Feeds:
Comentarios

Archive for the ‘EL SALVADOR’ Category

mesa_grande_2

Campamento 3, Mesa Grande, Honduras

En el campamento de refugiados de Mesa Grande hacía frío algunas veces. El cielo se encapotaba, cubriéndose con nubes bajas que se enredaban en las cimas de los cerros y ocultaban el sol durante una semana. Hacía viento, soplaba continuamente. Cuando arreciaba, bien se lo oía venir, embisitendo con fuerza unos momentos y amainando después. Se metía por todas partes, silbando entre las rendijas de las tablas, haciendo batir las puertas y postigos y entrechocar las ventanas y láminas mal fijadas, desgarrando plásticos y lonas.

Y así todo el día. Caía una lluvia cernida y finísima a la que en Centroamérica llaman temporal. Gotitas diminutas como puntas de alfiler que el viento zarandea a su antojo, que flotan en el aire con vocación de ingravidez, que se posan en la ropa y en la piel desnuda como un rocío imperceptible, pero al cabo de un rato lo empapaban a uno. En los techos de lámina de las carpas sonaba como si estuvieran echando arenilla fina.

El frío no era exagerado en términos absolutos, es decir, el termómetro no bajaba mucho, pero la gente no tenía cómo protegerse y se resentía de él. Las familias se arracimaban en las destartaladas cocinillas, alrededor del fogón. La mayoría no tenía para abrigarse más que un suéter fino y desgastado. Algunos, sobre todo los niños, que no tenían suéter, se echaban una toalla por los hombros, a modo de toquilla, o un simple trapo de envolver las tortillas. Yo los veía correr, envueltos en sus trapos, ateridos de frío, descalzos, camino de la escuela o a traer algún mandado. Los hombres caminaban con las manos en los bolsillos y los brazos pegados al cuerpo, intentando atrapar el calor, daban saltos, se empujaban, corrían. El frío estaba presente en todas partes. En clase, mis alumnos se sentaban con las piernas cruzadas y escondían las manos en los sobacos o en la entrepierna en cuanto dejaban de escribir, o se las frotaban y se las soplaban constantemente. Así era difícil concentrarse y estudiar. Y yo era el primero que me quedaba helado dando la clase.

Campamento 5, Mesa Grande, Honduras

Campamento 5, Mesa Grande, Honduras

Read Full Post »

mil y una historiasHa pasado casi un cuarto de siglo desde que J. I. López Vigil escribió el libro y ahí siguen las mil y una historias de la Radio Venceremos, en los estantes de las librerías, en las bibliotecas, en las escuelas, en las mochilas y bolsones, pasando de mano en mano, las más de las veces con las pastas rotas, desgastadas, con hojas perdidas, con manchas de tinta, con anotaciones y subrayados, con flores resecas entre sus páginas; pero continúan dando guerra, como los viejos roqueros, ilustrando a los más jóvenes, haciendo recordar a los que vivieron y sufrieron el conflicto, rescatando las historias de la radio clandestina, de Santiago y sus compañeros, de las interferencias del Estado Mayor, de la inútil y fatídica búsqueda del coronel Monterrosa, de la mujer que hacía las tortillas, del miliciano que daba la seguridad, de los éxitos de la Braz, de amores y desamores, de comandantes que ya no lo son… de un tiempo, en fin, pasado pero presente y de una historia que conviene recordar. Y eso he hecho yo, he rescatado el libro del estante donde dormía y he pasado unos buenos ratos perdiéndome entre sus páginas sabrosas y trepidantes, históricas ya e historiadas y, como reza en la portada, salvadoreñas y cachimbonas. Y a quienes lo tienen olvidado entre una pila de otros libros, abajo del todo, en el rincón más desordenado, en el cuarto del fondo, fungiendo de refugio de arañas y otros bichitos, los animo a recuperarlo, pasarle por encima la mopa para quitarle el polvo de varios lustros, abrirlo al azar, por cualquier página, y leer, leer, y recordar cómo éramos cuando por primera vez lo leímos.

Read Full Post »

La ciudad extraña

avion_aterrizandoSon las cuatro. Salta la alarma del despertador y llega a mí el sonido a través de un bloque de compacto sueño. Me despierto descentrado, cansado y con los ojos doliéndome terriblemente por el esfuerzo de mantenerlos abiertos. Después, vestirse sonámbulo, llamar a un taxi, desayunar sin ganas un resto frío. Llega el taxi, salgo y me amodorro en él mientras cruzamos la ciudad que despierta, envuelta en la luz fantástica del alba y las farolas, camino del aeropuerto.

En el aeropuerto, registro, cola, tasa de salida, miradas hoscas y suspicaces de los funcionarios, de los policías; espera, nueva cola, nueva tasa, nuevo registro. Y otra espera: “el vuelo 670 con destino San Pedro Sula, Belice y Miami pospondrá su salida hasta nuevo aviso”. La sala de espera está destartalada, sucia, a medio construir. Se va llenando de gente, mitad nacionales, mitad gringos. Por suerte, pude coger una silla, pero no tengo qué leer. Me aburro. El aire acondicionado no funciona y el calor se empieza a notar.

Por fin nos embarcan y dan luz verde para salir. El despegue, el susto de rigor en esta pista suicida y el avión que finalmente se eleva. Los hombres y las cosas se van haciendo pequeños, minúsculos. Sólo destacan los caminos de tierra cruzando los páramos. Montañas, ríos, llanuras, pueblos, nubes y cielo, un cielo enorme y luminoso. Y antes de que me dé cuenta, ya estoy en el aeropuerto de destino. Al bajar del avión me asalta por sorpresa el calor despiadado de San Pedro Sula. (más…)

Read Full Post »

Llevabas varado dos días en aquel poblacho de la frontera, sin posibilidad alguna de entrar en el campamento porque el señor Colindres, representante del ACNUR, se había negado repetidamente a extenderte un permiso de entrada: “no depende de mí, dijo, entienda que hay que tramitarlo con el Estado Mayor”. Dos días de vegetar en las áridas callejas de San Marcos, de dormir en un hospedaje mugriento y solitario.

mesa grandePero te rescató Marieta, la enfermera, “yo lo llevo con la ambulancia”, dijo, y sin pensárselo dos veces fue a sacar al motorista, que ya estaba en su cuarto, acostado, y os subisteis todos en el vehículo. Cruzó deprisa las cuatro callejas de San Marcos, dando tumbos y traqueteando en los agujeros del empedrado. Dejasteis atrás el poblado débilmente iluminado y entrasteis en el pinar. Los faros del carro perforaban la negrura amenazadora y fronteriza. Ibais en silencio, desvanecida ya la euforia del primer momento. Trepasteis la pendiente, culebreando el carro en el resbaladizo camino, alcanzasteis el copete del cerro y apareció el puesto de guardia, la tranca cruzada de una a otra orilla.

El motorista detiene la ambulancia, da un toque suave al claxon, que se despierten pero que no parezca impertinente, y a su llamada salen dos soldados de la caseta, medio dormidos, abrochándose la guerrera. Uno de ellos rodea el vehículo y se acerca a la ventanilla donde asomaba Marieta: “traemos dos enfermos de Tegucigalpa” y le planta ante los ojos una hoja escrita a máquina. El soldado apenas se fija en el papel y sus ojos aún resienten la pesadez del sueño. Con una débil linterna ilumina el interior de la ambulancia y ve un bulto en el asiento posterior. Le devuelve el papel a la enfermera: “está bueno”, y hace ademán al camarada para que hale de la cuerda y levante la tranca.

El carro atraviesa el retén y deja atrás a los soldados, que regresan a la caseta para seguir descansando. Ahora bajáis por un camino estrecho que blanquea entre los pinos, dais varias vueltas, ascendéis un repecho y, de pronto, ves una gran explanada de tierra blanquecina y un mar de techos de lámina que brillan bajo la claridad de la luna. “Es el campamento uno”, dice Marieta. El carro cruza junto a las primeras champas, enfila una calle y desemboca una especie de placeta de tierra. Todo queda a oscuras cuando el motorista detiene el carro y apaga los faros. En su lugar ha encendido las luces de emergencia. Bajo su intermitencia anaranjada ves acercarse a varias figuras que han salido de la nada. Marieta se baja del vehículo y se reúne con ellas. Hablan unos minutos, pero sus palabras te llegan deshilachadas por el viento, apenas retazos sueltos que no alcanzas a entender. Marieta señala hacia el carro y una persona asiente. Ahora te está haciendo señas para que bajes y te acerques. Sales del carro y llegas junto a ellos. Por el rabillo del ojo ves cómo una sombra desaparece en algún lugar de la noche. Con la luz intermitente, te cuesta distinguir los rostros de quienes rodean a la enfermera. Parecen hombres mayores. “Este es Juan García, dice Marieta, es amigo del padre Michael”. Asientes mecánicamente a una afirmación tan gratuita. “Aquí se los dejo”, concluye la enfermera. Antes de subir al carro, le da la mano. Todo el mundo está ofreciendo la mano continuamente, cuando te conocen, cuando te encuentran por la mañana, cuando te despiden por la noche y cuanta ocasión se cruzan contigo; pero el apretón que te da Marieta es fuerte, amplio, presiona su pulgar sobre el envés de tu mano, obligándote a alzar la mirada y ves en sus ojos una tensión cálida. (más…)

Read Full Post »

Tegucigalpa

El avión de Tan Sahsa descendió al hoyo que contenía a la ciudad en acrobáticas espirales, sobrevoló tejados, cruzó sobre la autopista y aterrizó en el aeropuerto internacional de Tegucigalpa, situado en un pequeño cerro en el centro del valle, deteniéndose bien entradas las líneas amarillas que señalan el final de la pista. Al girar el avión para dirigirse a la terminal, el hombre vio por la ventanilla, sorprendido, el barranco donde terminaba el asfalto. No había más de cien metros hasta las primeras chabolas que asomaban por el borde, con sus plátanos en los huertos. El crepúsculo avanzaba deprisa sobre la ciudad, templado, tropical, con una ligera brisa que agitaba la ropa de los pasajeros. Primero la migración, una cola estática, única, para los extranjeros, que no avanzaba. Estaba cansado después de un viaje agotador, veinte, veintidós horas, quizá más, lleno de escalas: Santo Domingo, Panamá, en el dutty free la gente aprovechaba para comprar licores, tabaco, todo en dólares, en Guatemala una escala interminable en la mínima zona de tránsito, ocho o nueve horas, tirado en los pasillos, en los bancos, la única distracción era una azafata que ofrecía gratuitamente tazas de café de la tierra. Por fin el mostrador donde estampan un sello grande y muy folclórico, en una página indeterminada del pasaporte, y ya a bolígrafo, el funcionario escribe un quince sobre el sello, quince días, y lo rodea con un círculo.aeropuerto Tegus

Espera el equipaje, que está completo, gracias a dios, que no es poco en un vuelo tan largo, otros no han tenido tanta suerte y buscan desesperados un mostrador donde reclamar. En la aduana le registran hasta el último calcetín, no hay nada. El policía moreno, costeño, sufre una pequeña decepción, su compañero de la otra mesa tiene más suerte y encuentra algunos artículos susceptibles de prohibición. Cuando sale del aeropuerto ya es de noche, la sala de espera está casi vacía pero afuera hay una legión voraz que ha esperado pacientemente al último vuelo de una pista que no tiene luces. Le ofrecen cambiar dólares, transporte, cargar su equipaje, comida, gaseosas, más cambio, lempiras a dos cincuenta. Se sentía perdido, embotado, demasiados estímulos en un instante. Entonces advierte el papel con su nombre escrito, don Gerardo Martínez, sólo un folio, por eso ha tardado un rato en verlo. (más…)

Read Full Post »

Invasión (2)

El hombre que repartió las tortillas tenía dos galones triangulares en la manga. Después de repartirlas y comerlas tranquilamente, por primera vez reparó en la familia y se acercó a ella. Se dirigió a la madre y las preguntas no se hicieron esperar, ásperas y peligrosas: que si dónde está su marido, que si su marido es un revoltoso, que si ustedes también lo son, que si las tortillas para quiénes eran, que si dónde guardan las armas.
Los labios de la mujer se movieron para formar unas frases, en voz baja y neutra, pero con una firmeza que la sorprendió a ella misma.
–Mi marido no está, salió a traer unas reses y no volverá en dos días.
El hombre de los dos galones no se conformó con la respuesta; al contrario, la impasibilidad de la mujer despertó su ira, sabiamente alimentada durante meses y años de especializada instrucción.
– Sabemos bien que tu marido anda por ahí, encharralado en la montaña -le dijo-, y si regresa lo vamos a agarrar y la va a pagar bien pagada. Y si no, la van a pagar ustedes.
Y desenfundó de su cintura un enorme yatagán que clavó varias veces sobre la mesa de madera basta, pulimentada por el uso, donde hacía apenas una hora había estado comiendo la familia.
– Este cuchillo ha comido carne guerrillera –continuó-, le ha gustado y está hambriento de más. Igual le da que sea de hombre o de mujer, y si es de niño mejor, que estará más tiernecita.
Alzó el yatagán y se lo acercó, moviéndolo con parsimonia delante de la mujer y de los hijos, cuyos ojos observaban con ese asombro con que sólo es capaz de mirar un niño, como ante la primera tormenta, el primer camión, el primer caballo, con caras que eran todo ojos, con cuerpos que eran todo mirada.
– Vamos a registrar la casa, doña, para ver qué escondés en ella, porque vos sos una guerrillera y en estos tus chigüines está sembrada la semilla de la subversión. (más…)

Read Full Post »

Invasión

Llegaron a media tarde, después del almuerzo, cuando ya estaban lavados los trastes, recogida la mesa y apenas si quedaban unas brasas mortecinas en el comal; eran muchos, muchos, más de cien. Entraron por el portón que da al camino bajo y se disgregaron por todo el huerto, dejaron sus mochilas en el suelo, en cualquier puesto: debajo de los aguacates, entre el cafetal, junto a los mangos, bajo unas matas de huerta, parapetados en el cerco de piedra.

Desde el corredor, la familia asistió a la invasión sistemática de la propiedad. Estaban puestos en fila: la madre, que tenía en sus brazos al más pequeño, y la hija mayor, que les daba las manos a sus dos hermanos menores, y los miraban en silencio, estáticos, observando y sintiéndose observados. Por fin, un grupo como de diez soldados se acercó a la casa y entró en el corredor. Pasaron junto a ellos sin un saludo, sin una explicación, como si fueran figuras de barro, se despojaron de sus mochilas y pertrechos y los dejaron en el suelo.

La tarde era calurosa y se agradecían las sombras. Vestían trajes y gorras de camuflaje, botas negras con parches de tela verde, una gran mochila a la espalda, que tiraba de ella hacia atrás y la dejaba anormalmente recta, y un fusil en bandolera, con la boquilla apuntando hacia adelante. Un soldado alzó el fusil con un solo brazo y disparó una ráfaga, dos, varios camaradas corearon los disparos con gritos y aullidos. Las descargas mordían el silencio de la tarde, hacían temblar el suelo como pequeñas sacudidas sísmicas. El niño de pecho rompió a llorar y la madre lo meció suavemente hasta que se calmó.

Los rostros de los soldados estaban curtidos y desfigurados por las pinturas de camuflaje. Los ojos miraban con dureza y encono, o simplemente evitaban mirar. Se movían por el corredor con confianza y soltura, ignorando por completo a la familia, filtrando su presencia: destaparon el cántaro de barro que había sobre la mesa, metieron el huacal y bebieron, bebió uno, le ofreció al camarada, al otro camarada, se acercaron al comal, todavía caliente, a cuyo costado había una manta con tortillas, revolvieron el ella y agarraron un buen rimero, de una bolsita de plástico sacaron unos puñados de sal y los extendieron encima de las tortillas, sin una palabra de cortesía, sin un ademán de permiso.

Read Full Post »

Older Posts »