Textos breves


Armides había tenido una pesadilla truculenta que le destempló el ánimo. Tenía con frecuencia sueños extraños y premonitorios en los que creía con una ingenuidad impropia en un hombre como él; los analizaba y trataba de encontrarles un significado, incluso se leyó un librito que cayó en sus manos sobre el significado de los sueños. En él aprendió que el agua es señal de abundancia y que los zopilotes traen siempre una advertencia, que los sueños dependen de la fase de la luna y de la estación del año, del estado de salud y hasta de lo que se haya comido. Aquella madrugada había soñado que era un chamaquito y estaba llorando en el piso, desnudo, en la casa donde había nacido, al pie de la escalera que conducía al tapexco. Quería subir por ella para alcanzar el saco del azúcar pero un animal horrible, parecido a un coyote, agazapado en uno de los peldaños se lo impedía y él temblaba de miedo y llamaba a gritos a su madre para que lo espantase. Mientras se bebía el café, Santos le estuvo dando vueltas al sueño: la escalera simbolizaba a la vida, se decía, eso estaba claro, y el animal que le cerraba el paso encarnaba un peligro; ¿pero cuál?

Llegaron a La Esperanza al caer la noche. Noé y el gringo. Aquí dormiremos, dijo Noé, deteniendo el carro delante del hospedaje, en una calle medianamente iluminada, de tierra, como la mayoría delas calles del pueblo, excepto un par de ellas en el centro, que tenían adoquines. Se trataba de un corralón enorme con cuartos en los cuatro costados. El baño era un planchón de cemento que había tras un murete, con unas pilas llenas de agua para que la gente se bañase a guacaladas. La letrina, una cabinita minúscula con una taza de cemento y una fosa. En el corral había algunas caballerías apersogadas y el olor a estiércol era fuerte. Les dieron un cuarto con dos catres. Dejaron las cosas en él y lo cerraron con un candadito. En la parte de delante estaba el comedor. Aquí se come bien, dijo Noé. Él pidió comida local y el gringo apostó por el pollo con arroz. Se lo sirvieron en platos de plástico. Para beber Noé pidió fresco de morro. ¿De qué?, preguntó el gringo. De morro. Tenía aspecto de horchata y un sabor a leche con cacao. Apenas les llevaron dos lempiras por la cena. Al terminar, Noé propuso dar un vueltín: ¿le parece? Claro.

Así que salieron a conocer la vida nocturna de La Esperanza. Después de la lluvia se había levantado una neblina ligera que sacaba halo a las farolas y desdibujaba los contornos de las cosas. Recorrieron unas cuadras y al cabo de un rato entraron en un local amplio. Mesas de madera. No muchos parroquianos. No mucha luz. Al fondo había una máquina muy antigua, una rocola de esas que funcionan con discos de vinilo. La gente se acercaba, echaba una moneda y marcaba sus canciones. Sonaron varias rancheras que coreaban en las mesas. Pidieron un par de cervezas. Platicaron. Otras dos, y luego otro par. Con la cerveza Noé perdió su reserva y se le soltó la lengua. Le contó cosas de su vida y el otro también le contaba algunas de la suya. (más…)

Entre trago y charla se iba deslizando la noche. Hablaban de mujeres, de zumbas y pillerías, y de corazones heridos. De pronto, se agotaron los temas y se hizo el silencio. El Chele Mauricio clavaba la mirada en uno de los farolitos amarillos que alumbraban el corredor, donde se estrellaban los escarabajos que había sacado la lluvia; Tito Alfaro daba unas chupadas de un puro recién liado y dejaba salir el humo con pereza, retorciéndose en el aire de la noche; y Mincho Uribe se mojaba los labios en el trago. Les voy a contar una pasada, cheros, dijo Tito Alfaro, que era el más entero de los tres:

El otro día, a buena mañana, viajamos Santos y yo a San Vicente para cerrar el trato con la orquesta que iba a amenizar su boda. El mánager del conjunto nos invitó a unos tragos para sellar el acuerdo y ahí nos demoramos un rato, que no serían menos de las doce cuando por fin nos dejó marchar. Camino de la terminal de buses si más nos atropella el camioncito de don Chungo Bejarano, el del Minisúper Marita, que viaja todos los viernes para reponer mercancías. Yo tuve que darme una devanada para esquivarlo y lo estuve puteando hasta que me di cuenta de quién era. A la puta, don, póngale cuidado a lo que hace, le dije, pero don Chungo no se ofendió y nos ofreció aventón para Sensunte: yo los llevo, súbanse.  (más…)

Allí estabas, en sus brazos. Dios, después de tanto amor como tuvimos, después de todo lo que pasamos. ¿Sabes que te quiero, amor mío, hasta en este trance postrero? ¿No sientes cómo te abrazo, cómo late mi corazón en este mismo instante? Pero no me contestas. La buscas a ella. Tus ojos apagados miran más allá de mí, más allá de la luz y de las sombras, a una oscuridad más tenebrosa. Ella viste de azul, nuevamente de azul, pero un azul glacial. Sus manos heladas agarran tu cuerpo y sus ojos vacíos me observan en silencio; y te lleva, tenaz. Esta vez te arrastra consigo, la pálida señora, aunque yo te aferre con todas mis fuerzas. Te lleva, te lleva.

Este Marcos Agras era originario de Fene, un pueblo asentado en la ría de Ferrol, en Galicia. Pese a la mucha intemperie que aguantaban los marineros y lo muy curtida que tenían la piel, no pasaba la suya de tomar una color dorada tirando a rojiza, propia de la gente del norte, su cabello era entre rubio y castaño, según lo quemado que estuviera por el sol, y los ojos de un azul muy claro, como lavados con agua fuerte. Tenía la cabeza grande, con buenas entradas a cada lado, los hombros estrechos y los brazos, largos y sarmentosos, remataban en unas manos que parecían garras por lo fuertes y nervudas que se veían.

Hablaba nuestra lengua apenas sin acento por ser hombre, según me dijo, de noble cuna y mucho mundo. Había estado viviendo un tiempo en tierra de ingleses, adonde había ido en busca de su padre, Pedro o Píter Agras, de Bournemouth, naufragado en las costas gallegas en tiempos del emperador Carlos quinto. Píter fue recogido moribundo por unos pescadores en la playa de Perlío y llevado al pazo de Echevarría, el más cercano, donde vivía una familia tan sobrada de hidalguía como desprovista de talega. Allí curaron sus heridas y lo cuidaron, allí casó con Cipriana Echevarría, y vivió unos años de paz y armonía hasta que dio en largarse tan repentinamente como había aparecido. (más…)

Aquel curso me había tocado don Nicasio de profesor de religión, el mismo que oficiaba las misas de los viernes, a las que era obligatorio asistir. Como vestía siempre sotana y era rechoncho, tripón y narigudo, le habíamos puesto de mote Garbancito. Andaba el padre por la cincuentena y no necesitaba gastar energías en mantener la tonsura, que ya se cuidaba de ello la naturaleza.
Garbancito tenía un olfato fino para las tentaciones del deseo y los pecados de la carne, a los que seguía la pista con una tenacidad de sabueso. El incipiente bigote y el cuerpo en desarrollo eran, para él, claras señas de culpa, un libro abierto en el que leía el pecado de Onán marcado con letras de fuego. Le gustaba confesar a cara descubierta, sin tanta privacidad ni tanta tontería, sentados frente a frente, en la intimidad de la sacristía, penitente y confesor. Escuchaba la sarta de pecadillos encadenados, que extraíamos de nuestro interior como ristra de pañuelos que un mago saca de la boca, deslizando maquinalmente sus dedos regordetes por las negras cuentas del rosario, abstraído, a la espera de que terminásemos la pueril enumeración.
Al final de la dura tarea, cuando buscábamos por los recovecos de la conciencia algún pecado que se nos hubiera quedado rezagado, asomaba a sus ojos una chispa de la misma llama purificadora que debió animar a los inquisidores de antaño, y su rostro distendido cobraba súbita vida, lucidez. Con un gesto de la mano, que venía a significar dejémonos de menudeces, daba inicio la verdadera confesión: a ver, a ver, y tú ¿cuántas veces te masturbas?, ¿te tocas tus partes pudendas?, a ver, explícame, ¿te acercas a las chicas?, ¿juegas con el órgano?, penetrando de aquella forma la coraza de nuestra intimidad. Después de la faena, magnánimo con el pecador, imponía la leve penitencia: reza tres padrenuestros y un avemaría.

El avión de Tan Sahsa descendió al hoyo que contenía a la ciudad en acrobáticas espirales, sobrevoló tejados, cruzó sobre la autopista y aterrizó en el aeropuerto internacional de Tegucigalpa, situado en un pequeño cerro en el centro del valle, deteniéndose bien entradas las líneas amarillas que señalan el final de la pista. Al girar el avión para dirigirse a la terminal, el hombre vio por la ventanilla, sorprendido, el barranco donde terminaba el asfalto. No había más de cien metros hasta las primeras chabolas que asomaban por el borde, con sus plátanos en los huertos. El crepúsculo avanzaba deprisa sobre la ciudad, templado, tropical, con una ligera brisa que agitaba la ropa de los pasajeros. Primero la migración, una cola estática, única, para los extranjeros, que no avanzaba. Estaba cansado después de un viaje agotador, veinte, veintidós horas, quizá más, lleno de escalas: Santo Domingo, Panamá, en el dutty free la gente aprovechaba para comprar licores, tabaco, todo en dólares, en Guatemala una escala interminable en la mínima zona de tránsito, ocho o nueve horas, tirado en los pasillos, en los bancos, la única distracción era una azafata que ofrecía gratuitamente tazas de café de la tierra. Por fin el mostrador donde estampan un sello grande y muy folclórico, en una página indeterminada del pasaporte, y ya a bolígrafo, el funcionario escribe un quince sobre el sello, quince días, y lo rodea con un círculo.aeropuerto Tegus

Espera el equipaje, que está completo, gracias a dios, que no es poco en un vuelo tan largo, otros no han tenido tanta suerte y buscan desesperados un mostrador donde reclamar. En la aduana le registran hasta el último calcetín, no hay nada. El policía moreno, costeño, sufre una pequeña decepción, su compañero de la otra mesa tiene más suerte y encuentra algunos artículos susceptibles de prohibición. Cuando sale del aeropuerto ya es de noche, la sala de espera está casi vacía pero afuera hay una legión voraz que ha esperado pacientemente al último vuelo de una pista que no tiene luces. Le ofrecen cambiar dólares, transporte, cargar su equipaje, comida, gaseosas, más cambio, lempiras a dos cincuenta. Se sentía perdido, embotado, demasiados estímulos en un instante. Entonces advierte el papel con su nombre escrito, don Gerardo Martínez, sólo un folio, por eso ha tardado un rato en verlo. (más…)

bloques9-1bisRecuerdo bien el día que llegué a Madrid, hace ya muchos años. Aunque la fecha concreta la he olvidado, debió ser en los primeros días de septiembre porque el colegio no tardó mucho en empezar. Llegamos a media noche, en el coche viejo y escaso de potencia de mi padre, después de un viaje tan largo como emocionante desde el pueblo. Madrid le hizo dar a mi padre, provinciano poco habituado al volante, vueltas y más vueltas hasta encontrar la dirección correcta. Después de la emoción inicial de estar entrando en Madrid y de ver que la ciudad por la noche era, al fin y al cabo y habida cuenta de que no pasamos por el centro, igual que las demás, nos quedamos dormidos los hermanos, pequeños y mayores, y no despertamos hasta que el coche se detuvo frente a la mole de un edificio de pisos en el barrio donde habríamos de vivir. A juzgar por el tiempo que tardamos en cruzar la ciudad, nuestra futura casa debía estar en los arrabales más remotos de Madrid. Cuando por fin se detuvo el coche, todos estábamos adormilados, con más ganas de acostarnos y seguir durmiendo que de conocer o descubrir nuestra nueva residencia. Así que la primera impresión que nos causó el lugar no la considero válida, transida por una somnolencia que agigantaba las moles de los edificios, distorsionaba las distancias y menguaba las lucernas de los portales. Al día siguiente, cuando nos despertamos, ya estaba el camión de la mudanza en la puerta, descargando muebles, cajas y cachivaches que los mozos iban dejando en el vestíbulo de la casa y mis padres desempaquetaban y colocaban en sus sitios correspondientes. Antes de ponernos a ayudarlos, nos dio tiempo de ver desde la ventana del comedor unos bloques bajos de color arena sucia que rodeaban un parque central. Lo que más me llamó la atención fueron los tejados de pizarra gris, como en las películas sobre la nieve. Poco a poco se fueron llenando las habitaciones y pasillos y se fueron ordenando hasta dejar la casa muy parecida a la anterior que habíamos habitado. (más…)

El hombre que repartió las tortillas tenía dos galones triangulares en la manga. Después de repartirlas y comerlas tranquilamente, por primera vez reparó en la familia y se acercó a ella. Se dirigió a la madre y las preguntas no se hicieron esperar, ásperas y peligrosas: que si dónde está su marido, que si su marido es un revoltoso, que si ustedes también lo son, que si las tortillas para quiénes eran, que si dónde guardan las armas.
Los labios de la mujer se movieron para formar unas frases, en voz baja y neutra, pero con una firmeza que la sorprendió a ella misma.
–Mi marido no está, salió a traer unas reses y no volverá en dos días.
El hombre de los dos galones no se conformó con la respuesta; al contrario, la impasibilidad de la mujer despertó su ira, sabiamente alimentada durante meses y años de especializada instrucción.
– Sabemos bien que tu marido anda por ahí, encharralado en la montaña -le dijo-, y si regresa lo vamos a agarrar y la va a pagar bien pagada. Y si no, la van a pagar ustedes.
Y desenfundó de su cintura un enorme yatagán que clavó varias veces sobre la mesa de madera basta, pulimentada por el uso, donde hacía apenas una hora había estado comiendo la familia.
– Este cuchillo ha comido carne guerrillera –continuó-, le ha gustado y está hambriento de más. Igual le da que sea de hombre o de mujer, y si es de niño mejor, que estará más tiernecita.
Alzó el yatagán y se lo acercó, moviéndolo con parsimonia delante de la mujer y de los hijos, cuyos ojos observaban con ese asombro con que sólo es capaz de mirar un niño, como ante la primera tormenta, el primer camión, el primer caballo, con caras que eran todo ojos, con cuerpos que eran todo mirada.
– Vamos a registrar la casa, doña, para ver qué escondés en ella, porque vos sos una guerrillera y en estos tus chigüines está sembrada la semilla de la subversión. (más…)

Llegaron a media tarde, después del almuerzo, cuando ya estaban lavados los trastes, recogida la mesa y apenas si quedaban unas brasas mortecinas en el comal; eran muchos, muchos, más de cien. Entraron por el portón que da al camino bajo y se disgregaron por todo el huerto, dejaron sus mochilas en el suelo, en cualquier puesto: debajo de los aguacates, entre el cafetal, junto a los mangos, bajo unas matas de huerta, parapetados en el cerco de piedra.

Desde el corredor, la familia asistió a la invasión sistemática de la propiedad. Estaban puestos en fila: la madre, que tenía en sus brazos al más pequeño, y la hija mayor, que les daba las manos a sus dos hermanos menores, y los miraban en silencio, estáticos, observando y sintiéndose observados. Por fin, un grupo como de diez soldados se acercó a la casa y entró en el corredor. Pasaron junto a ellos sin un saludo, sin una explicación, como si fueran figuras de barro, se despojaron de sus mochilas y pertrechos y los dejaron en el suelo.

La tarde era calurosa y se agradecían las sombras. Vestían trajes y gorras de camuflaje, botas negras con parches de tela verde, una gran mochila a la espalda, que tiraba de ella hacia atrás y la dejaba anormalmente recta, y un fusil en bandolera, con la boquilla apuntando hacia adelante. Un soldado alzó el fusil con un solo brazo y disparó una ráfaga, dos, varios camaradas corearon los disparos con gritos y aullidos. Las descargas mordían el silencio de la tarde, hacían temblar el suelo como pequeñas sacudidas sísmicas. El niño de pecho rompió a llorar y la madre lo meció suavemente hasta que se calmó.

Los rostros de los soldados estaban curtidos y desfigurados por las pinturas de camuflaje. Los ojos miraban con dureza y encono, o simplemente evitaban mirar. Se movían por el corredor con confianza y soltura, ignorando por completo a la familia, filtrando su presencia: destaparon el cántaro de barro que había sobre la mesa, metieron el huacal y bebieron, bebió uno, le ofreció al camarada, al otro camarada, se acercaron al comal, todavía caliente, a cuyo costado había una manta con tortillas, revolvieron el ella y agarraron un buen rimero, de una bolsita de plástico sacaron unos puñados de sal y los extendieron encima de las tortillas, sin una palabra de cortesía, sin un ademán de permiso.

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