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Archive for the ‘Producción literaria’ Category

Cuando llegué a Santa Bárbara Lenca para hacerme cargo de la delegación de policía sentí como si me hubiesen desterrado al confín de la tierra, tan remoto y rural me pareció el lugar, arrinconado en la frontera norte, entre los cerros y el río; que aunque el nuestro sea un país pequeño, sus caminos son difíciles de recorrer y las distancias, por tanto, dilatadas y engañosas. De hecho, llegar hasta allí me costó varias horas de traqueteo en un bus calamitoso que transitaba por una calle llena de vueltas y revueltas, baches que parecían trincheras, peñascos derrumbados de los taludes y animales sesteando en el pavimento. Al descender en la terminal de Santa Bárbara Lenca me dieron la bienvenida un aire espeso y recalentado que costaba respirar, un sol insano que azotaba el adoquinado de las calles y el subinspector Horacio Quintana, enfundado en su uniforme de paseo. (más…)

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Una-velaCasi a oscuras queda la habitación, sólo el resto de la candela que aún da su puchito de luz parece que quiere pelearle el terreno a las sombras. Galán se está con esta mujer que me ha encontrado sin yo buscarla. La piel le luce de un trigueño intenso con la claridad de la vela. Voy a apagarla, porque los de la vigilancia no tardan y a ella no le gustaría que nos hallaran. Ni a mi tampoco. No es fácil que vayan a encontrar este nido tan clandestino, en el almacén viejo. Queda a trasmano de todo y nos podemos quedar hasta la amanecida casi, a pesar del olor raro que se respira aquí, con tantos venenos y abonos y herbicidas. Ella duerme ahorita, pero hace un momento me quería descuajeringar del todo. Es chocante que una campesina de una aldea perdida del todo, refundida en la mera frontera, sea tan sensual y desinhibida. Y exigente, que quiere que uno le cumpla bien cumplidito. En eso no va tener queja. (más…)

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Dedicado a los jóvenes que estuvieron refugiados en los campamentos de Mesa Grande, Colomoncagua y San Antonio, en Honduras, y que, obligados a ser mayores, perdieron la juventud y a veces también la vida.
jóvenes salvadoreños refugiados en Mesa Grande

jóvenes salvadoreños refugiados en Mesa Grande

Tina fue la más pequeña de cinco hermanos y conserva escasos recuerdos de los años vividos en la casona de adobes de su padre, allá en la frontera norte de la pequeña república de El Salvador, en la América Central, y aún estos seguramente más infundidos que reales, de hecho apenas tiene evocaciones de los primeros días de la revolución, ni de su propio padre, que desapareció y seguramente murió, aunque nunca nadie encontrara el cuerpo. Tampoco recuerda cómo cruzaron el río hacia la hermana república de Honduras, su madre sola con los hijos, en medio de masas que huían, tal que ellos, de la barbarie de los operativos militares; ni cómo, en el término de unas pocas semanas, confinaron a los supervivientes en una mesa pelada, árida y sofocante custodiada por el ejército del país de acogida, que patrullaba los alrededores con la sana intención de evitarle todo contagio a la población colindante.

Así pues, se establecieron en un campamento de refugiados donde se alineaban tiendas y más tiendas de lona verde llenas de una humanidad doliente y desgarrada. Tina vivía en estado semisalvaje, una más entre la horda de inevitables criaturas que lo abarrotaban, aunque andando el tiempo tuvo la oportunidad de estudiar algunos grados elementales en el programa de educación que se puso en marcha y cuyo objetivo era, nada menos, que el de escolarizar a la numerosa población infantil y alfabetizar a los mayores. Las clases se impartían en escuelas esqueléticas y desnutridas, dotadas apenas con una pizarra apoyada en el tronco de un árbol y un círculo de piedras que se movía al ritmo de la sombra del propio árbol; había tal penuria de materiales que la tiza era más preciada que el café y las libretas debían borrarse una y otra vez para reutilizar sus páginas; y no era menor la precariedad del elemento humano, porque los maestros, o mejor dicho maestras, ya que mujeres eran la abrumadora mayoría, apenas habían estudiado hasta segundo o tercero de enseñanza elemental y sabían leer atragantándose, y escribir con torpeza, imagínense lo que sería para ellas el tener que transmitirlo.

En aquel entorno creció Tina, para quien el campamento se convirtió en su idea de lo que la vida es, y quizá nunca haya podido borrar de su mente el pensamiento de que el hogar es una tienda de lona, una clínica un galerón de madera y lámina, que el hacinamiento es consustancial al ser humano, la guerra es el estado natural de las cosas y la muerte un accidente corriente en el cada día. Allí, en el encierro, se le fue espigando el cuerpo, un cuerpo delgaducho y blanco, y al tiempo que se desarrollaban los atributos propios de su sexo también lo fueron haciendo las ideas y los valores que definen la identidad de cada cual, la suya en este caso, fuertemente marcada por el entorno y las circunstancias que le tocaban vivir, con un afilado sentido de la justicia y de la solidaridad. Tuvo que plantearse, y responderse, a singulares e incómodos porqués: ¿por qué vivían en un exilio custodiado y patrullado, en una frágil burbuja al margen de las leyes de los hombres y de las naciones?, ¿por qué no podían cruzar los límites indefinidos pero ciertos del campamento sin un permiso sellado por algún coronel de estado mayor?, ¿por qué ninguna nación soberana les ofrecía los servicios básicos que las declaraciones y convenios internacionales les reconocían a todos?

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Ayer, sábado 28 de febrero, la asociación de escritores Entre Pueblos organizó una tarde literaria junto con la asociación ALAS, de la sierra norte sevillana. En el restaurante del camping de Azuaga nos dimos cita más de veinte personas para leer y escuchar poemas, relatos, vivencias  y otros textos, para hablar de literatura y soñar proyectos mientras compartíamos un café y unos roscos blancos. A la caída de la tarde dimos por concluido el evento y los amigos andaluces, que también celebraban el día de su tierra, se despidieron de Azuaga y de nosotros con un hasta pronto.

Como hoy es día de elecciones en El Salvador, me dio por leer uno de los poemas más famosos de Roque Dalton, escritor salvadoreño fallecido durante el conflicto armado. “Poema de amor” se llama y, más que un poema, es  un himno para toda la generación de salvadoreños que vivieron y sufrieron la guerra. A continuación lo transcribo:

Los que ampliaron el Canal de Panamá
(y fueron clasificados como “silver roll” y no como “gold roll”),
los que repararon la flota del Pacífico
en las bases de California,
los que se pudrieron en la cárceles de Guatemala,
México, Honduras, Nicaragua,
por ladrones, por contrabandistas, por estafadores,
por hambrientos,
los siempre sospechosos de todo
(“me permito remitirle al interfecto
por esquinero sospechoso
y con el agravante de ser salvadoreño”),
las que llenaron los bares y los burdeles
de todos los puertos y las capitales de la zona
(“La gruta azul”, “El Calzoncito”, “Happyland”),
los sembradores de maíz en plena selva extranjera,
los reyes de la página roja,
los que nunca sabe nadie de dónde son,
los mejores artesanos del mundo,
los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera,
los que murieron de paludismo
o de las picadas del escorpión o de la barba amarilla
en el infierno de las bananeras,
los que lloraran borrachos por el himno nacional
bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte,
los arrimados, los mendigos, los marihuaneros,
los guanacos hijos de la gran puta,
los que apenitas pudieron regresar,
los que tuvieron un poco más de suerte,
los eternos indocumentados,
los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,
los primeros en sacar el cuchillo,
los tristes más tristes del mundo,
mis compatriotas,
mis hermanos.

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mesa_grande_2

Campamento 3, Mesa Grande, Honduras

En el campamento de refugiados de Mesa Grande hacía frío algunas veces. El cielo se encapotaba, cubriéndose con nubes bajas que se enredaban en las cimas de los cerros y ocultaban el sol durante una semana. Hacía viento, soplaba continuamente. Cuando arreciaba, bien se lo oía venir, embisitendo con fuerza unos momentos y amainando después. Se metía por todas partes, silbando entre las rendijas de las tablas, haciendo batir las puertas y postigos y entrechocar las ventanas y láminas mal fijadas, desgarrando plásticos y lonas.

Y así todo el día. Caía una lluvia cernida y finísima a la que en Centroamérica llaman temporal. Gotitas diminutas como puntas de alfiler que el viento zarandea a su antojo, que flotan en el aire con vocación de ingravidez, que se posan en la ropa y en la piel desnuda como un rocío imperceptible, pero al cabo de un rato lo empapaban a uno. En los techos de lámina de las carpas sonaba como si estuvieran echando arenilla fina.

El frío no era exagerado en términos absolutos, es decir, el termómetro no bajaba mucho, pero la gente no tenía cómo protegerse y se resentía de él. Las familias se arracimaban en las destartaladas cocinillas, alrededor del fogón. La mayoría no tenía para abrigarse más que un suéter fino y desgastado. Algunos, sobre todo los niños, que no tenían suéter, se echaban una toalla por los hombros, a modo de toquilla, o un simple trapo de envolver las tortillas. Yo los veía correr, envueltos en sus trapos, ateridos de frío, descalzos, camino de la escuela o a traer algún mandado. Los hombres caminaban con las manos en los bolsillos y los brazos pegados al cuerpo, intentando atrapar el calor, daban saltos, se empujaban, corrían. El frío estaba presente en todas partes. En clase, mis alumnos se sentaban con las piernas cruzadas y escondían las manos en los sobacos o en la entrepierna en cuanto dejaban de escribir, o se las frotaban y se las soplaban constantemente. Así era difícil concentrarse y estudiar. Y yo era el primero que me quedaba helado dando la clase.

Campamento 5, Mesa Grande, Honduras

Campamento 5, Mesa Grande, Honduras

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familia salvadoreña frente a su casa

familia salvadoreña frente a su casa

Llegaron a media tarde, después del almuerzo, cuando ya estaban lavados los trastes, recogida la mesa y apenas si quedaban unas brasas mortecinas en el comal; eran muchos, muchos, más de cien. Entraron por el portón que da al camino bajo y se disgregaron por todo el huerto, dejaron sus mochilas en el suelo, en cualquier puesto: debajo de los aguacates, entre el cafetal, junto a los mangos, bajo unas matas de huerta, parapetados en el cerco de piedra.

Desde el corredor, la familia asistió a la invasión sistemática de la propiedad. Estaban puestos en fila: la madre, que tenía en sus brazos al más pequeño, y la hija mayor, que les daba las manos a sus dos hermanos menores, y los miraban en silencio, estáticos, observando y sintiéndose observados. Por fin, un grupo como de diez soldados se acercó a la casa y entró en el corredor. Pasaron junto a ellos sin un saludo, sin una explicación, como si fueran figuras de barro, se despojaron de sus mochilas y pertrechos y los dejaron en el suelo. (más…)

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La hermana Meri es mujer de porte otoñal, alta y delgada, con la tez clara y el pelo negro ceniciento recogido en un moño apretado que le estira la piel de la cara, por cuyos rasgos añejos parece no haber pasado nunca una sonrisa. Vive cerca de la iglesia, en un caserón de muros gruesos y techos altos, fresco hasta en los días más calientes, que tiene detrás un amplio corredor con varias pilas para el agua, un patio empedrado y una serie de alpendes más allá de los cuales el extenso huerto arbolado se prolonga en un baldío hasta la calle que va a El Volcán, ya casi en las afueras de Santa Bárbara.

La hermana Meri empezó a interesarse por el arte y los manejos de la hechicería de la mano de una hondureña a la que apodaban la Doña. Ella le enseñó que existían unas energías invisibles y poderosas en el universo, cuyo control requería estudio, práctica, tesón y, sobre todo, cierta calidad del espíritu que no estaba al alcance de cualquiera; le enseñó primero las magias más sencillas, como las que sirven para atrapar los pensamientos ansiosos; pero luego también otras más delicadas, como la mezcla de esencias para combatir los fríos del corazón; y de todas estas artes, le decía la Doña, unas son inofensivas y otras peligrosas, y la sabiduría más importante es aquella que ayuda a vencer la tentación de hacer maleficios cuyo propósito esté animado por el rencor o la ira. (más…)

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