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Archive for the ‘EL SALVADOR’ Category

Está avanzada la noche y la luna asoma por encima de las copas de los pinos. Sopla una brisa fresca y agradable que mueve aquellas mismas copas y le da en la cara a Meregildo, que espera fuera de la champa, apúrense se va a hacer demasiado tarde. Ya vamos, pendejo, hay que volver a poner la tapa de madera y dejar parejo el piso. Ese es Andresón, siempre llega tarde a todos lados. La estrella polar está muy baja en el horizonte y muchas veces no se ve, en especial si los cerros caen por aquel lado, pero no importa, Meregildo se conoce el camino de memoria y no necesita estrellas para orientarse. Se ha preparado bien para la caminata, botas de cuero, ropa oscura, una cachucha, sólo le falta el armamento. Son cuatro o cinco horas, si hay suerte, por estos cerros que conducen a la frontera y más allá. Por fin sale Andresón de la champa, es grande, por eso le dicen así, por el tamaño, pero es malo para caminar, tropieza a cada rato, que si las botas, que si la putada del fusil. Subiendo al cerro Chaparrastique se pegó una gran devanada que se oyó como si fuera derrumbe, las talpujas rodando y el ruido que no se detenía, dando tumbos en la noche, y los soldados cerca, pues, toda la columna en suspenso, no se respiraba, ni se pispileaba, hasta el viento se detuvo, milagro fue que no los oyeran, y después otro tanto para subir, y renegando de su mala suerte, el hijo de la gran chingada. Andresón trae tres fusiles en los brazos y los reparte, uno para él, otro para Meregildo, y el tercero para el comandante Adelio. Adelio es pequeño, el bigote bien recortado, va de uniforme, trinchas. Los demás se quedan sin fusil, nomás unas escuadras del nueve largo, o nada, como la mujer. ¿Y ella?, pregunta Meregildo; ella viene. Se la trae. A por eso ha venido, no tenía por qué hacerlo, son dos viajes, primero la venida y ahora el regreso: hay que pensar con la cabeza de arriba, compa, piensa Meregildo, no con la de abajo. ¿Y la Cobriza?; la Cobriza no está para venir: la Cobriza se quedaba. Una mujer los despide desde el quicio de la puerta, qué les vaya bien Meregildo, en un susurro, adentro estaba negro como un pozo, sólo un brillito en la nariz, en el labio, en la mano que cierra y atranca por dentro. (más…)

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embajada española hodurasLo despertaron unos golpes en la puerta. Era la limpiadora, que iba a asear el cuarto. Buena falta le hace, pensó Gerardo.
−Vuelva más tarde −le gritó.
¿Qué hora es? Y miró su reloj, pero aún tenía la hora peninsular: las cinco, o sea las diecisiete, que menos ocho son nueve. Gerardo se pegó una ducha fría que le entonó el cuerpo, se secó con una toalla escasa y desgastada, se afeitó, se vistió deprisa, puso candado a la bolsa y salió afuera. La mañana era soleada y clara y hacía una temperatura agradable, al menos a la sombra. Las puertas de las habitaciones daban a un corredor techado y a un patio ajardinado que terminaba en un muro de bloques color cemento. Más allá se veía un río pequeño y encajonado, con las orillas muy sucias, y un horizonte caótico lleno de patios, fachadas y tejados donde casas de una planta convivían con edificios bajos y con chabolas de lámina y cartón.
El vestíbulo le pareció más grande que por la noche y detrás del mostrador estaba una mujer entrada en carnes con el pelo teñido. Hablaba con el encargado nocturno que, sentado en el banco que había enfrente, sobre las rodillas tenía el machete enfundado en una vaina con muchos flecos. Al ver a gerardo, la mujer le preguntí si se iba a quedar más días y Gerardo le respondió que antes tenía que hacer una llamada, y le señaló el teléfono que había sobre el mostrador.
−No se permiten llamadas internacionales –le dijo la recepcionista.
−Es local.
−Entonces son cincuenta centavos –y destrabó el diminuto candado que fijaba la rueda.
Gerardo marcó el número que le había dado el padre Michael, pero el padre Michael era un hombre muy ocupado y no estaba en Tegucigalpa, le informó una voz femenina, tal vez la misma de la otra vez, así que Gerardo se encontró con todo un día a su disposición. El Excelsior no tiene cocina, pero la mujer del mostrador le dice que en el hotel Maya podrá desayunar bien.
−Está aquí nomás, subiendo la calle. Medardo, explíquele cómo llegar.
Y el vigilante nocturno se levantó del banco, se colgó el machete del hombro y lo acompañó afuera. El hotel está junto a un cruce, subiendo la cuesta, y le señaló hacia la derecha con la barbilla. (más…)

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Viaje a Honduras 2

Era una habitación pequeña, impersonal, con mugre en las esquinas y alicatada hasta media pared como si fuera un cuarto de baño. Tenía un ventilador en el techo y, en un rincón, una ducha de agua fría pero carecía de servicio. Dentro hacía calor, el ventilador hacía un ruido incómodo y la ventana tenía un mecanismo tan complicado que no consiguió abrirla, así que se quede, no le apetecía ir a preguntarle al encargado. Sin ducharse, casi sin desnudarse, Saulo se tumbó en una cama cuyo somier estaba dado de sí, apagó la luz y cerró los ojos esperando la llegada del merecido reposo. la_habitacion_de_van_goghNotaba el cansancio de sus piernas, sus ojos doloridos, el embotamiento de los sentidos, incluso el colchón vencido y el olor a lejía y detergente que desprendían las sábanas, pero no conseguía dormirse: tal vez fueron muchos cafés los que se bebió en el aeropuerto de Guatemala, o tal vez demasiadas impresiones para un solo día. Tras los apretados párpados bullían los pensamientos, los recuerdos y las emociones de lo vivido esos pocos días en los que su vida había tomado un rumbo extraño y vertiginoso. Un pensamiento arrastraba a otro, imágenes, impresiones, vivencias, recuerdos dispersos que estallaban en la oscuridad de su cabeza. Todavía tenía grabadas en la retina las imágenes nocturnas de Tegucigalpa, aquellas luces trepadas a los cerros que la indistinguible línea del horizonte las hacía parecer estrellas varadas, esperando su momento para ascender. Eran las luces de las colonias, le había dicho el taxista. Y esa palabra, conocida a la vez que extraña, le señaló con una intuición precisa, con mayor claridad que los carteles del aeropuerto, que estaba en un país extranjero. (más…)

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Viaje a Honduras 1

Saulo fue a Honduras para buscar a su mujer. El avión de Tan Sasha, procedente de Guatemala, descendió al hoyo que contenía Tegucigalpa en acrobáticas espirales, sobrevoló tejados, cruzó rasante sobre la carretera Panamericana y aterrizó en la única pista del aeropuerto internacional de Toncontín, un pequeño cerro en el centro del valle, deteniéndose bien entradas las líneas amarillas de fin de pista. Un poco más y no lo cuentas, pensó él, el estómago en la boca, una vena alocada en la cabeza, al ver por la ventanilla el barranco donde terminaba el asfalto. Apenas había cien metros hasta las primeras chabolas que asomaban por el borde: aquí no aterriza cualquiera, no señor. Miró alrededor y vio que algunos −rostros morenos, acento latino− charlaban distendidos, alegres, pero los extranjeros tenían aún el susto en el cuerpo. Cuando puso el pie en el suelo, el crepúsculo teñía de naranja el cielo y soplaba una brisa agradable que hacía ondear la ropa de los pasajeros.

Saulo atravesó la pista andando despacio, con su bolsa roja colgada en bandolera, y se situó al final de una cola única, estática, frente a las cabinas de migración. Estaba cansado por un viaje agotador de veintidós, veinticuatro horas, hombre, quizá más, lleno de escalas: primero en Santo Domingo, donde los recibió un calor húmedo e implacable, después en Panamá, una vertiginosa escala de treinta minutos que la gente aprovechó para comprar en el dutty free licores, tabaco, café, lo que fuera, todo en dólares, y por último, en Guatemala, nueve horas de espera que se le hicieron interminables, paseando por los pasillos de la diminuta zona internacional, tirado en los bancos: una azafata era la única distracción, recuerda, una azafata que ofrecía gratuitamente tazas de café de la tierra. Por fin alcanzó el mostrador donde un policía con gafas de espejo recibió su pasaporte y estampó un enorme sello, folclórico, en una página indeterminada entre otras muchas en blanco, vaya manera de joder un pasaporte nuevo, amigo, y, ya a bolígrafo, escribió el número treinta sobre el sello, treinta días, y lo rodeó con un círculo. (más…)

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vocesPor ratos oigo voces dentro de mi cabeza, voces que no son mías pero que me platican a mí, de cosas del pasado, de cosas que no recuerdo en esta desmemoria que me ha caído. Aunque ahora pienso que a lo mejor sí son mías, mías también, todas las voces que se han dicho de siempre, desde que era una güirrita, desde antes incluso, cuando estaba dentro de mi nana, voces que se me metieron en la cabeza por los agujeros de las orejas, por los huecos de la nariz, por la boca, los ojos, hasta por la piel, y se quedaron allí dentro, encerradas, temerosas, agazapaditas en los rincones de la sesera. Pero ahora quieren salir. Después de tanto tiempo en silencio quieren salir, ahora que han perdido el miedo o que yo he perdido el control, quieren hablar todas a la vez, platican entre ellas, se dicen cosas, se putean, se abrazan y hasta lloran. Por ratos es bulla que no se entiende, una como algarabía, y me duele la cabeza y me aprieto las sienes con las manos y grito que se callen, grito muy fuerte, ahhhhhh, para no oírlas, y la gente me mira con cara extraña, me dan palmaditas, pobrecita chollada, dicen, quedó así desde entonces; pero las voces ahí siguen, susurrando, contando sus historias, gimiendo sus quejas, queriendo regresar del olvido. A veces. Otras veces están calladas y puedo mirar para afuera, ver a la gente, las cosas que pasan, la lluvia que azota la tierra, el hombre que me recogió, el que ha venido, una cipota que me mira mal, un muchacho que me pone ojitos. Entonces sé donde estoy, hasta sé quién soy, me visto, me aseo, y vuelvo a ser gente. Cuando me habla el hombre que ha venido, abro los ojos más redondos, con mucha fuerza y deseo quedarme; pero las voces regresan y tiran de mí y me encierran igual a un caracol en su concha, me apago y sólo estoy para ellas. Sólo para ellas. (más…)

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Se llamaba Chabelo. Quizá no le suene el nombre, señor letrado, ya se ve que es usted de fuera, una persona refinada, y no lo imagino entre sus amistades, que las tenía, y muchas, pues era un hombre popular. Pocos habrá en Santa Bárbara que no lo hayan conocido, y no siempre por cosas buenas, todo sea dicho. Chabelo era el seudónimo que le trabaron durante la guerra y, ahora que ha llegado la paz, la gente ha seguido llamándolo así, que su nombre verdadero, el de bautizo, nunca lo dijo; tampoco es que importe mucho, ¿verdad?, eso no va a cambiar las cosas. (más…)

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Un día como hoy, hace veinticinco años, tú y yo nos fuimos a vivir juntos.

los dos

Tú y yo

Te había conocido una tarde, meses atrás, en una asamblea que hubo frente a la tarima del campamento cinco. El sol caía hacia poniente y el norte levantaba nubecillas de polvo. De pronto, levanté la vista y allí estabas tú, al fondo y un poco a contraluz. Llevabas zapatillas blancas, calcetines amarillos y un vestido verde manzana que el viento pegaba a tu cuerpo y te marcaba las formas. Tenías el pelo largo, muy negro, recogido con dos prendedores y tus ojos oscuros me dirigieron una mirada que tuvo algo de de contacto físico, como un golpe o, al menos, una sacudida. Pero cuando logré reponerme de la impresión, habías desaparecido.

Tú

Estuve varias semanas indagando discretamente por “la chica del traje verde manzana”, hasta que te localicé: se llama fulana, me dijeron, vive por allá y quiere aprender inglés. Para poder acercarme a ti, le propuse al comité de educación encargarme de dar las clases de inglés en la escuela nocturna, aunque apenas supiera pronunciar más que hello y goodbye. Así que nos conocimos oficialmente en el aula donde, dos veces por semana, se impartían las clases. Aquella aula se llenaba de zancudos y se oían más las palmadas con que los matábamos que mis torpes lecciones. Pero así es el amor, que no entiende de idiomas, ni de bichos.

Yo

Yo

Días antes de irnos a vivir juntos, me había acercado a tu champa para explicarles a tus padres la situación. Cuando llegué serían como las ocho de la noche. En el corredor no había más luz que la daba un pequeño candil de petróleo colocado sobre la mesa y cuya llama oscilaba con la brisa, con el movimiento de los cuerpos, con la respiración. Al suegro, sentado junto al candil, lo veía claramente, pero tú y tu madre os habíais sentado al fondo del corredor, en una penumbra cómplice, y vuestras siluetas se percibían como bultos imprecisos de donde, de vez en cuando, me llegaban algunos susurros. Sentado a la mesa, abandonado de mi principal aliada, me puse a hablar con el suegro del asunto. El suegro, mientras tanto, se dedicaba a escarbar la tierra del suelo con la punta del corvo, a asentir o a callar. Entre frase y frase se producían incómodos silencios, por lo general prolongados, hasta el silencio definitivo con el que yo entendí que nos habíamos puesto de acuerdo.

Los suegros

Los suegros

Así que, una vez resuelto el asunto, cogiste la mochilita donde llevabas casi todo tu ajuar y nos fuimos de la champa de tus padres con idea de empezar una nueva vida juntos. Traidora, te dije al nomás alejarnos; te lo dije porque me habías prometido estar a mi lado mientras hablaba con tu padre, pero no lo cumpliste. Me respondiste que tu madre no paraba de hablar y que, por eso, no habías podido acompañarme, y luego te reíste.  No solo traidora, pensé, sino también mentirosa. Era noche cerrada cuando cruzamos el campamento cinco, entre las aulas de la escuelita y la escuela técnica, porque te daba vergüenza que te vieran conmigo. La calle estaba muy estropeada por las lluvias de los últimos días, con muchas zanjas y agujeros, y debíamos andar con cuidado para no resbalar o torcernos un tobillo. Después pasamos por el estrecho callejón del campamento cuatro, que estaba solitario y silencioso, y por fin llegamos al campamento tres, enfrente del centro de nutrición, donde estaba mi champa.

Entrada principal

Entrada principal

Mi lujosa champa constaba de dos estancias: el salón y el dormitorio. Estaba construida como todas las del campamento, con paredes de tabla y techo de lámina, pero, a diferencia de la mayoría, tenía el interior recubierto con tela de saco y el suelo encementado. Contaba, además, con una lámpara Coleman y una buena provisión de velas.

Salón comedor

Salón comedor

Y allí, en aquella coqueta champita, situada en el extremo oeste del campamento, junto a uno de los barrancos que lo limitaban, tan al extremo que era paso frecuente de los coyotes que recorrían las mesas, vivimos felices y comimos perdices, o más bien nos hartamos los elotes de la milpa que había cultivado. Se pasó el invierno, coseché la milpa, se vino el verano, llegaron las navidades (las mejores, las más tristes de mi vida), se acabó el año y las circunstancias de aquellos días inciertos nos separaron.

Pero volvimos a reunirnos meses después, por una curiosa carambola, en la frontera de El Poy. Yo me había sumado, a última hora, a la comitiva que iba a recibir a una caravana de repatriados en la que, sin yo saberlo, viajabas tú, embarazada de unos meses. Me subí al autobús de los repatriados, me senté a tu lado, te acaricié la pancita, o más bien panzota, y seguí con la caravana y contigo hasta el guatal caliente donde se asentaría la gente.

Caravana llegando a El Poy

Caravana llegando a El Poy

Nació la niña, a la que paseamos por muchas colonias, comunidades y ciudades: Ita Maura, la Escalón, Las Lomas, Loma Linda, la Zacamil, Santa Marta y, por fin, Sensunte, donde nació la otra: ya éramos una familia de cuatro.

La familia

La familia

El tiempo allá llegó a su término y nos vinimos acá con una mano delante y otra detrás; o dicho de otra manera, con lo que cabía en un cofre verde que nos dejaron embarcar de puro milagro. Aquí sentamos la cabeza, pusimos casa, crecieron y estudiaron las niñas, a veces tus hijas, a veces las mías, otras veces de los dos, según el humor y la ocasión, y nos dejamos tres lustros largos de vida.

Hasta este día, y este mes, en el que los sucesos, a semejanza de los astros, se han confabulado en una curiosa alineación: una hija terminó su carrera, la otra su bachillerato y nosotros cumplimos nuestras bodas de plata y volvemos a quedarnos solos, como empezamos hace veinticinco años.

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