EL SALVADOR


Llevabas varado dos días en aquel poblacho de la frontera, sin posibilidad alguna de entrar en el campamento porque el señor Colindres, representante del ACNUR, se había negado repetidamente a extenderte un permiso de entrada: “no depende de mí, dijo, entienda que hay que tramitarlo con el Estado Mayor”. Dos días de vegetar en las áridas callejas de San Marcos, de dormir en un hospedaje mugriento y solitario.

mesa grandePero te rescató Marieta, la enfermera, “yo lo llevo con la ambulancia”, dijo, y sin pensárselo dos veces fue a sacar al motorista, que ya estaba en su cuarto, acostado, y os subisteis todos en el vehículo. Cruzó deprisa las cuatro callejas de San Marcos, dando tumbos y traqueteando en los agujeros del empedrado. Dejasteis atrás el poblado débilmente iluminado y entrasteis en el pinar. Los faros del carro perforaban la negrura amenazadora y fronteriza. Ibais en silencio, desvanecida ya la euforia del primer momento. Trepasteis la pendiente, culebreando el carro en el resbaladizo camino, alcanzasteis el copete del cerro y apareció el puesto de guardia, la tranca cruzada de una a otra orilla.

El motorista detiene la ambulancia, da un toque suave al claxon, que se despierten pero que no parezca impertinente, y a su llamada salen dos soldados de la caseta, medio dormidos, abrochándose la guerrera. Uno de ellos rodea el vehículo y se acerca a la ventanilla donde asomaba Marieta: “traemos dos enfermos de Tegucigalpa” y le planta ante los ojos una hoja escrita a máquina. El soldado apenas se fija en el papel y sus ojos aún resienten la pesadez del sueño. Con una débil linterna ilumina el interior de la ambulancia y ve un bulto en el asiento posterior. Le devuelve el papel a la enfermera: “está bueno”, y hace ademán al camarada para que hale de la cuerda y levante la tranca.

El carro atraviesa el retén y deja atrás a los soldados, que regresan a la caseta para seguir descansando. Ahora bajáis por un camino estrecho que blanquea entre los pinos, dais varias vueltas, ascendéis un repecho y, de pronto, ves una gran explanada de tierra blanquecina y un mar de techos de lámina que brillan bajo la claridad de la luna. “Es el campamento uno”, dice Marieta. El carro cruza junto a las primeras champas, enfila una calle y desemboca una especie de placeta de tierra. Todo queda a oscuras cuando el motorista detiene el carro y apaga los faros. En su lugar ha encendido las luces de emergencia. Bajo su intermitencia anaranjada ves acercarse a varias figuras que han salido de la nada. Marieta se baja del vehículo y se reúne con ellas. Hablan unos minutos, pero sus palabras te llegan deshilachadas por el viento, apenas retazos sueltos que no alcanzas a entender. Marieta señala hacia el carro y una persona asiente. Ahora te está haciendo señas para que bajes y te acerques. Sales del carro y llegas junto a ellos. Por el rabillo del ojo ves cómo una sombra desaparece en algún lugar de la noche. Con la luz intermitente, te cuesta distinguir los rostros de quienes rodean a la enfermera. Parecen hombres mayores. “Este es Juan García, dice Marieta, es amigo del padre Michael”. Asientes mecánicamente a una afirmación tan gratuita. “Aquí se los dejo”, concluye la enfermera. Antes de subir al carro, le da la mano. Todo el mundo está ofreciendo la mano continuamente, cuando te conocen, cuando te encuentran por la mañana, cuando te despiden por la noche y cuanta ocasión se cruzan contigo; pero el apretón que te da Marieta es fuerte, amplio, presiona su pulgar sobre el envés de tu mano, obligándote a alzar la mirada y ves en sus ojos una tensión cálida. (más…)

El avión de Tan Sahsa descendió al hoyo que contenía a la ciudad en acrobáticas espirales, sobrevoló tejados, cruzó sobre la autopista y aterrizó en el aeropuerto internacional de Tegucigalpa, situado en un pequeño cerro en el centro del valle, deteniéndose bien entradas las líneas amarillas que señalan el final de la pista. Al girar el avión para dirigirse a la terminal, el hombre vio por la ventanilla, sorprendido, el barranco donde terminaba el asfalto. No había más de cien metros hasta las primeras chabolas que asomaban por el borde, con sus plátanos en los huertos. El crepúsculo avanzaba deprisa sobre la ciudad, templado, tropical, con una ligera brisa que agitaba la ropa de los pasajeros. Primero la migración, una cola estática, única, para los extranjeros, que no avanzaba. Estaba cansado después de un viaje agotador, veinte, veintidós horas, quizá más, lleno de escalas: Santo Domingo, Panamá, en el dutty free la gente aprovechaba para comprar licores, tabaco, todo en dólares, en Guatemala una escala interminable en la mínima zona de tránsito, ocho o nueve horas, tirado en los pasillos, en los bancos, la única distracción era una azafata que ofrecía gratuitamente tazas de café de la tierra. Por fin el mostrador donde estampan un sello grande y muy folclórico, en una página indeterminada del pasaporte, y ya a bolígrafo, el funcionario escribe un quince sobre el sello, quince días, y lo rodea con un círculo.aeropuerto Tegus

Espera el equipaje, que está completo, gracias a dios, que no es poco en un vuelo tan largo, otros no han tenido tanta suerte y buscan desesperados un mostrador donde reclamar. En la aduana le registran hasta el último calcetín, no hay nada. El policía moreno, costeño, sufre una pequeña decepción, su compañero de la otra mesa tiene más suerte y encuentra algunos artículos susceptibles de prohibición. Cuando sale del aeropuerto ya es de noche, la sala de espera está casi vacía pero afuera hay una legión voraz que ha esperado pacientemente al último vuelo de una pista que no tiene luces. Le ofrecen cambiar dólares, transporte, cargar su equipaje, comida, gaseosas, más cambio, lempiras a dos cincuenta. Se sentía perdido, embotado, demasiados estímulos en un instante. Entonces advierte el papel con su nombre escrito, don Gerardo Martínez, sólo un folio, por eso ha tardado un rato en verlo. (más…)

El hombre que repartió las tortillas tenía dos galones triangulares en la manga. Después de repartirlas y comerlas tranquilamente, por primera vez reparó en la familia y se acercó a ella. Se dirigió a la madre y las preguntas no se hicieron esperar, ásperas y peligrosas: que si dónde está su marido, que si su marido es un revoltoso, que si ustedes también lo son, que si las tortillas para quiénes eran, que si dónde guardan las armas.
Los labios de la mujer se movieron para formar unas frases, en voz baja y neutra, pero con una firmeza que la sorprendió a ella misma.
–Mi marido no está, salió a traer unas reses y no volverá en dos días.
El hombre de los dos galones no se conformó con la respuesta; al contrario, la impasibilidad de la mujer despertó su ira, sabiamente alimentada durante meses y años de especializada instrucción.
– Sabemos bien que tu marido anda por ahí, encharralado en la montaña -le dijo-, y si regresa lo vamos a agarrar y la va a pagar bien pagada. Y si no, la van a pagar ustedes.
Y desenfundó de su cintura un enorme yatagán que clavó varias veces sobre la mesa de madera basta, pulimentada por el uso, donde hacía apenas una hora había estado comiendo la familia.
– Este cuchillo ha comido carne guerrillera –continuó-, le ha gustado y está hambriento de más. Igual le da que sea de hombre o de mujer, y si es de niño mejor, que estará más tiernecita.
Alzó el yatagán y se lo acercó, moviéndolo con parsimonia delante de la mujer y de los hijos, cuyos ojos observaban con ese asombro con que sólo es capaz de mirar un niño, como ante la primera tormenta, el primer camión, el primer caballo, con caras que eran todo ojos, con cuerpos que eran todo mirada.
– Vamos a registrar la casa, doña, para ver qué escondés en ella, porque vos sos una guerrillera y en estos tus chigüines está sembrada la semilla de la subversión. (más…)

Llegaron a media tarde, después del almuerzo, cuando ya estaban lavados los trastes, recogida la mesa y apenas si quedaban unas brasas mortecinas en el comal; eran muchos, muchos, más de cien. Entraron por el portón que da al camino bajo y se disgregaron por todo el huerto, dejaron sus mochilas en el suelo, en cualquier puesto: debajo de los aguacates, entre el cafetal, junto a los mangos, bajo unas matas de huerta, parapetados en el cerco de piedra.

Desde el corredor, la familia asistió a la invasión sistemática de la propiedad. Estaban puestos en fila: la madre, que tenía en sus brazos al más pequeño, y la hija mayor, que les daba las manos a sus dos hermanos menores, y los miraban en silencio, estáticos, observando y sintiéndose observados. Por fin, un grupo como de diez soldados se acercó a la casa y entró en el corredor. Pasaron junto a ellos sin un saludo, sin una explicación, como si fueran figuras de barro, se despojaron de sus mochilas y pertrechos y los dejaron en el suelo.

La tarde era calurosa y se agradecían las sombras. Vestían trajes y gorras de camuflaje, botas negras con parches de tela verde, una gran mochila a la espalda, que tiraba de ella hacia atrás y la dejaba anormalmente recta, y un fusil en bandolera, con la boquilla apuntando hacia adelante. Un soldado alzó el fusil con un solo brazo y disparó una ráfaga, dos, varios camaradas corearon los disparos con gritos y aullidos. Las descargas mordían el silencio de la tarde, hacían temblar el suelo como pequeñas sacudidas sísmicas. El niño de pecho rompió a llorar y la madre lo meció suavemente hasta que se calmó.

Los rostros de los soldados estaban curtidos y desfigurados por las pinturas de camuflaje. Los ojos miraban con dureza y encono, o simplemente evitaban mirar. Se movían por el corredor con confianza y soltura, ignorando por completo a la familia, filtrando su presencia: destaparon el cántaro de barro que había sobre la mesa, metieron el huacal y bebieron, bebió uno, le ofreció al camarada, al otro camarada, se acercaron al comal, todavía caliente, a cuyo costado había una manta con tortillas, revolvieron el ella y agarraron un buen rimero, de una bolsita de plástico sacaron unos puñados de sal y los extendieron encima de las tortillas, sin una palabra de cortesía, sin un ademán de permiso.

Novela ganadora del XI premio del Certamen de Novela Breve “Casino de Lorca 2012″

Sinopsis:

“Reporte de una boda y un entierro” es una novela breve cuya acción se sitúa en Santa Bárbara Lenca, ciudad fronteriza y provinciana de la Centroamérica profunda. A lo largo de veinticuatro horas, la narración sigue los avatares de un grupo de personajes que van tejiendo un tapiz de la sociedad santeña, dominada por la chismografía, crédula y anquilosada, con sus ganaderos de viejo cuño, políticos corruptos,  haraganes y desocupados.

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Crítica:

“Pese a ser una obra de ficción, ‘Reporte de una boda y un entierro’ es una historia muy real, consistente, fiel a la naturaleza humana, que nace y se narra desde el profundo conocimiento de la sociedad que describe. En un collage de actos nítidamente diferenciados, llenos de sabroso y magnético tinte cultural, con experto y colorido lenguaje el autor nos presenta una serie de personajes singulares pero verídicos, imbuidos de obscuras creencias, herederos de ineludibles tradiciones o esclavos de su propio carácter, que, en ocasiones, roza lo grotesco; personajes, no obstante, teñidos de matices cómicos y cuyos pasos, tejiendo una trama marcada desde su inicio por los presagios, vienen por último a confluir, convocados por el destino, en un sorprendente desenlace, apoteósico y fatídico, donde la sumisión y la superchería son los únicos vencedores.”  por Pabster Veen

Para leer el primer capítulo pincha aquí.

tamagas_2Inevitable personaje de la América rural, prototipo de hombre pícaro y licencioso: Tamagás. Ahí lo veréis, plantoso como ninguno, aunque hace años que cumplió los cincuenta, con su sombrero de fieltro adornado con cintillo de plata vieja, la camisa remangada, al hombro un machete con funda de cuero repujada, flecos trenzados, borlas y remaches brillantes. A los pantalones vaqueros los ciñe un cinturón ancho, de hebilla de media libra, y los lleva arremangados con premeditado descuido, para que luzcan las botas de charro.

La sonrisa amplia, para enseñar una dentadura enmarcada por coronas de oro, que prodiga y no escatima, incluso a su peor enemigo le sonríe y le ofrece la mano seca, callosa, que aprieta con fuerza: ¿Qué hubo compadre, no me haga esas caras, que lo pasado, pasado? ¿va?

Para las mujeres es rastra y no perdona ocasión, lo mismo feas que bonitas. “Ajá, niña Lupe, está usted más joven que nunca, oiga, ¿y cómo le hace para mantenerse así de rechula?” No le importa que estén casadas, porque no es celoso con la hembra ajena ─con la suya es otro pisto─ “y probar hay que probar, quién sabe y se deja…”

Le gusta el juego y la chupa, que a los dos le entra fuerte, si gana lo disfruta y si pierde…, si pierde lo paga con la vieja: un par de planazos, tres vergazos bien dados y así se descarga la mala leche. Eso sí, por la mañana la legítima lo trata a cuerpo de rey, para sosegarle el ánimo: los mejores bocados para él, y los demás que arreen. Y si no hay plata se saca de fiado, que a la mujer hasta vergüenza le da ir a por comida a las tiendas.

Cuando le parece duerme fuera, que para eso es macho sin dueño y a nadie da cuenta de a dónde va ni con quién se junta, sean negocios, jodarria o amores.. ¿Hijos tenés? “Siete son los legítimos; por fuera del matrimonio Dios sabrá, que estas viejas son mentirosas, te descuidas y te cuelgan el pollo de otro gallo.”

¿Y la milpa, Tamagás? “Ahí mañana haré por desyerbarla, que hoy ando ocupado”. ¿Ocupado? Robando quería decir, porque cuando no tiene y necesita echa mano de las reses ajenas. Estás hecho un ladrón Tamagás. Bueno, ladronzuelo al por menor: hoy una, al siguiente mes otra, y así andamos. Y las trinca cerca, no crean, a los propios vecinos, porque ir lejos es más trabajoso, y arriesgado: “aquí, si te descubren se enojan contigo y ya, pero en otro puesto lo escapan a uno a matar”. De todos modos ya le da igual, porque le está enseñando el oficio a los hijos, para que vayan ellos a los potreros. A uno lo tienen preso, ¿es o no es, Tamagás? “Vaya que sí, me salió poco alentado el jodido.”

Pero lo peor de todo fue lo de su hija Tencha, ¿era bonita, verdad? “Sí, sí que lo era”. Catorce años que tenía la muchacha, y estaba aún en flor, por eso la vendió a un viejo de San Juan por cinco reses. ¿Cinco fueron, Tamagás? “Cabal, cinco”. Pero la Tencha no aguantó al desgraciado, que a reatazos la trataba, y se juntó con un jovenón que le quiere ajustar las cuentas. ¿A quién, al viejo? No, a Tamagás.

El lunes 24 de marzo de 1980, a las seis y media de la tarde, Monseñor Romero fue asesinado por un francotirador cuando oficiaba una misa en la capilla del hospital de La Divina Providencia en San Salvador. En el día de su aniversario, aprovecho para recordarlo en las palabras de la gente campesina que vivió la tragedia de su muerte, del exilio y de la guerra. Los testimonios que siguen están tomados de “Tiempo de recordar y tiempo de contar”, editado por el S.J.D. “Pedro Arrupe”, San Salvador, 1994.

Soledad, de Nueva Esperanza: «Una de las últimas celebraciones que se hizo en mi lugar fue cuando nos visitó Monseñor Romero, en el 79. Fue algo maravilloso. Llegaron alrededor de veinte comunidades vecinas. Toda la gente le cortamos una rama cada uno y nos fuimos a encontrar a Monseñor Romero.
Dio una gran misa que toda la gente quedó bien motivada. Monseñor dijo que tuviéramos fe, que él estaba con los pobres y no con los ricos, y que este recibimiento que le habíamos hecho, eso valía oro».

Dora Chicas, de Guarjila: La última vez que vez que llegó Monseñor Romero, fue bien terrible […] El ejército lo encontró antes de llegar al pueblo y lo registró hasta de los zapatos. Lo pusieron así en el paredón y le dijeron un montón de cosas. Desde allí fue custodiado y el pueblo se llenó de ejército. Cuando Monseñor llegó a la iglesia, iba una multitud más grande que de aquí a la calle y entraron con él. Eso fue el 24 de agosto del 79, en Arcatao».

Dolores Recinos, Santa Marta: «Fue terrible cuando escuchamos la noticia. Era una cosa angustiada para el pueblo salvadoreño. Mire, la noticia salió por radio, la gente lloraba. Yo, con mi mamá y otra gente, pegados al radio, oyendo la noticia, y llorando.
Fuimos al entierro y nos acribillaron a balazos, aculaditos en las casas de San Salvador. Allí tiraban bombas lacrimógenas. También hubieron muertos y heridos».

“Pese a ser una obra de ficción, ‘Reporte de una boda y un entierro’ es una historia muy real, consistente, fiel a la naturaleza humana, que nace y se narra desde el profundo conocimiento de la sociedad que describe. En un collage de actos nítidamente diferenciados, llenos de sabroso y magnético tinte cultural, con experto y colorido lenguaje el autor nos presenta una serie de personajes singulares pero verídicos, imbuidos de obscuras creencias, herederos de ineludibles tradiciones o esclavos de su propio carácter, que, en ocasiones, roza lo grotesco; personajes, no obstante, teñidos de matices cómicos y cuyos pasos, tejiendo una trama marcada desde su inicio por los presagios, vienen por último a confluir, convocados por el destino, en un sorprendente desenlace, apoteósico y fatídico, donde la sumisión y la superchería son los únicos vencedores.” por Pabster Veen

Leer el primer capítulo: aquí

Se ven unas nubes a lo lejos, por el lado de San Pablo, pero no lloverá, aún no es tiempo de agua. Este mes es caliente. Reseco y caliente.
Ya dejé atrás el desvío del Jocote. La montaña es un puro secarral descolorido. Más adelante, en una vuelta, hay un ojo de agua con grandes palos de amate donde se está fresquito y, además, a esta hora está solo. Después de descansar unos momentos para recobrar el hálito, me baño. Me unto el cuerpo con jabón de olor y el agua me la echo a guacaladas por la cabeza, a baldes. Me gusta sentirla que me empape el pelo, la cara, el cuerpo, toda de una vez, que me refresque esta piel vieja y reseca, que de tan caliente como está se desprende vapor. Me quedaría aquí todo el día, en la poza, me da pereza irme, pero no hay tales porque en San Pablo me esperan. (más…)

El veinticuatro, víspera de Navidad -ya se sabe cómo es la gente campesina-, suben en camiones al pueblo para comprar las cosas de última hora, cuatro tonterías, pero que para el pobre son importantes. Aquí no se celebra Santa Claus como lo sacan en el televisor o en los cartelones de la capital, tan sofocado con su abrigo rojo y su barba blanca, que digo yo que es locura en una tierra tan caliente como esta. No señor; aquí, para nochebuena, se arregla comida en la casa, una comida generosa, que aguante hasta el día siguiente, y se va de visita donde el familiar o el compadre o el amigo, a pasear de casa en casa, al suave, que la noche es larga y en todos lados le ofrecen a uno comida: no los frijolitos de diario, que ya estamos cansados de ellos, sino tamales de carne, panes con pollo, sopón de pescado, que en estos días baja limpio el río y se pesca bien con la atarraya, unas pupusas que se me hace la boca agua de pensar en ellas, o pan dulce, quesadillas de arroz, totopostes de maíz, uy, tantas cosas que se coquean estas mujeres. ¡Ah! y se ponen a helar unas cervecitas o se aparta una garrafa de chicha y unas botellas de guaro, para alegrar el convite, pues. Viera que bonito es. Pasan las pastorelas por las casas, cantando villancicos y recitando el Evangelio a cambio de pan dulce, fresco de piña o marquesote con café. Y después se baila en los corredores de las casas, con música de grabadora, para dejar escapar los malos humores y alegrar entre todos una noche tan señalada.

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