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Archive for the ‘Textos breves’ Category

Un día como hoy, hace veinticinco años, tú y yo nos fuimos a vivir juntos.

los dos

Tú y yo

Te había conocido una tarde, meses atrás, en una asamblea que hubo frente a la tarima del campamento cinco. El sol caía hacia poniente y el norte levantaba nubecillas de polvo. De pronto, levanté la vista y allí estabas tú, al fondo y un poco a contraluz. Llevabas zapatillas blancas, calcetines amarillos y un vestido verde manzana que el viento pegaba a tu cuerpo y te marcaba las formas. Tenías el pelo largo, muy negro, recogido con dos prendedores y tus ojos oscuros me dirigieron una mirada que tuvo algo de de contacto físico, como un golpe o, al menos, una sacudida. Pero cuando logré reponerme de la impresión, habías desaparecido.

Tú

Estuve varias semanas indagando discretamente por “la chica del traje verde manzana”, hasta que te localicé: se llama fulana, me dijeron, vive por allá y quiere aprender inglés. Para poder acercarme a ti, le propuse al comité de educación encargarme de dar las clases de inglés en la escuela nocturna, aunque apenas supiera pronunciar más que hello y goodbye. Así que nos conocimos oficialmente en el aula donde, dos veces por semana, se impartían las clases. Aquella aula se llenaba de zancudos y se oían más las palmadas con que los matábamos que mis torpes lecciones. Pero así es el amor, que no entiende de idiomas, ni de bichos.

Yo

Yo

Días antes de irnos a vivir juntos, me había acercado a tu champa para explicarles a tus padres la situación. Cuando llegué serían como las ocho de la noche. En el corredor no había más luz que la daba un pequeño candil de petróleo colocado sobre la mesa y cuya llama oscilaba con la brisa, con el movimiento de los cuerpos, con la respiración. Al suegro, sentado junto al candil, lo veía claramente, pero tú y tu madre os habíais sentado al fondo del corredor, en una penumbra cómplice, y vuestras siluetas se percibían como bultos imprecisos de donde, de vez en cuando, me llegaban algunos susurros. Sentado a la mesa, abandonado de mi principal aliada, me puse a hablar con el suegro del asunto. El suegro, mientras tanto, se dedicaba a escarbar la tierra del suelo con la punta del corvo, a asentir o a callar. Entre frase y frase se producían incómodos silencios, por lo general prolongados, hasta el silencio definitivo con el que yo entendí que nos habíamos puesto de acuerdo.

Los suegros

Los suegros

Así que, una vez resuelto el asunto, cogiste la mochilita donde llevabas casi todo tu ajuar y nos fuimos de la champa de tus padres con idea de empezar una nueva vida juntos. Traidora, te dije al nomás alejarnos; te lo dije porque me habías prometido estar a mi lado mientras hablaba con tu padre, pero no lo cumpliste. Me respondiste que tu madre no paraba de hablar y que, por eso, no habías podido acompañarme, y luego te reíste.  No solo traidora, pensé, sino también mentirosa. Era noche cerrada cuando cruzamos el campamento cinco, entre las aulas de la escuelita y la escuela técnica, porque te daba vergüenza que te vieran conmigo. La calle estaba muy estropeada por las lluvias de los últimos días, con muchas zanjas y agujeros, y debíamos andar con cuidado para no resbalar o torcernos un tobillo. Después pasamos por el estrecho callejón del campamento cuatro, que estaba solitario y silencioso, y por fin llegamos al campamento tres, enfrente del centro de nutrición, donde estaba mi champa.

Entrada principal

Entrada principal

Mi lujosa champa constaba de dos estancias: el salón y el dormitorio. Estaba construida como todas las del campamento, con paredes de tabla y techo de lámina, pero, a diferencia de la mayoría, tenía el interior recubierto con tela de saco y el suelo encementado. Contaba, además, con una lámpara Coleman y una buena provisión de velas.

Salón comedor

Salón comedor

Y allí, en aquella coqueta champita, situada en el extremo oeste del campamento, junto a uno de los barrancos que lo limitaban, tan al extremo que era paso frecuente de los coyotes que recorrían las mesas, vivimos felices y comimos perdices, o más bien nos hartamos los elotes de la milpa que había cultivado. Se pasó el invierno, coseché la milpa, se vino el verano, llegaron las navidades (las mejores, las más tristes de mi vida), se acabó el año y las circunstancias de aquellos días inciertos nos separaron.

Pero volvimos a reunirnos meses después, por una curiosa carambola, en la frontera de El Poy. Yo me había sumado, a última hora, a la comitiva que iba a recibir a una caravana de repatriados en la que, sin yo saberlo, viajabas tú, embarazada de unos meses. Me subí al autobús de los repatriados, me senté a tu lado, te acaricié la pancita, o más bien panzota, y seguí con la caravana y contigo hasta el guatal caliente donde se asentaría la gente.

Caravana llegando a El Poy

Caravana llegando a El Poy

Nació la niña, a la que paseamos por muchas colonias, comunidades y ciudades: Ita Maura, la Escalón, Las Lomas, Loma Linda, la Zacamil, Santa Marta y, por fin, Sensunte, donde nació la otra: ya éramos una familia de cuatro.

La familia

La familia

El tiempo allá llegó a su término y nos vinimos acá con una mano delante y otra detrás; o dicho de otra manera, con lo que cabía en un cofre verde que nos dejaron embarcar de puro milagro. Aquí sentamos la cabeza, pusimos casa, crecieron y estudiaron las niñas, a veces tus hijas, a veces las mías, otras veces de los dos, según el humor y la ocasión, y nos dejamos tres lustros largos de vida.

Hasta este día, y este mes, en el que los sucesos, a semejanza de los astros, se han confabulado en una curiosa alineación: una hija terminó su carrera, la otra su bachillerato y nosotros cumplimos nuestras bodas de plata y volvemos a quedarnos solos, como empezamos hace veinticinco años.

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El vórtice

Al  marinero Damián Ortiz, el Tuerto, el dolor de cabeza le provocaba unas alucinaciones que no podía callar y que enlazaba en un relato inconexo y sin sentido. Alucinaciones, pero no delirio, ya que su voz era pausada y tranquila, mantenía abierto su único ojo y sólo se callaba cuando dormía. Lo trastornado era el hilo de su platica, la concatenación desordenada, revoltosa y mutilada de acontecimientos, leyendas, nombres, anécdotas e historias, todas ellas referidas a la mar, pues no debía haber en su pasado más vida que los barcos, y todas ellas terribles y truculentas, narradas con voz ronca y grave .

Entre todas, una se me quedó grabada en la memoria. Contó el Tuerto de un viaje que había hecho a los mares más septentrionales, no sé si persiguiendo a ballenas narvales o a algún otro tipo de leviatanes porque, como ya he dicho, el marinero mezclaba y confundía los sucesos unos con otros. Para atrapar lo que quiera que estuvieran cazando, todos los días se arriaban del barco varios esquifes que, una vez en el agua, se desplegaban en abanico y se alejaban para faenar, como ovejas paciendo bajo la atenta mirada del pastor; y, al terminar la jornada, regresaban junto al navío y eran izados a bordo. Aquellos esquifes iban tripulados en su mayoría por hombres del norte, altos, de ojos azules y cabellos rubios, que al parecer eran muy duchos en el manejo de los arpones.

 

Un día amaneció la mar cubierta de una bruma tan cerrada que algunos de los arponeros se negaron a salir, pero el capitán, que según entendí debía ser más fiero que todas las furias del océano desatadas, a golpe de rebenque los obligó a hacerse a la mar y pronto se perdieron de vista. El barco navegó a ciegas varias horas, con apenas el velacho desplegado, dirigiéndose hacia donde se suponía que faenaban las barcas; mas cuando por fin se levantó la niebla no se veía ninguna de ellas en toda la amplitud del océano. Rectificó el capitán el rumbo y, por aquellas aguas tan calmas como frías, recorrieron varias leguas sin que alcanzasen a ver ninguno de los esquifes, hasta que al doblar el cabo de una península muy alargada, se encontraron con un aterrador espectáculo.

Jamás, en todos sus años de marear los océanos, contaba el Tuerto, había conocido nada semejante: como a cinco cables por la amura de estribor, un enorme remolino del tamaño de diez navíos agitaba las aguas y las hacía removerse sobre sí mismas en un torbellino enloquecido. El límite de aquella sima lo marcaba un cerco de espuma rabiosa, como la que produce el restallar del oleaje contra el arrecife, y hacía rebullir las aguas, y saltar y agitarse con la efervescencia de una caldera. Y en su interior, el torbellino giraba con ímpetu imparable, removiendo las aguas de un color verde oscuro, más oscuro y siniestro cuanto más descendían por el ominoso embudo hasta el vórtice final.

−El mundo se acababa allí –sentenció Damián Ortiz−, pues todo lo que entraba en el monstruoso remolino y llegaba hasta su vórtice, era engullido hacia dentro con un eructo siniestro, para ser llevado ante el mismísimo Satanás.

El caso es que al día siguiente, pretendiendo burlarme de el Tuerto, comenté la anécdota con el piloto de la nao y, para mi sorpresa, me aseguró que los tales remolinos existen, que son producidos por las corrientes y el reflujo de las mareas y que el cartógrafo Mercator había situado uno de ellos en sus cartas.

 

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El elenco de profesores con que me encontré a lo largo de mis años de estudios en el “Virgen del Mar” no tenía desperdicio. La mayoría eran hombres mayores, oficiales en la reserva que, rondando la jubilación, habían encontrado una manera de sacarse un sobresueldo, o civiles que habían hecho carrera en el colegio y dado clases a los padres de mis compañeros. De todos ellos, el más que me sorprendió el primer año fue el de matemáticas, el Tuerto. Le habían puesto ese mote porque era, efectivamente, tuerto. Tenía un ojo de vidrio en sustitución del que perdió. Este profesor tenía la costumbre de dejarnos solos durante las clases mientras él se iba a la cafetería a echarse unos chatos con otros compañeros. Pero para que no se desmandase el grupo, dejaba el ojo de vidrio encima de la mesa y nos decía a todos que él, es decir, el ojo, vigilaba en su ausencia. El primer día que lo hizo lo tomamos todos a broma y se armó un escándalo de mil diablos. Hasta se pusieron dos a jugar con el ojo y pasárselo de uno a otro.

Al regresar el Tuerto, estábamos aún alborotados. Con mucha calma entró en el aula, esperó a que nos calmáramos y sentáramos, recogió el ojo de vidrio, limpiándolo con mucho cariño: le echaba vaho y lo frotaba con un pañuelo antes de introducirlo en la cuenca vacía. Entonces pareció como si una visión lo poseyera: nos miró a todos con fijeza y empezó a nombrar a los más alborotadores, sin equivocarse en ninguno. Los llamó a la pizarra y les dio a cada uno un reglazo en las puntas de los dedos puestas en piñón. Dejó para el final a los dos que habían estado jugando con el ojo de vidrio, a los que recetó un castigo ejemplar: los cogió por el cuello e hizo entrechocar sendas cabezas varias veces, con golpes sordos que hasta a mí me dolieron. A partir de aquel día, todos creímos a pies juntillas que el ojo del Tuerto veía por él. Incluso llegó a marcharse en alguna ocasión durante un examen dejando a su “compañero” que hiciera la vigilancia y no había quien se atreviera a copiar. Ni siquiera el Canario. Sin embargo, la táctica del Tuerto tuvo un trágico final.

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Premio UnicajaVas escribiendo los textos día a día, tus cuentos, tus novelas, tus anécdotas, lo mejor que sabes, o que puedes, porque la inspiración es caprichosa y tiene sus momentos, los enseñas a tus íntimos, a tus críticos habituales, recoges impresiones, vuelves sobre ellos y cuando los crees preparados los presentas en sociedad, es decir, los envías a algún certamen porque a las editoriales hay que tomárselas, como al jarabe amargo, a cucharaditas. Tienen aquellos, los certámenes literarios, sus particularidades y son, como si dijéramos, de naturaleza sideral dado que se mueven en órbitas estacionarias alrededor del sol, con fechas fijas de presentación, selección (algunos) y fallo, y también poseen cualidades cuánticas puesto que, al ser discontinuos, no fluyen uniformemente.

Y pasan los días, y nada. Los meses, las estaciones, y tampoco. Si será que no son buenos, te preguntas, que les falta algo, que les sobra mucho, mientras continúas con tus escritos, puliendo los antiguos en el banco de carpintero, perpetrando otros nuevos, inventando, proyectando, con la oreja abierta y la atención tendida, como una telaraña, por si cae una idea redentora. Y de repente, oh, cielos, lo nunca visto, ni siquiera imaginado, tienes una buena racha y enhebras varios premios generosos, filantrópicos. ¿Te alegras? Sí claro, mucho, aunque piensas si no habrá sido la suerte, y aún más, te preguntas, conociendo sus veleidades, cuántos años de sequía seguirán a esta buena racha. Pero aparcas estas ideas y brindas, con Horacio, por el momento, ¡Carpe diem!, que al fin y al cabo has hecho lo que has podido y la fortuna, como dijo Quevedo, lo que ha querido. Y mañana será otro día.

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Una-velaCasi a oscuras queda la habitación, sólo el resto de la candela que aún da su puchito de luz parece que quiere pelearle el terreno a las sombras. Galán se está con esta mujer que me ha encontrado sin yo buscarla. La piel le luce de un trigueño intenso con la claridad de la vela. Voy a apagarla, porque los de la vigilancia no tardan y a ella no le gustaría que nos hallaran. Ni a mi tampoco. No es fácil que vayan a encontrar este nido tan clandestino, en el almacén viejo. Está a trasmano de todo y nos podemos quedar hasta la amanecida casi, a pesar del olor raro que se respira aquí, con tantos venenos y abonos y herbicidas. Ella duerme ahorita, pero hace un momento me quería descuajeringar del todo. Es chocante que una campesina de una aldea perdida del todo, refundida en la mera frontera, sea tan sensual y desinhibida. Y exigente, que quiere que uno le cumpla bien cumplidito, pero en eso no va tener queja. (más…)

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Ayer, sábado 28 de febrero, la asociación de escritores Entre Pueblos organizó una tarde literaria junto con la asociación ALAS, de la sierra norte sevillana. En el restaurante del camping de Azuaga nos dimos cita más de veinte personas para leer y escuchar poemas, relatos, vivencias  y otros textos, para hablar de literatura y soñar proyectos mientras compartíamos un café y unos roscos blancos. A la caída de la tarde dimos por concluido el evento y los amigos andaluces, que también celebraban el día de su tierra, se despidieron de Azuaga y de nosotros con un hasta pronto.

Como hoy es día de elecciones en El Salvador, me dio por leer uno de los poemas más famosos de Roque Dalton, escritor salvadoreño fallecido durante el conflicto armado. “Poema de amor” se llama y, más que un poema, es  un himno para toda la generación de salvadoreños que vivieron y sufrieron la guerra. A continuación lo transcribo:

Los que ampliaron el Canal de Panamá
(y fueron clasificados como “silver roll” y no como “gold roll”),
los que repararon la flota del Pacífico
en las bases de California,
los que se pudrieron en la cárceles de Guatemala,
México, Honduras, Nicaragua,
por ladrones, por contrabandistas, por estafadores,
por hambrientos,
los siempre sospechosos de todo
(“me permito remitirle al interfecto
por esquinero sospechoso
y con el agravante de ser salvadoreño”),
las que llenaron los bares y los burdeles
de todos los puertos y las capitales de la zona
(“La gruta azul”, “El Calzoncito”, “Happyland”),
los sembradores de maíz en plena selva extranjera,
los reyes de la página roja,
los que nunca sabe nadie de dónde son,
los mejores artesanos del mundo,
los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera,
los que murieron de paludismo
o de las picadas del escorpión o de la barba amarilla
en el infierno de las bananeras,
los que lloraran borrachos por el himno nacional
bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte,
los arrimados, los mendigos, los marihuaneros,
los guanacos hijos de la gran puta,
los que apenitas pudieron regresar,
los que tuvieron un poco más de suerte,
los eternos indocumentados,
los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,
los primeros en sacar el cuchillo,
los tristes más tristes del mundo,
mis compatriotas,
mis hermanos.

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Campamento 3, Mesa Grande, Honduras

En el campamento de refugiados de Mesa Grande hacía frío algunas veces. El cielo se encapotaba, cubriéndose con nubes bajas que se enredaban en las cimas de los cerros y ocultaban el sol durante una semana. Hacía viento, soplaba continuamente. Cuando arreciaba, bien se lo oía venir, embisitendo con fuerza unos momentos y amainando después. Se metía por todas partes, silbando entre las rendijas de las tablas, haciendo batir las puertas y postigos y entrechocar las ventanas y láminas mal fijadas, desgarrando plásticos y lonas.

Y así todo el día. Caía una lluvia cernida y finísima a la que en Centroamérica llaman temporal. Gotitas diminutas como puntas de alfiler que el viento zarandea a su antojo, que flotan en el aire con vocación de ingravidez, que se posan en la ropa y en la piel desnuda como un rocío imperceptible, pero al cabo de un rato lo empapaban a uno. En los techos de lámina de las carpas sonaba como si estuvieran echando arenilla fina.

El frío no era exagerado en términos absolutos, es decir, el termómetro no bajaba mucho, pero la gente no tenía cómo protegerse y se resentía de él. Las familias se arracimaban en las destartaladas cocinillas, alrededor del fogón. La mayoría no tenía para abrigarse más que un suéter fino y desgastado. Algunos, sobre todo los niños, que no tenían suéter, se echaban una toalla por los hombros, a modo de toquilla, o un simple trapo de envolver las tortillas. Yo los veía correr, envueltos en sus trapos, ateridos de frío, descalzos, camino de la escuela o a traer algún mandado. Los hombres caminaban con las manos en los bolsillos y los brazos pegados al cuerpo, intentando atrapar el calor, daban saltos, se empujaban, corrían. El frío estaba presente en todas partes. En clase, mis alumnos se sentaban con las piernas cruzadas y escondían las manos en los sobacos o en la entrepierna en cuanto dejaban de escribir, o se las frotaban y se las soplaban constantemente. Así era difícil concentrarse y estudiar. Y yo era el primero que me quedaba helado dando la clase.

Campamento 5, Mesa Grande, Honduras

Campamento 5, Mesa Grande, Honduras

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