Textos breves


Sigma Tercera empujó con el pie lenta pero contundentemente el cadáver del último astronauta hacia la plataforma del desintegrador molecular y lo contempló con frialdad, sin lástima ni remordimientos, sin resentimiento, pese a ser el que más trabajo le había dado. Un hombre sagaz, pensó, de inteligencia aguda y sutil intuición, el único capaz de adivinar su juego; pero, al cabo, de nada le había servido: allí estaba, también muerto.

Retiró la vista del hombre para fijarla en sí misma. Estaba cansada de aquella máscara. Se llevó las manos a los cierres del traje, los soltó y se desnudó lentamente, experimentando por última vez la sensación del deslizarse de la ropa sobre la piel. El oscuro material quedó amontonado a sus pies, hecho un gurruño, que también empujó hacia la plataforma, dejando al descubierto un cuerpo escultural: largas piernas, cintura estrecha, el vientre liso, los senos perfectos, el rostro bellísimo, de grandes ojos claros, el pelo abundante y sedoso, un cuerpo, en fin, extraído de un sueño colectivo, de una conjunción de pecados.

Pero aún tenía otro traje que quitarse. Alzó una mano y acarició con ella la piel del rostro, de color canela, la dejó escurrir por el cuello, por el costado, rozó suavemente la cadera, se tentó el arranque del muslo, pellizcó la piel elástica, tersa, y bruscamente clavó las uñas y la desgarró.

ciudad vieja de Varsovia

Ciudad vieja de Varsovia

Cuando llegó a Varsovia, una mañana nublada y particularmente fea, a Fabio le pareció una ciudad gris y llena de gente enfadada que hablaba una jerigonza incomprensible; pero después de unos días modificó su opinión y pudo disfrutar callejeando por el Stare Miasto, la ciudad vieja, que, aunque completamente reconstruida después de la guerra, tiene ese aire de dejadez y olvido que la hacen entrañable, subiéndose a sus destartalados tranvías, paseando por los numerosos parques, arbolados y frescos, o por las silvestres orillas del río Wisła, el último montaraz de Europa, en busca de rincones íntimos donde sentarse a contemplar el paisaje o simplemente a dejar pasar el tiempo.

En el hotel donde se hospedaba, Fabio hizo buenas migas con una mujer mayor, vestida como un antigualla. Cada vez que pagaba una consumición en el restaurante, la señora sacaba una enorme cartera ajada por el uso, llena de grozny -céntimos-, que iba contando uno a uno hasta completar el importe exacto. Chapurreaba un inglés difícil de seguir, pero en todo caso inteligible. A Fabio le gustaba hablar con ella por su aire de condesa desheredada y porque le había recomendado visitar un par de sitios realmente interesantes, como el Skware Sue Ryder, un pequeño parque con hermosas avenidas arboladas y senderos diagonales, lleno de madres con niños pequeños y de ancianas sentadas en los rincones más soleados. «No deje de dar una vuelta por el palacio de los viejos reyes, en Wilanow, le dijo en una ocasión, es de lo poco que los comunistas dejaron en pie de nuestra historia». (más…)

rostro ensangrentadoEstabas en medio del zacate, amor mío, botado en el suelo, a esa hora en que la tarde cae. Tenías flores rojas en el cuerpo y ella estaba sentada junto a ti. Sostenía tu cabeza entre sus manos frías, hechas de aire y de dolor, se aferraba a tu cuerpo, jalando de él. La encontré cuando te llevaba, furtiva, igual que una fiera cuando esconde a su presa. Era de color azul, los cabellos de agua dispersos en el aire, hermosa. Y daba miedo. Me miró con sus ojos negros y callados: aléjate, me decían, es mío, yo lo vi primero. Pero me acerqué y aparté sus manos horribles, heladas y viscosas que no querían soltarte. Las retiré y se quedaron engarfiadas en la nada, y se marchó como un viento, mirándome con sus ojos muertos, mirándome sin rencor.

Eras todo tú una orgía sangrienta. No sé por qué te ayudé. No lo sé: tantos disgustos que me ocasionaste después. Pero se levantó la polvazón espesa de los días agobiantes de la canícula y te curé con mis propias manos, que quedaron rojas como si tuviera puestos unos guantes de ese color. Con estas manos, las estoy viendo, las mismas de matar. Desgarré mis ropas a tiras para poder empapar tanta sangre como botabas. Dios mío, cuánta tenemos dentro. Cayó un sol rojo aquella tarde, y también dorado. Rojo por la sangre y dorado por el amor. Porque allí mismo te amé. Allí, más muerto que vivo.

pista de arenaEl sol de media tarde azota con saña la arena, a los luchadores, las graderías y a una humanidad vocinglera que se desgañita por sus favoritos. A esta hora ingrata no hay tregua con quienes se han atrevido a dejar el frescor de sus casas por venir a presenciar el espectáculo de lucha y fortaleza que enfrenta a los dos mejores hombres, a los más capaces y laureados. Queman los yerros, queman las piedras, los asientos y las tribunas. Queman las voces y el combate está servido en la palestra de este circo.

Uno es rubio y lleva los dorados rizos recogidos en una coleta; el otro es moreno y una cincha somete los cabellos rebeldes. Uno ha llegado del frío norte y el sol meridional le hace daño. Tiene la piel enrojecida allá donde está expuesta al sol, quemada e irritada por el sudor. Otro proviene del ardiente sur, el calor es lo suyo, su piel morena soporta estoica los rayos implacables. Pero es más menudo, más sarmentoso, no posee las piernas ni los brazos hercúleos de su oponente, su talla ni su corpulencia. Ambos saben que están allí porque son buenos púgiles, seguramente los mejores; ambos saben que se trata de combatir, utilizando cada cual sus fuerzas y su experiencia para doblegar al otro y obtener la victoria. Sólo uno alcanzará la gloria, a uno sólo le reservan los dioses sus gracias. El todo será para él, para el otro la nada. (más…)

hombre_con_pipaEl premio entre los embaucadores de a bordo se lo llevaba Damián Ortiz, un marinero viejo, tuerto del ojo izquierdo, que, si no hubiera sido por su total desconocimiento del arte de escribir, podría haber compuesto novelas más entretenidas que las plumas de los más insignes literatos, pues tenía una facilidad natural para atrapar la atención de los espectadores y llevarlos de la mano, boquiabiertos, a lo largo de los vericuetos de sus enrevesadas historias hasta un desenlace final, por lo general truculento.

Contó en una ocasión que, siendo joven −que era como solía comenzar todos sus relatos−, había estado embarcado en un ballenero y navegado por mares septentrionales en demanda de un banco de ballenas narvales, que son animales rarísimos, la color blanca y moteada, con un cuerno largo y recto, como el de los unicornios, y que buscan las aguas más frías para refrescar los fuegos que llevan dentro. Y siguiendo a estas ballenas pasaron más allá de la isla de Tule, donde los alcanzó un temporal con viento huracanado y mar furiosísima. Las olas eran tan grandes que, cuando estaban en un seno, parecía cercano el averno, y cuando el capricho del temporal los alzaba hasta la cresta, podía divisarse a lo lejos la luz del faro de Hércules. (más…)

Pocas películas he visto, de las que están basadas en un libro, que me hayan resultado más interesantes que la propia obra; lo cual dice muy poco en defensa del cine y mucho en favor de la literatura que, con el uso de simples caracteres sin mayor atractivo, negro sobre blanco, y con el trabajo paciente y solitario, casi siempre, de una sola persona, es capaz de captar la complicidad del lector y llevar su imaginación más allá de las aparatosidad multicolor de la gran pantalla (o de la pantalla doméstica).

A bote pronto, me vienen a la cabeza dos películas que han logrado superar a las novelas que las concibieron: Blade runner y El nombre de la rosa. A la primera no puedo concederle tanto mérito porque el libro es, en mi humilde opinión, un serie B de literatura de ciencia ficción; sin embargo, ponerse a la altura de una novela tan compleja, elogiada (y vendida) como la de Umberto Eco, tiene su mérito.

cartel anunciador de la película

cartel anunciador de la película

Desde la primera imagen, que nos presenta un paisaje frío, gris, ventoso y desolado, Jean Jacques Annaud es capaz de trasportarnos de golpe a la remota abadía benedictina y  al propio corazón del medioevo.

En poco menos de dos horas, la película logra meternos en el hermético y misterioso ambiente de la abadía, conocer sus muchas dependencias, introducirnos en una vida llena de silencio, hipocresía y secretos, intuir las miserias, enconos y alegrías de aquel retirado grupo de monjes, conocer las diferencias entre el alto clero y el bajo clero y seguir el apasionado debate sobre si Jesucristo “era o no” poseedor de las ropas que vestía. Las imágenes de Annaud nos hacen temer y aborrecer al Santo Oficio, a sus métodos y a su severo guardián, el tenebroso e implacable Bernardo Gui; y nos llevan, a través de los laberínticos vericuetos de la biblioteca, a conocer el ingente tesoro de legajos y manuscritos que allí se custodiaban con fanático fervor y a lamentar la enorme pérdida que provoca el apocalíptico incendio final.

Un buen guión y el sagaz montaje de la cinta consiguen, modificando unos pocos elementos argumentales de la novela, como son la historia de la muchacha y el trágico fin del inquisidor, atraer nuestra atención desde el primer fotograma y desentrañar la complicada trama de la novela sin mayores dificultades.

portada de la novela

portada de la novela

Mención aparte merece la excelente caracterización de los personajes, sin la cual no podría haberse conseguido el resultado final. Cómo olvidar la esperpéntica colección de monjes que desfilan ante nuestros ojos, cuyos rostros y expresiones ayudan a dotar a la película del ambiente propicio: la fealdad de las facciones, las extravagantes tonsuras, los rasgos embrutecedores, zafios o intemperantes, que permiten al espectador leer e interpretar muchas cosas que no se explican.

Confieso que soy un enamorado de la película, que la he visto media docena de veces y que no me desagradaría volver a hacerlo, pues en cada ocasión he hallado nuevos detalles que saborear, elementos que percibir o escenas con las que entretenerme. Y desde luego, la recomiendo a quien no la haya visto aún.

El padre pasó por el salón y vio a su hija tumbada cuán larga era en el sofá, sujetando con los dedos la punta de un largo y enredado mechón de pelo que observaba con sumo interés. Le daba la espalda a la televisión encendida donde un reality show esparcía mierda para dar y tomar.
−Si no la estás mirando, apágala −le pidió el padre sin obtener respuesta alguna.
Al cabo de una hora volvió a cruzar por aquella estancia y allí seguía su hija, con la televisión encendida y tumbada en el mismo sofá, aunque esta vez sosteniendo un libro entre las manos.
Vaya, pensó el padre, al menos está haciendo algo de provecho.
−¿Qué haces, hija? –le preguntó por corroborar la suposición.
−Busco la palabra nada.

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