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Lola, una cooperante del ACNUR, decide llevar un diario de su experiencia en el campamento de Resurrección. Esta es su primera entrada

Hoy hace un mes que me incorporé a mi puesto en la oficina para Resurrección. Aprovecho la efeméride para estrenar esta libreta nueva que, si mantengo la constancia, se convertirá algún día en diario. Mi primer diario. Nunca antes había sentido la necesidad, o más bien el impulso, de escribirlo. Por qué ahora: ¿para rellenar los ratos perdidos?, ¿para dejar constancia de detalles y anécdotas que no caben en las fotografías?, ¿para hacer introspección?, ¿para no olvidar las vivencias de esta aventura? No lo sé. Un mes. Un mes que se ha pasado en un suspiro. Parece que fue ayer cuando vine desde Tegucigalpa en esa avioneta que debería ser calificada como cometa más que como avión. Leer más

La premonición

premonición

Antonio avisa a su madre para que no se preocupe: «madre, madre, que me voy»

Antonio va a dar un paseo, como hace todos los días después de trabajar. Antes de salir avisa a su madre, para que no se preocupe: madre, madre, que me voy. Debe gritar porque la mujer está mal del oído, vencida por la edad, y le cuesta enterarse. Baja deprisa empinada la calle de fachadas blancas y balcones enrejados, con ese paso desacompasado que tiene y que algunos les resulta un poco cómico. Saluda a un par de viejos que toman el sol de la tarde en el mentidero de la esquina y deja atrás el pueblo por la carretera de abajo. Toma el desvío del camino largo, que está asfaltado unos metros, hasta que gira y se pierde entre el olivar, y entonces se libra de la piel oscura y queda a la vista la tierra reseca y blanquecina. El hombre se cruza con un par de coches, gente que vuelve del tajo, y saluda. Aquí se conocen todos. Es un pueblo pequeño, cada vez más vacío y más solo. Leer más

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