Textos breves


Fue el escorbuto un mal que durante siglos tuvo en jaque a las tripulaciones de los barcos en las travesías transoceánicas, y para el que no se halló remedio cierto hasta bien entrado el siglo XVIII. Sin embargo, no por eso trataron antes muchos barberos y cirujanos de probar múltiles y originales remedios para combatirlo.

Quizá no sea el más eficaz, pero un marinero en viaje hacia las Filipinas, dio cuenta de uno que, si no infalible, sí fue al menos inolvidable:

“Para tratar de contenerlo [al escorbuto], el único remedio que el barbero había observado de cierta eficacia en los enfermos fue el ajo, por lo cual, y por llevar sobradas provisiones en la bodega, dio en recomendarlo a toda la tripulación. Y ahí convirtióse el humilde bulbo en condimento universal, echábase a las gachas, sopas y garbanzos, frotábase con él el tasajo, el tocino, la galleta y cuanto de frotar hubiera a bordo, masticábanse crudos sus dientes y hasta hubo quien se comía las cabezas a mordiscos. Colmado por los olores de cien bocas masticándolo, volvióse el navío un ajo todo, dejando por el océano un rastro más firme y seguro que el hilo de Ariadna en el laberinto, una estela que fácilmente hubiera podido seguir cualquier pirata que en nuestra demanda navegare e incluso el mismo adelantado Mendaña si hubiere querido perseguirnos. Al hablar, todos tapaban con las manos gentilmente las bocas esperando así disimular el aliento, pero filtrábase el olor entre los huecos de los dedos, incrustábase bajo las uñas, agarrábase a la piel y a la ropa, fijábase en las barbas más plebeyas y en los más nobles bigotes, transmitíase al propio sudor y los orines, pegábase a la tablazón de la cubierta y a los mamparos del entrepuente y, una vez el aire, alzábase e impregnaba jarcia, palos, vergas, velas, y hasta el gallardete que ondeaba en lo alto del mastelero mayor olía a ajo”.

Un año tiene doce meses, un mes treinta días y cada día veinticuatro horas, así lo enseñan en la escuela, y cada hora se divide en sesenta minutos que, a su vez, se fraccionan en sesenta segundos, todos iguales. Sin embargo, ahora sé que eso no es exacto. La vida no es una sucesión continua de instantes iguales, ni discurre con movimiento uniforme sino, más bien, al contrario: se concentra en algunos puntos, como la materia en el universo, dejando entre ellos vacíos infinitos.

Foto: Luis Martínez

Foto: Luis Martínez

El hombre ha ido llenando las páginas de su libreta con ánimo de conjurar a los espíritus perturbadores que habitaban el cofre de sus recuerdos. Ha escrito sobre mucha gente, demasiada gente. Sobre su amiga Alicia, que tuvo la desgracia de enamorarse de un hombre enganchado al caballo y matarse con él cuando huían de la policía en una moto, después de asaltar una farmacia. De su compañero Rafa, que escribía novelas de amor que nadie publicaba y se lo llevó un cáncer fulminante; de Manolito, el hijo de una vecina, que enfermó de meningitis; sobre Kader, la niña que estaba apadrinando a través de una oenegé, y superó el sida, el hambre y la tuberculosis, pero no pudo con la guerra;  sobre don Emilio, el odontólogo que velaba por su dentadura, y fue alcanzado por una bala perdida en una montería de ciervos en la serranía de Málaga; sobre Charo Lama, la directora de su último colegio, que murió de un infarto de miocardio; sobre su tía Juana, su tío Ricardo, sus dos abuelas, Rotilia y Cipriana, y sobre los viejos que se morían semana sí y semana también en el pueblo de su padre, hasta que no quedaron más que unas pocas casas habitadas entre sus calles vacías.

Pero el recuerdo que más a menudo acude a su conciencia, el que más peso tiene en su alma, es el de su esposa, cuya marcha no hay día que no evoque. Aunque nunca ha sido muy creyente, suele pensar que ella lo espera allá abajo, en las profundidades, y que pronto la seguirá para reunirse con ella eternamente. Una idea con la que juguetea de manera inconsciente, que afluye a su pensamiento sin necesidad de ser convocada, al fin y al cabo la religión forma parte de la cultura que ha mamado y que deja en cada cual una impronta tan indeleble como la misma herencia genética.

nieveNieva. Un frío cortante golpea las mejillas y veo cómo los copos se arremolinan al capricho de un viento coscorrón, suben, bajan, hacen giros de equilibrista y finalmente caen barriendo el suelo. Los árboles y los tejados parecen desvaírse detrás de la cortina de copos. Hacia el oeste, las luces recién encendidas se pierden detrás de un horizonte próximo que lo cubre todo como si fuera papel vegetal. Más allá no hay nada, sólo una masa de color panza de burro.

Los niños ríen y gritan en la nieve con gélida alegría, bailan sus cuerpos menudos al compás de los copos. Las manos con vocación de esfera lanzan proyectiles y se desfogan de un lustro sin nieve.

Mañana vendrá el rechinar de dientes, los atascos monumentales, las placas de hielo, los coches en las cunetas, el agobio y la prisa, mañana, pero esta tarde nieva, nieva, nieva como en los campos de mi infancia.

Los primeros amores, ya se sabe, suelen ser caprichosos, fijativos, y tener una trascendencia en la conciencia y en el tiempo mucho mayores de lo que reconocemos.

Un día, cuando subíamos a casa de mi amigo Míchel, me dijo que su madre estaba enferma, que no debíamos hacer mucho ruido. A mí me dio un poco de reparo acompañarlo, ser una molestia. Pero él le restó importancia: es sólo que no hay que hacer mucho ruido, repitió.

La casa de Míchel siempre estaba en una penumbra venerable, pero aquella tarde había más oscuridad de lo normal. Apenas se oían ruidos: sus hermanos pequeños debían estar todos en alguna habitación, recogidos, o jugando en la calle. Aquel ambiente me imponía respeto y me daban ganas de marcharme, pero no lo hice. (more…)

virgen del carmen2El año que llegué a Madrid mi padre me matriculó en el colegio Virgen del Carmen, que pertenecía a la Armada española. Aquel año hice cuarto de bachillerato, del antiguo, el que había antes de la egebé y por supuesto de la ESO. El colegio estaba muy cerca de mi casa, a unos minutos de paseo por la avenida, y era, por fuera, un edificio grande de piedra gris, con multitud de ventanas en las fachadas, con tejados oscuros y una entrada austera e impresionante frente a la cual, en lo que fuera el mástil de algún navío, ondeaba una enorme bandera española. Por dentro era muy amplio, con tres plantas, y las aulas se abrían a un patio de luz interior donde, sin embargo, no se podía estar. Alrededor, había varios patios encementados con canchas para jugar al fútbol, al baloncesto, al tenis y al frontón. Por detrás limitaba con las instalaciones de otras dependencias de la marina, ocupando todo ello, en su conjunto, un espacio enorme. Me recordaba a una escuela que había visto en una película británica donde los alumnos vestían elegantes uniformes y los profesores parecían severos pero tenían, en el fondo, buen corazón. Pronto supe que las apariencias engañaban. (more…)

Javier Segura es uno de los difuntos más queridos de Alejandra, uno de los que con más insistencia pugnan por hacerse presente en su pensamiento, aunque no hubiese tenido con él, en vida, más que un contacto ocasional. Pero la atormenta la intervención  que tuvo en su muerte; indirecta y fortuita, ciertamente, pero lo que hizo y dijo aquel fatídico día fue, sin duda, un hilo más en la telaraña con que lo atrapó la fatalidad. (more…)

Mi amigo Míchel era un poco cleptómano. Le gustaba ir a los supermercados del barrio a robar algunas cosas, menudencias, y me incitaba para que lo acompañara. A mí esas aventuras no me gustaban nada, lo pasaba mal pensando que nos iban a coger, pero para no ser menos que él casi siempre terminaba por claudicar y lo acompañaba. Nuestra táctica era coger una canasta, ir poniendo en ella las cosas que pensábamos llevarnos y, en un punto desenfilado de miradas clientes o empleados, meterlas en los bolsillos. Para disimular, pasábamos por caja pagando una bagatela. La mayoría de las cosas que robábamos eran de comer: galletas, chocolate, zumos, caramelos, pero también caían cualesquiera otros productos que nos llamaran la atención, siempre que fueran pequeños. La única vez que rompimos esa regla, nos pillaron. Quisimos llevarnos unos juegos reunidos Geiper, los que anunciaban por la tele, pero la caja era muy aparatosa y no había forma de salir sin llamar la atención. Así que se nos ocurrió desvalijarla: los cubiletes, los dados, las fichas y tarjetas los guardamos en los bolsillos, y los tableros de cartón los escondimos entre la ropa y el cuerpo. Para disimular, al pasar por caja pagamos una bolsa de pipas grande, de las que costaban un duro. Pero fuera nos estaban esperando cuatro o cinco chicos que trabajaban de mozos en el establecimiento. (more…)

–Ya era como a la oración y no se veía tan claro, quizá por eso es que no me fijé cuando saltó un baboso armado y platicando tonteras, que si ustedes son unos tal por cual hijos de la chingada, y dejó ir dos que tres balazos que el último fue a pegarme justo entre los pies y me dejó pálido del susto, que si más se hubiera desviado una pulgada no lo cuento. Y de ahí se fue para donde don Beto, el candidato, que no había tenido tiempo de abrir la boca ni decir buenas tardes. Lo estaba encañonando directo, así como iba, y don Beto se hizo para un lado, queriendo protegerse detrás del poste, sin sofocarse, que algo me apantalló, pero el caso es que allí le hubiera dado matacán, que aquel hombre, aunque estaba bebido y se le aguadeaban las piernas, traía claras la intenciones y no le hubiera fallado tan de cerca. Como a cinco metros estaba ya cuando le salté delante con la treinta y ocho, cortándole el paso, y quedamos frente a frente, apuntándonos al pecho y mirándonos a los ojos, ¿no fue así Loncho?
–Igualito a las películas del oeste, Maclovio.
–Yo le echaba un restito de valor para mantener el tipo, pero estaba afligido, y peor cuando vi que muchos otros habían sacado también pistolas y desenvainado machetes sin que se atinara quién era amigo o enemigo. Y la gente agachada entre los bancos, buscando cómo esconderse. A saber qué hubiera pasado si en aquel momento no grita la mujer, fueron unos gritos rechinados que molestaban los oídos como una sierra cortando piedras: mi hijo, gritaba, me lo han matado, cabrones, pleitistas, el diablo se los lleve. Eso nos valió a todos porque el baboso se volteó hacia la mujer y yo me le eché encima y lo desarmé: por Dios, si no grita la señora a saber cuántos muertos no hubieran habido.
– Seguro, Maclovio, tremenda balacera la que se hubiera desatado.
– Y allí estaba el muchacho, botado en el suelo, encharcado en sangre.

El sol del mediodía azotaba con rabia el asfalto, las chapas de los vehículos, los puestos de comida y a toda una humanidad atareada que cruzaba y entrecruzaba sus caminos en el abigarrado corazón de San Salvador. A esa ingrata hora, Armides Argueta consiguió, a fuerza de empujones, bajarse del atestado microbús, cruzó la Avenida Peñalta por el paso elevado y entró en la terminal de Oriente. Era un hombre maduro, con una ma­durez sanguínea estancada desde hacía años en la cuarentena y por la que parecía no pasar el tiempo. Tenía el cuerpo macizo, las manos fuertes, el rostro moreno y el pelo negro y espeso. (more…)

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