Feeds:
Comentarios

Archive for the ‘Textos breves’ Category

La hermana Meri

La hermana Meri es mujer de porte otoñal, alta y delgada, con la tez clara y el pelo negro ceniciento recogido en un moño apretado que le estira la piel de la cara, por cuyos rasgos añejos parece no haber pasado nunca una sonrisa. Vive cerca de la iglesia, en un caserón de muros gruesos y techos altos, fresco hasta en los días más calientes, que tiene detrás un amplio corredor con varias pilas para el agua, un patio empedrado y una serie de alpendes más allá de los cuales el extenso huerto arbolado se prolonga en un baldío hasta la calle que va a El Volcán, ya casi en las afueras de Santa Bárbara.

La hermana Meri empezó a interesarse por el arte y los manejos de la hechicería de la mano de una hondureña a la que apodaban la Doña. Ella le enseñó que existían unas energías invisibles y poderosas en el universo, cuyo control requería estudio, práctica, tesón y, sobre todo, cierta calidad del espíritu que no estaba al alcance de cualquiera; le enseñó primero las magias más sencillas, como las que sirven para atrapar los pensamientos ansiosos; pero luego también otras más delicadas, como la mezcla de esencias para combatir los fríos del corazón; y de todas estas artes, le decía la Doña, unas son inofensivas y otras peligrosas, y la sabiduría más importante es aquella que ayuda a vencer la tentación de hacer maleficios cuyo propósito esté animado por el rencor o la ira. (más…)

Read Full Post »

JE SUIS CHARLIEA propósito del atentado contra la revista Charlie Hebdo, de la enorme difusión de la noticia y de la expresión de un generalizado sentimiento de repulsa a través de las imágenes de miles de personas alzando los carteles de “Je suis Charlie”, han sido publicados algunos artículos titulados, a contracorriente, “Yo no soy Charlie Hebdo” (El País, ABC y Tercera Información), que, aunque no coinciden entre sí más que en el título, analizan la noticia desde un punto de vista diferente.

De los tres, el que más me ha llamado la atención y que en cierto modo motiva estas líneas es el que publica en Tercera Información y otros medios digitales José Antonio Gutiérrez; aunque, más que el artículo en sí, lo que me ha llamado la atención han sido los numerosísimos comentarios que, a continuación del artículo, han dejado los lectores. (más…)

Read Full Post »

Viejo año nuevo

Abrió los ojos súbitamente, unos ojos oscuros y algo enrojecidos, rodeados por unas ojeras moradas y profundas que, durante unos instantes, miraron sin ver. Se fijaron, al fin, en la mosquitera que estaba suspendida sobre la cama, sucia de polvo y hecha un puño.

Quería recordar, fijar la atención en algo que había quedado a medio camino del pensamiento, prisionero en la difusa frontera donde se confunden el sueño y la vigilia. Quería encontrar el cabo, el hilo preciso que se lo devolviera. Frunció el ceño en un vano esfuerzo por concentrarse.

A pesar de lo temprano de la hora ya hacía calor. Minúsculas gotitas de sudor le humedecían la piel. Deslizó el dedo por su brazo, abriendo un surco en el sudor y dejando una estela, primero blanca y después rosada, que se fue difuminando hasta la disipación. Una mosca se le posó en la frente, junto al arranque del pelo, y libó entre un mar de brillantes gotitas de grasa. La espantó con un movimiento lánguido, pero ella regresó, pertinaz, y ya no tuvo voluntad para alejarla. Apoyó la cabeza en la almohada y fijó la vista en el techo de cinc, donde algunos pájaros zangoloteaban en una escandalera de metal. (más…)

Read Full Post »

Tú y yo

Hay un fuego agradable con tres o cuatro troncos de encina y un brasero incandescente que irradia calor al salón. Tengo una copa de vino en la mano, tinto de la tierra, de color rojo cereza, opaco y brillante. A través del cristal veo la televisión, donde se emite un clásico del cine: Tú y yo, de Cary Crant y Deborah Kerr. La película está finalizando. Él ha entrado en su apartamento y ella lo escucha atentamente desde el sofá. La conversación parece llegar a un punto muerto y el hombre hace ademán de marcharse. A través de la copa veo como se aleja hacia la puerta, con su traje oscuro y su sombrero en la mano. De repente se detiene, hace un comentario y se vuelve. El vino corta a Cary Grant en un plano medio. La cámara enfoca a Deborah, que le contesta expectante. Su vestido, de un rojo saturado, hace juego con el color del vino. En realidad, todo es rojizo en la habitación: el sofá, el papel de las paredes, la moqueta del suelo y los labios de la mujer. Él se ha dado cuenta de algo importante -lo transmite claramente la expresión de su cara- y disimula mientras observa las paredes del pequeño apartamento, pero no encuentra lo que busca. Cruza delante de ella, hablando sin mirarla, abre la puerta de su dormitorio y se queda helado. La cámara nos muestra el rostro embelesado de un Cary Grant que mira de frente. A su espalda hay un espejo donde vemos el objeto de su atención: un cuadro. Entonces lo comprende todo. Suspira y apoya la cabeza en la puerta. (más…)

Read Full Post »

¡Tierra!

isla_perfilAl fin, después de más de un mes de navegar por el mayor océano del orbe, siempre hacia el oeste, con buen viento y buena mar, sin más temporal que algunos chubascos repentinos que llegaban tan deprisa como se iban ni mayores problemas que la falta de espacio y el gran hacinamiento, yendo las cuatro naves en conserva, a la vista unas de las otras, el día veintiuno de julio del año mil quinientos noventa y cinco, a eso de las cinco de la tarde, se avistó tierra por el rumbo del norte, cuarta al noroeste.
La primera en divisarla fue la fragata Santa Catalina, que por ser la más marinera navegaba en cabeza de la flota, y largó los dos cañonazos acordados que nos alertaron a todos cuantos íbamos a bordo. La mar estaba ligeramente rizada, con pequeñas crestas espumosas matizando de blanco el azul profundo del agua. Se veían hermosas las velas de los otros navíos, bien tendidas y desplegadas, inmensas en comparación con los cascos. Al momento, fue la San Jerónimo la que dejó oír sus cañones y, poco después, el grumete que iba en la cofa del árbol mayor de nuestra nao dio el grito de tierra.
–¡Tierra! –repitió−. ¡Por la banda de estribor!
La expectación que había sobre la cubierta estalló en un clamor de júbilo, nos apretábamos las manos y nos abrazábamos unos a otros sin parar mientes en quién, hombre o mujer, marinero o soldado, asomados todos por la borda, subidos a las vergas o trepados a los obenques y flechastes.
Era la víspera de Santa María Magdalena y llevábamos treinta y cinco días navegando, compartiendo una tabla escueta y endeble sobre mil brazas de agua salada, y la alegría al ver la tierra fue general y desbocada. Cómo resplandecían de esperanza los rostros, cómo brillaban aquellos ojos fijos en el azulado perfil que se recortaba entre el cielo y el mar, cómo temblaban las lágrimas, y se derramaban, y abrían surcos en las mejillas sucias. Sin esperar más, el capellán dio gracias a Dios por la merced de la tierra y empezó a cantar un Te deum laudeamus que acompañamos todos, puestos de rodillas, entonando o desafinando, agradecidos al fin por la buena fortuna de seguir vivos y animados de grandes ilusiones y muchos anhelos.

Read Full Post »

La ciudad extraña

avion_aterrizandoSon las cuatro. Salta la alarma del despertador y llega a mí el sonido a través de un bloque de compacto sueño. Me despierto descentrado, cansado y con los ojos doliéndome terriblemente por el esfuerzo de mantenerlos abiertos. Después, vestirse sonámbulo, llamar a un taxi, desayunar sin ganas un resto frío. Llega el taxi, salgo y me amodorro en él mientras cruzamos la ciudad que despierta, envuelta en la luz fantástica del alba y las farolas, camino del aeropuerto.

En el aeropuerto, registro, cola, tasa de salida, miradas hoscas y suspicaces de los funcionarios, de los policías; espera, nueva cola, nueva tasa, nuevo registro. Y otra espera: “el vuelo 670 con destino San Pedro Sula, Belice y Miami pospondrá su salida hasta nuevo aviso”. La sala de espera está destartalada, sucia, a medio construir. Se va llenando de gente, mitad nacionales, mitad gringos. Por suerte, pude coger una silla, pero no tengo qué leer. Me aburro. El aire acondicionado no funciona y el calor se empieza a notar.

Por fin nos embarcan y dan luz verde para salir. El despegue, el susto de rigor en esta pista suicida y el avión que finalmente se eleva. Los hombres y las cosas se van haciendo pequeños, minúsculos. Sólo destacan los caminos de tierra cruzando los páramos. Montañas, ríos, llanuras, pueblos, nubes y cielo, un cielo enorme y luminoso. Y antes de que me dé cuenta, ya estoy en el aeropuerto de destino. Al bajar del avión me asalta por sorpresa el calor despiadado de San Pedro Sula. (más…)

Read Full Post »

Extraña justicia

Yo me crié en un barrio de Madrid, por la zona de Ciudad Lineal, en unos bloques de pisos a los que les decíamos así: los Bloques. En aquella época, a principios de los setenta, las calles, parques y descampados de la ciudad estaban llenos de niños y jóvenes que iban de un lado para otro como bandadas de gorriones; no como ahora, que parecen vetustas y vacías.

En los Bloques no era diferente y teníamos tres pandillas: la de los pequeñajos, la nuestra y la de los mayores. Los mayores nos llevaban casi todos un par de años, aunque algunos rondarían ya los diecisiete o los dieciocho. Unos pocos estudiaban y la mayoría trabajaba. Cuando se juntaban solían sentarse en algún portal o en alguna esquina a charlar, a pegar voces, organizar pequeñas escaramuzas de golpes y empujones o echarse unos pitillos. También hacían guateques los sábados por la tarde e invitaban a las chicas más guapas del barrio. Los envidiábamos por ello. Aunque les gustaba el fútbol, y algunos lo jugaban muy bien, nunca organizaban partidos y si se les antojaba dar unas patadas al balón, se metían en el nuestro sin pedir permiso. A mí no me gustaba jugar con ellos porque chutaban muy fuerte, arrollaban a los más pequeños y rompían el delicado equilibrio que, de tanto jugar juntos y conocernos, solíamos lograr. Con ellos, los partidos se volvían desordenados, duros y pronto se terminaban. Pero claro, era difícil evitarlo; que se metieran, me refiero. Si les decías que no, te arriesgabas a que te dieran un par de leches o que te la guardaran para más adelante. (más…)

Read Full Post »

Older Posts »