Feeds:
Comentarios

Archive for the ‘Textos breves’ Category

Tú y yo

Hay un fuego agradable con tres o cuatro troncos de encina y un brasero incandescente que irradia calor al salón. Tengo una copa de vino en la mano, tinto de la tierra, de color rojo cereza, opaco y brillante. A través del cristal veo la televisión, donde se emite un clásico del cine: Tú y yo, de Cary Crant y Deborah Kerr. La película está finalizando. Él ha entrado en su apartamento y ella lo escucha atentamente desde el sofá. La conversación parece llegar a un punto muerto y el hombre hace ademán de marcharse. A través de la copa veo como se aleja hacia la puerta, con su traje oscuro y su sombrero en la mano. De repente se detiene, hace un comentario y se vuelve. El vino corta a Cary Grant en un plano medio. La cámara enfoca a Deborah, que le contesta expectante. Su vestido, de un rojo saturado, hace juego con el color del vino. En realidad, todo es rojizo en la habitación: el sofá, el papel de las paredes, la moqueta del suelo y los labios de la mujer. Él se ha dado cuenta de algo importante -lo transmite claramente la expresión de su cara- y disimula mientras observa las paredes del pequeño apartamento, pero no encuentra lo que busca. Cruza delante de ella, hablando sin mirarla, abre la puerta de su dormitorio y se queda helado. La cámara nos muestra el rostro embelesado de un Cary Grant que mira de frente. A su espalda hay un espejo donde vemos el objeto de su atención: un cuadro. Entonces lo comprende todo. Suspira y apoya la cabeza en la puerta. (más…)

Read Full Post »

¡Tierra!

isla_perfilAl fin, después de más de un mes de navegar por el mayor océano del orbe, siempre hacia el oeste, con buen viento y buena mar, sin más temporal que algunos chubascos repentinos que llegaban tan deprisa como se iban ni mayores problemas que la falta de espacio y el gran hacinamiento, yendo las cuatro naves en conserva, a la vista unas de las otras, el día veintiuno de julio del año mil quinientos noventa y cinco, a eso de las cinco de la tarde, se avistó tierra por el rumbo del norte, cuarta al noroeste.
La primera en divisarla fue la fragata Santa Catalina, que por ser la más marinera navegaba en cabeza de la flota, y largó los dos cañonazos acordados que nos alertaron a todos cuantos íbamos a bordo. La mar estaba ligeramente rizada, con pequeñas crestas espumosas matizando de blanco el azul profundo del agua. Se veían hermosas las velas de los otros navíos, bien tendidas y desplegadas, inmensas en comparación con los cascos. Al momento, fue la San Jerónimo la que dejó oír sus cañones y, poco después, el grumete que iba en la cofa del árbol mayor de nuestra nao dio el grito de tierra.
–¡Tierra! –repitió−. ¡Por la banda de estribor!
La expectación que había sobre la cubierta estalló en un clamor de júbilo, nos apretábamos las manos y nos abrazábamos unos a otros sin parar mientes en quién, hombre o mujer, marinero o soldado, asomados todos por la borda, subidos a las vergas o trepados a los obenques y flechastes.
Era la víspera de Santa María Magdalena y llevábamos treinta y cinco días navegando, compartiendo una tabla escueta y endeble sobre mil brazas de agua salada, y la alegría al ver la tierra fue general y desbocada. Cómo resplandecían de esperanza los rostros, cómo brillaban aquellos ojos fijos en el azulado perfil que se recortaba entre el cielo y el mar, cómo temblaban las lágrimas, y se derramaban, y abrían surcos en las mejillas sucias. Sin esperar más, el capellán dio gracias a Dios por la merced de la tierra y empezó a cantar un Te deum laudeamus que acompañamos todos, puestos de rodillas, entonando o desafinando, agradecidos al fin por la buena fortuna de seguir vivos y animados de grandes ilusiones y muchos anhelos.

Read Full Post »

La ciudad extraña

avion_aterrizandoSon las cuatro. Salta la alarma del despertador y llega a mí el sonido a través de un bloque de compacto sueño. Me despierto descentrado, cansado y con los ojos doliéndome terriblemente por el esfuerzo de mantenerlos abiertos. Después, vestirse sonámbulo, llamar a un taxi, desayunar sin ganas un resto frío. Llega el taxi, salgo y me amodorro en él mientras cruzamos la ciudad que despierta, envuelta en la luz fantástica del alba y las farolas, camino del aeropuerto.

En el aeropuerto, registro, cola, tasa de salida, miradas hoscas y suspicaces de los funcionarios, de los policías; espera, nueva cola, nueva tasa, nuevo registro. Y otra espera: “el vuelo 670 con destino San Pedro Sula, Belice y Miami pospondrá su salida hasta nuevo aviso”. La sala de espera está destartalada, sucia, a medio construir. Se va llenando de gente, mitad nacionales, mitad gringos. Por suerte, pude coger una silla, pero no tengo qué leer. Me aburro. El aire acondicionado no funciona y el calor se empieza a notar.

Por fin nos embarcan y dan luz verde para salir. El despegue, el susto de rigor en esta pista suicida y el avión que finalmente se eleva. Los hombres y las cosas se van haciendo pequeños, minúsculos. Sólo destacan los caminos de tierra cruzando los páramos. Montañas, ríos, llanuras, pueblos, nubes y cielo, un cielo enorme y luminoso. Y antes de que me dé cuenta, ya estoy en el aeropuerto de destino. Al bajar del avión me asalta por sorpresa el calor despiadado de San Pedro Sula. (más…)

Read Full Post »

Extraña justicia

Yo me crié en un barrio de Madrid, por la zona de Ciudad Lineal, en unos bloques de pisos a los que les decíamos así: los Bloques. En aquella época, a principios de los setenta, las calles, parques y descampados de la ciudad estaban llenos de niños y jóvenes que iban de un lado para otro como bandadas de gorriones; no como ahora, que parecen vetustas y vacías.

En los Bloques no era diferente y teníamos tres pandillas: la de los pequeñajos, la nuestra y la de los mayores. Los mayores nos llevaban casi todos un par de años, aunque algunos rondarían ya los diecisiete o los dieciocho. Unos pocos estudiaban y la mayoría trabajaba. Cuando se juntaban solían sentarse en algún portal o en alguna esquina a charlar, a pegar voces, organizar pequeñas escaramuzas de golpes y empujones o echarse unos pitillos. También hacían guateques los sábados por la tarde e invitaban a las chicas más guapas del barrio. Los envidiábamos por ello. Aunque les gustaba el fútbol, y algunos lo jugaban muy bien, nunca organizaban partidos y si se les antojaba dar unas patadas al balón, se metían en el nuestro sin pedir permiso. A mí no me gustaba jugar con ellos porque chutaban muy fuerte, arrollaban a los más pequeños y rompían el delicado equilibrio que, de tanto jugar juntos y conocernos, solíamos lograr. Con ellos, los partidos se volvían desordenados, duros y pronto se terminaban. Pero claro, era difícil evitarlo; que se metieran, me refiero. Si les decías que no, te arriesgabas a que te dieran un par de leches o que te la guardaran para más adelante. (más…)

Read Full Post »

Segunda piel

Sigma Tercera empujó con el pie lenta pero contundentemente el cadáver del último astronauta hacia la plataforma del desintegrador molecular y lo contempló con frialdad, sin lástima ni remordimientos, sin resentimiento, pese a ser el que más trabajo le había dado. Un hombre sagaz, pensó, de inteligencia aguda y sutil intuición, el único capaz de adivinar su juego; pero, al cabo, de nada le había servido: allí estaba, también muerto.

Retiró la vista del hombre para fijarla en sí misma. Estaba cansada de aquella máscara. Se llevó las manos a los cierres del traje, los soltó y se desnudó lentamente, experimentando por última vez la sensación del deslizarse de la ropa sobre la piel. El oscuro material quedó amontonado a sus pies, hecho un gurruño, que también empujó hacia la plataforma, dejando al descubierto un cuerpo escultural: largas piernas, cintura estrecha, el vientre liso, los senos perfectos, el rostro bellísimo, de grandes ojos claros, el pelo abundante y sedoso, un cuerpo, en fin, extraído de un sueño colectivo, de una conjunción de pecados.

Pero aún tenía otro traje que quitarse. Alzó una mano y acarició con ella la piel del rostro, de color canela, la dejó escurrir por el cuello, por el costado, rozó suavemente la cadera, se tentó el arranque del muslo, pellizcó la piel elástica, tersa, y bruscamente clavó las uñas y la desgarró.

Read Full Post »

Varsovia

ciudad vieja de Varsovia

Ciudad vieja de Varsovia

Cuando llegó a Varsovia, una mañana nublada y particularmente fea, a Fabio le pareció una ciudad gris y llena de gente enfadada que hablaba una jerigonza incomprensible; pero después de unos días modificó su opinión y pudo disfrutar callejeando por el Stare Miasto, la ciudad vieja, que, aunque completamente reconstruida después de la guerra, tiene ese aire de dejadez y olvido que la hacen entrañable, subiéndose a sus destartalados tranvías, paseando por los numerosos parques, arbolados y frescos, o por las silvestres orillas del río Wisła, el último montaraz de Europa, en busca de rincones íntimos donde sentarse a contemplar el paisaje o simplemente a dejar pasar el tiempo. En el hotel donde se hospedaba, Fabio hizo buenas migas con una mujer mayor, vestida como un antigualla. Cada vez que pagaba una consumición en el restaurante, la señora sacaba una enorme cartera ajada por el uso, llena de groszy -céntimos-, que iba contando uno a uno hasta completar el importe exacto. Chapurreaba un inglés difícil de seguir, pero en todo caso inteligible. A Fabio le gustaba hablar con ella por su aire de condesa desheredada y porque le había recomendado visitar un par de sitios realmente interesantes, como el Skware Sue Ryder, un pequeño parque con hermosas avenidas arboladas y senderos diagonales, lleno de madres con niños pequeños y de ancianas sentadas en los rincones más soleados. «No deje de dar una vuelta por el palacio de los viejos reyes, en Wilanow, le dijo en una ocasión, es de lo poco que los comunistas dejaron en pie de nuestra historia». (más…)

Read Full Post »

La pálida

rostro ensangrentadoEstabas en medio del zacate, amor mío, botado en el suelo, a esa hora en que la tarde cae. Tenías flores rojas en el cuerpo y ella estaba sentada junto a ti. Sostenía tu cabeza entre sus manos frías, hechas de aire y de dolor, se aferraba a tu cuerpo, jalando de él. La encontré cuando te llevaba, furtiva, igual que una fiera cuando esconde a su presa. Era de color azul, los cabellos de agua dispersos en el aire, hermosa. Y daba miedo. Me miró con sus ojos negros y callados: aléjate, me decían, es mío, yo lo vi primero. Pero me acerqué y aparté sus manos horribles, heladas y viscosas que no querían soltarte. Las retiré y se quedaron engarfiadas en la nada, y se marchó como un viento, mirándome con sus ojos muertos, mirándome sin rencor.

Eras todo tú una orgía sangrienta. No sé por qué te ayudé. No lo sé: tantos disgustos que me ocasionaste después. Pero se levantó la polvazón espesa de los días agobiantes de la canícula y te curé con mis propias manos, que quedaron rojas como si tuviera puestos unos guantes de ese color. Con estas manos, las estoy viendo, las mismas de matar. Desgarré mis ropas a tiras para poder empapar tanta sangre como botabas. Dios mío, cuánta tenemos dentro. Cayó un sol rojo aquella tarde, y también dorado. Rojo por la sangre y dorado por el amor. Porque allí mismo te amé. Allí, más muerto que vivo.

Read Full Post »

Older Posts »