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cartel de la película de 1962

Cuando llegamos a Madrid, mi padre me matriculó en un colegio para hijos de marinos, que se llamaba Virgen del Mar. La filosofía del colegio pretendía recoger los principios de la famosa educación británica y trasladarla a tierras ibéricas, pero su equipo docente, formado por vejestorios y reservistas, no estaba en condiciones de aplicar más pedagogía que la del aburrimiento, el inmovilismo y la mano dura.

Sin embargo, el segundo año que estuve en el colegio, un rayo de modernidad penetró tanto en sus firmes y gruesos muros como en los anquilosados cerebros del director y su claustro. No sé si por voluntad propia o por imposición legal, aquel curso se organizaron unos talleres artísticos en horas extraescolares.

Yo me apunté al curso de cine. Nuestro profesor, don José Luis, pero llamadme sólo Jose, era estudiante de la escuela de arte dramático y había sido seleccionado en una dura pugna entre el resquemor que levantaba su juventud y el respeto que imponían los galones de su padre, que era contralmirante, y que, finalmente, acabaron imponiéndose. Aparte de este pequeño defecto, don José Luis me parecía un buen profesor. A lo largo del curso nos habló de lo que era el cine, de sus orígenes, de los distintos géneros, los recursos de los cineastas para lograr los efectos deseados, los movimientos de las cámaras, etc., etc. A mí todo aquello me parecía fascinante, acostumbrado, como estaba, a pensar que las películas se hacían poniendo un cristal delante de la realidad y filmando. La debilidad de Janfri, que así empezamos a llamarlo, era el cine negro, en especial las películas de su homónimo Humphrey Bogart, y nos animaba a ir al cine cada vez que pudiéramos, para comprobar y aplicar lo aprendido. Nos decía que para ver una película era menester ser objetivo, distanciarse del argumento y valorarla con ojos de profesional. A veces, nos recomendaba alguna en concreto (que el taller, por escasez de presupuesto, no podía proporcionar) y que después comentábamos en una especie de cine fórum arcaico. Seguir leyendo »

seventeen-moments-of-springA pesar del título tan poético, se trata de una serie soviética de los años 70 sobre la II Guerra Mundial, bien que dotada de una trama magnífica, una banda sonora excepcional y una originalidad que la hace única.

Dejo, en el enlace que sigue, la excelente crítica de la serie realizada por freelander.es e indicacione sobre dónde verla: 17 momentos de la primavera

 

niña refugiada en el campamento de Mesa Grande, Honduras

Al principio del principio, antes de que toda esta historia empezase, antes de la guerra, antes de las balas, antes de todo, cuando yo era una chigüina churretosa que levantaba apenas lo que un carnero, vivíamos en un ranchito de bahareque y zacate por el lado de San Felipe. De aquel ranchito recuerdo la tierra del piso del único cuarto que tenía, y yo tumbada en ella dibujando con el dedo el camino que recorre una hormiga, una hormiga roja que avanza para la derecha, gira hacia la izquierda, otra vez a la derecha, se detiene y tantea una basurita botada con sus antenas nerviosas, tiqui, tiqui, da la vuelta, la inspecciona por el otro lado, tiqui, tiqui, y sigue su camino. Parece que va perdida la hormiga, pero bien sabe dónde está y cómo volver al hormiguero. Mi hermano me dijo que echan un hilito invisible por el trasero, más delgado que la tela de las arañas, y que por eso saben como regresar. Yo me hago la mala y corto su camino con el dedo en dos, en tres sitios, y después trazo un redondel alrededor de ella, pero ella cruza deprisa por el valle que he labrado y sigue su camino, buscando, buscando lo que sea para volver a avisar a las demás. Entonces le doy un respingo con el dedo y me salgo del rancho. Hace una luz tan fuerte ahí afuera que no me deja ver nada, ni los árboles, ni los campos, ni el camino, sólo un brillo blanco que todo lo oculta. Seguir leyendo »

El silencio blanco, del controvertido  Jack London. Un libro de cuentos que, pese al título, no siempre transcurren en el helado ártico, aunque todos se refieran a la lucha por la vida, como así lo indica el título de uno de ellos. Los relatos tienen una fuerza que salta desde las páginas del libro para dibujarnos delante de nuestros ojos, como si fueran holografías, cada una de las escenas. Este volumen, esta misma portada, me han acompañado a lo largo de los años, desde que lo compré en la Cuesta de Moyano, de Madrid, cuando las casetas eran de madera y destilaban sabor a viejo, allá por los ochenta. Ahora reposa en una estantería y siempre, indefectiblemente, de tanto en cuanto, vuelvo a sumergirme en sus apasionantes páginas para releer alguno de los relatos.

La aldea fue un pueblo en su día, y de cierta entidad, porque el casco urbano no es pequeño. Ahora quedarán diez o quince vecinos, viejos reviejos que toman el sol en sillas de anea mientras airean una y otra vez los mismos recuerdos. Aquí no hay alcalde y depende, administrativamente, de otro pueblo. El abandono se nota por todas partes: casas ruinosas, tejados caídos, huertos enmarañados, los huecos oscuros de puertas y ventanas que hace tiempo se pudrieron. La iglesia está cerrada a cal y canto. Hace años que no baja ningún padre a dar misa, me han dicho. En el huerto trasero hay un cementerio : árboles añosos, hiedras, zarzas, una alfombra de hojas muertas. Las tumbas están señaladas por herrumbrosas cruces de hierro o desmoronadas lápidas de piedra y, aún así, algunos ramos de flores, algunas cintas, desafían al olvido. Al fondo, en el rincón más umbrío, hay una lápida con una hornacina de cristal que guarda un libro. Un libro viejo, con la portada gastada por el sol y las inclemencias. No puedo evitar la tentación de abrirla, el candado roñoso no es obstáculo, y sacar el libro. Las páginas, húmedas y amarillentas, se desprenden al pasarlas. Busco el título: Vida y costumbres en Argentina, por un tal Ernesto Portales. La impresión es muy antigua, pero la fecha de edición es ilegible; sin embargo, más arriba puede leerse una dedicatoria: Con todo el cariño, te recuerda esta Navidad: Juan José. Diciembre de 1904.

Foto de la portada

La noche del pasado viernes 5 de mayo se presentó en la librería-café Alejandría, de Azuaga, la novela El sendero de los enebrales, escrita por Ramón Villegas Sabio. Para una localidad de las dimensiones de ésta, la asistencia a la presentación fue más que decente, cosa que, en varda, el libro se merece.

Decía un tocayo del autor, un escritor hoy pasado de moda pero que tiene muchos y muy buenos libros con que sorprendernos, Ramón J. Sénder, que es preferible la polémica viva y permanente a la fría gloria oficial. Así que la mejor manera de poner en valor esta novela no es hacer una apología glorificadora de ella, sino bajarse de la grada y meterse entre sus páginas.

No es fácil encontrar una novela grande y no digamos una perfecta. Así que un lector quisquilloso encontrará en “El sendero de los enebrales” defectos: que si esta coma, que si aquel párrafo, que si ese episodio, ese personaje, que si es la primera novela, etc., y seguramente no le faltará razón. Pero a pesar de eso, a pesar incluso de ser la primera novela, a la que uno tiene la tentación de recargar innecesariamente por si fuera también la última,  es una novela más que notable, bien escrita y con muchas virtudes. Seguir leyendo »

CCO Foto Pixabay

Cuando un cliente te paga, se siente tu dueño, tu señor. Ha comprado un derecho de propiedad sobre ti, como puta, pero también como mujer, como persona. Sobre tus pensamientos, tus sentimientos, tus pasiones. Tienes que hacer lo que él desee, que bailes, que estés alegre, o cualquier cosa, aunque sea una inmundicia vergonzosa. Me dan miedo los clientes, por lo que puedan pedirme o lo que me quieran exigir. No hay cliente bueno, incluso el que parezca más humilde o más desgraciado. Hay quienes desean cosas pervertidas, obscenas, cosas inconfesables que no harían a sus esposas. Entonces las buscan en nosotras. Una vez fui donde un extranjero que me puso las esposas y, así maniatada, me golpeó con la mano abierta en la cara y en el cuerpo, me golpeó con el puño hasta que perdí el sentido. Después se tranquilizó y me pidió perdón: era como le gustaba hacerlo, me dijo, y se le escapaban las lágrimas. Así lloran los cocodrilos, pensé yo. Me pagó diez pesos, me dio también unas medicinas, pero los cardenales aún los llevo tatuados.

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