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Archive for the ‘Textos breves’ Category

Los huecos de la memoria

Dónde quedó el pequeño llorón que se sentaba en la puerta de la cocina con el estómago en carne viva, esperando que su madre lo llamase para comer; y la madre, qué fue de ella, de sus tiernas manos, sus manos cariñosas que espantaban los fantasmas más pertinaces y los monstruos de pesadilla con una sola caricia, sus manos protectoras, más fuertes que una coraza y más eficaces que un chaleco antibalas, ¿dónde están? ¿Acaso se quedaron atrás, perdidas en las lagunas de la memoria, en los brazos del olvido y de la nostalgia más antigua y más angustiosa?

¿Nunca te preguntas qué fue de aquellos juegos infantiles de los días de verano, del caballo de escoba que amarrabas a los barrotes de la ventana, de la espada de palo con que matabas las malvas del corral, del belén de navidad que ponías sobre la mesa tocinera, con musgo, papel de plata y palmeras de retama, de las cartas del abuelo, de las tardes de siesta, o las otras de tormenta, en que retumbaba la casa con cada trueno, y se iba la luz, y los hermanos, refugiados tras los cristales, veían el torrente achocolatado que bajaba por el centro de la calle? (más…)

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Poeta de toda la vida, aunque inédito hasta ahora, murciano de origen, extremeño de adopción, hincha de su equipo, amigo de sus amigos, hombre de familia, maestro de profesión y, lo que es más importante, de vocación, Antonio López Garijo nos ofrece en este su primer libro, pequeño gran libro, con la ilusión limpia y atrevida de todo lo nuevo, su alternativa, sus primeros pero firmes pasos en las aguas turbulentas de la poesía, de ese mar tan presente en sus versos el mar, mi mar, nuestro mar, nuestra playa, y que, con mano firme, ha sabido domeñar y someter a las leyes de la métrica.

(Microsoft Word - Presentaci363n Libro Azuaga.docx)

En sonetos, décimas o cuartetas, redondillas o sextetos (aunque sean imperfectos), versos de arte mayor y menor, con rima consonante, asonante o libre, la poesía de Antonio López es fruto de su conocimiento profundo de la vida y se esfuerza por ofrecer una estructura armoniosa, un lirismo humilde y sobrio, alejado de alharacas y trucos deslumbrantes, con la sencillez de la flor anónima de pétalos iguales de la que nos hablaba Gabriel y Galán. (más…)

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Tengo

Tengo una casa hipotecada, un pedazo de tierra en pendiente por donde ruedan las aceitunas con movimiento uniformemente acelerado hasta el regajo de Las Parras, un telescopio que no utilizo, una biblioteca en madera de abedul donde ya no cabe un libro, una colección de películas pirateadas, un patio orientado al sur, soleado en invierno y abrasador en verano.

Tengo afición a escribir y pereza para hacerlo, gusto por la lectura de todo lo que cae en mis manos y por la relectura de lo que me ha cautivado, interés por las ciencias, la historia, la geografía y la antropología cultural de las sociedades colapsadas, querencia por las asociaciones y una militancia política que me ocasiona quebraderos de cabeza y gastos de mi bolsillo.

Tengo un padre que en paz descansa, una madre con aversión al teléfono, un hermano polifacético, tres hermanas que no se parecen y un cuñado sindicalista, más otros cinco por parte de esposa, tres de ellos policías, una mujer sin canas con vocación de permanencia y dos hijas con sobrenombre (que por si acaso me callo) y tendencia a la insumisión.

Tengo buenos compañeros, o más bien compañeras, un amigo del atleti, muchos que son de izquierdas, y algunos que no lo son, un amigo que vive en Chiapas, una que vive en Bélgica y otra en paradero desconocido, un amigo salvadoreño con memoria prodigiosa que me ha regalado argumentos para muchos de mis relatos, uno que trabaja en los olivos y se le dan bien las matemáticas, otro que tiene dos vidas, una a cada lado del Atlántico, un amigo de la infancia que caza búfalos en la sabana, capullos en la ciudad y hace surf en el Cantábrico, y también el amigo traidor que nunca falta. Tengo pocos enemigos, pero malos, y algunos hasta cobardes.

Tengo la nariz rota, varios puntos en el vientre, un dedo operado, miopía en los dos ojos, viejas lesiones que me producen achaques y manchas blancas en la materia gris por las que, según el médico, no debo preocuparme. Tengo dos manos para trabajar y también para escribir, la cabeza para pensar, aunque no siempre con claridad, el corazón para sentir y la memoria para recordar cinco décadas de vida que se han pasado en un suspiro.

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Está avanzada la noche y la luna asoma por encima de las copas de los pinos. Sopla una brisa fresca y agradable que mueve aquellas mismas copas y le da en la cara a Meregildo, que espera fuera de la champa, apúrense se va a hacer demasiado tarde. Ya vamos, pendejo, hay que volver a poner la tapa de madera y dejar parejo el piso. Ese es Andresón, siempre llega tarde a todos lados. La estrella polar está muy baja en el horizonte y muchas veces no se ve, en especial si los cerros caen por aquel lado, pero no importa, Meregildo se conoce el camino de memoria y no necesita estrellas para orientarse. Se ha preparado bien para la caminata, botas de cuero, ropa oscura, una cachucha, sólo le falta el armamento. Son cuatro o cinco horas, si hay suerte, por estos cerros que conducen a la frontera y más allá. Por fin sale Andresón de la champa, es grande, por eso le dicen así, por el tamaño, pero es malo para caminar, tropieza a cada rato, que si las botas, que si la putada del fusil. Subiendo al cerro Chaparrastique se pegó una gran devanada que se oyó como si fuera derrumbe, las talpujas rodando y el ruido que no se detenía, dando tumbos en la noche, y los soldados cerca, pues, toda la columna en suspenso, no se respiraba, ni se pispileaba, hasta el viento se detuvo, milagro fue que no los oyeran, y después otro tanto para subir, y renegando de su mala suerte, el hijo de la gran chingada. Andresón trae tres fusiles en los brazos y los reparte, uno para él, otro para Meregildo, y el tercero para el comandante Adelio. Adelio es pequeño, el bigote bien recortado, va de uniforme, trinchas. Los demás se quedan sin fusil, nomás unas escuadras del nueve largo, o nada, como la mujer. ¿Y ella?, pregunta Meregildo; ella viene. Se la trae. A por eso ha venido, no tenía por qué hacerlo, son dos viajes, primero la venida y ahora el regreso: hay que pensar con la cabeza de arriba, compa, piensa Meregildo, no con la de abajo. ¿Y la Cobriza?; la Cobriza no está para venir: la Cobriza se quedaba. Una mujer los despide desde el quicio de la puerta, qué les vaya bien Meregildo, en un susurro, adentro estaba negro como un pozo, sólo un brillito en la nariz, en el labio, en la mano que cierra y atranca por dentro. (más…)

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embajada española hodurasLo despertaron unos golpes en la puerta. Era la limpiadora, que iba a asear el cuarto. Buena falta le hace, pensó Gerardo.
−Vuelva más tarde −le gritó.
¿Qué hora es? Y miró su reloj, pero aún tenía la hora peninsular: las cinco, o sea las diecisiete, que menos ocho son nueve. Gerardo se pegó una ducha fría que le entonó el cuerpo, se secó con una toalla escasa y desgastada, se afeitó, se vistió deprisa, puso candado a la bolsa y salió afuera. La mañana era soleada y clara y hacía una temperatura agradable, al menos a la sombra. Las puertas de las habitaciones daban a un corredor techado y a un patio ajardinado que terminaba en un muro de bloques color cemento. Más allá se veía un río pequeño y encajonado, con las orillas muy sucias, y un horizonte caótico lleno de patios, fachadas y tejados donde casas de una planta convivían con edificios bajos y con chabolas de lámina y cartón.
El vestíbulo le pareció más grande que por la noche y detrás del mostrador estaba una mujer entrada en carnes con el pelo teñido. Hablaba con el encargado nocturno que, sentado en el banco que había enfrente, sobre las rodillas tenía el machete enfundado en una vaina con muchos flecos. Al ver a gerardo, la mujer le preguntí si se iba a quedar más días y Gerardo le respondió que antes tenía que hacer una llamada, y le señaló el teléfono que había sobre el mostrador.
−No se permiten llamadas internacionales –le dijo la recepcionista.
−Es local.
−Entonces son cincuenta centavos –y destrabó el diminuto candado que fijaba la rueda.
Gerardo marcó el número que le había dado el padre Michael, pero el padre Michael era un hombre muy ocupado y no estaba en Tegucigalpa, le informó una voz femenina, tal vez la misma de la otra vez, así que Gerardo se encontró con todo un día a su disposición. El Excelsior no tiene cocina, pero la mujer del mostrador le dice que en el hotel Maya podrá desayunar bien.
−Está aquí nomás, subiendo la calle. Medardo, explíquele cómo llegar.
Y el vigilante nocturno se levantó del banco, se colgó el machete del hombro y lo acompañó afuera. El hotel está junto a un cruce, subiendo la cuesta, y le señaló hacia la derecha con la barbilla. (más…)

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horario de verano_2He leído en algún sitio que la primera idea de establecer un horario de verano fue de Benjamín Franklin, allá por el siglo XVIII. Pero lo que parece seguro es que la medida empezó a aplicarse en Europa durante la Primera Guerra Mundial para ahorrar energía en el alumbrado. Después de la guerra, algunos países como Francia la abandonaron para volver a ella durante la crisis del petróleo en 1973, que fue el año en que el cambio de horario (verano-invieno) se implantó de manera generalizada en muchos países del mundo con la misma justificación: ahorrar energía aprovechando la luz solar adicional de las tardes de verano.

En cuanto a España, ya se comenzó a adoptar durante la guerra civil pero de forma un tanto caótica, con diferentes horarios en las zonas nacional y republicana. Al finalizar la guerra se volvió a la normalidad hasta que en 1974 se estableció el horario de verano como ahora lo conocemos.

Pero de aquello hace más de 40 años, estamos en le siglo XXI y, aunque sigamos en crisis, cada vez hay más voces que cuestionan el cambio de horario, y cuyos argumentos se sustentan en numerosos estudios e informes que revelan los escasos niveles de ahorro energético conseguidos y el fastidio generalizado que provocan. (más…)

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vocesPor ratos oigo voces dentro de mi cabeza, voces que no son mías pero que me platican a mí, de cosas del pasado, de cosas que no recuerdo en esta desmemoria que me ha caído. Aunque ahora pienso que a lo mejor sí son mías, mías también, todas las voces que se han dicho de siempre, desde que era una güirrita, desde antes incluso, cuando estaba dentro de mi nana, voces que se me metieron en la cabeza por los agujeros de las orejas, por los huecos de la nariz, por la boca, los ojos, hasta por la piel, y se quedaron allí dentro, encerradas, temerosas, agazapaditas en los rincones de la sesera. Pero ahora quieren salir. Después de tanto tiempo en silencio quieren salir, ahora que han perdido el miedo o que yo he perdido el control, quieren hablar todas a la vez, platican entre ellas, se dicen cosas, se putean, se abrazan y hasta lloran. Por ratos es bulla que no se entiende, una como algarabía, y me duele la cabeza y me aprieto las sienes con las manos y grito que se callen, grito muy fuerte, ahhhhhh, para no oírlas, y la gente me mira con cara extraña, me dan palmaditas, pobrecita chollada, dicen, quedó así desde entonces; pero las voces ahí siguen, susurrando, contando sus historias, gimiendo sus quejas, queriendo regresar del olvido. A veces. Otras veces están calladas y puedo mirar para afuera, ver a la gente, las cosas que pasan, la lluvia que azota la tierra, el hombre que me recogió, el que ha venido, una cipota que me mira mal, un muchacho que me pone ojitos. Entonces sé donde estoy, hasta sé quién soy, me visto, me aseo, y vuelvo a ser gente. Cuando me habla el hombre que ha venido, abro los ojos más redondos, con mucha fuerza y deseo quedarme; pero las voces regresan y tiran de mí y me encierran igual a un caracol en su concha, me apago y sólo estoy para ellas. Sólo para ellas. (más…)

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