Tres días y dos noches (relato de realismo social)

En el día de hoy os traigo un relato de realismo social. Una historia cualquiera, una semana cualquiera sobre la que tú, si vives en el llamado primer mundo, seguro has oído hablar o, más allá, conoces a alguien que ha vivido una historia similar.

 

Elena tenía en aquel entonces apenas veinte años y estudiaba segundo de magisterio. El embarazo fue fruto de un amor de verano, de esos que conocías en el pueblo, entre las lentas y los pasodobles, entre los paseos por la carretera del cementerio y la calle perfumada de jazmines. En noches de discoteca, con besos a la luz de la luna, abrazos rápidos sobre el cartón que habían echado para suavizar el suelo de tierra, ¿dónde quedó el romanticismo?, el despertar de la sensualidad, el sabor del deseo y la atracción de lo prohibido. El chico vivía en Barcelona y venía, como ella, a pasar los veranos en el pueblo. Se conocían desde hacía un par de años y llevaban uno tonteando y otro más en serio.
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Mi crítica de cine de «Un día perfecto»

Los lectores habituales del blog ya sabéis que, además de la literatura y la lectura, otra de mis pasiones es el cine. En esta ocasión os traigo una crítica de la película Un día perfecto, película española, del año 2015, filmada originalmente en inglés y protagonizada, entre otros, por Tim Robbins, Benicio del Toro, Sergi López y otros tres o cuatro buenos secundarios. La película se sitúa en la guerra de la exYugoslavia y los protagonistas son miembros de una ONG que trabaja en labores de ayuda a la población afectada por el conflicto, en medio de serbios, croatas, partisanos y cascos azules.

Sobre este telón de fondo, “Un día perfecto” nos cuenta una historia cotidiana, de las que les ocurren a los cooperantes en aquella peligrosa y compleja frontera. El punto de arranque es la aparición de un cadáver en un pozo de agua potable en una región rural y montañosa, un cadáver que deben sacar para poner nuevamente en funcionamiento el pozo, pero que, por una serie de circunstancias y peripecias (como no tener una cuerda adecuada), resulta mucho más complicado de lo que al principio parecía.

“Un día perfecto”, que está basada en una novela breve de Paula Farias, Dejarse llover, y muy desarrollada en el guión posterior, tiene poco que ver con el estilo de la mayoría de producciones del cine español. Y no sólo porque los actores sean, casi todos, extranjeros, sino por la historia y por la forma de contarla. De muestra, un botón: no hay una sola escena de sexo. ¿Raro, verdad? Alternando el drama (por la violencia de la situación que se cuenta) con la comedia (a cargo de las relaciones, personalidades y humores de los cooperantes), la película se hace no sólo entretenida, que ya es mucho decir en los días que corren, sino también emocionante, y nos lleva a meternos dentro del grupo de cooperantes y ser uno más con ellos.

El grupo, por cierto, encabezado por Benicio del Toro y Tim Robbins, está formado por gente desarraigada, con caracteres diversos, muy bien definidos, e historias personales que se esbozan poco a poco, sin terminar de contarse del todo. Las relaciones entre los cooperantes, sus sentimientos e impresiones ante la situación que viven, y las conversaciones que mantienen, algunas excelentes, forman el núcleo más potente de la película y le dan ese plus que la rescata de la mediocridad.

Tampoco es ésta una película al uso de las escasas que hay sobre el tema de la cooperación en zona de guerra, pues no nos muestra a los protagonistas en medio de combates tremendos, secuestros, fuego cruzado, explosiones, etc., aunque no por ello la atmósfera amenazadora, de inminencia de la desgracia, de violencia contenida, o incluso explícita (no hacen falta tiros y balas para conseguirla), no deja de estar presente a lo largo de casi todo su metraje.

No es una película de muchos medios económicos, pero no se echan en falta. En ningún momento se percibe que falten extras o que los efectos sean de mala calidad. La fotografía es buena, las localizaciones también y la banda sonora una maravilla, en especial la canción que la cierra, interpretada por la voz ronca y quebrada de Marlene Dietrich: Where have the flowers gone.

En resumidas cuentas, una película que vale la pena ver.

Un mecánico muy particular (historia basada en hechos reales)

un mecánico muy particular
Hoy os traigo una historia basada en hechos reales. Su protagonista es Moisés, un mecánico muy particular, que conocí mientras viajaba por Guatemala, gracias a (o por culpa de) una avería en mi vehículo. Espero que os guste.

Viajando por las sierras del interior de Guatemala, el carro se me quedó tirado en un camino de cabras, lejos de cualquier lugar civilizado. Un campesino me indicó que más adelante vivía don Moisés, un señor que sabía de mecánica, y fui a buscarlo. Encontré su casa en un claro en la espesura, en medio de los cerros, una casa grande, desangelada, de ladrillo rojo. Don Moisés era un hombre alto y delgado, de pelo escaso, largo y algo colocho, que le daba aspecto de demiurgo. Le conté mi problema y accedió a ayudarme.

Con una yunta de bueyes que le prestó su suegro, la ayuda de sus hijos y muchos sudores halamos el carro hasta su taller, que estaba instalado en la parte de atrás de la casa, bajo un techado de lámina sostenido por cuartones y costaneras de madera y cerrado por una malla metálica. Leer Más

Allí estaré (relato histórico)

Se que a muchos de vosotros os gustan los relatos históricos, así que he pensado que nada mejor que abordar el fin de semana compartiendo con vosotros este relato histórico que he titulado «Allí estaré». Espero que os guste.

El barrio das Fontes había crecido al oeste de la villa de San Miguel, más allá de los muros, bajando hacia la pequeña ensenada de Silveira, donde fondeaban las barcas de los pescadores y algunos barcos de poco calado. Había un permanente olor a pescado podrido en la orilla, de donde partía un empinado sendero flanqueado por algunas viviendas muy pobres, dos o tres tabernas y otras tantas posadas para los marineros que hacían escala en la isla. Más arriba, antes de que el sendero se ensanchase para entrar en la barriada, había una casa más grande, de dos plantas, con las paredes encaladas y corredores y balcones de madera. Unos macizos de hortensias blancas y azules separaban el edificio del camino, dándole un aire más respetable. Sobre la puerta, en una viga de encina que hacía de dintel, estaba escrito el nombre de la posada: Los Reyes Magos.
Más allá del zaguán se abría un patio con poca luz y altas paredes, del que arrancaba una escalera con baranda que conducía a la planta de arriba. Un estrecho corredor de madera daba entrada a las habitaciones.
En el último escalón estaba sentada una mujer gruesa, de cierta edad, que bajo el borde de la falda, dejaba ver unos gruesos calcetines oscuros. Con ambos tacones repiqueteaba sobre la madera del siguiente escalón. Al cabo de unos minutos de tan mecánico movimiento, alzó la cabeza y oteó el cielo hacia uno y otro lado, como el perro que husmea una pista. Finalizado su escrutinio, se levantó con pesadez y se dirigió a la primera puerta de la derecha, en la que llamó con unos golpes quedos.
—Ama, ama —susurró, pegando la boca al quicio de la puerta.
Dentro de la estancia, Elvira Santos abrió los ojos al oír la llamada de su aya. Estaba tumbada sobre el lecho y apoyaba la cabeza en el brazo de su amante. No sentía ganas de moverse, de alejar su cabeza de la mano que acariciaba sus cabellos con parsimonia, pero hizo un esfuerzo y se levantó, abrió los postigos del ventanuco y dejó que los rayos de luz iluminasen tímidamente las paredes. Después llenó el aguamanil y se enjuagó las axilas y las ingles. Le daba miedo terminar de despertarse y romper el hechizo del encuentro, breve, breve, aunque habían sido tres horas. Breve, aunque hubieran sido siete. Se secó con una toalla y empezó a vestirse. Por primera vez la habitación le pareció fea: los desconchones en las paredes, las manchas de humedad en los rincones, los agujeros de polilla en las columnas del dosel y el color amarillento de los visillos recogidos a los lados.
—Ojalá que el día no acabara nunca. Leer Más

Todas para el patrón (relatos centroamericanos)

Todas para el patron elatos centroamericanos

En el día de hoy os traigo un relato centroamericano cuyo protagonista es don Dagoberto, un patrón muy… Mejor no lo digo y así lo lees. Espero que te guste.

 

Era bolo el patrón. Bolo y mujerero. A todas las hembras de estos caseríos y cantones se las componía. A todas, peor si eran bonitas. Los tatas guardaban a las hijas con mucho celo y no las dejaban salir, ni ir a los bailes, ni acercarse a la hacienda por miedo a don Dagoberto, don Dagoberto Orellana. Pero y qué, el viejo era como el tigre, que de lejos olfatea a las piezas. Sementera de hijos dejó regada el patrón, usted, que más de cuarenta le conozco, y no los conozco a todos. Ya de mayor lo casaron sus hermanas, las Rucas. Estas Rucas miraban por él como si fuera un hijo. Las dos estaban solteras y sus tierras las heredarían don Dagoberto y sus hijos, los legítimos, así que le hicieron fuerza para que se casara y al final lo consiguieron, vea, con una muchacha hija de un colono, doña Paz, que le dio nomás un varoncito. Doña Pacita era muy religiosa, muy rezadora y muy bonita, viera el pelo colocho que tenía, los ojos claritos como las chalatecas, espigada y airosa la chamaca, pero de nada le sirvió. Apenas unos meses refrenó al patrón, que al nomás preñarla volvió a las andadas. Leer Más

Vassily (y III)

relatos de supervivencia

En el día de hoy damos fin a los relatos de supervivencia cuyo protagonista ha sido Vassily Tashkin, un hombre maduro y tenaz movido por la imperiosa necesidad de obtener dinero.

 

Cuando el montón le parece suficiente se mete debajo del camión y sitúa la lámina bajo la chapa que protege al cárter. Tumbado en el suelo como está, de costado, el frío es aún mayor. Apila cuidadosamente la madera seca sobre las virutas y, encima de ella, coloca algunas de las ramas de abeto. El resto de la leña la sitúa cerca, al alcance de la mano. Por último, se hurga en uno de los bolsillos para coger las cerillas. Está en una posición incómoda y no encuentra en el espacioso bolsillo la cajita prismática. Busca en los otros bolsillos y tampoco la localiza, así que decide quitarse la manopla de la mano izquierda para palpar mejor. Pero no la encuentra. Se enfada consigo mismo por su falta de previsión. Tendrá que salir fuera, levantarse y rebuscar bien por todos lados. La postura tan incómoda lo enoja aún más y se endereza para cambiar de costado pero no calcula bien y se golpea la cabeza con la esfera de la corona. El golpe lo hace renegar. Vassily es un hombre temperamental y no le gusta meter la pata tontamente. Sin pensarlo dos veces estira el brazo izquierdo y hace presa en una barra del chasis para deslizarse fuera del camión. Al tirar siente el mordisco intenso del frío y se da cuenta del error que ha cometido.

La barra está tan fría que la piel, ligeramente húmeda por el calorcillo de la manopla, se ha adherido a ella como si estuviera soldada con pegamento de contacto. Sin embargo, Vassily intenta abrir la mano y despegarla, pero no puede: la mano le ha quedado casi completamente apresada, desde las yemas de los cuatro dedos largos hasta el arranque del pulgar, pues la barra es gruesa. La yema del pulgar, al sobreponerse ligeramente sobre las uñas de los otros dedos, le ha quedado libre. Intenta desprenderse haciendo fuerza con el brazo, pero la piel de la mano se le estira como si fuera un guante de goma. Tira un poco más, ayudándose con el cuerpo, y de repente siente un chispazo de dolor que lo deja mareado y sudoroso. Cierra los ojos e intenta calmarse. Ahora todo está negro. Tranquilízate hombre, se dice, y espera que aclare.

Piensa en el verde de su tierra cultivada, cuando apuntaban las primeras hierbecillas formando una como alfombra brillante que todo lo cubría. Se tumbaba en mangas de camisa, con los brazos estirados en cruz y miraba al cielo azul cruzado por algunas nubes de algodón. Ahora también está boca arriba, tumbado sobre la nieve ingrata y esposado a una barra de hierro. Debe conseguir que ese alocado corazón, que tan bien le ha respondido a lo largo de los años y los innumerables esfuerzos, acompase su palpitar. Tiene dos caminos: uno pasa por lograr encender un fuego bajo la barra para calentarla y poder zafarse; el otro es más drástico y pasa por el dolor y el sufrimiento. Bueno, casi siente escalofríos de pensar en ello, porque no sabe si será capaz de juntar la voluntad necesaria para llevarlo a cabo. Es mejor concentrarse en el fuego.

Sus pies apuntan al morro del camión. La pila de madera está cerca de su pie derecho, que la ha golpeado inopinadamente y la ha deshecho. Su mano derecha la tiene libre, enfundada en el mitón. Estirándose mucho podría alcanzar la pila. Si no consigue librar su mano no podrá soportar la noche. Vassily concentra su pensamiento en buscar la caja de cerillas entre la ropa. Repasa mentalmente cada bolsillo y cada hueco hasta que por fin las localiza. Arquea el cuerpo ayudándose de la mano prisionera e introduce la otra entre el anorak y el pantalón del mono hasta alcanzar el bolsillo de la cadera. Allí está. Su mirada brilla al contemplar el pequeño objeto que sostiene entre la pinza que dibuja la manopla. El siguiente paso será encender el fuego justo debajo de la barra que lo esposa al vehículo y para ello debe desplazar la plancha de hierro y la madera hacia arriba y pasarlas por debajo de su cuerpo, desde la derecha hacia la izquierda. Vuelve a colocar las cerillas en un bolsillo, esta vez más asequible, y se concentra en la tarea.  El dolor que siente en la mano izquierda va aumentando y se cuela con insistencia entre sus pensamientos, desviando la atención de lo que hace.

Tarda un rato en conseguir apilar nuevamente la madera y dejarla lista para encender, aunque un tanto desordenada, casi sin virutas, que se han volado, y escasa de leña seca. El cuerpo se le enfría rápidamente y la mano no resistirá mucho sin congelarse completamente. Muchas veces le han explicado los síntomas de la congelación y él mismo ha podido apreciar sus efectos en otras personas. Primero se siente un hormigueo acompañado de dolor y enrojecimiento de la piel, después esta se hinchará y se volverá blanca y rígida, habrá entumecimiento y podrían aparecer ampollas. Por último, se congelarán los vasos sanguíneos, los tendones y los nervios, los músculos e incluso los huesos, y el tejido muerto se ennegrecerá y se gangrenará.

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V Certamen literario Entre Pueblos

V certamen Entre Pueblos

Como viene siendo habitual por estas fechas, la Asociación de escritores Entre Pueblos, de la Campiña Sur de Badajoz, convoca la V edición de este certamen literario, en las modalidades de relato corto y poesía. Cumple así Entre Pueblos con su compromiso por fomentar la escritura y la cultura literaria en una de las zonas más despobladas de España.

Para una asociación tan modesta como Entre Pueblos, la organización de este certamen supone un esfuerzo a lo largo de todo el año, y seguro que se sienten orgullos de haber logrado poner en marcha, este año de 2019, su V edición.

La convocatoria está abierta desde el pasado 28 de octubre y la recepción de trabajos finalizará el 15 de enero de 2020. El fallo del jurado y la entrega de premios será en el mes de abril de 2020.

Todos los escritores que deseen participar pueden consultar las bases completas aquí.

Vassily II (historia de supervivencia)

Vassily II

En el día de hoy te traigo la segunda parte de los relatos de supervivencia referidos a  Vassily Tashkin, un maduro tenaz movido por la imperiosa necesidad de obtener dinero. Espero que te guste.

 

Vassily no era ruso, sino ucraniano. Había nacido en un pueblecito al sur de Khotyn, muy cerca de la frontera con Rumanía y Moldavia. De hecho, su familia se había visto afectada por la reordenación de fronteras que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Una parte quedó en la Unión Soviética, en la república de Ucrania, y la otra en Rumanía. Por eso su padre había obligado a todos los hijos a aprender el rumano: hablar otro idioma, les decía, es importante, nunca se sabe cuándo lo podremos necesitar. A Vassily había muchas cosas de su padre que no le gustaban, pero aquel consejo lo siguió al pie de la letra, así que hablaba perfectamente el ucraniano y el rumano, comprendía el moldavo y hablaba bien el ruso. Él había intentado hacer lo mismo con los suyos, pero no lo había conseguido. Los jóvenes de hoy, se lamenta, no piensan más que en vivir en la ciudad y divertirse.

El ruso lo había aprendido después, cuando tuvo que dejar su pueblo para ir a trabajar a Moscova, como decía él. Vassily heredó una tierra, buena tierra. Gracias a la tierra pudo casarse, construir una casa y fundar una familia. Pero la tierra ya no da nada: no se puede vivir, no se puede comprar carbón para la estufa, no se puede comprar ropa. Por eso me marché, le gustaba contar, dejé a la mujer y me fui a Moscova. Ocho años trabajó allí, primero como peón de obra, más adelante como albañil y por último como maestro enlucidor. Pero a Vassily lo que realmente le gustaba eran las máquinas. Aprendió con facilidad a conducir camiones y recorrió muchos lugares con ellos. Había cruzado varias veces Rusia, conocía los países del Báltico, Polonia y Finlandia. Una vez hizo un viaje a Kosovo, durante la guerra, pero no quiso volver a aquel infierno. Por fin, encontró trabajo con las madereras, en el norte. También es peligroso y está lejos de su tierra. Ve a su familia sólo dos veces al año y eso no es bueno: los hijos crecen sin padre y la mujer vive como viuda. Pero se gana mucho dinero.

Vassily ha tardado en encontrar el camión. Los árboles son todos iguales y las huellas las cubrió la nieve. Pero allí está. Es muy grande. Él está orgulloso del camión que conduce. Tiene doce ejes y las ruedas son tan altas que le llegan hasta el pecho. La plataforma mide quince metros y esa masa rolliza que hay sobre ella son los enormes troncos de abeto que cargaron ayer con la pluma y fijaron con cables de acero. No se moverán, piensa.

Hace realmente frío, quizá pasen de los cincuenta bajo cero. Vassily tuerce el gesto porque esa temperatura es más baja que ninguna otra que haya soportado. A pesar del mono acolchado que viste y el anorak que lo cubre, se siente como si estuviera desnudo. Abre la cabina y trepa hasta ella. Cierra la puerta, pero sigue haciendo mucho frío. No obstante se quita las gafas y la capucha de piel. El cristal está completamente blanco de escarcha y hielo. Se quita el mitón de la mano derecha para abrir una gaveta que hay junto al asiento y extraer un recipiente térmico con comida. Está fría pero tiene hambre y se la come con presteza. Después saca una botella de vodka y le da dos largos tragos. Una sensación de bienestar lo invade. La mano se le está quedando insensible, pero antes de ponerse la manopla necesita intentar arrancar el vehículo. Presiona el botón para calentar los inyectores. Lo mantiene así durante casi un minuto y, al soltarlo, respira profundamente antes de accionar el contacto del motor.

Nada.

Vuelve a ponerse el mitón y siente cómo remite la aguda sensación de frío. Se han congelado los líquidos del motor. Ha sido un error intentar cazar el alce y otro mayor perder tanto tiempo para encontrar el camión. Vassily es cuidadoso con su camión y lo mima como si fuera propio. Le gusta inspeccionar la batería y el arranque, las luces, la calefacción, el anticongelante y los niveles, no como otros, que los descuidan y los maltratan. Pero dos errores en un día son demasiados. No se pueden cometer fallos aquí, te complican la vida demasiado. Sin embargo, Vassily sabe lo que tiene que hacer. Está preocupado, pero no nervioso. No pierde la calma con facilidad. Está, sobre todo, contrariado. La máquina cortadora salió ayer por la tarde y, aunque avanza despacio, estará ya muy lejos; y el resto del convoy salió por la mañana. Aún no habrán alcanzado a la máquina, pero estarán, de todas formas, muy lejos. No vale la pena llamarlos. Tendrá que resolver el problema solo. No es difícil, pero le llevará su tiempo, incluso puede que se le eche la noche encima y tenga que esperar hasta la mañana siguiente para salir. Entonces no llegará a Murmansk para el día de reyes y se perderá la fiesta que ha organizado Sasha, el ingeniero.

Sasha es muy joven pero sabe tratar a los invitados y nunca falta vodka en su mesa. Nada de vinos ni cervezas raras. No hay como un buen vodka para pasar una velada agradable. Cuando bebe lo suficiente, Vassily se anima a tocar. Es algo músico. En su familia todos lo son, aunque ninguno fuera al conservatorio, ni siquiera a una academia. A él, la trompeta se la enseñó a tocar su tío, un hombre excéntrico y amargado. Quizá por la pierna que perdió en la guerra, o por la guerra misma. Cuando volvió con la prótesis de metal ya no era el mismo. Con los años, en lugar de hablar ladraba, pero antes de eso ya había enseñado a Vassily a tocar la trompeta y, cuando no tuviera trompeta, a imitarla poniéndose una laminilla de plástico debajo de la lengua.

Vassily sabe que tiene que hacer un fuego debajo del motor para licuar nuevamente los fluidos. Al principio había comprado un pequeño infiernillo de gas para un caso como este, aconsejado por sus compañeros, pero lo había extraviado meses atrás y no quiso gastar más dinero en comprar otro. Ahora se lamenta de haber escatimado en esto. El fuego no tiene que ser tan grande que vaya a quemar alguna pieza de goma, pero habrá que mantenerlo durante un rato para que haga su labor. En la parte de atrás de la cabina hay una caja con astillas y virutas, y una delgada plancha de metal donde preparar el fuego, para evitar que la madera se moje al licuarse la nieve. Las cerillas las lleva consigo, en el mono. Vassily se coloca nuevamente el capuchón y las gafas, saca fuera del camión los avíos y los deja sobre la nieve. A continuación se dedica a recoger ramas secas de varios árboles, les sacude la nieve, las corta ayudándose del enorme cuchillo que siempre lo acompaña y las apila junto a la madera seca. A pesar del estorbo que suponen las ropas tan gruesas y los accesorios, trabaja con precisión, aunque sin atropellarse, muy concentrado en cada tarea que realiza. No quiere cometer ningún error.

Vassily I (relato de supervivencia)

Vassily I

Si te gustan los relatos de supervivencia, en los próximos días, comenzando por hoy, te traigo la historia de Vassily Tashkin, un hombre maduro y tenaz movido por la imperiosa necesidad de obtener dinero. Espero que te guste. Te dejo con la primera parte:

 

Vassily Tashkin se quedó el último, siguiendo las huellas de un alce que vio por la mañana. Un alce grande vale mucho dinero en Murmansk. Así que se marcharon todos con las máquinas y los demás camiones y se quedó Vassily con el suyo, cargado con enormes troncos de abeto, aparcado junto a la pista forestal que se adentraba cientos de kilómetros en aquella taiga inmensa y descorazonadora. Estuvo aguardando al animal junto a las ruinas de un antiguo aserradero, justo donde había visto sus huellas la tarde anterior. A pesar de que iba bien equipado para combatir el intenso frío con un grueso anorak, mono, botas térmicas y los inevitables mitones necesitaba, cada cierto tiempo, levantarse y realizar violentos ejercicios para no quedarse congelado. El fusil estaba protegido por una funda de piel para evitar que el frío atascase cualesquiera de sus mecanismos móviles.

Vassily era un hombre maduro que sobrepasaba la cuarentena, aunque fuera difícil verlo en aquel rostro protegido por el grueso capuchón y las gafas para la nieve. Era también un hombre tenaz movido por la imperiosa necesidad de obtener dinero. La mañana había amanecido calmada y triste, con unas nubes grisáceas que cubrían el horizonte de lado a lado, pero ahora se estaba levantando una ventisca desagradable, acompañada de copos diminutos como arenilla blanca y dura que limitaban la visibilidad y distorsionaban las distancias.

La temperatura había bajado mucho, más de lo esperado, y con el frío no hay que jugar. Cero grados es la temperatura de congelación del agua y en determinados lugares significa mucho frío. Entre diez y veinte grados bajo cero la sensación de frío es intensa, la piel expuesta al aire se enrojece rápidamente y pierde sensibilidad. A treinta bajo cero se solidifica el aliento en la propia cara y se congelan los lacrimales en el ojo por lo que es preciso frotarlos con frecuencia para que no dañen la córnea. Existe riesgo de hipotermia si no se permanece activo. Pero ahora hacía más frío, mucho más, quizá cuarenta y cinco o cincuenta bajo cero. A esa temperatura cualquier parte del cuerpo expuesta al frío tardaría apenas unos minutos en congelarse. Y con viento, el riesgo era aún mayor. Con cincuenta bajo cero no se puede cometer ningún error. Y Vassily no estaba dispuesto a cometerlo: un descuido equivaldría a una muerte segura. Le gustaba decir a los novatos en el oficio que dar un paso en el invierno siberiano era más peligroso que todos los rallyes del mundo juntos. Esta tierra no será para los valientes, sino para los precavidos.

Finalmente, haciendo honor a sus consejos, Vassily desistió de cazar el alce y decidió regresar. Se dirigió al camión andando pesadamente y con gran esfuerzo por la nieve granulada que había caído durante la mañana, intentando orientarse correctamente en el bosque igual de abetos blancos como árboles de navidad mientras pensaba con preocupación que debía haber dejado encendido el motor del camión. Con esta temperatura podía haberse congelado el aceite del motor y necesitaría calentarlo para poder arrancar. Pero quién iba a pensar esta mañana que la temperatura podría bajar tan deprisa.

 

El hombre del tamboril (relatos de realismo social)

El hombre del tamboril (relatos de realismo social)

Cuando me siento a escribir uno de los temas que más me seducen son los relatos de realismo social, sobre todo aquellos relacionados con Hispanoamérica. Así que hoy quiero compartir con vosotros un relato con un protagonista: don Tiburcio, un refugiado de la guerra de El Salvador. Os presento a El hombre del tamboril:

 

Se había refugiado en el campamento de Colomoncagua, huyendo de la guerra, como todos, y era el último que quedaba, según decían, el último que sabía tocar la danza de los negritos con calampo y tamboril, al estilo de Cacaopera.

En las celebraciones culturales que con frecuencia se hacían para entretener a aquella humanidad exiliada, para dar breve tregua a la memoria de la guerra, de las calamidades, siempre había un hueco para él entre los teatrillos, las danzas y las canciones. El hombre se sentaba en un zancudo, con la pierna izquierda apoyada en el travesaño y el tamboril acomodado sobre el muslo, de canto. Con la mano derecha manejaba el palillo y con la izquierda, cuya muñeca descansaba en el tamboril para sujetarlo, sostenía el extremo de una flauta de caña con dos orificios, pintada de azul y blanco.

“Con ustedes, don Tiburcio”, anunciaba por el micrófono el maestro de ceremonias, y el viejillo ajustaba los labios a la embocadura, tomaba aire y empezaba a soplar y tocar una música que venia de muy lejos, que sonaba a frijoles en ollas de barro, a madre tierra, a cosechas de maíz. Había poco aliento en sus pulmones y el maestro de ceremonias acercaba el micrófono a los instrumentos, mientras los jóvenes charlaban de su cosas, las muchachas los miraban y chambreaban entre ellas, riendo y tapándose las bocas, y los mayores, muy serios, escuchaban una vez más aquellos sones ancestrales.

Dicen que la gente de Cacaopera es oscura de piel, descendientes de los kakawira, los últimos indios puros de El Salvador, pero don Tiburcio tenía la color clara, más de mestizo que de lenca, la cara chupada, las orejas grandes y la boca desdentada. Vestía pantalón remendado, botas de cuero, sucias por el inevitable lodo del invierno, sombrerillo de paja con las alas moldeadas a base de tiempo y de paciencia, y camisa de refugiado ─aquella camisa ajustada de sisa, escasa de tela, fabricadas todas iguales en el taller de sastrería, si no era por el color del paño que hubiera en cada momento─, una camisa desgastada por los numerosos lavados que dejaba entrever, tras el último botón, la camiseta interior; porque allí, aunque hiciera calor, las noches eran frías y había poca chicha debajo del escurrido cacaxtle.

Don Tiburcio, desnutrido y seco, voluntarioso, solo, vestigio viviente de un folclore moribundo y amenazado de extinción, murió aquel invierno del ochenta y nueve y se llevó consigo sus danzas al ritmo de la flauta y el tamboril.

 

Espero que os haya gustado esta pequeña historia. En próximas semanas compartiré más relatos de realismos social, refugiados, realismo mágico, relatos históricos… para todos los amantes de La otra literatura.

Reseña cinematográfica de «El nombre de la rosa»

Reseña cinematográfica de «El nombre de la rosa»

Pocas películas he visto, de las que están basadas en un libro, que me hayan resultado más interesantes que la propia obra; lo cual dice muy poco en defensa del cine y mucho en favor de la literatura que, con el uso de simples caracteres sin mayor atractivo, negro sobre blanco, y con el trabajo paciente y solitario, casi siempre, de una sola persona, es capaz de captar la complicidad del lector y llevar su imaginación más allá de las aparatosidad multicolor de la gran pantalla (o de la pantalla doméstica).

A bote pronto, me vienen a la cabeza dos películas que han logrado superar a las novelas que las concibieron: Blade runner y El nombre de la rosa. A la primera no puedo concederle tanto mérito porque el libro es, en mi humilde opinión, un serie B de literatura de ciencia ficción; sin embargo, ponerse a la altura de una novela tan compleja, elogiada (y vendida) como la de Umberto Eco, tiene su mérito. Así pues, quiero hoy compartir con vosotros mi reseña cinematográfica de El nombre de la rosa.

Desde la primera imagen, que nos presenta un paisaje frío, gris, ventoso y desolado, Jean Jacques Annaud es capaz de trasportarnos de golpe a la remota abadía benedictina y  al propio corazón del medioevo.

En poco menos de dos horas, la película logra meternos en el hermético y misterioso ambiente de la abadía, conocer sus muchas dependencias, introducirnos en una vida llena de silencio, hipocresía y secretos, intuir las miserias, enconos y alegrías de aquel retirado grupo de monjes, conocer las diferencias entre el alto clero y el bajo clero y seguir el apasionado debate sobre si Jesucristo “era o no” poseedor de las ropas que vestía. Las imágenes de Annaud nos hacen temer y aborrecer al Santo Oficio, a sus métodos y a su severo guardián, el tenebroso e implacable Bernardo Gui; y nos llevan, a través de los laberínticos vericuetos de la biblioteca, a conocer el ingente tesoro de legajos y manuscritos que allí se custodiaban con fanático fervor y a lamentar la enorme pérdida que provoca el apocalíptico incendio final.

Un buen guión y el sagaz montaje de la cinta consiguen, modificando unos pocos elementos argumentales de la novela, como son la historia de la muchacha y el trágico fin del inquisidor, atraer nuestra atención desde el primer fotograma y desentrañar la complicada trama de la novela sin mayores dificultades.

portada de la novela
portada de la novela

Mención aparte merece la excelente caracterización de los personajes, sin la cual no podría haberse conseguido el resultado final. Cómo olvidar la esperpéntica colección de monjes que desfilan ante nuestros ojos, cuyos rostros y expresiones ayudan a dotar a la película del ambiente propicio: la fealdad de las facciones, las extravagantes tonsuras, los rasgos embrutecedores, zafios o intemperantes, que permiten al espectador leer e interpretar muchas cosas que no se explican.

Confieso que soy un enamorado de la película, que la he visto media docena de veces y que no me desagradaría volver a hacerlo, pues en cada ocasión he hallado nuevos detalles que saborear, elementos que percibir o escenas con las que entretenerme. Y desde luego, la recomiendo a quien no la haya visto aún.

Hasta aquí mi particular reseña cinematográfica de «El nombre de la rosa». ¿Habéis visto la película? ¿Habéis leído el libro? ¿Cuál de los dos os gustó más?

Historias del tuerto: las narvales

hombre_con_pipaEl premio entre los embaucadores de a bordo se lo llevaba Damián Ortiz, un marinero viejo, tuerto del ojo izquierdo, que, si no hubiera sido por su total desconocimiento del arte de escribir, podría haber compuesto novelas más entretenidas que las plumas de los más insignes literatos, pues tenía una facilidad natural para atrapar la atención de los espectadores y llevarlos de la mano, boquiabiertos, a lo largo de los vericuetos de sus enrevesadas historias hasta un desenlace final, por lo general truculento.

Contó en una ocasión que, siendo joven −que era como solía comenzar todos sus relatos−, había estado embarcado en un ballenero y navegado por mares septentrionales en demanda de un banco de ballenas narvales, que son animales rarísimos, la color blanca y moteada, con un cuerno largo y recto, como el de los unicornios, y que buscan las aguas más frías para refrescar los fuegos que llevan dentro. Y siguiendo a estas ballenas pasaron más allá de la isla de Tule, donde los alcanzó un temporal con viento huracanado y mar furiosísima. Las olas eran tan grandes que, cuando estaban en un seno, parecía cercano el averno, y cuando el capricho del temporal los alzaba hasta la cresta, podía divisarse a lo lejos la luz del faro de Hércules. Leer Más

Primer encuentro

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Por ser montañosa, estaba la tierra más lejos de lo que pensábamos y nos llevó todo aquel día alcanzarla. Y una vez en ella, seguimos en paralelo a la costa, que corría en la orientación sureste noroeste, buscando una bahía o ensenada que ofreciese buen puerto. Se veían algunos ríos y una manigua espesa, de un verde profundo, que llegaba hasta la misma orilla y por sobre de ella aparecían algunas columnas de humo. Al cabo de unas horas hallamos un lugar que pareció propicio para surgir y se botó la chalupa con algunos marineros para que lo comprobasen. Leer Más

¿Dónde está mi hijo?

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Entre tanta tarea como tengo, me ha salido una nueva ocupación que me llena más que otras: colaborar con un grupo de mujeres para documentar casos de niños perdidos durante la huida de su país. El asunto surgió espontáneamente, como surge casi todo por aquí, y como es un tema que, desde que supe de él, me ha interesado y me ha tocado el corazón, no me ha costado echar una mano.

Y en eso llevo trabajando desde hace unas semanas, aunque sea a ratos perdidos. Ya hemos documentado al menos once casos de desapariciones de niños, aunque algunos de ellos en realidad no fueran niños perdidos, sino “regalados”; es decir, que durante las largas huidas de la zona de conflicto la situación llegaba a ser tan dramática que hubo madres que dejaron a sus hijos en las casas que encontraron por el camino, con cualquier persona, porque de seguir con ellos seguramente morirían. De hecho, según me cuenta la gente, no es raro entre los campesinos la costumbre de “regalar” niños. Por ejemplo, si una mujer tiene muchos hijos y por el motivo que sea no puede cuidarlos a todos, “regala” uno a quien pueda hacerlo mejor que ella: a su hermana, su comadre, su tía o incluso a su propia madre, y a partir de ese momento el hijo es adoptado por esta madre de acogida, la llama mamá y actúa en todo momento como si de verdad lo fuera.

Pero como digo, eso son sólo unos pocos casos. En los demás, los niños se perdieron de verdad. De todos los que hemos documentado, hay uno que me ha llamado la atención, no porque fuese más terrible que los demás, sino porque la mujer hablaba de la pérdida de su chiquitín con un desconsuelo tal, mostraba una tristeza tan desoladora, que también a mí me dieron ganas de llorar. Dijo que se le perdió cuando cruzaban la frontera, hasta donde una tropa los había estado siguiendo y hostigando. Fue de repente: se le zafó un momento mientras corrían y ya no lo vio más. Y aunque examinó uno a uno los muertos por el ataque, y lo estuvo buscando durante más de una semana, arriesgándose incluso a separarse del grupo, no logró dar con él. Dijo también que un periodista que cubría la llegada de los refugiados le sacó una foto al niño antes de perderlo, que tal vez él tenga alguna información, pero que no sabe como contactarlo. En todo caso, le gustaría conseguir la foto.

La carta

No es fácil escribir esta carta. Le brincan a uno las ideas por la sesera y no hay como ordenarlas con criterio. Me he refugiado en la terraza, que a esta hora de la noche está tranquila y en silencio, a ver si aquí logro concentrarme. Ya van dos días que llevo demorando la tarea y de hoy no puede pasar, aunque me dé la madrugada o se le agote el gas a la lámpara. Aún está el papel en blanco, ni el bolígrafo he agarrado, sólo la cabeza apoyada en las manos y los ojos cerrados buscando la inspiración. Sí que es difícil escribir a alguien que ni siquiera conoces. Que no sabes quién es, qué relación tiene con ella ni por qué clase de lazos afectivos están unidos. Este hombre puede ser nomás un amigo suyo, su novio, su marido, su padre, bueno, su padre no porque tiene los apellidos diferentes. Y, joder –que Dios me perdone–, todavía es peor hacerlo en español. Pero no saber qué voy a decir, eso, eso es lo más difícil de todo.

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