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Archive for the ‘Textos breves’ Category

vocesPor ratos oigo voces dentro de mi cabeza, voces que no son mías pero que me platican a mí, de cosas del pasado, de cosas que no recuerdo en esta desmemoria que me ha caído. Aunque ahora pienso que a lo mejor sí son mías, mías también, todas las voces que se han dicho de siempre, desde que era una güirrita, desde antes incluso, cuando estaba dentro de mi nana, voces que se me metieron en la cabeza por los agujeros de las orejas, por los huecos de la nariz, por la boca, los ojos, hasta por la piel, y se quedaron allí dentro, encerradas, temerosas, agazapaditas en los rincones de la sesera. Pero ahora quieren salir. Después de tanto tiempo en silencio quieren salir, ahora que han perdido el miedo o que yo he perdido el control, quieren hablar todas a la vez, platican entre ellas, se dicen cosas, se putean, se abrazan y hasta lloran. Por ratos es bulla que no se entiende, una como algarabía, y me duele la cabeza y me aprieto las sienes con las manos y grito que se callen, grito muy fuerte, ahhhhhh, para no oírlas, y la gente me mira con cara extraña, me dan palmaditas, pobrecita chollada, dicen, quedó así desde entonces; pero las voces ahí siguen, susurrando, contando sus historias, gimiendo sus quejas, queriendo regresar del olvido. A veces. Otras veces están calladas y puedo mirar para afuera, ver a la gente, las cosas que pasan, la lluvia que azota la tierra, el hombre que me recogió, el que ha venido, una cipota que me mira mal, un muchacho que me pone ojitos. Entonces sé donde estoy, hasta sé quién soy, me visto, me aseo, y vuelvo a ser gente. Cuando me habla el hombre que ha venido, abro los ojos más redondos, con mucha fuerza y deseo quedarme; pero las voces regresan y tiran de mí y me encierran igual a un caracol en su concha, me apago y sólo estoy para ellas. Sólo para ellas. (más…)

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El corazón de las tinieblas es una novela breve de Joseph Conrad publicada en 1902 y popularizada ocho décadas después, a raíz del estreno, en 1979, de la película Apocalipse now, que está basada en ella. De hecho, algunas de las ediciones que se hicieron después ilustran la portada del libro con imágenes de la película o le añaden el subtítulo “El río” para identificarla más con ella. El tirón de la fama dio incluso para hacer una adaptación televisiva de la propia novela, en 1993, con Tim Roth y John Malkovich (adivinen quién hace de Kurtz).

Resulta, pues, casi inevitable buscar semejanzas y establecer comparaciones entre ambas, a pesar de que la película de Francis Ford Coppola es una versión libre, muy libre, de la novela: no sólo traslada la acción en el tiempo (del siglo XIX al XX) y en el espacio (de África a Vietnam), sino que toma del libro poco más que la idea de fondo, es decir, la búsqueda de un hombre, subiendo un río, a través de un territorio salvaje. Y aquí terminan las similitudes, pues en el libro de Conrad, a diferencia de la película, el protagonista no viaja al corazón de una zona de guerra para matar al temible Kurtz, sino al corazón de la selva con objeto de hacerse cargo de una barcaza que bajará marfil por el río Congo. Lo de Kurtz vendrá después. Apocalipse now, de la mano de Coppola, profundiza en los límites del ser humano y en la violencia que anida en él en una situación muy concreta: el caos de una guerra, mientras que Conrad se afana en averiguar cómo afecta la llamada de lo primitivo a un hombre civilizado, y nos presenta para ello a dos personajes en los que esta llamada tendrá resultados opuestos: mientras que Marlow, el narrador de la historia, un marino baqueano y al mismo tiempo idealista, se resiste a dejarse llevar por la fuerza de lo atávico, Kurtz, un hombre del que todos hablan pero al que apenas vislumbramos, es devorado por ella. (más…)

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Se llamaba Chabelo. Quizá no le suene el nombre, señor letrado, ya se ve que es usted de fuera, una persona refinada, y no lo imagino entre sus amistades, que las tenía, y muchas, pues era un hombre popular. Pocos habrá en Santa Bárbara que no lo hayan conocido, y no siempre por cosas buenas, todo sea dicho. Chabelo era el seudónimo que le trabaron durante la guerra y, ahora que ha llegado la paz, la gente ha seguido llamándolo así, que su nombre verdadero, el de bautizo, nunca lo dijo; tampoco es que importe mucho, ¿verdad?, eso no va a cambiar las cosas. (más…)

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Amado

Por aquel entonces ya vivíamos en Madrid y a la pandilla que teníamos se sumaban, de vez en cuando, algunos chicos de fuera del barrio: aparecían de repente, generalmente de la mano de uno de nosotros, se integraban durante una temporada y desaparecían sin previo aviso.

El caso más raro fue el de Amado. Llegó al barrio una mañana de primavera, quizá en Semana Santa, porque recuerdo que eran días de vacaciones. Lo descubrimos rondando por el parquecito y se lo presentamos a los demás, que estaban haciendo los equipos para un campeonato de minifútbol. Era un poco mayor que nosotros y se veía que andaba errante, huyendo de algo, quizá de sus padres, quizá de la policía. Vestía con un estilo muy macarra: botas camperas, pantalones de campana, camisa con cuello de pico y cazadora de cuero, todo ello muy ajado. Llevaba el pelo largo y sucio y tenía la cara llena de espinillas.

En el bolsillo de la cazadora guardaba una enorme navaja de siete seguros, de esas que hacen rac, rac, rac cuando se abren. Nos la enseñó a los que quisimos verla y nos hizo demostraciones de cómo se abría, de lo cortante que era su filo, que sajaba las hojas sólo con la fuerza de su peso, y de cómo debía manejarse al atacar a otro o al defenderse, dándonos así a entender la clase de chaval que teníamos enfrente. Un detalle que nos llamó la atención a todos, aunque el primero en advertirlo fue Pacote, el más salido de la pandilla, es que andaba permanentemente empalmado, como si llevara otra navaja guardada en el bolsillo del pantalón, que además, como era tan ajustado, no le permitía disimularlo, ni tampoco él parecía darse cuenta del asunto. (más…)

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Un día como hoy, hace veinticinco años, tú y yo nos fuimos a vivir juntos.

los dos

Tú y yo

Te había conocido una tarde, meses atrás, en una asamblea que hubo frente a la tarima del campamento cinco. El sol caía hacia poniente y el norte levantaba nubecillas de polvo. De pronto, levanté la vista y allí estabas tú, al fondo y un poco a contraluz. Llevabas zapatillas blancas, calcetines amarillos y un vestido verde manzana que el viento pegaba a tu cuerpo y te marcaba las formas. Tenías el pelo largo, muy negro, recogido con dos prendedores y tus ojos oscuros me dirigieron una mirada que tuvo algo de de contacto físico, como un golpe o, al menos, una sacudida. Pero cuando logré reponerme de la impresión, habías desaparecido.

Tú

Estuve varias semanas indagando discretamente por “la chica del traje verde manzana”, hasta que te localicé: se llama fulana, me dijeron, vive por allá y quiere aprender inglés. Para poder acercarme a ti, le propuse al comité de educación encargarme de dar las clases de inglés en la escuela nocturna, aunque apenas supiera pronunciar más que hello y goodbye. Así que nos conocimos oficialmente en el aula donde, dos veces por semana, se impartían las clases. Aquella aula se llenaba de zancudos y se oían más las palmadas con que los matábamos que mis torpes lecciones. Pero así es el amor, que no entiende de idiomas, ni de bichos.

Yo

Yo

Días antes de irnos a vivir juntos, me había acercado a tu champa para explicarles a tus padres la situación. Cuando llegué serían como las ocho de la noche. En el corredor no había más luz que la daba un pequeño candil de petróleo colocado sobre la mesa y cuya llama oscilaba con la brisa, con el movimiento de los cuerpos, con la respiración. Al suegro, sentado junto al candil, lo veía claramente, pero tú y tu madre os habíais sentado al fondo del corredor, en una penumbra cómplice, y vuestras siluetas se percibían como bultos imprecisos de donde, de vez en cuando, me llegaban algunos susurros. Sentado a la mesa, abandonado de mi principal aliada, me puse a hablar con el suegro del asunto. El suegro, mientras tanto, se dedicaba a escarbar la tierra del suelo con la punta del corvo, a asentir o a callar. Entre frase y frase se producían incómodos silencios, por lo general prolongados, hasta el silencio definitivo con el que yo entendí que nos habíamos puesto de acuerdo.

Los suegros

Los suegros

Así que, una vez resuelto el asunto, cogiste la mochilita donde llevabas casi todo tu ajuar y nos fuimos de la champa de tus padres con idea de empezar una nueva vida juntos. Traidora, te dije al nomás alejarnos; te lo dije porque me habías prometido estar a mi lado mientras hablaba con tu padre, pero no lo cumpliste. Me respondiste que tu madre no paraba de hablar y que, por eso, no habías podido acompañarme, y luego te reíste.  No solo traidora, pensé, sino también mentirosa. Era noche cerrada cuando cruzamos el campamento cinco, entre las aulas de la escuelita y la escuela técnica, porque te daba vergüenza que te vieran conmigo. La calle estaba muy estropeada por las lluvias de los últimos días, con muchas zanjas y agujeros, y debíamos andar con cuidado para no resbalar o torcernos un tobillo. Después pasamos por el estrecho callejón del campamento cuatro, que estaba solitario y silencioso, y por fin llegamos al campamento tres, enfrente del centro de nutrición, donde estaba mi champa.

Entrada principal

Entrada principal

Mi lujosa champa constaba de dos estancias: el salón y el dormitorio. Estaba construida como todas las del campamento, con paredes de tabla y techo de lámina, pero, a diferencia de la mayoría, tenía el interior recubierto con tela de saco y el suelo encementado. Contaba, además, con una lámpara Coleman y una buena provisión de velas.

Salón comedor

Salón comedor

Y allí, en aquella coqueta champita, situada en el extremo oeste del campamento, junto a uno de los barrancos que lo limitaban, tan al extremo que era paso frecuente de los coyotes que recorrían las mesas, vivimos felices y comimos perdices, o más bien nos hartamos los elotes de la milpa que había cultivado. Se pasó el invierno, coseché la milpa, se vino el verano, llegaron las navidades (las mejores, las más tristes de mi vida), se acabó el año y las circunstancias de aquellos días inciertos nos separaron.

Pero volvimos a reunirnos meses después, por una curiosa carambola, en la frontera de El Poy. Yo me había sumado, a última hora, a la comitiva que iba a recibir a una caravana de repatriados en la que, sin yo saberlo, viajabas tú, embarazada de unos meses. Me subí al autobús de los repatriados, me senté a tu lado, te acaricié la pancita, o más bien panzota, y seguí con la caravana y contigo hasta el guatal caliente donde se asentaría la gente.

Caravana llegando a El Poy

Caravana llegando a El Poy

Nació la niña, a la que paseamos por muchas colonias, comunidades y ciudades: Ita Maura, la Escalón, Las Lomas, Loma Linda, la Zacamil, Santa Marta y, por fin, Sensunte, donde nació la otra: ya éramos una familia de cuatro.

La familia

La familia

El tiempo allá llegó a su término y nos vinimos acá con una mano delante y otra detrás; o dicho de otra manera, con lo que cabía en un cofre verde que nos dejaron embarcar de puro milagro. Aquí sentamos la cabeza, pusimos casa, crecieron y estudiaron las niñas, a veces tus hijas, a veces las mías, otras veces de los dos, según el humor y la ocasión, y nos dejamos tres lustros largos de vida.

Hasta este día, y este mes, en el que los sucesos, a semejanza de los astros, se han confabulado en una curiosa alineación: una hija terminó su carrera, la otra su bachillerato y nosotros cumplimos nuestras bodas de plata y volvemos a quedarnos solos, como empezamos hace veinticinco años.

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El vórtice

Al  marinero Damián Ortiz, el Tuerto, el dolor de cabeza le provocaba unas alucinaciones que no podía callar y que enlazaba en un relato inconexo y sin sentido. Alucinaciones, pero no delirio, ya que su voz era pausada y tranquila, mantenía abierto su único ojo y sólo se callaba cuando dormía. Lo trastornado era el hilo de su platica, la concatenación desordenada, revoltosa y mutilada de acontecimientos, leyendas, nombres, anécdotas e historias, todas ellas referidas a la mar, pues no debía haber en su pasado más vida que los barcos, y todas ellas terribles y truculentas, narradas con voz ronca y grave .

Entre todas, una se me quedó grabada en la memoria. Contó el Tuerto de un viaje que había hecho a los mares más septentrionales, no sé si persiguiendo a ballenas narvales o a algún otro tipo de leviatanes porque, como ya he dicho, el marinero mezclaba y confundía los sucesos unos con otros. Para atrapar lo que quiera que estuvieran cazando, todos los días se arriaban del barco varios esquifes que, una vez en el agua, se desplegaban en abanico y se alejaban para faenar, como ovejas paciendo bajo la atenta mirada del pastor; y, al terminar la jornada, regresaban junto al navío y eran izados a bordo. Aquellos esquifes iban tripulados en su mayoría por hombres del norte, altos, de ojos azules y cabellos rubios, que al parecer eran muy duchos en el manejo de los arpones.

 

Un día amaneció la mar cubierta de una bruma tan cerrada que algunos de los arponeros se negaron a salir, pero el capitán, que según entendí debía ser más fiero que todas las furias del océano desatadas, a golpe de rebenque los obligó a hacerse a la mar y pronto se perdieron de vista. El barco navegó a ciegas varias horas, con apenas el velacho desplegado, dirigiéndose hacia donde se suponía que faenaban las barcas; mas cuando por fin se levantó la niebla no se veía ninguna de ellas en toda la amplitud del océano. Rectificó el capitán el rumbo y, por aquellas aguas tan calmas como frías, recorrieron varias leguas sin que alcanzasen a ver ninguno de los esquifes, hasta que al doblar el cabo de una península muy alargada, se encontraron con un aterrador espectáculo.

Jamás, en todos sus años de marear los océanos, contaba el Tuerto, había conocido nada semejante: como a cinco cables por la amura de estribor, un enorme remolino del tamaño de diez navíos agitaba las aguas y las hacía removerse sobre sí mismas en un torbellino enloquecido. El límite de aquella sima lo marcaba un cerco de espuma rabiosa, como la que produce el restallar del oleaje contra el arrecife, y hacía rebullir las aguas, y saltar y agitarse con la efervescencia de una caldera. Y en su interior, el torbellino giraba con ímpetu imparable, removiendo las aguas de un color verde oscuro, más oscuro y siniestro cuanto más descendían por el ominoso embudo hasta el vórtice final.

−El mundo se acababa allí –sentenció Damián Ortiz−, pues todo lo que entraba en el monstruoso remolino y llegaba hasta su vórtice, era engullido hacia dentro con un eructo siniestro, para ser llevado ante el mismísimo Satanás.

El caso es que al día siguiente, pretendiendo burlarme de el Tuerto, comenté la anécdota con el piloto de la nao y, para mi sorpresa, me aseguró que los tales remolinos existen, que son producidos por las corrientes y el reflujo de las mareas y que el cartógrafo Mercator había situado uno de ellos en sus cartas.

 

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El elenco de profesores con que me encontré a lo largo de mis años de estudios en el “Virgen del Mar” no tenía desperdicio. La mayoría eran hombres mayores, oficiales en la reserva que, rondando la jubilación, habían encontrado una manera de sacarse un sobresueldo, o civiles que habían hecho carrera en el colegio y dado clases a los padres de mis compañeros. De todos ellos, el más que me sorprendió el primer año fue el de matemáticas, el Tuerto. Le habían puesto ese mote porque era, efectivamente, tuerto. Tenía un ojo de vidrio en sustitución del que perdió. Este profesor tenía la costumbre de dejarnos solos durante las clases mientras él se iba a la cafetería a echarse unos chatos con otros compañeros. Pero para que no se desmandase el grupo, dejaba el ojo de vidrio encima de la mesa y nos decía a todos que él, es decir, el ojo, vigilaba en su ausencia. El primer día que lo hizo lo tomamos todos a broma y se armó un escándalo de mil diablos. Hasta se pusieron dos a jugar con el ojo y pasárselo de uno a otro.

Al regresar el Tuerto, estábamos aún alborotados. Con mucha calma entró en el aula, esperó a que nos calmáramos y sentáramos, recogió el ojo de vidrio, limpiándolo con mucho cariño: le echaba vaho y lo frotaba con un pañuelo antes de introducirlo en la cuenca vacía. Entonces pareció como si una visión lo poseyera: nos miró a todos con fijeza y empezó a nombrar a los más alborotadores, sin equivocarse en ninguno. Los llamó a la pizarra y les dio a cada uno un reglazo en las puntas de los dedos puestas en piñón. Dejó para el final a los dos que habían estado jugando con el ojo de vidrio, a los que recetó un castigo ejemplar: los cogió por el cuello e hizo entrechocar sendas cabezas varias veces, con golpes sordos que hasta a mí me dolieron. A partir de aquel día, todos creímos a pies juntillas que el ojo del Tuerto veía por él. Incluso llegó a marcharse en alguna ocasión durante un examen dejando a su “compañero” que hiciera la vigilancia y no había quien se atreviera a copiar. Ni siquiera el Canario. Sin embargo, la táctica del Tuerto tuvo un trágico final.

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