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Al otro lado de la campana de cristal en que vivimos, la lluvia arreciaba. Al verdugo se le mojaba la delgada camisa, desgastada por mil lavados, los jirones de pantalón, las botas de medio uso. El delator aprovechó que el agua le domaba el pelo para peinárselo someramente con los dedos. Ya dentro del hoyo, se quitó un ajado crucifijo de caña que llevaba al cuello y lo colocó sobre la tierra del borde; a continuación, se desabrochó la camisa y se la lanzó al verdugo, y lo mismo hizo con los pantalones: Te harán falta, le dijo, y no quiero que después vayas a registrar el cadáver. Estaba muy delgado y las costillas se le marcaban con fuerza en el pellejo tostado. Se quitó también las botas, que dejó al borde de la zanja, sin un temblor, sin un solo parpadeo, y se tendió casi desnudo en el fondo de la fosa. El verdugo recogió la ropa mojada y sucia, olorosa a sudor agrio, no mucho mejor que la suya, pero al menos entera.

Estaba de pie a un lado de la sepultura, empuñando el fusil con ambas manos, frente al valle que apenas distinguía tras la cortina de lluvia. Irremisiblemente mojado.

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Un año más, la Asociación de escritores Entre Pueblos, con su trabajo y saber hacer, organiza el certamen literario que lleva el nombre de la asociación. En este caso en su 3ª edición.

Aquí os dejo el enlace para participar en él. Tiene dos modalidades: relato corto y poesía. La fecha de cierre del certamen es el 28 de febrero de 2018.

III Certamen literario Entre Pueblos. PINCHA PARA LEER LAS BASES

 

Una muestra de cómo la Historia, con mayúsculas, subvierte la historia, con minúscula, de los propios personajes.

Nominada a nueve Goyas y ganadora de uno (mejor diseño de vestuario)

La película nos cuenta el sitio y la vida y milagros de los defensores del aislado fuerte de Baler, al este de la isla de Luzón, un asedio que duró casi un año y que se prolongó, por la tozudez y desconfianza de los sitiados (y posiblemente también por su valor), varios meses después de haber finalizado la guerra hispano-norteamericana.

Cartel de “1898. Los últimos de Filipinas”, película de 2016

1898. Los últimos de Filipinas nos remite (a los que ya tenemos una edad) a la famosa película de 1945, de la que toma el nombre, dirigida por Antonio Román y protagonizada, ente otros, por Fernando Rey y Tony Leblanc; pero no es un remake propiamente dicho de ella (que narra el hecho desde la perspectiva épica, paternalista y condescendiente para con los tagalos de la España de la postguerra), sino una revisión de aquel acontecimiento histórico a la luz de los nuevos tiempos y, sobre todo, al amparo de lo políticamente correcto.

Y este extremo supone, desde mi punto de vista, la pata coja del banco, porque, así como en la anterior versión se deforman los hechos desde un patrioterismo exagerado, en esta se deforman desde un complejo de culpabilidad histórica por los cuatro siglos de dominación española de sus colonias. Los responsables de este proyecto cinematográfico parece han pretendido ser tan “realistas”, tomar tanta distancia con el film “franquista” de los años 40, que se han ido, como un péndulo, al otro extremo del espectro, dejando por el camino, no ya a la verdad, sino sobre todo a la verosimilitud.

Así, 1898. Los últimos de Filipinas, nos presenta un elenco de personajes atormentados y contritos, críticos con la Historia que les toca vivir y, por tanto, fuera de lugar: con principios y valores propios de la España de nuestros días, pero que no parecen haber sido los de hace un siglo. Y es una lástima que estos errores en el guión, la dirección y el enfoque general estropeen una cinta con un “haber” poderoso: unos paisajes maravillosos, algunas actuaciones meritosísimas, un vestuario y atrezzo magníficos. Sin embargo el “debe” es tan contundente, que las virtudes no consiguen salvar de ninguna forma la película.

Cartel de “Los últimos de Filipinas”, película de 1945

El ejemplo más patente quizá sea la paradoja de los personajes que, a pesar de estar la mayoría muy bien interpretados por actores consagrados, son sin embargo uno de los elementos más sustractivos de la película. Seguir leyendo »

Algo lo despertó…

Era noche cerrada. La vela que había encendido sobre la tapa del baúl, a la cabecera de la cama, se había consumido por completo y el pábilo había naufragado en un charco de cera reseca. Aguzó el oído y percibió múltiples ruidos. El contraerse de la chapa, el canto de un batallón de grillos, el croar de las ranas y el sonido del viento eran como un rumor de fondo. Pero había otros ruidos más cercanos, inquietantes, goterones gruesos, pesados, que caían sobre el techo, el removerse de algún animal, unos resoplidos, un chillido, patitas que se movían nerviosas, que sonaban dentro de la estancia, junto a su camastro. El hombre buscó la lámpara que había dejado bajo la almohada y alumbró las paredes. El débil haz de luz, el círculo amarillento, apenas descubría las sombras grotescas de los objetos, los tablones, la estantería, la cómoda, el suelo. No había nada. Alumbró hacia el techo y vio dos grandes ratas oscuras que se movían por las costaneras que lo sostenían, las mantuvo iluminadas un rato, pero no hicieron caso, les chistó y tampoco, así que apagó el foco, se arropó con la cobija y trató de olvidar sus movimientos, sus patitas rascando la madera, y dormir.

La partera

Yo hacía de partera allá, antes de venirnos. Iba a las casas y ayudaba a las mujeres en el trance. Me estaba unos días en las casas, dos, tres, y me daban algo de pistillo. Las que lo tenían. Poco, pero algo era. Cuando entraron los primeros operativos y la cosa se puso fea, nos fuimos a vivir varias familias a unas cuevas de un puesto que le decían la Peña Blanca, cuevas grandes, en unos barrancos enormes que allí había, entre cerros filudos. Tan escarpados eran que un chino se desgració saltando entre las peñas, un chino travieso, vea, pero dispuesto, el hijo de la María, se desbarrancó y se quebró la mollera. Como animales vivíamos en aquellas cuevas, con miedo de hacer fuego, de que los chuchos latieran duro, de que nos vieran, de que nos hallaran, con miedo del miedo, usted. Tapadas habíamos hecho las bocas de las cuevas, con matojos secos, con chirivisco, con ramas de árboles, de modo que no se vieran desde lejos. De noche, los hombres salían a recorrer la tierra para cazar un garrobo, un cusuco, lo que fuera, cualquier fruta, zapotes, anonas, guayabas, cualquier raíz. Hasta se llegaban a las casas abandonadas, a las que estaban destruidas, para ver si había quedado en ellas algo que sirviese, una cabuya, un candil, una gallina, piñas de piñal. Y las mujeres de noche bajábamos a la quebrada para traer agua, para traer leña seca, seca, seca, de la que no levanta humo. Seguir leyendo »

Cuando Alexei Kolodin iba a encender una hoguera bajo el motor de su camión, para descongelarlo, la mano izquierda se le quedó adherida, por efecto del intenso frío, a una barra del chasis. Ha perdido un tiempo precioso renegando y recriminándose por el nefasto descuido, hasta que la cruda realidad se ha abierto camino en su conciencia: si no consigue prender la madera de inmediato, tendrá que arrancarse la mano. Literalmente.

Saca la caja de cerillas del bolsillo del anorak, se incorpora todo lo que la estrechez del espacio le permite y se la lleva a la boca. Con la lengua empuja el cajetín deslizante hasta medio recorrido. Los ojos apenas logran enfocar los fósforos y dirigir su mano derecha para coger uno; pero enfundada como está en la manopla, carece de la precisión necesaria para conseguirlo. Tiene que desprenderse de ella y descubrir también esta mano (la otra hace rato que la ha dado por perdida). Así logra coger un fósforo y, mordiendo firmemente la cajetilla, rascarlo en el costado. Los dos primeros los rompe. El tercero consigue prenderlo, pero se le apaga antes de acercarlo a la madera. Está demasiado lejos. Lo intenta varias veces, pero una brisa inestable le impide mantener encendidas las cerillas. Ha gastado la mitad de los fósforos sin conseguir acercar la llama ni siquiera a la mitad del recorrido. Seguir leyendo »

Dejó el enlace de un vídeo sobre el primer retorno de Mesa (o el 2º) y una misa de despedida. Espero que les guste porque es un documento histórico.

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