Textos breves


El padre pasó por el salón y vio a su hija tumbada cuán larga era en el sofá, sujetando con los dedos la punta de un largo y enredado mechón de pelo que observaba con sumo interés. Le daba la espalda a la televisión encendida donde un reality show esparcía mierda para dar y tomar.
−Si no la estás mirando, apágala −le pidió el padre sin obtener respuesta alguna.
Al cabo de una hora volvió a cruzar por aquella estancia y allí seguía su hija, con la televisión encendida y tumbada en el mismo sofá, aunque esta vez sosteniendo un libro entre las manos.
Vaya, pensó el padre, al menos está haciendo algo de provecho.
−¿Qué haces, hija? –le preguntó por corroborar la suposición.
−Busco el significado de la palabra desidia.

Premio UnicajaVas escribiendo los textos día a día, tus cuentos, tus novelas, tus anécdotas, lo mejor que sabes, o que puedes, porque la inspiración es caprichosa y tiene sus momentos, los enseñas a tus íntimos, a tus críticos habituales, recoges impresiones, vuelves sobre ellos y cuando los crees preparados los presentas en sociedad, es decir, los envías a algún certamen porque a las editoriales hay que tomárselas, como al jarabe amargo, a cucharaditas. Tienen aquellos, los certámenes literarios, sus particularidades y son, como si dijéramos, de naturaleza sideral dado que se mueven en órbitas estacionarias alrededor del sol, con fechas fijas de presentación, selección (algunos) y fallo, y también poseen cualidades cuánticas puesto que, al ser discontinuos, no fluyen uniformemente.

Y pasan los días, y nada. Los meses, las estaciones, y tampoco. Si será que no son buenos, te preguntas, que les falta algo, que les sobra mucho, mientras continúas con tus escritos, puliendo los antiguos en el banco de carpintero, perpetrando otros nuevos, inventando, proyectando, con la oreja abierta y la atención tendida, como una telaraña, por si cae una idea redentora. Y de repente, oh, cielos, lo nunca visto, ni siquiera imaginado, tienes una buena racha y enhebras varios premios generosos, filantrópicos. ¿Te alegras? Sí claro, mucho, aunque piensas si no habrá sido la suerte, y aún más, te preguntas, conociendo sus veleidades, cuántos años de sequía seguirán a esta buena racha. Pero aparcas estas ideas y brindas, con Horacio, por el momento, ¡Carpe diem!, que al fin y al cabo has hecho lo que has podido y la fortuna, como dijo Quevedo, lo que ha querido. Y mañana será otro día.

Reme se observa en el ruinoso espejo de la peluquería: camiseta escasa, maquillaje pesado, mechones enredados y rebeldes que lleva teñidos de un rubio pajizo. Junto a la base del espejo hay una barra pintalabios que destapa y se aplica, inclinándose hacia delante, para verse mejor. Se retoca con un dedo y se limpia en un trozo de papel higiénico. Se recuesta sobre el atiborrado tocador, descuelga el bolso amplio y rebusca en él hasta dar con la cajetilla de Ducados. Mete los dedos en el ajustado bolsillo del pantalón para sacar el encendedor, rojo, logotipo del PCE, y prende el cigarro.

Mientras fuma se mueve por el reducido local, cortando el aire estancado y sólido que se cierra tras ella sin circular. Muebles de escombrera, náufragos de contenedor, amenazan con comerse el espacio libre. En sus estantes y repisas, atiborrados de productos, reina un caos irreversible. Hay una radio sobre un pequeño anaquel donde los tintes se mezclan con una pila de casetes. La enciende y sintoniza una emisora. Suena la voz casi femenina de Modern Talking, que habla de corazones rotos y Reme echa el humo hacia el techo lleno de desconchones y manchas de humedad y se pone a tararear la canción, tan, tan, tan, tararán, (only love / breaks her heart / brother Louie, Louie, Louie), mientras marca el ritmo con la mano.

La tarde se ha vuelto oscura más allá de la abierta ventana. Se oye un trueno muy cercano y una red de delgados relámpagos que recorren las nubes culebrean entre ellas sin caer a la tierra. Durante unos momentos parece que se va a arrancar a llover con fuerza. Reme se asoma y una flama pegajosa le lame la cara. Fuera empiezan a caer unos goterones ralos que se estampan sobre el alféizar y salpican diminutos proyectiles acuosos en todas direcciones. La mujer cierra de golpe la ventana para que no siga mojándose el sofá remendado y forrado de plástico donde sus clientas esperan el turno. Pero ha sido una ilusión que dura dos minutos y rápidamente mengua y se desvanece. Sólo queda una sensación de sofoco mucho mayor y un olor rancio a humo de tabaco.lluvia_ventana_2

Llevabas varado dos días en aquel poblacho de la frontera, sin posibilidad alguna de entrar en el campamento porque el señor Colindres, representante del ACNUR, se había negado repetidamente a extenderte un permiso de entrada: “no depende de mí, dijo, entienda que hay que tramitarlo con el Estado Mayor”. Dos días de vegetar en las áridas callejas de San Marcos, de dormir en un hospedaje mugriento y solitario.

mesa grandePero te rescató Marieta, la enfermera, “yo lo llevo con la ambulancia”, dijo, y sin pensárselo dos veces fue a sacar al motorista, que ya estaba en su cuarto, acostado, y os subisteis todos en el vehículo. Cruzó deprisa las cuatro callejas de San Marcos, dando tumbos y traqueteando en los agujeros del empedrado. Dejasteis atrás el poblado débilmente iluminado y entrasteis en el pinar. Los faros del carro perforaban la negrura amenazadora y fronteriza. Ibais en silencio, desvanecida ya la euforia del primer momento. Trepasteis la pendiente, culebreando el carro en el resbaladizo camino, alcanzasteis el copete del cerro y apareció el puesto de guardia, la tranca cruzada de una a otra orilla.

El motorista detiene la ambulancia, da un toque suave al claxon, que se despierten pero que no parezca impertinente, y a su llamada salen dos soldados de la caseta, medio dormidos, abrochándose la guerrera. Uno de ellos rodea el vehículo y se acerca a la ventanilla donde asomaba Marieta: “traemos dos enfermos de Tegucigalpa” y le planta ante los ojos una hoja escrita a máquina. El soldado apenas se fija en el papel y sus ojos aún resienten la pesadez del sueño. Con una débil linterna ilumina el interior de la ambulancia y ve un bulto en el asiento posterior. Le devuelve el papel a la enfermera: “está bueno”, y hace ademán al camarada para que hale de la cuerda y levante la tranca.

El carro atraviesa el retén y deja atrás a los soldados, que regresan a la caseta para seguir descansando. Ahora bajáis por un camino estrecho que blanquea entre los pinos, dais varias vueltas, ascendéis un repecho y, de pronto, ves una gran explanada de tierra blanquecina y un mar de techos de lámina que brillan bajo la claridad de la luna. “Es el campamento uno”, dice Marieta. El carro cruza junto a las primeras champas, enfila una calle y desemboca una especie de placeta de tierra. Todo queda a oscuras cuando el motorista detiene el carro y apaga los faros. En su lugar ha encendido las luces de emergencia. Bajo su intermitencia anaranjada ves acercarse a varias figuras que han salido de la nada. Marieta se baja del vehículo y se reúne con ellas. Hablan unos minutos, pero sus palabras te llegan deshilachadas por el viento, apenas retazos sueltos que no alcanzas a entender. Marieta señala hacia el carro y una persona asiente. Ahora te está haciendo señas para que bajes y te acerques. Sales del carro y llegas junto a ellos. Por el rabillo del ojo ves cómo una sombra desaparece en algún lugar de la noche. Con la luz intermitente, te cuesta distinguir los rostros de quienes rodean a la enfermera. Parecen hombres mayores. “Este es Juan García, dice Marieta, es amigo del padre Michael”. Asientes mecánicamente a una afirmación tan gratuita. “Aquí se los dejo”, concluye la enfermera. Antes de subir al carro, le da la mano. Todo el mundo está ofreciendo la mano continuamente, cuando te conocen, cuando te encuentran por la mañana, cuando te despiden por la noche y cuanta ocasión se cruzan contigo; pero el apretón que te da Marieta es fuerte, amplio, presiona su pulgar sobre el envés de tu mano, obligándote a alzar la mirada y ves en sus ojos una tensión cálida. (más…)

La acompañó a la casa y entró detrás de ella. Afuera quedaba la guerra. Dentro, las luces apagadas, su proximidad, el perfume dulzón y obstinado, le producían un vértigo desconocido, una languidez placentera. Ella lo besó, multiplicando las caricias, abrazada a él como guía que se enreda en las ramas, desnudándolo, desnudándose. El cuarto daba vueltas como un tiovivo de feria. Ella se deslizó entre las sábanas y lo reclamó con una mano imperiosa, pero él se retuvo, de pie frente al viejo camastrón. La mujer lo observó con ojos enormemente abiertos, sorprendidos primero y chispeantes después; alargó el brazo y lo tomó de la mano con cálida presión. «¿Eres virgen acaso?», preguntó mirándolo a la cara. Él se envaró ante la pregunta: «He vivido en el peor de los infiernos». «Sí, pero ¿has hecho el amor con una mujer?». «He matado a siete hombres cara a cara, he vencido a dragones y me he comido su corazón». La penumbra cómplice delimitaba un espacio de sombras densas y siluetas palpitantes. «Esta es otra guerra, le dijo ella, arrastrándolo a su lado con firmeza, donde también se muere».

naoUn día amaneció el horizonte lleno de nubes oscuras que presagiaban tormenta. A lo largo de la mañana fue cerrándose el cielo más y más y la mar picándose y poniéndose movida. El viento se fijó del noreste y refrescó con rachas cada vez más violentas. Mandó el capitán arriar la gavia y la mayor y asegurar los palos, pero el viento pronto lo obligó a meter también el velacho y mantenernos con el trinquete bajo para capear el temporal que se avecinaba. Tendiéronse sogas de proa a popa para poder moverse por cubierta sin peligro de caer al mar, y se aferró bien la chalupa y otros bultos que había sobre las cubiertas.

A media tarde empezó la verdadera tempestad. El viento soplaba tan fuerte y estaba tan arbolada la mar que la nao caía a sotavento. Viendo esto el capitán y temiendo que alguna ola nos echase a pique ordenó tomar rizos a la vela, presentarle la popa al mar y tirar a Dios y a ventura por donde el viento nos llevase. Llovía terriblemente y las olas golpeaban al navío, se elevaban por encima de la popa y parecía que fuesen a tocar el cielo con sus crestas espumosas; aunque en medio de tales preñeces el galeón se comportaba en son muy marinero, respondiendo bien a las órdenes del capitán.

Para moverse era preciso aferrarse a las maromas y aún así era imposible dar tres pasos seguidos sin resbalar y caer, pues olas gigantes como montañas se cernían sobre nosotros y arrasaban la cubierta con la violencia de unas cataratas, incluso los marineros más experimentados se arredraban por la reciedumbre del viento que parecía que fuera a desgajar la vela y arrancar de cuajo el propio mástil.

A pesar de haberlos amarrado, los objetos se destrincaban por la violencia de las olas y bailaban sobre cubierta, arrastrándose y golpeándolo todo. Varias barricas se quebraron como melones al estrellarse contra la borda. Se desbarató el fogón y los ladrillos se deslizaban con el peligro de balas de cañón. El navío se zarandeaba en aquel infierno como si fuera una tabla a la deriva. (más…)

Armides había tenido una pesadilla truculenta que le destempló el ánimo. Tenía con frecuencia sueños extraños y premonitorios en los que creía con una ingenuidad impropia en un hombre como él; los analizaba y trataba de encontrarles un significado, incluso se leyó un librito que cayó en sus manos sobre el significado de los sueños. En él aprendió que el agua es señal de abundancia y que los zopilotes traen siempre una advertencia, que los sueños dependen de la fase de la luna y de la estación del año, del estado de salud y hasta de lo que se haya comido. Aquella madrugada había soñado que era un chamaquito y estaba llorando en el piso, desnudo, en la casa donde había nacido, al pie de la escalera que conducía al tapexco. Quería subir por ella para alcanzar el saco del azúcar pero un animal horrible, parecido a un coyote, agazapado en uno de los peldaños se lo impedía y él temblaba de miedo y llamaba a gritos a su madre para que lo espantase. Mientras se bebía el café, Santos le estuvo dando vueltas al sueño: la escalera simbolizaba a la vida, se decía, eso estaba claro, y el animal que le cerraba el paso encarnaba un peligro; ¿pero cuál?

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