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En primer lugar, como es lógico, es preciso conocer las distintas agencias editoriales que operan en el país. Hay una buena cantidad de ellas y podemos encontrar un listado de ellas en distintas webs relacionadas con la literatura. A continuación os dejo el link de la UNEE (unión nacional de escritores de España), que es bastante completo, aunque algunos datos están desactualizados. En realidad, no hay ninguna web con los datos completamente actualizados, o por lo menos yo no la he encontrado.
Después debemos elegir la o las agencias a las que presentar nuestra propuesta. Este paso, desde mi punto de vista, es más importante de lo que parece puesto que el “colectivo” de las agencias editoriales es múltiple y variado.
En los listados que hay disponibles en internet, puede apreciarse en un sencillo análisis que algunas tienen página web, otras correos electrónicos de contacto y otras solamente un número de teléfono. Por otro lado, hay agencias muy importantes y conocidas, y bien establecidas, que con frecuencia son mencionadas en los medios de comunicación y tienen mucho volumen y “peso” de representaciones, mientras que otras son menos conocidas, más nuevas y con menos autores representados, o con autores menos consagrados. Ojo, con esto no quiero decir que sean peores, únicamente quiero presentar una visión global de este colectivo.
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Una agencia editorial o literaria es un intermediario entre el autor y la editorial. Su trabajo es semejante al que realizan los representantes de los deportistas… pero con escritores: se dedican a recomendar obras literarias a editoriales que consideran adecuadas y también a asesorar al autor o autora en aspectos como consejos literarios, tendencias del mercado editorial, venta de los derechos y propiedad intelectual o seguimiento de la obra con la editorial.

Aunque hay muchas editoriales que, a través de sus webs, dicen aceptar el envío de obras o propuestas editoriales de cualquier autor, la realidad es que tienen un volumen muy elevado de propuestas y es probable que no se lean una buena parte de las que reciben. Y en el caso de que se las lean y la rechacen, no dan mayor información al autor de los motivos del rechazo.

Sin embargo, si una obra les llega a través de una agencia literaria, las posibilidades de ser aceptada o, al menos, tomada en consideración por una editorial son mayores porque ya existe una relación previa agencia-editorial: la editorial conoce a la agencia con la que está tratando (que además le hace una parte del trabajo, como la elaboración de un informe de lectura previo); y, por su parte, las agencias conocen bien a las distintas editoriales, sus líneas de trabajo, sus colecciones, sus necesidades,  y pueden recomendarles aquellas obras que mejor se adapten a sus planes de edición.

Así pues, cuando tenemos una obra terminada podemos decidir enviarla a una agencia en lugar de contactar directamente con las editoriales. A una o a varias, que este es un aspecto que trataremos en otro artículo.

Pero ojo, con las agencias las cosas no son tan bonitas como parecen. El mundo editorial está tan saturado de manuscritos, son tantos los libros que se escriben al año y los escritores que van surgiendo, que dar con un agente que nos represente puede ser tan difícil como encontrar un editor que nos publique. De hecho, en las webs y/o blogs de bastantes agencias especifican que NO aceptan manuscritos no solicitados, o que no los aceptan… hasta nuevo aviso, porque están volcados con los autores que ya representan.

En el próximo poste hablaremos de cómo buscar y contactar con un agente editorial.

Archivo histórico: Reportaje sobre la historia de la Educación Popular en la comunidad Santa Marta, departamento de Cabañas, El Salvador.

El vídeo ha sido filmado en 1998, producido por ADES Santa Marta y Educación sin fronteras. La digitalización y remasterición la ha realizado Roberto, de Arte Castúo, en Azuaga, y la subida a la red y el enlace a Youtube es obra de Jesús Peñas.

https://yonosoygente.files.wordpress.com/2014/07/yo-no-soy-gente-quien-tiene-un-peluquero-tiene-un-tesoro-historias-reales-mundo-surrealista-2-6.jpg?w=296&h=327Es una tarde desapacible y extraña en la ciudad. Hace bochorno y la tormenta, que desde hace horas viene amenazando con caer, únicamente deja escapar unos goterones escasos y pesados que ensucian los parabrisas de los coches aparcados, como si estuvieran cargados de barro en lugar de agua. Un viento caprichoso, que sopla a rachas, remueve el aire caliente y cargado de polvo, como puesto a cocer en una marmita, y asfixia a quienes se atreven a respirarlo.
Cruza la calle Amposta una mujer guapetona, vaqueros desgastados y camiseta escasa, y avanza pegada a las deprimentes fachadas de ladrillo de los edificios, que están sucias de pintadas y carteles viejos, descoloridos por el sol y ajados por la lluvia, en los que un Felipe sonriente pide el sí ciudadano. Camina deprisa, con la cabeza agachada, huyendo del agua, del polvo y de la basura que el viento arrastra y desplaza de un lado para otro. Llegando a la esquina con la avenida Simancas, empuja con fuerza la desvencijada cancela del portal y entra. El interior está oscuro, sucias las escaleras y las paredes mohosas y salpicadas de desconchones. En una puerta de la primera planta se ve un cartel escrito con rotulador grueso que dice: Peluquería Purina. La mujer abre la puerta, que está solo encajada, y entra.
¬–Qué tiempo más raro hace, parece de una película de ciencia ficción.
–Es su momento, ¿qué quieres?. Ventarrón, calor y tormenta. Nos quejamos de oficio. Después vendrá el frío, y también nos quejaremos. Con el tiempo nunca estamos conformes.
Pero Reme ya no la atendía. Estaba concentrada, frente al espejo, en arreglarse los mechones de pelo fino y enredado que se le habían escapado de la coleta, y en mirarse las pequeñas pero ciertas estrías que se iban apoderando de los alrededores de sus ojos, de las comisuras de la boca y de la frente ancha. Estiraba la piel con los dedos, regresándola a la tersura de hace una década. Finalmente, se quita el lazo elástico y, mesándose el pelo repetidas veces con ambas manos, vuelve a colocárselo. Observa a su hermana, que está atareada limpiando unos boles y paletas de aplicar tinte, y siente una punzada de remordimiento, débil, apenas una pellizquito inconcreto; y aún así, incómodo. Por eso pregunta:
–¿Todavía aquí? Seguir leyendo »

naufragio9El Mar del Norte está fondeado en la bahía, frente a la desembocadura de un gran río, muchas millas al sur de aquí. Sus viejas planchas de acero aguantan estoicas este severo sol tropical, añorando aguas más acordes con su nombre, mientras los troncos descomunales que transportará a su lejano destino bajan por el río en un lento pero constante goteo y serán izados a bordo y estibados en las bodegas en una espesa monotonía de interminables semanas. ¿Cuántos árboles derribados por la mano del hombre habrá transportado el barco y cuál no habrá sido nuestra contribución particular para que, en las coloreadas fotografías de satélite sobre esta región, el amarillo sustituya al verde? Me deprime plantearme estas preguntas toda vez que las respuestas desafían al espíritu más pesimista. Me deprimen también esas semanas vacías, sin más oficio que pasarlo acodado en la borda o sumergiéndome en la vida relajada del poblacho que parasita en la orilla. Seguir leyendo »

La casa de Míchel

Míchel se convirtió pronto en mi mejor amigo. Ambos teníamos la misma edad y nos compenetrábamos bastante bien en casi todas las cosas. No le gustaban las discusiones estériles ni era de los más se aprovechaban de los pequeños. Era el capitán del equipo y uno de los más antiguos en los Bloques y, por tanto, el líder indiscutible. Para cualquier juego que realizáramos, era siempre de los que disponían y, sin su aquiescencia y participación, era difícil ponerse de acuerdo para nada. Cuando Míchel se sentaba, aburrido de un juego, aunque no dijera nada a los demás, era poco lo que tardaba en deshacerse el grupo para ir a sentarse donde él estaba. Cuando jugábamos al fútbol, nos gustaba coincidir en el mismo equipo y, si no podía ser, éramos los encargados de elegir a los jugadores.

Tenía un montón de hermanos y hermanas que vivían casi amontonados porque, al ser su padre sargento de máquinas, el piso que les correspondía era de los más pequeños. Con frecuencia me invitaba a su casa. Las primeras veces fue para hacer la alineación del equipo, pero después, como él era un mal estudiante, iba allí con la excusa de ayudarlo a estudiar matemáticas. El caso es que mis visitas se convirtieron en una práctica corriente, habida cuenta de que en su casa me veían como una buena influencia para él. Nos encerrábamos para estudiar en su habitación, un cuarto pequeño que compartía con su hermano Furia, con una litera y un pequeño escritorio, pero al cabo de unos minutos los libros quedaban relegados al olvido y nos poníamos a charlar de un montón de cosas. Y así se nos pasaban las horas, charla que te charla, y sin apenas estudiar. Seguir leyendo »