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Archive for the ‘Producción literaria’ Category

Se llamaba Chabelo. Quizá no le suene el nombre, señor letrado, ya se ve que es usted de fuera, una persona refinada, y no lo imagino entre sus amistades, que las tenía, y muchas, pues era un hombre popular. Pocos habrá en Santa Bárbara que no lo hayan conocido, y no siempre por cosas buenas, todo sea dicho. Chabelo era el seudónimo que le trabaron durante la guerra y, ahora que ha llegado la paz, la gente ha seguido llamándolo así, que su nombre verdadero, el de bautizo, nunca lo dijo; tampoco es que importe mucho, ¿verdad?, eso no va a cambiar las cosas. (más…)

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Amado

Por aquel entonces ya vivíamos en Madrid y a la pandilla que teníamos se sumaban, de vez en cuando, algunos chicos de fuera del barrio: aparecían de repente, generalmente de la mano de uno de nosotros, se integraban durante una temporada y desaparecían sin previo aviso.

El caso más raro fue el de Amado. Llegó al barrio una mañana de primavera, quizá en Semana Santa, porque recuerdo que eran días de vacaciones. Lo descubrimos rondando por el parquecito y se lo presentamos a los demás, que estaban haciendo los equipos para un campeonato de minifútbol. Era un poco mayor que nosotros y se veía que andaba errante, huyendo de algo, quizá de sus padres, quizá de la policía. Vestía con un estilo muy macarra: botas camperas, pantalones de campana, camisa con cuello de pico y cazadora de cuero, todo ello muy ajado. Llevaba el pelo largo y sucio y tenía la cara llena de espinillas.

En el bolsillo de la cazadora guardaba una enorme navaja de siete seguros, de esas que hacen rac, rac, rac cuando se abren. Nos la enseñó a los que quisimos verla y nos hizo demostraciones de cómo se abría, de lo cortante que era su filo, que sajaba las hojas sólo con la fuerza de su peso, y de cómo debía manejarse al atacar a otro o al defenderse, dándonos así a entender la clase de chaval que teníamos enfrente. Un detalle que nos llamó la atención a todos, aunque el primero en advertirlo fue Pacote, el más salido de la pandilla, es que andaba permanentemente empalmado, como si llevara otra navaja guardada en el bolsillo del pantalón, que además, como era tan ajustado, no le permitía disimularlo, ni tampoco él parecía darse cuenta del asunto. (más…)

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Un día como hoy, hace veinticinco años, tú y yo nos fuimos a vivir juntos.

los dos

Tú y yo

Te había conocido una tarde, meses atrás, en una asamblea que hubo frente a la tarima del campamento cinco. El sol caía hacia poniente y el norte levantaba nubecillas de polvo. De pronto, levanté la vista y allí estabas tú, al fondo y un poco a contraluz. Llevabas zapatillas blancas, calcetines amarillos y un vestido verde manzana que el viento pegaba a tu cuerpo y te marcaba las formas. Tenías el pelo largo, muy negro, recogido con dos prendedores y tus ojos oscuros me dirigieron una mirada que tuvo algo de de contacto físico, como un golpe o, al menos, una sacudida. Pero cuando logré reponerme de la impresión, habías desaparecido.

Tú

Estuve varias semanas indagando discretamente por “la chica del traje verde manzana”, hasta que te localicé: se llama fulana, me dijeron, vive por allá y quiere aprender inglés. Para poder acercarme a ti, le propuse al comité de educación encargarme de dar las clases de inglés en la escuela nocturna, aunque apenas supiera pronunciar más que hello y goodbye. Así que nos conocimos oficialmente en el aula donde, dos veces por semana, se impartían las clases. Aquella aula se llenaba de zancudos y se oían más las palmadas con que los matábamos que mis torpes lecciones. Pero así es el amor, que no entiende de idiomas, ni de bichos.

Yo

Yo

Días antes de irnos a vivir juntos, me había acercado a tu champa para explicarles a tus padres la situación. Cuando llegué serían como las ocho de la noche. En el corredor no había más luz que la daba un pequeño candil de petróleo colocado sobre la mesa y cuya llama oscilaba con la brisa, con el movimiento de los cuerpos, con la respiración. Al suegro, sentado junto al candil, lo veía claramente, pero tú y tu madre os habíais sentado al fondo del corredor, en una penumbra cómplice, y vuestras siluetas se percibían como bultos imprecisos de donde, de vez en cuando, me llegaban algunos susurros. Sentado a la mesa, abandonado de mi principal aliada, me puse a hablar con el suegro del asunto. El suegro, mientras tanto, se dedicaba a escarbar la tierra del suelo con la punta del corvo, a asentir o a callar. Entre frase y frase se producían incómodos silencios, por lo general prolongados, hasta el silencio definitivo con el que yo entendí que nos habíamos puesto de acuerdo.

Los suegros

Los suegros

Así que, una vez resuelto el asunto, cogiste la mochilita donde llevabas casi todo tu ajuar y nos fuimos de la champa de tus padres con idea de empezar una nueva vida juntos. Traidora, te dije al nomás alejarnos; te lo dije porque me habías prometido estar a mi lado mientras hablaba con tu padre, pero no lo cumpliste. Me respondiste que tu madre no paraba de hablar y que, por eso, no habías podido acompañarme, y luego te reíste.  No solo traidora, pensé, sino también mentirosa. Era noche cerrada cuando cruzamos el campamento cinco, entre las aulas de la escuelita y la escuela técnica, porque te daba vergüenza que te vieran conmigo. La calle estaba muy estropeada por las lluvias de los últimos días, con muchas zanjas y agujeros, y debíamos andar con cuidado para no resbalar o torcernos un tobillo. Después pasamos por el estrecho callejón del campamento cuatro, que estaba solitario y silencioso, y por fin llegamos al campamento tres, enfrente del centro de nutrición, donde estaba mi champa.

Entrada principal

Entrada principal

Mi lujosa champa constaba de dos estancias: el salón y el dormitorio. Estaba construida como todas las del campamento, con paredes de tabla y techo de lámina, pero, a diferencia de la mayoría, tenía el interior recubierto con tela de saco y el suelo encementado. Contaba, además, con una lámpara Coleman y una buena provisión de velas.

Salón comedor

Salón comedor

Y allí, en aquella coqueta champita, situada en el extremo oeste del campamento, junto a uno de los barrancos que lo limitaban, tan al extremo que era paso frecuente de los coyotes que recorrían las mesas, vivimos felices y comimos perdices, o más bien nos hartamos los elotes de la milpa que había cultivado. Se pasó el invierno, coseché la milpa, se vino el verano, llegaron las navidades (las mejores, las más tristes de mi vida), se acabó el año y las circunstancias de aquellos días inciertos nos separaron.

Pero volvimos a reunirnos meses después, por una curiosa carambola, en la frontera de El Poy. Yo me había sumado, a última hora, a la comitiva que iba a recibir a una caravana de repatriados en la que, sin yo saberlo, viajabas tú, embarazada de unos meses. Me subí al autobús de los repatriados, me senté a tu lado, te acaricié la pancita, o más bien panzota, y seguí con la caravana y contigo hasta el guatal caliente donde se asentaría la gente.

Caravana llegando a El Poy

Caravana llegando a El Poy

Nació la niña, a la que paseamos por muchas colonias, comunidades y ciudades: Ita Maura, la Escalón, Las Lomas, Loma Linda, la Zacamil, Santa Marta y, por fin, Sensunte, donde nació la otra: ya éramos una familia de cuatro.

La familia

La familia

El tiempo allá llegó a su término y nos vinimos acá con una mano delante y otra detrás; o dicho de otra manera, con lo que cabía en un cofre verde que nos dejaron embarcar de puro milagro. Aquí sentamos la cabeza, pusimos casa, crecieron y estudiaron las niñas, a veces tus hijas, a veces las mías, otras veces de los dos, según el humor y la ocasión, y nos dejamos tres lustros largos de vida.

Hasta este día, y este mes, en el que los sucesos, a semejanza de los astros, se han confabulado en una curiosa alineación: una hija terminó su carrera, la otra su bachillerato y nosotros cumplimos nuestras bodas de plata y volvemos a quedarnos solos, como empezamos hace veinticinco años.

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El vórtice

Al  marinero Damián Ortiz, el Tuerto, el dolor de cabeza le provocaba unas alucinaciones que no podía callar y que enlazaba en un relato inconexo y sin sentido. Alucinaciones, pero no delirio, ya que su voz era pausada y tranquila, mantenía abierto su único ojo y sólo se callaba cuando dormía. Lo trastornado era el hilo de su platica, la concatenación desordenada, revoltosa y mutilada de acontecimientos, leyendas, nombres, anécdotas e historias, todas ellas referidas a la mar, pues no debía haber en su pasado más vida que los barcos, y todas ellas terribles y truculentas, narradas con voz ronca y grave .

Entre todas, una se me quedó grabada en la memoria. Contó el Tuerto de un viaje que había hecho a los mares más septentrionales, no sé si persiguiendo a ballenas narvales o a algún otro tipo de leviatanes porque, como ya he dicho, el marinero mezclaba y confundía los sucesos unos con otros. Para atrapar lo que quiera que estuvieran cazando, todos los días se arriaban del barco varios esquifes que, una vez en el agua, se desplegaban en abanico y se alejaban para faenar, como ovejas paciendo bajo la atenta mirada del pastor; y, al terminar la jornada, regresaban junto al navío y eran izados a bordo. Aquellos esquifes iban tripulados en su mayoría por hombres del norte, altos, de ojos azules y cabellos rubios, que al parecer eran muy duchos en el manejo de los arpones.

 

Un día amaneció la mar cubierta de una bruma tan cerrada que algunos de los arponeros se negaron a salir, pero el capitán, que según entendí debía ser más fiero que todas las furias del océano desatadas, a golpe de rebenque los obligó a hacerse a la mar y pronto se perdieron de vista. El barco navegó a ciegas varias horas, con apenas el velacho desplegado, dirigiéndose hacia donde se suponía que faenaban las barcas; mas cuando por fin se levantó la niebla no se veía ninguna de ellas en toda la amplitud del océano. Rectificó el capitán el rumbo y, por aquellas aguas tan calmas como frías, recorrieron varias leguas sin que alcanzasen a ver ninguno de los esquifes, hasta que al doblar el cabo de una península muy alargada, se encontraron con un aterrador espectáculo.

Jamás, en todos sus años de marear los océanos, contaba el Tuerto, había conocido nada semejante: como a cinco cables por la amura de estribor, un enorme remolino del tamaño de diez navíos agitaba las aguas y las hacía removerse sobre sí mismas en un torbellino enloquecido. El límite de aquella sima lo marcaba un cerco de espuma rabiosa, como la que produce el restallar del oleaje contra el arrecife, y hacía rebullir las aguas, y saltar y agitarse con la efervescencia de una caldera. Y en su interior, el torbellino giraba con ímpetu imparable, removiendo las aguas de un color verde oscuro, más oscuro y siniestro cuanto más descendían por el ominoso embudo hasta el vórtice final.

−El mundo se acababa allí –sentenció Damián Ortiz−, pues todo lo que entraba en el monstruoso remolino y llegaba hasta su vórtice, era engullido hacia dentro con un eructo siniestro, para ser llevado ante el mismísimo Satanás.

El caso es que al día siguiente, pretendiendo burlarme de el Tuerto, comenté la anécdota con el piloto de la nao y, para mi sorpresa, me aseguró que los tales remolinos existen, que son producidos por las corrientes y el reflujo de las mareas y que el cartógrafo Mercator había situado uno de ellos en sus cartas.

 

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El elenco de profesores con que me encontré a lo largo de mis años de estudios en el “Virgen del Mar” no tenía desperdicio. La mayoría eran hombres mayores, oficiales en la reserva que, rondando la jubilación, habían encontrado una manera de sacarse un sobresueldo, o civiles que habían hecho carrera en el colegio y dado clases a los padres de mis compañeros. De todos ellos, el más que me sorprendió el primer año fue el de matemáticas, el Tuerto. Le habían puesto ese mote porque era, efectivamente, tuerto. Tenía un ojo de vidrio en sustitución del que perdió. Este profesor tenía la costumbre de dejarnos solos durante las clases mientras él se iba a la cafetería a echarse unos chatos con otros compañeros. Pero para que no se desmandase el grupo, dejaba el ojo de vidrio encima de la mesa y nos decía a todos que él, es decir, el ojo, vigilaba en su ausencia. El primer día que lo hizo lo tomamos todos a broma y se armó un escándalo de mil diablos. Hasta se pusieron dos a jugar con el ojo y pasárselo de uno a otro.

Al regresar el Tuerto, estábamos aún alborotados. Con mucha calma entró en el aula, esperó a que nos calmáramos y sentáramos, recogió el ojo de vidrio, limpiándolo con mucho cariño: le echaba vaho y lo frotaba con un pañuelo antes de introducirlo en la cuenca vacía. Entonces pareció como si una visión lo poseyera: nos miró a todos con fijeza y empezó a nombrar a los más alborotadores, sin equivocarse en ninguno. Los llamó a la pizarra y les dio a cada uno un reglazo en las puntas de los dedos puestas en piñón. Dejó para el final a los dos que habían estado jugando con el ojo de vidrio, a los que recetó un castigo ejemplar: los cogió por el cuello e hizo entrechocar sendas cabezas varias veces, con golpes sordos que hasta a mí me dolieron. A partir de aquel día, todos creímos a pies juntillas que el ojo del Tuerto veía por él. Incluso llegó a marcharse en alguna ocasión durante un examen dejando a su “compañero” que hiciera la vigilancia y no había quien se atreviera a copiar. Ni siquiera el Canario. Sin embargo, la táctica del Tuerto tuvo un trágico final.

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Premio UnicajaVas escribiendo los textos día a día, tus cuentos, tus novelas, tus anécdotas, lo mejor que sabes, o que puedes, porque la inspiración es caprichosa y tiene sus momentos, los enseñas a tus íntimos, a tus críticos habituales, recoges impresiones, vuelves sobre ellos y cuando los crees preparados los presentas en sociedad, es decir, los envías a algún certamen porque a las editoriales hay que tomárselas, como al jarabe amargo, a cucharaditas. Tienen aquellos, los certámenes literarios, sus particularidades y son, como si dijéramos, de naturaleza sideral dado que se mueven en órbitas estacionarias alrededor del sol, con fechas fijas de presentación, selección (algunos) y fallo, y también poseen cualidades cuánticas puesto que, al ser discontinuos, no fluyen uniformemente.

Y pasan los días, y nada. Los meses, las estaciones, y tampoco. Si será que no son buenos, te preguntas, que les falta algo, que les sobra mucho, mientras continúas con tus escritos, puliendo los antiguos en el banco de carpintero, perpetrando otros nuevos, inventando, proyectando, con la oreja abierta y la atención tendida, como una telaraña, por si cae una idea redentora. Y de repente, oh, cielos, lo nunca visto, ni siquiera imaginado, tienes una buena racha y enhebras varios premios generosos, filantrópicos. ¿Te alegras? Sí claro, mucho, aunque piensas si no habrá sido la suerte, y aún más, te preguntas, conociendo sus veleidades, cuántos años de sequía seguirán a esta buena racha. Pero aparcas estas ideas y brindas, con Horacio, por el momento, ¡Carpe diem!, que al fin y al cabo has hecho lo que has podido y la fortuna, como dijo Quevedo, lo que ha querido. Y mañana será otro día.

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Cuando llegué a Santa Bárbara Lenca para hacerme cargo de la delegación de policía sentí como si me hubiesen desterrado al confín de la tierra, tan remoto y rural me pareció el lugar, arrinconado en la frontera norte, entre los cerros y el río; que aunque el nuestro sea un país pequeño, sus caminos son difíciles de recorrer y las distancias, por tanto, dilatadas y engañosas. De hecho, llegar hasta allí me costó varias horas de traqueteo en un bus calamitoso que transitaba por una calle llena de vueltas y revueltas, baches que parecían trincheras, peñascos derrumbados de los taludes y animales sesteando en el pavimento. Al descender en la terminal de Santa Bárbara Lenca me dieron la bienvenida un aire espeso y recalentado que costaba respirar, un sol insano que azotaba el adoquinado de las calles y el subinspector Horacio Quintana, enfundado en su uniforme de paseo. (más…)

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