Producción literaria


Novela ganadora del XI premio del Certamen de Novela Breve “Casino de Lorca 2012″

Sinopsis:

“Reporte de una boda y un entierro” es una novela breve cuya acción se sitúa en Santa Bárbara Lenca, ciudad fronteriza y provinciana de la Centroamérica profunda. A lo largo de veinticuatro horas, la narración sigue los avatares de un grupo de personajes que van tejiendo un tapiz de la sociedad santeña, dominada por la chismografía, crédula y anquilosada, con sus ganaderos de viejo cuño, políticos corruptos,  haraganes y desocupados.

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Crítica:

“Pese a ser una obra de ficción, ‘Reporte de una boda y un entierro’ es una historia muy real, consistente, fiel a la naturaleza humana, que nace y se narra desde el profundo conocimiento de la sociedad que describe. En un collage de actos nítidamente diferenciados, llenos de sabroso y magnético tinte cultural, con experto y colorido lenguaje el autor nos presenta una serie de personajes singulares pero verídicos, imbuidos de obscuras creencias, herederos de ineludibles tradiciones o esclavos de su propio carácter, que, en ocasiones, roza lo grotesco; personajes, no obstante, teñidos de matices cómicos y cuyos pasos, tejiendo una trama marcada desde su inicio por los presagios, vienen por último a confluir, convocados por el destino, en un sorprendente desenlace, apoteósico y fatídico, donde la sumisión y la superchería son los únicos vencedores.”  por Pabster Veen

Para leer el primer capítulo pincha aquí.

viejo tamborilSe había refugiado en el campamento de Colomoncagua, huyendo de la guerra, como todos, y era el último que quedaba, según decían, el último que sabía tocar la danza de los negritos con calampo y tamboril, al estilo de Cacaopera.

En las celebraciones culturales que con frecuencia se hacían para entretener a aquella humanidad exiliada, para dar breve tregua a la memoria de la guerra, de las calamidades, siempre había un hueco para él entre los teatrillos, las danzas y las canciones. El hombre se sentaba en un zancudo, con la pierna izquierda apoyada en el travesaño y el tamboril acomodado sobre el muslo, de canto. Con la mano derecha manejaba el palillo y con la izquierda, cuya muñeca descansaba en el tamboril para sujetarlo, sostenía el extremo de una flauta de caña con dos orificios, pintada de azul y blanco.

“Con ustedes, don Tiburcio”, anunciaba por el micrófono el maestro de ceremonias, y el viejillo ajustaba los labios a la embocadura, tomaba aire y empezaba a soplar y tocar una música que venia de muy lejos, que sonaba a frijoles en ollas de barro, a madre tierra, a cosechas de maíz. Había poco aliento en sus pulmones y el maestro de ceremonias acercaba el micrófono a los instrumentos, mientras los jóvenes charlaban de su cosas, las muchachas los miraban y chambreaban entre ellas, riendo y tapándose las bocas, y los mayores, muy serios, escuchaban una vez más aquellos sones ancestrales.

Dicen que la gente de Cacaopera es oscura de piel, descendientes de los kakawira, los últimos indios puros de El Salvador, pero don Tiburcio tenía la color clara, más de mestizo que de lenca, la cara chupada, las orejas grandes y la boca desdentada. Vestía pantalón remendado, botas de cuero, sucias por el inevitable lodo del invierno, sombrerillo de paja con las alas moldeadas a base de tiempo y de paciencia, y camisa de refugiado ─aquella camisa ajustada de sisa, escasa de tela, fabricadas todas iguales en el taller de sastrería, si no era por el color del paño que hubiera en cada momento─, una camisa desgastada por los numerosos lavados que dejaba entrever, tras el último botón, la camiseta interior; porque allí, aunque hiciera calor, las noches eran frías y había poca chicha debajo del escurrido cacaxtle.

Don Tiburcio, desnutrido y seco, voluntarioso, solo, vestigio viviente de un folclore moribundo y amenazado de extinción, murió aquel invierno del ochenta y nueve y se llevó consigo sus danzas al ritmo de la flauta y el tamboril.

Arrojaron los dados y vivieron.
Parte de lo que juegan, ganarán,
pero el oro de los dados, lo perdieron.
(Jack London, Amor a la vida)

Vassily Tashkin se quedó el último, siguiendo las huellas de un alce que vio por la mañana. Un alce grande vale mucho dinero en Murmansk. Así que se marcharon todos con las máquinas y los demás camiones y se quedó Vassily con el suyo, cargado con enormes troncos de abeto, aparcado junto a la pista forestal que se adentraba cientos de kilómetros en aquella taiga inmensa y descorazonadora. Estuvo aguardando al animal junto a las ruinas de un antiguo aserradero, justo donde había visto sus huellas la tarde anterior. A pesar de que iba bien equipado para combatir el intenso frío con un grueso anorak, mono, botas térmicas y los inevitables mitones necesitaba, cada cierto tiempo, levantarse y realizar violentos ejercicios para no quedarse congelado. El fusil estaba protegido por una funda de piel para evitar que el frío atascase cualesquiera de sus mecanismos móviles.

Vassily era un hombre maduro que sobrepasaba la cuarentena, aunque fuera difícil verlo en aquel rostro protegido por el grueso capuchón y las gafas para la nieve. Era también un hombre tenaz movido por la imperiosa necesidad de obtener dinero. La mañana había amanecido calmada y triste, con unas nubes grisáceas que cubrían el horizonte de lado a lado, pero ahora se estaba levantando una ventisca desagradable, acompañada de copos diminutos como arenilla blanca y dura que limitaban la visibilidad y distorsionaban las distancias.

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Este relato obtuvo el 2º premio en el XXIII Certamen literario Álvarez Tendero, Arjona, Jaén.

La Nacha iba ya preñada de su primer hijo aquella vez, aunque no se le echara de ver, cuando seguía con la mirada baja al mulo medio chúcaro que montaba Cleofas en dirección a su hogar, donde dio a luz aquel hijo y los ocho restantes que parió, año con año, unos medio vivos y otros medio muertos, hasta que se le agotaron las chiches y se le secaron las entrañas. Vivían de colonos en tierras de don Enrique Amaya, en una parcelita minúscula arrancada a golpes de piocha a la ladera del cerro, y cultivaban una o dos manzanas de milpa que gustosamente les cedía el hacendado en la parte más estéril y reseca de su heredad, a cambio de un tercio de la cosecha y de trabajarle veinte jornadas al año, veinte, de sol a sol.

El terreno donde Cleofas y sus hijos se fueron dejando el sudor y las energías a lo largo de los años, y también la piel, estaba recubierto por una alfombra de piedras negras y redondeadas que cayeron allí, según cuentan los ancianos, un día remoto en que se abrió el cielo y llovieron, para penitencia de los hombres, piedras. Aparte de la milpa, criaban en la casa algunas gallinas jaspeadas, unos jolotes cenicientos y uno que dos cuches de secano los años mejores.

Así pasaron los años, entre malos y peores, y la familia nunca salió de pobre, que la cobija no les ajustó ni siquiera para comprar el solar donde estaba la casa, y mucho menos un terreno propio donde cultivar. Los hijos crecieron desnutridos y harapientos, resecos como la tierra y duros como las piedras, con la tenacidad de la semilla que cayó en baldío. A la Nacha la fueron arrugando y encogiendo el trabajo y los hijos, los hijos y el trabajo, y a Cleofas le robó el sol el color del pelo, dejándoselo blanco como las hilachas del algodón; y las innumerables cargas de maíz, cantaradas de agua y sacos de abono que transportó por esos cerros, y los años, breves y duros, le doblaron la espalda y le humillaron la mirada.

(Este relato ha sido publicado en la antología de la V edición del concurso de relatos breves María Moliner)

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La casona de los Evangelli, o más propiamente dicho el casco de la hacienda, estaba situada en la orilla sur del río, donde comenzaban las vastos pastizales en los que el ganado de la familia se había criado durante generaciones. Tenía cuatro corredores, cada uno de ellos abierto a uno de los puntos cardinales, una galería de invierno y otra de verano, la sala de estar y el comedor, más de veinte habitaciones dispuestas en dos pisos, varias cocinas, aparte de otros edificios anejos como las galeras para la peonada, corrales, una tienda y hasta una pequeña capilla donde se celebraban misas particulares para los propietarios. Pero la pieza reina de tan enorme conjunto era el salón. Mediría más de cien metros cuadrados y estaba diseñado y decorado al estilo inglés, aunque las sucesivas remodelaciones y las distintas manos fueron dejando sus señas de identidad y creando un estilo único, tan fastuoso como recargado. Las paredes estaban forradas de papel pintado y en su casi totalidad cubiertas con adornos de muy diversas procedencias y estilos: entre retratos familiares y escenas de caza se intercalaban armas de todas las épocas, incluido el presunto sable del general San Martín, cuernas de ciervos, toros y antílopes, recuerdos exóticos, pájaros disecados, un tapiz oriental adornado con hilo de oro, algunas láminas impresionistas con flores y nenúfares, miniaturas de vírgenes con el niño en brazos, bodegones, viejas fotografías mal enmarcadas y, al final de la pared norte, sobre la pianola y casi retrepado en la esquina, un paisaje fluvial.

Relato completo aquí.

Primer premio en el XVIII concurso de narraciones cortas Villa de Torre Pacheco

“Pese a ser una obra de ficción, ‘Reporte de una boda y un entierro’ es una historia muy real, consistente, fiel a la naturaleza humana, que nace y se narra desde el profundo conocimiento de la sociedad que describe. En un collage de actos nítidamente diferenciados, llenos de sabroso y magnético tinte cultural, con experto y colorido lenguaje el autor nos presenta una serie de personajes singulares pero verídicos, imbuidos de obscuras creencias, herederos de ineludibles tradiciones o esclavos de su propio carácter, que, en ocasiones, roza lo grotesco; personajes, no obstante, teñidos de matices cómicos y cuyos pasos, tejiendo una trama marcada desde su inicio por los presagios, vienen por último a confluir, convocados por el destino, en un sorprendente desenlace, apoteósico y fatídico, donde la sumisión y la superchería son los únicos vencedores.” por Pabster Veen

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Anteayer se hizo público el fallo del XI premio de novela breve “Casino de Lorca”, donde me han premiado la novela “Reporte de una boda y un entierro”, que será publicada por la editorial Tres Fronteras.

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Nos fuimos con lo puesto. Los que tuvimos más suerte pudimos salvar apenas lo que cabe en un saco. No es mucho, verdad. Y aun así, vieran lo pesado que se llega a hacer. Cuando hubo que elegir las cosas, a la carrera, no fue fácil decidirse. Nunca se sabe lo que nos puede hacer falta. Yo me llevé un par de cobijas, algo de comida para el camino, un lío de cabulla, una mudada de ropa y la poquita plata que había juntado de la venta del último maíz. Volados útiles. Pero las cosas del corazón, las que sustentan los recuerdos, se quedaron botadas; no nos parecieron lo bastante importantes en aquel momento. Sólo después las echamos en falta, cuando ya hubimos puesto la vida a salvo.

Cuento completo en versión pdf: Aquí

Ha obtenido el primer premio en el V certamen nacional de relatos cortos Zenobia.

Relato premiado en el IV Certamen de relato breve Gerald Brenan. Según la reseña publicada en el Diario El Sur, ‘Más acá de los sueños’ mereció el apoyo unánime del jurado del concurso, formado por personalidades del mundo de las letras, quienes han asegurado que la obra premiada contiene «grandes dosis de magia, misterio y sensibilidad, así como un excelente pulso y ritmo narrativo; es una metáfora del ser humano».

El Mar del Norte está fondeado en la bahía, frente a la desembocadura de un gran río, muchas millas al sur de aquí. Sus viejas planchas de acero aguantan estoicas este severo sol tropical, añorando aguas más acordes con su nombre, mientras los troncos descomunales que transportará a su lejano destino bajan por el río en un lento pero constante goteo y serán izados a bordo y estibados en las bodegas en una espesa monotonía de interminables semanas.

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El texto ha obtenido mención de honor en el 7º certamen de relato breve “La lectora impaciente”

Abrió los ojos súbitamente, unos ojos oscuros y algo enrojecidos, rodeados por unas ojeras moradas y profundas que, durante unos instantes, miraron sin ver. Se fijaron, al fin, en la mosquitera que estaba suspendida sobre la cama, sucia de polvo y hecha un puño.
Quería recordar, fijar la atención en algo que había quedado a medio camino del pensamiento, prisionero en la difusa frontera donde se confunden el sueño y la vigilia. Quería encontrar el cabo, el hilo preciso que se lo devolviera. Frunció el ceño en un vano esfuerzo por concentrarse. Un ligero movimiento a su costado, un suspiro ronco y el deslizarse de la ropa de la cama lo hicieron girar la cabeza e incorporarse sobre el codo derecho. La mujer descansaba casi de espaldas a él, desnuda y previsiblemente dormida. (más…)

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